Jimmy Ibarra, el colombiano del Circo del Sol

En Kooza, el espectáculo del Circo del Sol que este año cerrará su temporada en París, el colombiano Jimmy Ibarra se arriesga cada noche cuando la carpa toma vida.

Dos hombres ataviados de negro y rojo caminan desafiantes hacia el centro del escenario. Llevan trajes fieles a su figura, máscaras que forran sus cabezas y maquillaje que los hace ver como demonios, los únicos capaces de desafiar a la muerte. La misma que baila todas las noches bajo sus pies cuando el circo abre sus puertas y cobra vida. La muerte que le peleó con encono a uno de ellos doce años atrás y lo confinó a estar lejos de la carpa por casi dos años.

Era un día de función cualquiera en Ibagué con American Circus, cuando Jimmy Ibarra (1980) cayó al suelo desde siete metros de altura y se golpeó esa parte del cuerpo que es casi irreparable: la cabeza. El circo siempre fue su segunda opción. La primera era estudiar, pero el exceso de pobreza se lo negó. Tras el accidente, luego de sobrevivir con sus ahorros y superar mareos y pérdidas de memoria, le pudo más la añoranza que el miedo. Tuvo que reconquistar La rueda de la muerte, esa amante extraña que lo llevó al dolor, pero que jamás había dejado de seducirlo. Hubiera podido ser ingeniero mecánico, industrial o electrónico, pero se convirtió en uno de los artistas que arriesga la vida todas las noches en el espectáculo al que la crítica y el público han bautizado como el mejor del mundo: Cirque du Soleil o el Circo del Sol.

Son las ocho en Madrid, no de la noche sino de la tarde, porque el sol aún resplandece como a las tres en Bogotá. La gente empieza a llegar al grand chapiteau, la gran carpa, para ver Kooza, el espectáculo que se estrenó hace un par de semanas en la capital española. Cuando los enmascarados montan la rueda que alza el vuelo, se siente cómo el público detiene la respiración. La música en vivo atiza el suspenso. Arriba, Jimmy ha dejado de ver al público. Pueden ser tres mil personas las que fijan sus ojos en él, pero él no se fija en ninguna.

“Desde lo alto siento emoción, pero tengo que concentrarme para hacerlo todo bien. Aunque tengo días en los que amanezco supersticioso, como si todos mis miedos se apoderaran de mí y despierto creyendo que voy a tener un accidente. Por eso, para desafiar a la superstición, entreno con más esfuerzo para preparar mi cuerpo antes de salir al escenario. No puedo dejarme poseer por el miedo, porque ese día dejaré de disfrutar lo que hago”, me confiesa en uno de sus descansos.

La carpa de cuerpo blanco y corazón azul recubre 17.000 metros cuadrados. Cada una de sus piezas suma mil toneladas de peso y son necesarios 70 camiones para transportarlas alrededor del mundo. A Madrid llegaron a Casa de Campo, un histórico parque en el oeste de la ciudad, a levantar la estructura en un proceso que tomó nueve días. Adentro, todo parece sincronizado, pensado con la lógica de la diligencia, la disciplina y la pasión. “Si llegar acá fuera fácil, cualquiera podría hacerlo”, cuenta Jimmy. A él le costó varios meses de pruebas y la competencia entre 20 espectáculos del mundo, además de media vida de experiencia bajo la carpa.

“Sí extraño compartir y tener amigos desde la escuela y llegar a esta edad y tener amigos de toda la vida. Pero todo tiene un precio y una recompensa”, dice a sus 32 años y siete con el Cirque du Soleil, donde actúa junto a Robinson Valencia y Ronald Solís, también colombianos. Usa con frecuencia una chaqueta de algodón gris sin camiseta. Siempre dice ¡Hi! cuando contesta el teléfono porque en el circo se habla en inglés. Por eso su español ya tiene esas modulaciones de quien hace tiempo usa otra lengua. “Tengo a mis amigos alrededor del mundo y otros que no veo por muchos años, pero lo que he aprendido, las culturas y las experiencias han llenado mucho ese vacío. Lo que he vivido no lo cambiaría por el día a día de una ciudad. Eso no sería interesante, porque en una ciudad solo vives lo que pasa allí y tienes 15 días de descanso. En cambio yo paso dos meses en un lugar y tengo tiempo para conocer cosas buenas y malas, algo que incluso una persona con mucho dinero no podría hacer”.

