Pékerman, el escultor de ilusiones

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Al director técnico de la Selección Colombia nada lo frena y se ha levantado mil veces de las dificultades de la vida. Así es José Pékerman, el hombre que devolvió a Colombia luego de 16 años.

Fotos: Museo de la Asociación Atlética Argentinos Juniors “El templo del fútbol”

Tiene la seriedad perturbadora de los tímidos. Por eso, puede llegar a parecer una persona hosca. Aunque no lo es. En un ambiente propicio, relajado, en el que el tema de conversación sea el fútbol, es posible verlo sonreír hasta con los ojos.

Si hubiera que definirlo en una sola palabra, sería esta: perseverancia. La gente recuerda sus títulos mundiales con las selecciones juveniles de Argentina, su extenso palmarés, pero se olvida de sus momentos amargos: cuando una lesión en la rodilla lo obligó a dejar el fútbol a los 28 años y lo puso frente un futuro incierto con su esposa y su pequeña hija. La dura eliminación de Alemania 2006 con la selección de mayores, que después de muchas negativas, al fin había aceptado dirigir. Como a cualquier persona, resulta mejor conocerlo ante la adversidad que ante el triunfo.

Nada ha sido fácil en la vida de José Néstor Pékerman, hijo de inmigrantes judíos de Rusia que se establecieron en Villa Domínguez, un pequeño pueblo de 400 habitantes en la provincia de Entre Ríos, en Argentina. Allí nació hace 64 años José, el hijo de Raquel y de Óscar. Y de allí, por el empobrecimiento del campo, tuvieron que irse muy pronto con su hermano mayor, Luis, a buscar mejor suerte en Ubicuy, otro pueblo al sur de la misma provincia, junto al río Paraná. Su padre, al saber que la actividad económica de Ubicuy giraba en torno a la estación del tren, puso un bar al que asistían los ferroviarios. En la playa del río, José conoció el balón y jugó su primer “picadito”. Pero también había que ayudar con los oficios del bar en los ratos libres y en las vacaciones, rebuscársela: con su hermano Luis vendían helados a los pasajeros del tren.

Ubicuy tampoco fue la tierra prometida y la familia Pékerman terminó viviendo en Buenos Aires. A los siete años iba a la Escuela 21 y jugaba al fútbol en los potreros de Martín Coronado. Estudio y fútbol. Y seguir ayudando en el negocio familiar, una pizzería, y luego, un almacén de artículos para el hogar. No había tiempo para más. La pasión del fútbol siguió en la secundaria, que la hizo en el Nacional de Santos Lugares. Empezó a jugar en el equipo de su barrio hasta que un partido contra la séptima división de Argentinos Junior –que perdieron 1-0–, le planteó un dilema: ayudar en la casa o dedicarse al fútbol seriamente. Le acababan de ofrecer jugar en Argentinos Juniors, un club reconocido, lo cual implicaba largos entrenamientos, mayor tiempo. No aceptó. Su padre tuvo que convencerlo. Comenzaría entonces una carrera de futbolista que lo llevó al suramericano Sub-19 de Paraguay con su país y a ser llamado en el primer ciclo al Mundial de Alemania en 1974. Terminó jugando de volante derecho en la primera división de Argentinos Juniors (en el Museo del club puede verse una foto del debut de Pékerman en la que también aparece una mascota de las divisiones inferiores: Diego Armando Maradona). Sin embargo, no abandonó el estudio. Ingresó a Educación Física y ante la imposibilidad de seguir la carrera nocturna, se pasó a Kinesiología donde se reencontró con Matilde, una chica del barrio y de la Escuela 21, con quien se casó en 1973 y es actualmente su pareja. Siguió el proverbio: “Cásate con una mujer de tu mismo país. Y si es del mismo barrio, mejor”.

