Nelson Mandela, el hombre que unió un pueblo

El 5 de diciembre de 2013 falleció Nelson Mandela, uno de los líderes más importantes del siglo XX. Parte de su legado fue entender que los deportes son un arma poderosa para unir a las naciones.

Son incontables los líderes políticos alrededor del mundo que han sabido cómo sacar provecho de la popularidad de los deportes. Pero ninguno lo ha hecho con tanto tacto y ha tenido una comprensión tan genuina y a la vez simple del potencial de los deportes para construir una nación como Nelson Mandela.

De niño amaba correr. En su adolescencia aprendió a boxear. Mientras estuvo en la prisión de Robben Island, los partidos de fútbol lo mantenían cuerdo. Y cuando fue liberado y recibió el mandato de reconstruir una Suráfrica rota y fragmentada por el apartheid, puso en práctica lo que él llamaba el poder de los deportes para unir a su pueblo. Es un legado fenomenal ya que Mandela logró usar el poder de la mente para que, a través de jugar juntos y llevar la camiseta de un mismo equipo, los surafricanos aprendieran a ser una nación diversa y en paz consigo misma.

Los que tuvimos la suerte de conocerlo en los noventa, aprendimos a admirar su increíblemente audaz, y hasta infantil, confianza en los deportes para sanar divisiones tan profundas. Tanto elMundial de Rugby de 1995, como la Copa Africana de Naciones de fútbol de 1996, el Mundial de Cricket de 2003 y hasta el Mundial de la FIFA en 2010, tuvieron como escenario tierra surafricana. Estos eventos forjaron y moldearon una filosofía a través de la cual, jugando y apoyando al mismo equipo, la gente se podría dar cuenta de que la noción de dividir a hombres, mujeres y niños de acuerdo con el color de su piel no tenía sentido alguno.

Por supuesto, esta no era la visión de un solo hombre. Mandela creció en una nación deportiva antes de empezar su lucha contra el apartheid. Sin embargo, después de 27 años de prisión, su espíritu y su razón se mantuvieron intactos. Es un privilegio que los deportes fueran un principio y una herramienta tan importante en la forma de perdonar, e incluso olvidar, de Mandela.
“Los deportes”, dijo, “tienen el poder de cambiar el mundo. Tienen el poder de unir a la gente de una forma que muy pocas cosas lo hacen. Le habla a la juventud en un idioma que entiende. Los deportes crean esperanza donde antes había solo desesperación”. Mandela usó este discurso en varias ocasiones, hasta pulirlo y desarrollarlo para incluir una referencia abierta a la eliminación de las barreras raciales y de todas las formas de discriminación. Sin duda, era la combinación de la mente de un abogado y del sentido del oportunismo de un político.

El momento en el que el equipo de rugby de Suráfrica ganó el Mundial de 1995, un año después de que Mandela fuera elegido presidente, siempre será visto como el ícono del deporte superando el apartheid. Mandela, con la camisa verde y la gorra de los Springboks, entregándole la copa a François Pienaar, el capitán, se convirtió en un símbolo de unificación. Ahí estaba el líder negro, el luchador por la libertad, abrazando conscientemente al capitán rubio de un deporte que, hasta el momento, únicamente jugaban los blancos.

Pero esto no pasó por casualidad. Pienaar fue invitado a tomar té con el presidente unos días antes de la final. El capitán se conmovió, y todavía permanece conmovido, por la experiencia de aceptación y de amistad con Mandela.

No se trató de un espectáculo para el público. Mandela actuó de la misma manera, y fue igual de genuino, con los jugadores de diferentes razas y de equipos menos famosos durante la Copa Africana de Naciones.

El fútbol era el deporte que se jugaba en Soweto y en otros municipios. Sin embargo, jamás se les prohibió a los blancos, que nunca fueron excluidos del juego. Ellos podían, y un par de valientes lo hicieron, jugar al fútbol juntos, incluso durante las épocas más aciagas del régimen. Y siempre los blancos eran aceptados exclusivamente de acuerdo con sus habilidades.

Una vez tuve la temeridad de decirle a Mandela que, por esta razón, el fútbol se había ganado el derecho de ser el juego de Suráfrica ya que había sido capaz de esquivar los prejuicios raciales. Él respondió que Suráfrica se postularía para los Juegos Olímpicos y para el Mundial de Fútbol cuando tuviera los recursos. De hecho, la Ciudad del Cabo compitió con Atenas para los Olímpicos del 2004, pero perdió. Para el Mundial del 2006 Suráfrica volvió a intentarlo, pero el comité escogió a Alemania, por considerarla un destino más seguro. Pero Suráfrica perseveró. Mandela estuvo personalmente involucrado, y tenía que estarlo, para ganar los votos y dar sus discursos prometedores sobre “el poder para cambiar el mundo” cuando se presentó personalmente ante el comité ejecutivo de la FIFA.

Sin embargo, Mandela no podía estar detrás de la postulación todo el tiempo, ni promoverla en medio de los juegos políticos internos que caracterizan el espantoso proceso selectivo de la FIFA para escoger dónde jugar su torneo de billones de dólares.

Por eso, Mandela escogió a Danny Jordaan, también un activista antiapartheid que había conocido durante sus días de estudiante, para dirigir la exitosa propuesta de realizar el Mundial en Suráfrica en el 2010.

Cuando se necesitaba la perseverancia de Mandela, él estaba ahí. Y cuando ganaron la sede y se tomó la decisión de hacerlo, seis años antes del evento, Mandela dijo que se sintió como un quinceañero al que le acababan de entregar un sueño.

Ya viejo, y siempre delegando, Mandela sabía que esta era la prueba más grande para el carácter de una nación a la que Suráfrica se enfrentaría mientras él viviera.

El comité evaluó la capacidad no solo de Suráfrica, sino de toda África para alojar durante el torneo a 32 países por todo un mes: construir hoteles, aeropuertos, calles, recibir millones de extranjeros y edificar nuevos estadios gigantes, que el país escasamente podía pagar.

Pero la gente, y Mandela, dijeron: “Ke nako”. Es hora.

El Mundial del 2010 estuvo opacado por una profunda tristeza: la trágica muerte en un accidente de carro de la bisnieta de Mandela de 13 años, Zenani, en la víspera de la ceremonia de inauguración. La tragedia le recordó a Mandela lo cruel que puede ser el destino. Justo antes, varios invitados habían pasado por la casa de Mandela en Johannesburgo a visitarlo: entre ellos estaba Cristiano Ronaldo, ante el cual Zenani, literalmente, bailó de felicidad, emocionada por la visita del ídolo del fútbol.

Poco después Zenani se había ido. Mandela no llegó a la ceremonia de apertura la siguiente noche. Apareció en el estadio durante la final. Este fue su último compromiso público importante.

Mandela estaba frágil entonces, pero no de espíritu. Dijo una vez más: “Ke nako” y la esencia de su discurso de despedida fue: “Lo hicimos”.

Y así fue. Sin él, seguramente nunca habría tenido lugar un evento deportivo como ese en tierra africana. Los deportes son simples, pero a veces se necesitan grandes líderes, seres humanos excepcionales, para entenderlo.

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