Julieta Vélez: La colombiana que piloteaba helicópteros en Afganistán

Después de una infancia consagrada a la atracción producida por todos los aparatos de transporte, Julieta Vélez se hizo piloto de helicóptero y terminó trabajando en la virulenta y temida Afganistán.

Se puso lentamente la pashmina con la que cubrió el rostro, mientras el avión de Emirates Airlines descendía en Kabul, después de más de treinta horas de vuelo. Durante las semanas anteriores había fatigado libros y navegado en internet para saber qué clase de mundo le aguardaba.

Lo que más se había quedado en su memoria de aquel intrincado caudal de información era el hecho de saber que las mujeres en el mundo árabe deben, aunque suene paradójico, “exhibir pudor”, guardarse de que sus cuerpos sean deseados, admirados, y ni tan siquiera evocados, ser lacónicas y reconcentradas, y jamás mirar un hombre a los ojos.

Cuando salió de la nave, eran las 3:20 de la tarde del 1 de marzo de 2010. Aquel sería su primer encuentro con Afganistán, donde la pasión futurista y el amor a volar le habían arrastrado. El aeropuerto de la ciudad era, rememora, un deplorable y desaliñado manicomio de voces entrelazadas que pronunciaban frases inentendibles, de vociferantes aduaneros, sujetos de aspecto malevo con el rostro sudoroso quemado por el desierto, centinelas enormes de talante severo, niños lloriqueantes de aspecto famélico, cabras, perros, gatos y otros animales enloquecidos entre guacales, occidentales blanquísimos de mirada atónita y, ante todo, una atmósfera densa y patibularia donde no era difícil sentir la pulsión del miedo.

“Pero ¿qué estaba haciendo yo allí? –Se pregunta todavía hoy Julieta Vélez–. Tal vez este cargo, obtenido gracias al haber superado una larga cadena de pruebas y de exigencias de la firma contratante, era una forma de evasión, o una manera de huir del marco parroquial, con tantas cosas que no me cuadraban. O sencillamente una forma de buscar ser otra, ¿qué hacía en Afganistán una antioqueña, bachiller del Colegio Femenino de Medellín, odontóloga que jamás ejerció, abogada de la Universidad Nueva Granada, sin compromisos afectivos a la vista y con más de 300 horas de vuelo?”.

Allí estaba en una recóndita nación musulmana donde la guerra –eternal, mística, sangrienta, irreductible– cambia de actores pero no termina nunca, y donde por esos días se había desatado la más gigantesca jauría internacional en busca de encontrar y matar a Osama Bin Laden.

“Unos años atrás, en las calles de Medellín, comenzó mi pasión por las máquinas, un poco extraña para una ‘niña de sociedad’ –dice Julieta Vélez–. Me gustaron siempre los aparatos que permiten el desplazamiento de los hombres, su peregrinaje hacia el mentido horizonte: bicicletas, motos, autos, trenes y hasta globos nutrían mis ensoñaciones juveniles. Así, después de ser una famosa ráfaga por las calles de la ciudad, enfrenté lo que parecía un destino prefijado y me matriculé en la academia de aviación, donde les donó el optimismo a los helicópteros que, aunque pocos lo saben, no tienen nada que ver con los aviones y son algo así como el proletariado de los aparatos voladores”.

“No fueron pocos los rostros incrédulos y satíricos que encontré en el camino”, continúa Julieta. Como una curiosa logia, en el mundo del pilotaje los hombres se oponen a que la tradición sea erosionada y –¡espanto supremo!– no conciben la presencia y cercanía de las mujeres, a menos que desempeñen cargos menores y ornamentales. Son machistas en su gran mayoría y, aunque poseedores de una muy respetable sapiencia tecnológica, acostumbran a ser incultos, prosaicos, verduleros y sin el más mínimo deseo de tener complicaciones espirituales.

Ella los había tolerado de buen gusto, y hasta encontró muchos a los que le fue fácil querer, durante los años en los que trabajó en Colombia como piloto de helicóptero, llevando y trayendo divisas y un sinnúmero de mercancías de un lado al otro del territorio nacional, con frecuencia por encima de zonas tórridas infestadas de paramilitares, guerrilleros y bandas criminales.
Pero ahora que llegaba a trabajar a Kabul, en Afganistán, las cosas eran diferentes, empezando porque se encontraba destinada a convivir con sus pares masculinos las 24 horas del día y hasta compartir con ellos las casas de habitación.

“Sin embargo, aquellos inconvenientes existenciales no lograron rebajar mi ánimo, la emoción que me producían los nuevos helicópteros en los que se desarrollaría mi carrera. Recuerdo aún cuando los vi alineados como un ejército mudo e imponente en el hangar de la base: eran los MI-17 y MI-8 de aspecto titánico, semejantes a enormes y voraces pájaros capaces de levantar hasta las nubes tres mil kilos de peso, o sea, un poco más de tres toneladas.”

EN EL SUBURBIO DE ALÁ
“La atmósfera general de Afganistán era hostil –rememora– el aire parecía haberse compactado adquiriendo el grosor de la piedra y siempre en el horizonte amenazaba una tormenta de arena”. Como permanecían acuartelados y su contacto con el exterior era poco, cualquier visita a la ciudad dejaba una huella nítida e inolvidable. La pobreza extrema, la dictadura de unas estaciones pugnaces, los retenes de la guardia nacional y sus cancerberos de ojos cazadores, la dulzura infinita de la espera que el pueblo árabe ha fomentado como su razón de ser, las muchachas de figura serpenteante cuya belleza es apenas un presentimiento, y la distancia mortífera entre la comunidad de Alá y el resto de la gente, dejaban una rotunda marca en la sensibilidad. “Allí entendí, con patética claridad, lo que conocemos como el fundamentalismo, esa comunidad de seres atormentados por la palabra de Dios”.

¿Qué significa ser una mujer piloto en Afganistán? “Cambia por completo el color de la vida, el significado de sus imágenes, las pasiones, la sensibilidad y cambia la manera de mirar tu país. Descubrí que el machismo árabe y el colombiano, aunque distantes por su talante interior, tienen muchas semejanzas”.

Y así, si volar es ser un voyeur de la naturaleza, hacerlo sobre Afganistán “te hace pensar en Dios, en el amor, en la muerte y en la soledad”. Por ello, al júbilo objetivo de tripular una fenomenal nave, le apareció una suave costumbre, una gemela adorable: la fotografía. Cinco libros impregnados de suave poética son el resultado de los cinco viajes de Julieta Vélez al Oriente Medio donde, además de Afganistán, conoció Dubái, esa Disneylandia de los millonarios islámicos con cajeros de los que salen barras de oro, rascacielos de más de cien pisos y un monumento de hielo en medio del hervor del desierto. Esos libros eternizan su experiencia.

Para Julieta, haber sido piloto de helicóptero en Afganistán le permitió descubrir dos mundos masculinos: el de los afganos con su guerra santa, su pobreza hiperrealista, su espera y su fe; y el de sus compañeros de trabajo colombianos. Ambos inquietantes. “No sabría decir cuál de los dos me resultó más digno de consideraciones trágicas”, asegura ahora al mirar al pasado.

*IVÁN BELTRÁN CASTILLO: Poeta, periodista y guionista de cine.

 

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