Mónica Roa, la abanderada de los derechos de las mujeres

La abogada que logró que se despenalizara el aborto en tres casos en Colombia es una mujer que le pone rostro a una generación de personas que sienten que pueden dialogar en igualdad de condiciones.

En una cena en la Universidad de Nueva York les pidieron a los asistentes que se presentaran y dijeran una cosa que les gustara, una cosa que no les gustara y una cosa que los obsesionara. Eran abogados y todos hablaron de asuntos muy serios. Hasta que le tocó el turno a Mónica Roa. Ella dijo“A mí me gusta el buen sexo, no me gusta el mal sexo, me obsesiona el sexo y mi especialidad son los derechos sexuales y reproductivos”. La mitad del auditorio soltó la carcajada y la otra mitad se escandalizó.

A Mónica le gusta esa frase que dice “Las mujeres bien comportadas rara vez hacen historia”, quizás porque ella misma es un ejemplo de que es cierta. Anda con el pelo crespo y alborotado, como un árbol que no han podado, habla con modismos y dice malas palabras. Es fresca y abierta, el tipo de persona con el que uno hace clic enseguida.

Pero cuando nos sentamos para la entrevista y prendo la grabadora, se transforma. Se convierte en Mónica Roa, la activista. Está entrenada, como los políticos, para dar su mensaje clave: “El aborto es un problema de salud pública, de equidad de género y de justicia social”. Me tomó muchas horas que se saliera de su personaje público y me contara cosas más personales como, por ejemplo, que últimamente se cansa de su personaje público y sueña con dejarlo todo para dedicarse a otra de sus pasiones, bucear en una isla remota del Pacífico colombiano.

La vida de Mónica Roa no ha sido fácil desde que puso la demanda que despenalizó el aborto en tres casos (cuando el embarazo es peligroso para la salud y vida de la mujer, cuando es producto de una violación y cuando la vida del feto es inviable). Algunos la convirtieron en heroína y otros la satanizaron, la han aclamado e insultado, ha recibido premios (como el último de la Global Fund for Women) y ha sufrido atentados. Al principio solo la amenazaban. La llamaban y le decían “Hay temas sagrados con los que ustedes no se pueden meter” o “Sabemos lo que están haciendo, tengan cuidado”, se le metían a la oficina, que también era su casa, le vaciaban los cajones y el clóset, le robaron computadores, le tiraron mierda a la puerta y le mandaban imágenes de bebés con leyendas que decían “Vamos a asegurarnos de que vayas al cielo con ellos rápidamente”. Hace un año le hicieron unos disparos. Los pedazos de vidrio de la ventana que se rompió le cayeron en la cabeza.

¿Pasó mucho miedo?
No.

¿Nada de miedo?
[Suspira]. No, en estos momentos no me da miedo. Lo que me da siempre es mucha angustia, porque lo primero que pienso es que le tengo que contar a mi mamá y que tengo que llamar a mi jefa, que somos mejores amigas, a contarle. El miedo nunca lo he sentido inmediatamente, sino después de que proceso el tema. Un día soñé que estaba sentada, disparaban y yo tenía la bala aquí (se señala la cabeza). En el sueño, ahí sí, me atacaba a llorar.

Tuvo que mudarse de apartamento, separar la oficina del lugar de trabajo, andar con escoltas, ¿qué otros cambios hubo?
Yo era recontra rumbera. Con el tiempo dejé de salir y poco a poco me fui encerrando. Yo nunca salgo y eso, obviamente, significa no poder ser espontánea y una cantidad de cosas que ahora estoy empezando a decir “Juemadre, el sacrificio ha sido muy grande”. Ahora que miro para atrás me da un poco de angustia ver ese hueco de libertad que no he tenido por ocho años.

¿Quién es el enemigo?
Es muy difícil señalarlo, pero en general me he dado cuenta de que son grupos, ni siquiera la Iglesia, sino personas que tienen unas creencias religiosas que los llevan a ser fundamentalistas en sus actuaciones, con una intolerancia absoluta, en donde el reconocimiento de unos derechos que a ellos no les gustan, lo entienden como una amenaza a sus propios derechos, a pesar de que nunca nadie las vaya a obligar a abortar. Pero el que se le reconozca a otra mujer la libertad para que ella escoja si sí o si no, lo toman como una afrenta muy grande.

