La historia tras los enigmáticos hermanos Cuervo

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Los hermanos Cuervo es la novela más reciente del colombiano Andrés Felipe Solano. Una estructura que sorprende y unos personajes que encantan son sus principales cualidades.

Andrés Felipe Solano escribe con el recuerdo. Hace varios años vive fuera de Colombia, pero tiene a Bogotá, su ciudad, metida en la cabeza y así se siente en la primera parte de su nueva novela, Los hermanos Cuervo. Dos hermanos adolescentes son el centro del chismorreo de sus compañeros de colegio, que ven en un par de extraños el reavivar de sus días, curtidos por la monotonía de las clases y su vida de familia.

Nelson es uno más de los que inventa historias en torno a estos dos personajes que pasan de boca en boca como gays, poseedores de enfermedades terribles y hasta contagiosas, miembros de una familia oscura y maléfica y toda clase de cuentos construidos por sus compañeros, que se regocijan entre más detalles y perversidades tengan sus invenciones.

Entonces, el lector puede hacer parte de la vida de estos personajes misteriosos de la mano de quien se convierte en uno de sus mejores amigos. Y resulta que los hermanos no son dueños de las cualidades estrafalarias que se les adjudican, pero sí de otras que los hacen más interesantes, enigmáticos y atractivos. Se convierten en un par de imanes para Nelson y para el lector. Confieso que me produjo nostalgia terminar la primera parte del libro, pues el texto está dividido en tres. Quería seguir leyendo y saber más sobre estos hombres de quienes no conocemos más que sus apellidos, que parecieran haber venido al mundo con la claridad de tener que vivir solos, de ser indispensables solo el uno para el otro, de vivir rodeados con un halo de misterio.

La arquitectura de Los hermanos Cuervo es una de sus características esenciales. Se siente el trabajo minucioso del autor tejiendo cada uno de los personajes, los puntos de unión de sus historias, sin que se noten las costuras. Y son esos personajes los que atraen al lector y lo mantienen en un constante deseo por saber más, por descubrir lo que se teje tras la sicología de estos adolescentes, de su abuela, su madre, el abuelo, el ciclista. De sus compañeros. De todos aquellos que hacen parte de una familia y cuya narración es contada sin ser una saga, sino una serie de relatos cortos que se leen en poco tiempo, con la fluidez que da su texto; con un lenguaje de quien se mueve con tranquilidad en el oficio.

Pero los hermanos se van. De la vida de Nelson. De nuestras vidas. Y luego llega el ciclista, el hombre que fue el gran amigo de los abuelos de los Cuervo. Entonces la historia empieza a verse cinematográficamente, como una parte de la película contada por otra cámara, de alguien que hace parte indirecta de sus vidas, pero en cuyo aparte, los hermanos ya no se nombran. Este relato tiene cara de crónica, el género del que ha vivido Solano como periodista y que quiso incluir en su segunda novela como un experimento. Y le resultó. El libro es un híbrido enganchador, que asombra, que gusta.

La parte final es la historia de la mamá de los Cuervo, esa mujer de la que poco se sabe en el relato inicial, y de quien ahora conocemos sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos. Es la otra parte de una historia contada en primera persona para completar la película. Betty acompaña al ciclista en parte de su recorrido por la decadencia de una estrella. Sentimos la miseria de cerca, la que toca un hombre venido a menos, luego de tomar las decisiones equivocadas y seremos testigos de las decisiones que la llevarán a ella también a un cambio drástico de rumbo.

Foto tomada de la fan page de Los hermanos Cuervo

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