La historia de Monaguillo, la mascota de Santa Fe

En esta columna de enero de 1988, Daniel Samper Pizano recuerda a Monaguillo, el famoso león que se convirtió en mascota del hoy campeón Independiente Santa Fe.

Cada vez que voy a la casa de la chiva Cortés no puedo menos que recordar a Monaguillo, como lo sabe el mundo entero, era el símbolo vivo del Santa Fe, un león de fiero aspecto, larga melena y arrogancia triunfadora que saltó directamente de las húmedas selvas del zoológico de Pereira al escudo del mejor equipo de fútbol de Colombia.

Todo empezó hace ahora trece años. Cuando alboreaba 1975 resolvimos buscar el león de mascota para el Santa Fe. Quedé encargado de la gestión y acudí a una intrincada red de amigos en todas las ciudades, digo capaces de producir leones. O, por lo menos, agrego, leonas embarazadas. Tras varios meses de averiguaciones sin respuesta llegó el fin el cable esperanzador desde la capital de Risaralda: una de las leonas del zoológico, esperaba cría para el mes de mayo.

Nos pusimos de inmediato en contacto con los directivos del jardín; y estos, personas comprensivas e inteligentes, entendieron que Monaguillo podía convertirse en el pereirano más famoso después o incluso antes de Jorge Mario Eastman y Rubén Darío Gómez.

No les faltaba razón. Con el tiempo este felino del Otún se volvió el animal más conocido de Colombia después o incluso antes del reproductor Don Danilo y de Lara, la perra del presidente López. En esos tiempos, aclaro, Don Danilo aún montaba yeguas a precios de escándalo y López era el primer magistrado de la nación. Hoy ¡cosas de la vida¡ el caballo disecado preside la sala –comedor de su antiguo dueño. Y López, en circunstancias no del todo distintas, hace propio desde la penumbra con el partido liberal. Monaguillo nació el 13 de mayo del año que queda dicho.

Al cabo de un par de meses fuimos un amigo de probada fidelidad Santafereña y yo a recogerlo desde Cali. No fue fácil meterlo en el campero y convencerlo de que marchaba hacia gloriosos destinos de fama y no hacia la melancólica mazmorra de otro zoológico o hacia la humillante farándula de un circo. El leoncito se mostraba asustado y hostil.

Y olía a león. La mayoría de los que hablan del olor a león no han olido jamás a un león. Porque los leones no huelen sino que apestan; para decirlo con rodeos, atropellan el órgano olfativo del vecino con una permanente tufarada que se toma por asalto los pulmones de la víctima, escapa sangre arriba hasta el cerebro y estalla en una alerta general de pestilencia.

Al lado de un león, incluso de un león aseado, una manada de micos de basurero parece una vitrina de perfumería. Así olía Monaguillo. Y de ese escozor hediondo se impregnaron para siempre las paredes del apartamento de Cali al que llego luego de un viaje de tres horas desde Pereira.

Lo alimentamos en mi casa durante dos semanas. Alguna vez vi en el cine una domadora robusta y rubia que acunaba en sus brazos a un cachorro de león y le suministraba leche con biberón aunque bien podría hacerlo por el volumen de reservas pectorales probadas , utilizando el dispensador tradicional. Nosotros no nos atrevimos a tanto. Es cierto que el animal se paseaba suelto de correas, como un gato grande, y es verdad que había vencido su inicial hostilidad. Pero algo nos aconsejó a mi mujer y a mí que no intentáramos emular como la domadora rubia.

Tal vez era que Monaguillo, pese a su tierna edad, inspiraba franco respeto por la manera como enseñaba los colmillos y por los sablazos que asestaba con las garras, aunque fuese en juego. Al cabo de quince días y de dos sofás que destrozo a dentelladas de puro inquieto, resolvimos que había llegado la hora de instalar a Monaguillo en su morada permanente del independiente Santa Fe, en el corazón del barrio Teusaquillo, Bogotá, República de Colombia. Allí, en esa enorme sede rodeada de antiguas mansiones que hoy son colegios, oficinas o refugio de solteronas íngrimas de buena familia que ven televisión, crían canarios y tejen crochet, Monaguillo fue rey durante casi tres años.

Una avioneta que prestó la mano providente de un buen amigo facilitó el traslado intermunicipal del cachorro. Monaguillo llegó a Bogotá un sábado en medio de la incredulidad de los directivos serios y el regocijo de los demás. Fue al principio rey libre, con derecho a pasearse por la habitaciones, reventar balones y rascarse el lomo contra las piernas de los mediocampistas y delanteros que ese año le dieron el campeonato a Santa Fe. Más tarde fue rey cautivo; cautivo en el enorme patio que le mandamos cercar para su solaz y locha.

