Círculo de lectura Diners: Las edades de Lulú, la historia de una “golfa inocente”

Una novela erótica que rompe de manera inquietante y audaz estereotipos de conductas sexuales, en situaciones que comprometen la psicología de personajes de diverso género y edad.

Alguna vez alguien me dijo que ciertos libros llegan a la vida de cada persona en el momento adecuado. Para mí lo adecuado en este caso no es más que la posibilidad de identificarse, reflexionar o aplicar algo de lo que se ha leído en experiencias personales. Y justo así fue como llegó Lulú. A mediados de abril, una amiga cercana me dijo: “Te voy a prestar un libro que sé que te encantará”. Al día siguiente puso en mis manos “Las edades de Lulú” de Almudena Grandes. Por su título, imaginé una historia rosa en la que sus personajes girarían en torno al proceso cronológico de una niña llamada Lulú. Así que emprendí una búsqueda inicial (costumbre de muchos, asumo) por encontrar datos sobre su autora y algo de lo que leería en próximas horas de ocio. Descubrí que era una novela erótica, que le dio la fama a su autora y exitosa al punto de ser llevada a la gran pantalla por el director de cine Bigas Luna en 1990. Alisté un separador, dispuse de un lápiz para mi vieja costumbre de rayar libros y comencé a leer una de las obras que más he admirado y que dio lugar a una literatura amena, inteligente.

Las edades de Lulú

Lulú es curiosa. Guarda en sus ojos el destello de viejos tiempos que anteceden días de un presente eterno. A sus 30 años vive con su hija de cuatro, Inés (Inés y la alegría es parte de la trilogía reciente de Almudena) y unas ganas sumidas en un amor intenso por el padre de la niña que no vive con ellas, Pablo. Todo comienza cuando a sus quince años, Lulú conoce el placer no sólo físico sino emocional, producto de una fantasía cumplida que guardaba inocentemente desde pequeña. Un gusto por el mejor amigo de su hermano Marcelo, Pablo. Séptima hija de ocho hermanos, niña inquieta que había sido criada bajo las reglas de un hogar tradicional. Tenía un carácter fuerte y era disciplinada e intrépida, cualidades que de alguna manera limitaron parte del cuidado que su madre le brindaba, porque para ella, su hija no daría por qué lidiar. La forma en que Lulú se expresaba y sus modos de pensamiento daban a entender que estaba lista, lista para asumir un mundo desconocido que anhelaba descubrir.

Apenas tenía quince. Pablo visitaba la casa de Lulú regularmente cada que se encontraba con Marcelo. Nunca fue muy apuesto pero tenía un estilo único que agradaba a Lulú. Cuando ella estaba más pequeña, jugaban juntos y él la mimaba como niña consentida. Ahora, a sus quince años Pablo no era para ella más que un prospecto cercano al código adolescente del amor platónico. Y fue una noche extraña donde todo cambió para los dos, aquella vez en que Lulú no era la misma niña y Pablo encontró un refugio a sus ganas vacías en ella. Su vello púbico todavía espeso guardaba pureza y el cuerpo recién formado dibujaba en sutileza las piernas, los brazos, los senos firmes y vírgenes. Tenía puesto el uniforme viejo y pequeño del colegio y Pablo, unas ganas bien intencionadas por hacer propiedad de lo más profundo en su esencia. María Luisa (Lulú) experimenta su primera relación sexual con un hombre mayor que ha despertado en ella un cariño inexplicable durante la mitad de su vida y encuentra un alto grado de satisfacción. Pablo lleva un sentimiento profundo por esa niña que ha visto crecer, pero también comienza a desear cada fragmento de su cuerpo de manera lasciva. 

Es la contradicción entre un sentimiento casi impuesto por el rol social que habían llevado siempre y las sensaciones físicas que nacen de contactos visuales ocasionando cierto erotismo premeditado. Entender cómo la sexualidad puede llegar a convertirse en vicio y antojo que debe ser saciado, un acto que merece encontrar fines fortuitos y repetidos para tomar el cuerpo como sustancia adjunta al proceso emocional. Aquella vez fue la primera de tantas como hubiesen podido estar en medio de turbios deseos carnales, entre juegos de variedad puestos a merced del otro. Para Lulú era la sensación de estar completa. Pablo fue para ella la primera persona que abrió sus alas y sentía que no habría nadie más que supiese llenar su nueva necesidad. Ya no eran sólo sus ojos ilusos por tener el hombre platónico, sino la voluntad de haberse entregado a la prisión de un sentimiento eterno.

