El renacimiento del cine colombiano

El año pasado, tres millones de espectadores vieron cintas realizadas en el país.No es la primera vez que soplan vientos de prosperidad en el cine nacional.

Pero aún hay desafíos por superar para que la industria de los sueños se consolide.

Sin que casi nadie se diera cuenta, el año pasado el cine colombiano alcanzó un récord histórico: tres millones de personas fueron a ver películas nacionales en las salas del país. Tal vez esa cifra no le diga mucho al espectador corriente, pero constituye un hito para una actividad cuya historia se ha movido entre la miseria financiera y la indiferencia del público.

Y es que en el pasado el cine nacional parecía estar condenado a deambular en un callejón sin salida. Con pocas excepciones, el público no respondía cuando algún soñador se aventuraba a hacer una película, y ese fracaso comercial hacía que no hubiera plata para financiar nuevos filmes. Ese círculo vicioso se rompió con la Ley 814 de 2003 (conocida como la Ley del Cine), cuya promulgación ha sido reconocida por propios y extraños como el comienzo de una nueva etapa.

Ahora no sólo se pueden hacer películas en Colombia, sino que además la gente va a verlas. Casi 10 por ciento del total de los espectadores que asistieron a cine el año pasado en el país fueron a ver películas colombianas. Ahora los distribuidores y exhibidores le dan tratamiento de lujo a un producto que antes era un encarte. Mientras que a finales de los años noventa a lo sumo se estrenaban anualmente tres cintas nacionales, el año pasado se estrenaron 18, lo que de paso constituye otro récord. El epítome de este auge es la película El paseo, que con un millón y medio de espectadores se convirtió en un éxito que sorprendió hasta a los más optimistas. Además, nuestro cine ha alcanzado importantes reconocimientos artísticos en festivales internacionales, con cintas tan variadas como Los viajes del viento, Los colores de la montaña y Porfirio, entre otras.
Ante esta bonanza, muchos se preguntan: ¿Cómo se diferencia la situación actual de los tropiezos del pasado? ¿Dónde radica la gracia de la famosa Ley del Cine? ¿Qué se debe hacer para evitar que este sueño termine en una nueva frustración?

¿Estreno o repetición?
Muchas ilusiones se están tejiendo alrededor del auge actual del cine colombiano. Hoy no es raro que jóvenes recién egresados del colegio decidan estudiar dirección de cine, ante la mirada atónita de sus padres, como tampoco es extraño que haya empresas constituidas con el fin exclusivo de producir películas. Pero dicen que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Por eso conviene recordar que no es la primera vez que soplan aires de prosperidad para el cine nacional.

Cualquiera que tenga hermanas mayores se habrá acostumbrado en su adolescencia a ver desfilar por la sala de la casa toda clase de pretendientes, desde abogados locuaces hasta médicos pretenciosos, y entre ellos algún díscolo que soltaba una afirmación inverosímil: “Soy director de cine”. Era el comienzo de los años ochenta y una frase como esa no parecía tener ningún asidero en la realidad. ¿Cómo podía alguien dedicarse al cine en un país donde esa actividad se consideraba una rareza? Desde 1922, cuando que se estrenó María, el primer largometraje argumental colombiano, la falta de continuidad fue la norma. Durante los 36 años siguientes se estrenaron 28 películas nacionales, con un ritmo irregular que impedía pensar en desarrollar una industria.

Como si eso fuera poco, los filmes colombianos no habían encontrado un lenguaje propio ni una conexión con el público. Esa situación comenzó a cambiar cuando los realizadores decidieron abandonar la emulación de modelos foráneos, principalmente el cine mexicano y el neorrealismo italiano, para buscar expresiones que reflejaran a nuestra gente. Entre los años sesenta y setenta se empiezan a configurar distintos géneros. Mientras el cine político daba sus primeros pasos con un lenguaje propio (por ejemplo con El río de las tumbas, de Julio Luzardo), la sátira social exploraba con mayor decisión los terrenos comerciales (como Mamagay, de Jorge Gaitán).

A esos pasos tentativos se sumó un hecho definitivo para el inicio de una nueva etapa en el cine nacional: la creación en 1979 de la Compañía de Fomento Cinematográfico (Focine). La política abarcaba medidas como el cobro de un sobreprecio a la boleta para financiar el cine nacional, el otorgamiento de créditos para la producción, y la proyección obligatoria de cortos en las funciones comerciales. Como resultado de esos apoyos, la producción nacional tuvo un auge inusitado hasta1993, cuando Focine fue liquidada por dificultades administrativas. Esa etapa dejó como saldo la producción de casi 30 largometrajes y muchos cortometrajes, así como la consolidación de una generación de cineastas de la talla de Carlos Mayolo y Luis Ospina.