Al poco tiempo le hicieron una oferta para jugar en Colombia, en el Deportivo Independiente Medellín. No dudó en aceptarla pese a que ya había hecho su aparición una molestia en la rodilla. Allí jugó de 1975 a 1978, convirtió 15 goles en 101 partidos y tuvo a su primera hija, Vanessa. Es recordado por sus excompañeros del DIM –Hugo Gallego, Ponciano Castro– como un jugador comprometido que luchaba los noventa minutos. Adusto, equilibrado y siempre interesado por la táctica del fútbol. Hasta que reapareció la lesión de la rodilla y decidió retirarse. Hubiera podido esperar a recuperarse mientras el seguro cubría su sueldo. Incluso, hubiera podido seguir jugando a media marcha. Pero eso iba contra sus principios: jugar al ciento por ciento, a plenitud. La hinchada le expresaba su afecto, sus deseos de una pronta recuperación. Fue peor: “La gente con el afecto me apuraba. Se portó muy bien y yo no podía estar así, olvidarme de ese afecto”. Prefirió retirarse del fútbol. Así era Pékerman, así sigue siendo: una persona radical, del todo o nada. En Alemania 2006, la selección de Argentina tuvo un extraordinario desempeño y solo fue eliminada en cuartos de final con la selección local, sin perder, en la injusta lotería de los penales. Tenía el respaldo de los directivos para seguir. No había sido ningún fracaso. Para Pékerman, sí. Renunció. “Mi deseo era lograr lo que todos los argentinos queríamos: un título. Irme fue una decisión personal y no en contra de la selección. Mi dolor fue no darle a la gente lo que todos queríamos”.

Regresó a Buenos Aires. No tenía trabajo. A Matilde le tocó desempolvar su título de maestra y a él pintar de amarillo un viejo Renault 12 que le prestó su hermano Luis y convertirse en taxista –paradójicamente– en pleno Mundial de 1978: “Todos los trabajos son lindos y bueno, aprendí de los taxistas, de la calle”. ¿Y el fútbol? “Picaditos” en el Parque Saavedra con los muchachos y partidos en pueblitos de la Pampa para ganarse unos pesos extra. Tocó fondo. Pero se reinventó como entrenador, como formador de futbolistas. Hizo cursos, se preparó. Dirigió las inferiores de Argentinos Juniors y con un proyecto novedoso –entrenamiento físi.co de alto rendimiento, asistencia social, concentración, seguimiento psicológico y nutricional–, se ganó la convocatoria para dirigir las selecciones juveniles de su país. El resto es historia conocida: campeón en tres mundiales categoría Sub-20 y en dos suramericanos. Se convirtió en un técnico reconocido y apetecido: rechazó 20 ofertas de selecciones y de clubes de Europa, antes de venir a Colombia. ¿Por qué aceptó dirigir a un equipo prácticamente elimina.do? Por dos razones. La primera es obvia: el amor y el agradecimiento al país donde nació su hija Vanessa, quien al despedirlo en el aeropuerto, le dijo: “Papá: sí o sí tenemos que estar en el Mundial”. La segunda: su aprecio por el talento. Vio en el jugador colombiano la posibilidad de concretar lo que es para él la esencia del fútbol: el balón al piso, las pequeñas sociedades, la pausa, la gambeta, la mentalidad ofensiva. Esa identidad de la que habíamos renega.do –o se nos había refundido– y a la que solo le faltaban dos pilares para renacer: unión de grupo y confianza.

Pero hay algo más que es definitivo. ¿Qué ha hecho Pékerman para que los mismos jugadores obtengan resultados que no conseguían con otros técnicos de la selección? ¿Cuál es el secreto? Un ojo certero para encontrar el lugar de la cancha en el que el jugador puede rendir mejor. Falcao, que jugaba muy retrasado y ahora lo hace más cerca del arco contrario, como lo hace en su club, es un buen ejemplo. Y, desde luego, la transparencia. Pékerman ha puesto a raya a los empresarios, a los directivos y a los periodistas. Nadie diferente al entrenador y su cuerpo técnico puede incidir en las alineaciones. Y ningún futbolista tiene el puesto asegurado, todos pueden aspirar, los que juegan en Colombia y en el exterior. El único criterio válido es el nivel del futbolista en el momento de la convocatoria. Un mensaje así genera otra dinámica, estimula la competitividad estrictamente deporti.va. Se necesitaba un maestro y, además, una persona con pulso firme, alejada de los poderosos intereses económicos cada vez más presentes en el mundo del fútbol. José Néstor Pékerman: el entrenador que estábamos esperando.

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