¿Tiene cara?
Con los que me he enfrentado en la calle tienen muchas caras. Una vez que estábamos haciendo una velada, llegó un señor viejito, con cara de abuelito, a decirme que yo me iba a quemar en el infierno. O el muchacho superjoven que me empezó a gritar en Carulla que yo era una asesina de bebés. Muchas mujeres, obviamente. El año pasado hubo un momento en el que me estaban bombardeando todo el tiempo con que yo era una asesina de bebés. La hija del procurador (Alejandro Ordóñez) me decía eso por Twitter, me acusaba de genocida.

¿Cuándo se le metió la espinita del feminismo?
Mis papás se separaron cuando yo tenía diez años, entonces tuve una experiencia de vida que me permitió ver dos lados de ese mundo. Por un lado, no tener un papá en la casa me daba la libertad de no tener un papá en la casa. Alguien a quien yo tuviera que rendirle pleitesía o que tenía la última palabra o que fuera muy autoritario, que era lo que veía con amigas del colegio. Pero desde otro punto de vista, mi papá no le daba alimentos a mi mamá. Mi mamá tuvo que ser madre cabeza de familia, mantenernos, educarnos, peleársela toda, trabajar hasta que ya no más.

Madre y padre…
Madre, padre y Espíritu Santo [se ríe]. Entonces yo veía la parte de la injusticia, tenía el caldo de cultivo dentro de mí. Y hace poquito me acordé de una de las primeras cosas que yo leía. Era un libro de cuentos de Carmen Cecilia Suárez. Había un cuento que decía “El arte del bonsái me recuerda a la mujer; cortando ramitas y raíces se logra que un árbol que hubiera podido ser grande y frondoso sea pequeñito y deforme, y lo peor de todo es que después encontramos eso tan grotesco, bonito”.

¿Y por qué la obsesión con el sexo?
Porque me encanta cómo, a pesar de ser una cosa con la que estamos en contacto todos los días, cómo siendo la sexualidad para el ser humano algo tan diario, tan importante, tan intrínseco, hay un tabú tan grande. No es sino decir la palabra “sexo” y todo el mundo empieza ji, ji, ji, o se escandaliza. Una cosa que me hubiera gustado lograr, que hasta ahora no he podido hacer, es hablar de derechos sexuales y reproductivos con el chistecito del sexo. El aborto no aguanta un chiste, pero sería una manera de volver el tema de los derechos sexuales y reproductivos, no el del aborto, más liviano. Creo que también lo veo como una manera de –no quiero que esta palabra se entienda como políticamente incorrecta– deslesbianizar a quienes trabajamos en el tema. No porque ser lesbiana sea malo, todo lo contrario, sino porque todas las mujeres que trabajamos en derechos sexuales y reproductivos ya somos, por defecto, lesbianas. Y si tengo treinta años y hablo de aborto todo el tiempo, entonces ¿cómo hago?, ¿cómo levanto?

¿Qué es buen sexo para vos?
Es una mezcla de mucha química, de mucho entendimiento con una persona, cuando te entiendes con alguien sin necesidad de que haya dicho nada, con curiosidad por explorar las sensaciones propias y de la otra persona.

¿Y mal sexo?
Mal sexo es cuando la comunicación es mala; cuando no te das cuenta de que con lo que le estás haciendo al otro no le está pasando absolutamente nada; cuando hay dos personas teniendo una experiencia paralela pero en la que no hay contacto.

¿Cuándo se hizo por primera vez la pregunta del aborto?
No me acuerdo del momento perfecto, pero creo que en el bachillerato se cruzaron el tener un novio con que me pusieron el video El grito silencioso. Estaba en un colegio lasallista, católico, y mi primera reacción frente al aborto fue rechazarlo.

¡Mónica Roa no creía en el aborto!, ¿por qué?
Yo creo que por lo que le pasa a la mayoría de la gente. Sin pensar mucho, sin que a uno le den mucha información, y si te preguntan de una manera donde solo hay dos opciones, ¿sí o no?, ¿estás de acuerdo o en desacuerdo?, la mayoría de la gente tiende a estar en desacuerdo.