Puede que eso sea cierto, sin embargo, el comienzo de Jimmy fue diferente y eso cómo no lo iba a marcar. A pesar de que nació en Guatemala y vivió sus primeros doce años por Centroamérica, se estableció a los 12 años en Colombia, el país de su mamá y donde se nacionalizó, después de la muerte de su padre, chileno y segunda generación del circo. Él y el abuelo eran trapecistas. Jimmy recuerda haber crecido siempre bajo la tutela de la carpa, y aunque el circo parecía su destino marcado, hubiera querido ir a la universidad y dejar el escenario como una alternativa de fines de semana. Pero esa realidad de pobreza que no lo abandona lo empujó en Colombia de regreso al show. En Medellín, ya huérfano de padre, debido a que un mástil de la carpa se le vino encima, vio cómo la posibilidad de estudiar se le escapaba debido a la responsabilidad de velar por su familia.

 

Pasión vs. miedo

–Jamás se te ocurra hacer ese número, le ordenó su padre a los ocho años cuando asistían a un espectáculo de La rueda de la muerte, en el que el acróbata sufrió un accidente.
Pero cuando el padre murió, la prohibición se fue con él y el espectáculo le pudo más cuando volvió a verlo en Medellín a sus 13 años. A los 14 ya lo estaba ejecutando. “El miedo siempre lo voy a tener. Siempre lo tienes que tener para respetar el aparato y la fuerza de gravedad”, dice convencido de que el peor enemigo de un acróbata es la confianza, esa de la que se oculta como de un canto de sirenas, después de más de 1.500 funciones de Kooza.

¿Quiere que su hijo crezca bajo la carpa?

No. Si llego a tener hijos estaría máximo hasta sus cinco años.

¿Entonces dejaría la vida del circo por amor?

Cuando el amor es más grande que otra cosa tienes que tomar decisiones. Todavía no tengo hijos y mi novia no ha dicho si quiere venir a esta vida conmigo. Tienes que ver lo más importante para tu vida y el amor es más importante que cualquier otra cosa. Y si ella piensa que va a ser feliz a mi lado, ¿por qué no?

Cuando termine su vida útil en el circo tiene muchos proyectos para el futuro. Uno de estos es montar una escuela en Medellín. “Creo que es una ciudad con potencial para eso, donde los jóvenes a los 14 años no saben qué quieren de su vida, no ven un futuro y yo creo que el circo les podría dar una oportunidad. O también podría montar un espectáculo diferente a lo que se ha visto en Colombia, con actos más evolucionados y venderlos a circos europeos. Pero lo que quiero es ahorrar un dinero y tener un estilo de vida más tranquilo. No quiero ser en el futuro el que cuida el circo. He visto artistas que han muerto en la carpa de la manera más deprimente, y otros que se han retirado y tienen una vida tranquila a la orilla del mar”.

En este 2013, Kooza cerrará en París. Para el 2016 es probable que pasen por Colombia, adonde irá Jimmy como la estrella que se alza con todos los aplausos. A su hijo, cuando lo tenga, dice que le transmitirá el amor por el circo, pero la primera obligación será la escuela. Como le enseñó su papá, hace casi veinte años, antes de que él mismo dejara la vida en escena, cuando la muerte, como una ruleta, se lo llevó. La ruleta en que casi pierde Jimmy, pero a la que sigue burlando cada noche mientras la muerte baila bajos sus pies a la sombra de los aros.

 

Juliana Rojas Hernández: periodista, actualmente becaria del curso de Periodismo Joven Iberis, en Madrid. 

Articulos Relacionados

  • Vea las nuevas camisetas mundialistas con diseños ‘vintage’
  • Estas son las ciudades más amigables del mundo
  • Vea el tráiler de Phantom Thread, la película final de Daniel Day-Lewis
  • El arte está en todas partes: hasta en las fotos de paparazzi