Elon Musk. El genio tecnológico del siglo XXI

Desde niño supo cómo sería el futuro, que el medioambiente estaba en riesgo y que no existían las fronteras. El cerebro detrás de Tesla Motors donó un millón de dólares al museo de Nikola Tesla.

Algo en Elon Musk me hace pensar en Tintín, el héroe sin edad de las célebres historietas del caricaturista belga Hergé. Tiene 42 años aunque parece de 30 y su expresión de niño inocente y algo burlón no corresponde con el torrente de compleja información que procesa a velocidades superlumínicas… y que expresa de forma casi inconsecuente.

Ese tono casual y a la vez seguro es lo que define a Musk, el multimillonario de origen sudafricano radicado en California y responsable del éxito arrollador de los autos eléctricos Tesla Motors y los logros sin precedentes de la primera agencia espacial privada, SpaceX. Cualquiera que lo oiga pensaría que diseñar tecnologías y fundar a tres revolucionarias empresas (la otra es SolarCity, que fabrica paneles solares de alto rendimiento) es la cosa más fácil del mundo.

Pero la verdad es que Musk, quizás el empresario más mencionado en los medios mundiales después de Steve Jobs, ha descrito su labor como “comer vidrio molido y enfrentarse al abismo de la muerte. Y aunque hay períodos muy divertidos, la mayor parte del tiempo uno tiene que trabajar en los problemas de la compañía y no en los que a uno le gustan”.

Por eso, cuando una pregunta le da en la vena por su fiero compromiso con el medioambiente, de su amor por el espacio, o del futuro del automovilismo, Musk responde con avidez, hilando complejas cadenas de ideas en una sola hebra, clara y sólida como una trenza bien anudada.

“Cuando estaba en la escuela me pregunté qué áreas afectarían más profundamente el futuro de la humanidad, y pensé que eran la Internet, la energía sustentable y la exploración espacial, y que me gustaría involucrarme con alguna, o quizás con todas ellas”, soltó, así, sin más.

Con esa claridad, dio a luz en 2003 a uno de sus bebés, en Silicon Valley: Tesla Motors. Allí, Musk no solo es cofundador, sino que dirige el diseño de productos. Después de todo, estudió Física aplicada.

Bautizada en honor del genio europeo de la electricidad Nikola Tesla, la compañía fabrica y vende autos ciento por ciento eléctricos de alto rendimiento y cero emisiones, tales como el seductor Tesla Roadster, el primer carro deportivo eléctrico (modelo ya descontinuado). Con un paquete de baterías de iones de litio, el Roadster vendió más de dos mil autos por 90.000 dólares cada uno, anda 320 kilómetros antes de necesitar recargarse y es dos veces más energéticamente eficiente que el Toyota Prius.

La recarga es gratuita de por vida y Musk promete tener redes de cargadores por todo el mundo, comenzando por Estados Unidos donde ya existen “corredores” de cargadores Tesla que ligan a varios estados. Claro que la forma más fácil de recargar su auto es conectarlo todas las noches a la toma normal de electricidad en casa, como hace con su celular.

Hace unos tres años Tesla develó el inmensamente exitoso Modelo S, a partir de 70.000 dólares –a los que, según Tesla, hay que restarles 7.500 dólares de un crédito e impuestos del gobierno federal–. Durante mi test drive en Miami Beach compruebo lo silencioso y suave que es el vehículo (después de todo solo tiene una parte móvil, el rotor) y que su aceleración es instantánea. Según Consumer Reports, el Modelo S “es mejor que cualquier vehículo que esta publicación haya ensayado nunca. Si se pudiera recargar en tres minutos (una carga completa aún toma seis horas y permite recorrer 426 km) este auto tendría una calificación de 110 sobre 100”.

El Modelo S tiene una larga lista de espera (hace unos meses estaba por los 8.000 autos), así como el Modelo X, el próximo minivan dirigido al mercado SUV. Además, Tesla vende sistemas eléctricos para el Mercedes Clase A y para el Toyota RAV4.

