Al final del sueño: “Soy el primer marica que se arrepiente”

De la entraña de al final del sueño, de ese conflicto entre ser o no ser hombre o mujer, en esta novela de Juan Gossaín, y de la mano del pintor Darío Ortíz, surge la historia y la imagen de esta obra de 2006.

Presento disculpas por decirlo así, de golpe y porrazo, sin previo aviso ni un refinamiento verbal que hubiera hecho a ustedes la caridad de anestesiarlos. Tenía que hacerlo con la mayor contundencia posible. Lo intenté muchas veces, tratando dorar la píldora, pero no pude encontrar la forma: me faltaban arrestos, y un sentimiento de turbación hacía que el rubor me ardiera en la cara.

He vivido estos últimos días con un hueso atravesado en la garganta. Para un francés, aunque escriba versos, nunca ha sido tarea liviana la confesión de sus miserias íntimas, con indecencia, frescamente, como si uno pudiera desnudarse delante de extraños sin que se le altere la respiración. De esa desfachatez se encargan los italianos. Hoy saqué coraje de donde no lo tengo para decirlo así, y de la manera más brutal que encontré a mano: soy el primer marica que se devuelve.

Nótese que no escribo gay, como se estila ahora, con ese término frívolo impuesto al mundo entero por las películas de televisión que se producen en los balnearios de California. En cambio, marica es, con todas sus letras, vocablo contundente, rotundo y macizo, de rancia estirpe castellana, que no tolera equívocos, no hace concesiones al eufemismo ni esconde tapujos en la manga. Ya podrán ver que escojo las palabras con esmero, hasta donde me autorizan mis conocimientos de la lengua española, para no verme obligado a repetirlas.

La vida me ha enseñado que no se nace hombre ni mujer; se nace persona. Se nace por dentro, quiero decir, ya que estoy hablando de lo que uno lleva en las entrañas y no de las formas exteriores del cuerpo, por lo común tan artificiosas y quirúrgicas. El mundo que se levanta en torno nuestro es el que define a cada quien, con el transcurso del tiempo, como hombre o mujer: los hábitos de familia, la escuela, la educación, el cine, los amigos, los gustos y sensibilidades, la ropa que nos ponen, el peinado que nos hacen, los libros que te leen a la hora de dormir, los cuentos que te cuentan, la vida entera, en fin.

En lo atinente a mi caso debo advertir que ya en tiempos de la infancia quise convertirme en una mujer, sin que me importara mucho ni poco que no lo fuera, porque en la observación de mi propio padre, que salía a trabajar al amanecer y regresaba por la noche con unas carpetas de oficina bajo el brazo, mientras mi madre castigaba las horas tocando el piano del comedor entre gimoteos de borracha, comprendí que a los hombres se les va la vida persiguiendo el éxito en tanto que las mujeres se dedican a la tarea infatigable de ser dichosas. El mérito mayor de las mujeres no consiste en lograrlo sino en persistir con ahínco, día tras día y cuantos años sea necesario.

Me incliné del lado de mi madre, con naturalidad, sin un propósito deliberado, y en una época en la que aún no sabía que esa diferencia entre el éxito, de una parte, y la felicidad, de la otra, es lo que separa de veras a un hombre de una mujer. Tal lección la aprendí después, mientras pintaba en los bulevares de París, cuando a mi lado pasaban en silencio, a la hora del regreso a casa, manadas de hombres ansiosos atados a un portafolio y mujeres lánguidas con un ramo de flores en las manos.

Guardada sea la distancia, con la serenidad que dan los años y los desengaños, supongo que mi recto criterio de aquella época para distinguir entre las penurias de un hombre que carga un maletín de cuero y los suspiros de una mujer que lleva un manojo de rosas protegido en el pecho, como si arrullara a un niño, fue lo que hizo que me decidiera por la poesía. La pintura, en cambio, no había sido una preferencia estética sino una manera decorosa de ganarme la vida sin verme en la obligación de renunciar a los encantos de la belleza.

 

Ahora, cuando el paso del tiempo parecía haber demostrado que el mío era ya un temperamento sólido, ambiguo, si se quiere, aunque también estable, desviado y firme a la vez, resistente a provocaciones y halagos, y cuando ya había logrado el milagro de abandonar los devaneos juveniles y los caprichos de la adolescencia; ahora, precisamente ahora, cuando se iniciaba mi liquidación de saldos, entre la placidez de la edad madura, agotada la vehemencia, arriadas las velas y conquistado el derecho a la apacible soledad de quien se prepara su propia sopa, mata sus pulgas,
duerme temprano y ronca como un barco de leña sin nadie que lo abochorne, ahora es cuando vengo a enredarme como una monja novicia en este laberinto de confusión y titubeos.

Algo de miedo y un poco de vergüenza. Me abruma el pudor. A ello se debe que no sepa cómo decir, a solas, solo sólo conmigo, con este cuerpo mío, un saco de contrariedades, costal de apetitos insatisfechos y pecados a medias, que estoy a punto de convertirme en el primer marica que se arrepiente. No es fácil devolverse. Uno piensa que ya tiene tomada su decisión, pero no es fácil. Es el dilema más doloroso que enfrenta la conciencia de una pobre criatura sobre la Tierra, más aun, si cabe, que las turbaciones del suicida. Siento que estoy negándome a mí mismo, desdiciéndome, repudiando mi naturaleza, como si al final de tanta andadura por el mundo, a la hora de nona viniera a admitir que mi vida ha sido la vida de un farsante.

Hasta donde llegan las noticias más fiables, soy el primer converso que se convierte, primero y único, la oveja que torna a su redil, o que se descarría del rebaño, vaya uno a saber cuál de los dos es el camino correcto en este amasijo de sentimientos. No conozco casos similares, comprobados con la seriedad que dicha materia reclama, sino historias fantasiosas y bromas de salón, chistes deplorables del hombre que se considera más hombre que los demás porque ya fue probado y no le gustó. Fábulas. Lo que yo enfrento en este mismo instante, poniéndole la cara, es la terrible realidad del sodomita que se devuelve, el viaje al revés, la ruta deshecha, la marcha atrás, el camino desandado, la travesía en reversa, el vade retro, el trayecto que recula, el río soberano que un día se fastidia de la rutina, recapitula lo que ha sido su cauce, se insolenta contra el hastío y resuelve que ya es hora de retroceder a su nacimiento.

Esta pesadumbre que me abate es aun más dolorosa porque a la hora de devolverme no me alienta un ánimo premeditado ni una razón material. No hago cálculo alguno ni tengo previsiones sobre lo que será la vida que me espera. Tampoco se me puede comparar con un jubilado erótico a quien la vejez destierra de cualquier esperanza, ya no le queda más destino que el reumatismo y por lo tanto sale de astuto a buscarse uno nuevo, como si dispusiera de tiempo para vivirlo o me sobrara vigor para disfrutarlo. A mi edad, como le ocurre a cualquier marica viejo, el tiempo se pone agrio y el futuro es una rama parásita, una triste realidad en lugar de una esperanza. A estas alturas el porvenir tiene la misma facha harapienta de una derrota y el mañana es un escalofrío, una masa de niebla a través de la cual no puede verse lo que hay al otro lado. Eso era lo que yo creía hasta la semana pasada, antes de que se me atravesara este hueso en la garganta.

Articulos Relacionados

  • Vea las nuevas camisetas mundialistas con diseños ‘vintage’
  • Estas son las ciudades más amigables del mundo
  • Vea el tráiler de Phantom Thread, la película final de Daniel Day-Lewis
  • El arte está en todas partes: hasta en las fotos de paparazzi