¿Y ahora qué tan de acuerdo está?
Yo estaría de acuerdo con el aborto por solicitud de la mujer, por ejemplo, hasta el primer trimestre y de ahí en adelante por las circunstancias extremas.

¿Ha abortado?
No.

¿Qué les falta a los hombres para terminar de entendernos?
En lo que hemos sido más exitosas es en reclamar el espacio público, pero falta que los hombres reclamen su lugar en el espacio privado, porque nosotras podemos hacer todo lo que queramos en el espacio público siempre y cuando sigamos haciéndonos cargo del espacio privado, así sea contratando a otra mujer para ello. Pero estamos empezando a ver una generación de hombres que están valorando su lugar en la vida privada, que empiezan a disfrutar más tiempo con sus hijos, que empiezan a disfrutar cocinar –ahora lo más sexy que puede haber es un hombre cocinando–. Cosas que tradicionalmente eran el reinado de ellas dentro de la casa están empezando a ser reconquistadas por los hombres, aunque son avances muy pequeñitos todavía.

¿Siente que tienen miedo a enamorarse de mujeres como usted?
No tengo la respuesta…, supongo. Creo que quienes nos van a querer tienen que ser hombres que están en un medio completamente distinto, donde no hay la más mínima posibilidad de sentir competencia, u hombres que crecieron teniendo mucha conciencia sobre sus mamás, hombre, que ya crecieron con mamás trabajando, incluso algunos que vieron cómo sus papás les pegaban a sus mamás y no quieren repetir. Es posible que a partir de eso podamos empezar a ver una generación de hombres que sean pares nuestros.

Con todo lo ganado, ¿por qué tanto canibalismo entre las propias mujeres?
Es la falta de haber logrado una solidaridad de género. Creo que no hemos logrado construirla porque estamos en un país superinequitativo y donde la belleza determina mucho. Somos clasistas, racistas y “bellicistas”, entonces cada cual defiende el espacio donde logró ser algo o tener algo de reconocimiento y se defiende a muerte. Esto es muy triste porque hace falta muchísima solidaridad, pero también mentoría entre mujeres. La pregunta es cómo poder construir un discurso en donde cada una de ellas se vea identificada y que no genere tanta envidia, tanta resistencia a establecer lazos.

¿Es posible derribar esa primacía de la belleza?
La razón por la que en Colombia es impresionante este tema es porque la falta de posibilidades de ascender socialmente a través del estudio o de encontrar una opción profesional hace que lo único que la gente sienta como opción es si es bonito y así poder ser o modelo o actor…, eso, digamos, sin entrar en el tema del narcotráfico. Es triste que la belleza sea un poco la “justicia social” en Colombia, teniendo en cuenta que, más allá de todo, es el caldo de cultivo para el tema de trata y prostitución forzada y turismo sexual, tan presentes en nuestro país.

¿Será que nos pusimos retos demasiado grandes al quererlo hacer todo?
Cuando empiezas a decir “es que yo lo puedo todo sola, yo puedo todo sola”, pues al final te toca todo sola y eso es muy complicado. Lo importante está en cómo empezar a construir relaciones entre hombres y mujeres en las que nos apoyemos mutuamente sin necesidad de que uno anule al otro o que se sientan en competencia. Requiere sentarse a tener conversaciones sobre un montón de cosas que no estamos acostumbrados a hacer en pareja.

Mónica, ¿le gusta haber nacido en la época que nació?
Sí, mucho. Estéticamente me hubiera encantado haber nacido en los 50 o 60, pero me gusta este tiempo porque hubo un proceso de transición, veo los avances y veo los retos. De eso estaban hablando cuando recibí el premio de la Global Fund for Women el otro día; las que daban el premio eran aquellas que hace unas décadas se fueron a Naciones Unidas y lograron que la ONU dijera que los derechos de las mujeres son derechos humanos. Fue toda una pelea en su momento y hoy en día nadie lo cuestiona. A mí lo que me gusta es hacer parte de la generación que nació con eso ya dado y que nuestro reto es ver qué vamos a hacer con todo esto, cómo vamos a hacer para que eso se transforme en un mundo mejor, no solo en una vida mejor para niñas y mujeres, sino en un mundo mejor para todos.

 

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