“La meta de Tesla es tratar de acelerar el advenimiento del transporte sostenible –predijo Musk en una conferencia en Stanford–. Creo que eso va a suceder de todas formas porque se trata de una necesidad. Pero queremos que Tesla sea un catalizador para acelerar ese proceso y hacer que suceda al menos diez años antes. Y lo estamos logrando –pienso yo–”.

Diríamos que sí. Están vendiendo al menos 5.000 autos por trimestre. “Pero dejo en claro que nuestro objetivo no es convertirnos en la próxima Honda, vendiendo toneladas de autos, sino más bien que queremos avanzar en la causa de los vehículos eléctricos. Si en 15 años la mitad de los autos del mundo son eléctricos, yo consideraría eso como una victoria”, enfatizó Musk.

Dueño del cielo
Hace algunos meses asistía a otra de las promesas que Musk se había impuesto ambiciosamente en la infancia. Estábamos en el Centro Espacial Kennedy viendo cómo su Falcon 9, que yace acostado dentro de su hangar como una crayola gigante, se convertía en el primer cohete privado de carga en ser puesto en órbita terrestre para reabastecer la Estación Espacial Internacional –una tarea que hasta entonces solo hacían la NASA o la agencia espacial rusa Rosaviakosmos–.

En otras palabras, Elon Musk había creado algo que solo los gobiernos de un puñado de naciones poseían: su propia agencia espacial. “Siempre me pregunté por qué, después de la Luna, no habíamos puesto a nadie en Marte. ¡Qué desilusión! Es obvio que si la humanidad permanece confinada a este planeta, vamos a desaparecer. Hemos de convertirnos en una especie multiplanetaria”, dice con ese ligero acento sudafricano que viene y va, especialmente cuando se emociona con algo (salió de Pretoria a los 17 años). “Y para eso hay que entusiasmar a la gente. Entonces me puse a pensar en la forma de hacer más baratos los viajes espaciales”.

Leyó muchos libros y decidió comprarse dos cohetes (por si acaso fallaba el primero), con el dinero que había hecho tras vender la empresa de comercio electrónico PayPal. “Pero eran carísimos: un Boeing Delta 2 vale como 65 millones de dólares. Así que fui a Rusia y traté de comprarme dos misiles balísticos intercontinentales de los grandes, por 10 millones cada uno, ya que eso sí me alcanzaba”.

Pero luego Musk se dio cuenta de que en Estados Unidos hay mucha fuerza de voluntad para ir al espacio. “Esta es una nación de exploradores –enfatiza–, así que decidí no comprar los cohetes, sino fabricarlos, y hacerlo recortando el costo de ensamblaje y la burocracia de los subcontratistas que emplean los gobiernos, que es lo que encarece a un cohete (¡no son los materiales!). Además, hacerlos totalmente reusables –algo que la NASA no ha logrado porque no ha necesitado hacerlo–, pero sé que nosotros vamos por buen camino”.

Así, su primer cohete, el Falcon 1, costó tan solo 6 millones de dólares –comparado con los 25 millones de dólares de un cohete similar de Boeing o Lockheed–. “Nuestro Falcon 9 cuesta 65 millones de dólares, pero el combustible es baratísimo: 300.000 dólares. ¡Eso es lo mismo que cuesta tanquear un 747!”.

Fundada en 2002, SpaceX tiene ahora 3.000 empleados, muchos de ellos provenientes de varios sectores de la industria aeroespacial. Además de sus clientes privados que necesitan poner satélites en órbita, en 2008 firmó un contrato con la NASA por 1.600 millones de dólares a cambio de 12 vuelos de abastecimiento al laboratorio orbital. Y últimamente, Musk se concentra en certificar la cápsula Dragón para vuelos tripulados, pues el próximo objetivo es transportar a los astronautas estadounidenses y ahorrarle al país gran parte de los 70 millones que Rusia cobra a cada tripulante por el “servicio de taxi” en la cápsula Soyuz hacia la Estación Espacial Internacional.