Tras la liquidación de Focine, en los años noventa el cine colombiano regresó a la estrechez económica. A pesar de ello, en esa década se consolidó el trabajo de importantes directores como Sergio Cabrera y Víctor Gaviria, que empezaron a darle visibilidad internacional a nuestra cinematografía.

Un nuevo rollo
El cine nacional arrancó en el siglo XXI con una producción muy limitada (menos de tres estrenos por año), un respaldo pobre del público, y una gran indiferencia de exhibidores y distribuidores. En este contexto adverso se empezó a cocinar la Ley 814 de 2003, que habría de cambiarle la cara al sector. Lo más importante es que la nueva política corrige problemas de la época de Focine, lo que permite ser optimista acerca de un futuro más sólido y un buen desenlace.

La Ley del Cine tiene dos instrumentos centrales para promover la producción de películas nacionales. El primero es la creación de un fondo del sector cinematográfico, que se nutre de una fracción de los ingresos de productores, distribuidores y exhibidores. Con esos recursos se financian actividades que van desde la escritura de guiones hasta la formación de públicos, con especial énfasis en la producción de películas, que debe recibir como mínimo el 70 por ciento de los recursos cada año. La asignación de ese dinero se hace a través de convocatorias a las que se presentan proyectos que son evaluados por jurados calificados, lo que ayuda a evitar dos de los vicios detectados en la época de Focine: la arbitrariedad y el amiguismo.

El segundo instrumento importante de la ley consiste en el otorgamiento de incentivos tributarios para quienes inviertan en cine nacional. Quien hace la inversión puede deducir el 125 por ciento de ese monto de su renta gravable. Con las tasas tributarias vigentes, esto implica que el Estado devuelve alrededor de 41 pesos de cada 100 pesos invertidos en una película colombiana. Este instrumento se ha convertido en el factor más poderoso para atraer inversionistas al cine nacional.

Además de estas novedades de la ley, existe un elemento fundamental que hace que esta nueva etapa sea esencialmente distinta a la de la época de Focine: la respuesta del mercado. Aunque en los años ochenta se multiplicó la producción de cine nacional gracias a los apoyos del Estado, la respuesta del público no creció en igual proporción. Eso significó que la política fue exitosa en promover la producción de más cortos y largometrajes, pero no se generaron los ingresos necesarios para pagar los créditos y para retribuir a los inversionistas. Por eso es tan importante que el cine nacional haya atraído más de 16 millones de espectadores desde que entró en vigor la ley, y que se haya convertido en un negocio muy atractivo para distribuidores y exhibidores.

Pero todo este entusiasmo no quiere decir que no haya preocupaciones. El caso más sensible es la volatilidad del negocio. Así como el año pasado el cine colombiano tuvo casi tres millones de espectadores, en 2010 apenas llegó a la mitad. De hecho, desde que se promulgó la Ley del Cine ha habido años excelentes, regulares y flojos, lo que plantea grandes retos para la sostenibilidad del sector. Un estudio reciente de Fedesarrollo analizó los resultados de una muestra de las películas producidas en los últimos años, y encontró que solo la tercera parte de ellas logró recuperar la inversión. El hecho de que dos terceras partes de las películas arrojen un saldo en rojo no se considera un resultado escandaloso para los estándares internacionales, pero mientras en Hollywood los grandes estudios ponen su inversión en muchas películas y compensan las pérdidas de unas con las ganancias de otras, en Colombia estamos hablando de personas que apuestan buena parte de sus recursos en un solo proyecto que corre el riesgo de fracasar.

Por eso, a pesar del auge actual, el cine colombiano no debe perder de vista los desafíos que aparecen en el horizonte. El aumento de costos, la volatilidad del negocio y la baja tasa de recuperación de muchos proyectos constituyen retos que imponen la necesidad de ampliar los mercados para las películas nacionales y diversificar el riesgo para los inversionistas, como lo hacen los grandes estudios del mundo. Avanzar en ese sentido implica un esfuerzo que debería estar en la mente de cualquier muchacho que sale del colegio con ganas de ser director, y de los productores que están aprendiendo del negocio entre éxitos y fracasos. Solo superando esos escollos se podrá hacer realidad la consolidación de esa fábrica de sueños que es el cine colombiano.

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