Pablo es la figura clásica del hombre bohemio, inquietante al punto de hacer con su ego lo que le plazca. Siempre supo que ella era menor y casi su media hermana. Siempre supo que la quería y que debía protegerla, pero eludía esa conciencia cada que ella embriagaba con su aire de inocencia culposa las ganas de poseerla. Pero ese era problema de Lulú. De la niña que crecía e intentaba mostrarse mujer para dar placer al hombre que siempre había deseado. Al hombre que inauguró cada rincón de su cuerpo e implantó en su cabeza deseos impuros, deliciosamente impuros. No era culpa de alguno cada que se pasaba por alto el significado de sus sentimientos, que en este caso eran completamente ajenos a su cordura.

Las edades de Lulú cuenta la historia de una niña que crece, crece enamorada de una pasión. Cuenta la vida de un hombre bueno, absorbido por deseos que habitan en su mente y se carcome de placer en instantes perfectos para la niña que ha sabido corromper. Y con el paso del tiempo, la niña que ha sido mujer de sus antojos crece en medio del desespero por no perderle jamás. A lo largo de quince años Pablo se ha marchado tantas veces como Lulú haya podido extrañarle en el cuerpo de muchos. Se ha convertido en una mujer de necesidades, dirían algunos en una vulgar que se acuesta con todo lo que le gusta aprendiendo a clasificar. Pero su corazón fue atado en el uniforme de colegio viejo y su vello púbico espeso afeitado por un hombre mayor. Es la historia de una mujer que es madre, amante y amiga. Donde la homosexualidad, el dolor, la pasión, la perversión, la confusión, el erotismo y el maltrato juegan como piezas claves de un rompecabezas que jamás termina de armarse. Juegos entre jóvenes, adultos, hombres y mujeres puestos en la vida de una Lulú de quince años que creció y a sus 30, guarda pedazos de lo que significó esa intensa pasión.

Y aquella persona tenía razón. Algunos libros llegan a la vida de cada cual en el momento adecuado. Lulú llegó a mi vida como la redención de cosas que sólo existen en recuerdos porque es mejor tenerlos allí. El lenguaje perfecto a los antojos que he sabido callar. Es ver cómo a través de la historia de otros se muestra parte de un sentimiento acorde con los propios, esos que muchas veces son una pieza inquieta en la mente y deben sellarse por obvios preceptos en la sociedad. Una mujer que disfruta de masturbarse o de compartir su cama con varios hombres a su gusto, de encontrar placer en ver películas pornográficas e incluso de enamorarse de una pasión, podría verse para algunos como una mujer vulgar. Pues Lulú es maravillosa, con todo ello. Porque está viva y es humana. Porque ha sabido llevar en su sangre sin miedo los deseos que tiene en su corazón. Su único pecado fue haber amado cierta pasión más de la cuenta.

“…La antítesis de la risa fácil, incontrolada, que solía trastocar en una mueca la sonrisa de aquella extravagante golfa inocente que fui una vez…”

“Las edades de Lulú”, Almudena Grandes.

Acerca de Almudena grandes

Almudena Grandes es española. Repite varias veces en el prólogo del libro que a pesar de no acostumbrar releer sus novelas, luego de quince años de haber publicado “Las edades de Lulú” encontraba errores específicos que le desesperaban. Por eso cuando su editor, Antonio López Lamadrid le habló sobre renovar su primer contrato firmado, sólo pudo pensar en lo siguiente: “Me encontré ante una oportunidad inmejorable para evitar, de una vez por todas, que los dientes me siguieran chirriando cada vez que leyera una sola frase con cinco adverbios de modo terminados en mente.”(Almudena Grandes, “Las edades de Lulú”, prólogo) Frase que demuestra parte de la constancia por su labor llevándola al deseo de lo concreto, decir lo esencial. Estudió Geografía e Historia, pero siempre supo que quería ser escritora. Asunto que la llevó a tener ciertos pendientes con cada obra escrita que no terminaba, hasta Lulú.

@saintpauldemaus

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