“Mucho va a suceder en los próximos años”, dice ante la pregunta filosófica del grupo de periodistas. “Por ejemplo los autos, como los aviones, tendrán un piloto automático. Eventualmente Tesla trabajará en eso. Pero mi motivación con Tesla y con SolarCity es que hay que hacer algo por nuestro medioambiente. El tiempo se nos acaba y eso resulta angustiante. Por eso, para mí no se trata de hacer dinero y temer perderlo, sino de hacerlo y arriesgarse a usarlo para resolver los problemas del futuro de la humanidad”.

Tony Stark es Elon Musk
Es fácil, entonces, ver por qué Jon Favreau, productor de la película Iron Man, se inspiró en Musk para el personaje de Tony Stark, el millonario genio de la robótica e impulsor de tecnologías aparentemente imposibles para bien del planeta. Stark es Musk.

Pero también podría comparársele con Sheldon Cooper, el sabelotodo de la popular serie The Big Bang Theory, ya que, según su madre Maye (una supermodelo canadiense hermosa y activa en la industria aún a sus 63 años), cuando el joven Elon estaba en el colegio en Pretoria, alienaba a sus compañeros de clase corrigiéndoles pequeños errores factuales. Él pensaba que les estaba haciendo un favor, pero todo el mundo opinaba que era arrogante y antipático –igual que Sheldon–.

“Elon puede ser brutalmente honesto y decir cosas que duelen”, ha comentado su hermana Tosca en varias ocasiones. “Pero no está tratando de hacerte daño, sino que aprecia la honestidad por encima de todo”. Lo otro que Musk aprecia son los libros. Los devora como pasabocas. Según su madre, a los nueve años se había leído la Enciclopedia Británica entera. Y su memoria fotográfica recuerda cada página de lo que lee. Eso le ha venido bien a la hora de sentarse con los ingenieros para aprender el funcionamiento de un cohete o de un auto eléctrico. O de un computador: a los 12 años había aprendido programación por sí mismoy diseñado su propio software, un videojuego espacial que bautizó Blastar y que vendió por 500 dólares.

Elon Musk se ha descrito a sí mismo como adicto al trabajo (pasa hasta 100 horas semanales inmerso en la tecnología en sus empresas) y a los libros, especialmente las biografías. Le gusta escuchar a Adele, a Robbie Williams y a Beethoven; no le molestaría morir en Marte (“pero no durante un aterrizaje forzoso”); cree en el amor y espera no envejecer solo (estuvo casado con su novia del colegio y madre de sus cinco hijos, Justine, y luego con la actriz inglesa Talulah Riley); tiene una bonita relación con sus hijos, quienes viven con él, y no se puede quejar de los negocios.

“Solo necesito resolver el lado romántico”, le dijo en un mensaje de texto a una reportera de la revista Fortune. “O convertirme en monje”, termina con ese humor que también se le cuela en la mirada. Monje o millonario, pienso que seguirá siempre pareciéndose a Tintín. Valor neto: 2.700 millones de dólares Fundador: SpaceX, Tesla Motors, PayPal Presidente: SolarCity Origen: Pretoria, Sudáfrica Edad: 42 años Nacionalidad: Estadounidense Origen de su fortuna: Tesla Motors, otros Grados: Economía, en Wharton; Física, en la Universidad de Pennsylvania Residencia: Los Ángeles Estado marital: Dos veces divorciado Hijos: Cinco varones (mellizos y trillizos) Lista Forbes: #66 persona más poderosa del mundo; #190 en la lista de los 400 millonarios “Hay que hacer algo por el medioambiente. El tiempo se nos acaba y es angustiante. El dinero que hago es para arriesgarlo en resolver los problemas del futuro de la humanidad”.

*ÁNGELA POSADA-SWAFFORD: Periodista colombiana especializada en temas de ciencia, radicada en Miami.

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