La presencia de un león detrás de los brevos trajo la curiosidad de los escolares. Nutridas pandillas de colegiales intrigados se formaban cada mañana antes de las clases y cada tarde después de ellas al frente de la reja de Monaguillo, casi siempre el león dormitaba indiferente a los llamados y silbidos de los niños. Pero de vez en cuando condescendía a darles el gusto de un rugido, un ademan rampante con la garra o un bufido súbito e intenso, capaz de hacer retroceder al mismísimo profeta Daniel. Los escolares se declaraban entonces satisfechos y entre asustados y dichosos, iban a ocuparse de cosas más provechosas para su porvenir académico.

Con el tiempo Monaguillo empezó a desarrollar algunos hábitos preocupantes y urbanos que Tarzán nunca llegó a detectar en Numa, su habitual camarada felino. Cuando escuchaba mucho ruido de la casa de la vecina, que había sido habilitada como escuela primaria, se encaramaba de tres saltos al árbol del patio, ganaba desde allí la tapia y paseaba de manera amenazadora por el muro divisorio. Al terror de los chinos seguía el silencio. Monaguillo, misión cumplida, volvía a bajar a su madriguera y a su siesta. Algún día un profesor excesivamente quisquilloso delató a la policía el peligro que se cernía desde la tapia sobre el párvulo futuro del país y nos tocó tumbar el árbol, pero habíamos logrado saber un dato que hasta entonces se le escapaba a la zoología; que los leones no solo trepan en las ramas, sino que también son capaces de ejecutar números de equilibrio sobre una hilera de ladrillos.

Después supimos además que llegan a aficionarse a los sándwiches de jamón y queso. Sucede que las reuniones de la junta directiva se celebraban en un salón del segundo piso cuya ventana miraba hacia el patio de Monaguillo. Eran largas sesiones nocturnas con mucho emparedado, mucho tinto y muchas cifras. Al cabo de las horas, y mientras todo lo demás era oscuridad y silencio en la vieja casa, algunos miembros de la casa de la junta abrían la ventana para airear la atmosfera apestosa a humo y le arrojaban desde allí los sándwich de sobra al expectante león.

No sé si necesitaron ocho o nueve reuniones de junta para que Monaguillo desarrollara el reflejo condicionado que costo tantos dolores de cabeza a Pavlov y al Santa Fe. Lo cierto es que el leónlogró aprender cuando se encendía la luz de la sala de juntas, era señal de que había comida. Y si en diez minutos no había caído un pedazo de pan con jamón y queso, la fiera se daba a rugir de inclemente modo para que la tuvieran en cuenta. Quiero aclarar que cuando un león ruge por hambre es mucho peor que cuando una leona lo hace por celo: tiemblan las lámparas, se quiebran cosas finas, retumban los cielorrasos y se despiertan hasta los parlamentarios del barrio.

Como todo sucedía al filo de la medianoche, los vecinos comenzaron a protestar y las autoridades municipales resolvieron un buen día que los vecinos tenían razón. Monaguillo fue conminado a abandonar la ciudad.

Lo llevamos con el dolor del alma al zoológico de Mesitas del colegio, donde se le quiso mucho. Pero el león ya no era el mismo. Echado bajo los yarumos, prisionero en una jaula roja que congregaba durante los fines de semana a turistas impertinentes y vecinos de animales ridículos y petimetres como los flamencos y el mono tití, Monaguillo soñaba con los tiempos en que saltó a la cancha de El Campín acompañando a los jugadores indómitos o la mañana aquella en que abrió de un manotazo la ventana del baño del primer piso y obligo a salir al aterrado paisa Ángel con la vergüenza expuesta.

En el zoológico conoció a una leona y se reprodujo. Él y sus cachorros eran las estrellas de la vereda. Los leoncitos tragaban chitos y colombinas que le lanzaban los curiosos; él, cuando estaba simpático posaba manso para las fotografías. A esta actitud conciliadora hizo solo unas pocas excepciones. Una de ellas permanece en el archivo de la televisión colombiana. Fue en cierta ocasión que visitaron a Monaguillo las cámaras del noticiero 24 horas.

Tal vez porque sabía que el director del informativo es hincha de millonarios o simplemente porque no le gustaban las periodistas pelirrojas, en el momento exacto en el que Amparo Peláez hacia la presentación de su reportaje a espaldas del león, Monaguillo lanzó un rugido prehistórico que sobresaltó a la reportera y la obligó a largar la palabra grande. El video ha quedado como testigo de lo que es capaz de producir un león cuando se le acerca una mujer pecosa.

Monaguillo lo mató una inyección mal puesta que le aplicó un estudiante atontado de veterinaria cierto día que he preferido olvidar. Cuando la Chiva Cortés lo supo 72 horas después de que el animal había sido sepultado en un funeral clandestino, se encargo de rescatar el pellejo.

Ahora Monaguillo se ha convertido en un cuero hermoso y trigueño que descansa sobre la alfombra en la casa del antiguo presidente de Santa Fe, dios quiso que pasara a la eternidad en calidad de tapete. Pero es tal la impotencia de su gloria que nadie se atreve a pisarlo. Cualquiera sabe que de hacerlo estaría faltándole el respeto al felino cenital de estos tristes trópicos.

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