Por qué escribo cuando debería estar durmiendo

El joven escritor colombiano, ganador del Premio de Novela Joven Embajada de España-Colsanitas, nos cuenta la génesis del amor por su oficio.

A mí me tuvieron que enseñar a dormir. Nací con los ojos abiertos y así los mantuve hasta el día siguiente. Dormía una o dos horas y el resto de la jornada la pasaba mirando desconcertado el mundo. Mis papás había soñado con tener un hijo y ese hijo resultó ser un insomne que les quitaba el sueño. Ellos dicen que a mí me gustaba gritar y ellos intentaban sin éxito ignorar de lejos mis desafiantes berridos, pues cuando se acercaban desesperados a mi cuna yo callaba satisfecho y los miraba sonriendo, pero tan pronto se alejaban o intentaban alzarme, yo reanudaba mi furiosa aria nocturna. Supongo que fue entonces que descubrí el poder de la voz.

Cuando yo tenía poco más de dos años y papá y mamá una fatiga que incluso hoy me siguen cobrando, nació mi hermana Daniela. Con ella, el desconcierto se dio la vuelta. Mamá fue la primera en darse cuenta de que Daniela no se despertaba por sí sola. Ni el hambre la interrumpía: hasta para amamantarla había que despertarla. Después de cuatro plácidas noches en las que Daniela no se despertó nunca por sí misma (ni por mis arias), mamá, sorprendida y asustada como buena madre novata que era, la llevó al consultorio de un familiar pediatra para que la examinara y le explicara qué era lo que tenía mal la niña. –No te preocupes–dijo el familiar pediatra –La china es perfectamente normal, el raro es el otro, que no duerme. Desde mi cochecito, yo miraba al familiar pediatra con unos ojos grandotes y anochecidos que no le daban tregua a nada.

Durante el siguiente año mi hermana continuó durmiendo plácidamente mientras yo ganaba confianza en el complicado arte de caminar. Ya no me contentaba con pasar la noche despierto haciendo las veces de incansable tenor, ahora le sumaba a mis alaridos una que otra excursión. Saqueaba la nevera (mi objetivo eran los alpinitos y las compotas de mi hermana), abría la puerta del gallinero y coloreaba con crayola los planos arquitectónicos de papá. Llevado por el cansancio y la exasperación, papá se levantó una noche, entyró a mi habitación y me ató la muñeca a la cama con una corbata. Esto casi le cuesta el divorcio, no tanto por la crueldad del acto, sino porque la rabia de estar atado le dio un vigor sin precedentes a mi voz. Del acostumbrado soliloquio nocturno pasé a un alarmante alarido tarzánico capaz de convocar a esa fauna aulladora que eran mis primos, vecinos recién llegados a la jungla infantil del insomnio.

Dicen que fue en medio de una discusión acerca de si lo más conveniente sería regalarme a los gitanos (que también gritan de noche) o ponerme un bozal, cuando mi abuela nos dio la fórmula mágica con la que ella había sobrevivido a las largas y frías noches de su infancia: Hay que enseñarle a leer. –Pero es demasiado chiquito para que aprenda –repuso mamá –y ustedes demasiado jóvenes para no dormir― contestó la abuela.

Las dos tenían la razón: no fue posible enseñarme a los tres años pero cuando a los seis empecé a leer mis primeros cuentos, una infinidad de mundos paralelos se desplegaron ante mis ojos y mis papás volvieron a dormir… por un tiempo. Si bien ya no gritaba, igual me quedaba despierto con unas ganas incontenibles de contarle a alguien lo que acaba de leer.

―Pa. Despierta, pa.

―¿Qué pasa, Santi?

―¡Tintin encontró el tesoro de Rackham el Rojo!

―¿El qué?

―¡El tesoro de Rackham el Rojo!

―Hijo, acuéstate, mañana hay que despertarse temprano.

Así un año más hasta que la abuela vino una vez más al rescate:

―Lean con él antes de ir a acostarse.

La idea era buena pero al final resultó peor, pues de tanto coleccionar historias, aventuras, héroes y villanos, la cabeza se me llenó de rostros y paisajes que tan pronto como papá o mamá abandonaba mi habitación, convertían la noche en el reino de las pesadillas. La nueva sinfonía del desvelo empezaba para mis padres con el chirrido de la puerta de su habitación que se abría, seguido de mis afelpados pasitos por la habitación hasta el borde de la cama donde me quedaba unos segundos quieto y en silencio. Cuando papá o mamá notaba la templada y menuda silueta que formaba mi cuerpecito dentro de una pijama enteriza que empezaba a quedarme pequeña yo hacía un esfuerzo enorme por no llorar y en cambio soltaba un gemido hecho frase que incluso ahora que lo recuerdo me estremece: “tengo una pesadilla”.

Santi, cuando tengas una pesadilla― me dijo mi primo mayor, que en ese entonces era para mí la más respetable autoridad en cualquier tema humo y/o divino –lo único que tienes que hacer es encender la lámpara de tu mesa de noche y la pesadilla desaparece.

El truco funcionó en la primera y la segunda noche, pero a la tercera, en medio de una persecución, una caída por un precipicio o una pelea en la que sólo yo me movía en cámara lenta, pensé “esto es un sueño, basta con que encienda la luz” y en vez de acabar con la pesadilla di inició a mi nueva agonía onírica: encontrar, en el sueño, la bendita lámpara de mi mesa de noche. Tras una semana de esquivar dragones, lobos, brujas, profesores, la enfermera del abuelo y otros espantos semejantes que me perseguían en mi desesperada búsqueda de la lámpara tuve que rendirme y regresar avergonzado al borde de la cama de mamá y papá.

―¿En serio, Santi, te perseguía la enfermera?―

―Sí, era horrible, tenía pico de buitre.

―¿Pico de buitre?― Papá se atacó de la risa.

¡Sí, como el que tiene de verdad, pero no tan blandito!― dije yo riéndome y descubriendo el pararrayos que puede ser el humor. El asunto estaba solucionado para mí, pero no para ellos, pues si bien ya no entraba asustado pidiendo asilo, ahora entraba entusiasmado pidiendo audiencia.

―Santi, amor –dijo una noche mamá ―¿por qué no escribes tu sueño y nos lo lees mañana en el desayuno?

Por lo general, lo que leía por la mañana a mis papás y a mis hermanos (pues para ese entonces Daniela ya no era la hermana menor sino la de la mitad) no era el fiel relato de lo que había soñado. En algunas ocasiones, casi nada correspondía a lo que había soñado, pero no importaba, pues lo que hacía de la noche un mundo divertido y apetecible no era la crónica de mis terrores sino su alquimia en el material del juego y la invención.

Así fue que aprendí a exorcizar mis demonios. Si algo me sobresalta, lo escribo, y esa escritura ocurre cuando todos los demás duermen, lo que hace de mi escritura una actividad solitaria, como ya señale antes. Años más tarde, en una de mis lecturas encontré un verso de Fernando Pessoa que me explicaba a mí mismo muy bien: “ser poeta no es ambición mía, es mi manera de estar solo”. En un principio sí, es eso, pero es también muchas otras cosas, pues muy pronto me di cuenta de que así como papá construía casas y edificios para resguardar a otros de las incomodidades de la naturaleza, yo escribía cuentos y poemas para resguardarme de las incomodidades de la realidad.

Publicado originalmente en el blog “La luz del Insomne

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