Jean Paul Gaultier, el hombre libre de la moda

Es un secreto a voces pero conviene repetirlo: Gaultier es un hombre cuyas ataduras tienen que ver básicamente con una mirada particular y constante que detiene sobre la realidad.

Su país es el mundo, su mayor apuesta es por lo diferente. Figura protagonista del Cali Exposhow 2012, con su pasarela de alta costura el 17 de octubre.

En uno de los pisos del edificio decimonónico comprado por Jean Paul Gaultier en L´ Avenir du Prolétariat, rue Saint Martin en París hay instalada una pequeña sala de masajes. Las expertas en ablandar músculos tensos no dan abasto, sobre todo cuando falta poco para un desfile del diseñador francés. Del equipo de 120 personas que configuró Gaultier en los años 90, son las costureras, las bordadoras, los sastres y las cortadoras quienes hacen fila para relajar sus espaldas, sometidos a intensas jornadas de trabajo sobre sedas, chiffones y terciopelos ensartando agujas, haciendo emerger fantasiosos dibujos en lentejuelas, volviendo realidad un vestido elaborado tras mil treinta y dos horas de labor abnegada, por ejemplo. Son artesanos. La casa de modas de este hombre nacido en el barrio de Arcueil es un hervidero de técnica a la antigua usanza. Se cose a mano aunque se piensa desde un mundo invadido por la tecnología.

Desde aquí toma forma el poderoso universo de Gaultier que le da la vuelta al globo con su marca propia de prendas masculinas y femeninas, con un emporio de perfumes -ahora de la mano de la compañía española Puig- y con un palmarés que contiene participaciones estelares como creador de vestuario en el cine (tres películas con Almodóvar, una con Peter Greenaway y una con Luc Besson), la música (cuatro tours mundiales con Madonna, Kylie Minogue, The black eyed peas, Marylin Manson, Joaquín Cortés) y el espectáculo (una gran exhibición retrospectiva de su carrera en el Museum of Fine Arts de Montreal). Su recorrido en la insaciable industria de la moda es ampliamente reconocido y su incursión artística en territorios adyacentes es de sobra mencionada.
¿Cómo hizo un muchacho sensible, atado emocionalmente a su madre y a su abuela, sin formación académica específica, bueno en el sentido infantil de la palabra, formal y con una mirada límpida hecha de azul aguamarina, para recibir el apelativo de “niño terrible de la moda” y declararse temeroso pero auténtico fan de la estética punk londinense?

Talento, sí. Y suerte, sí. Pero la respuesta no es tan obvia. Resulta interesante en este punto releer algunos pasajes del clásico “Tratado de la vida elegante” de Honoré de Balzac, texto con el que inauguró la serie de “Patología de la vida social” en 1830. Para el prolífico autor francés los hombres se dividían en: los que trabajan, los que piensan, los que no hacen nada. Consecuentemente, sus vidas se enmarcaban en rubros similares: la vida ocupada, la vida de artista, la vida elegante. Gaultier bien podría ser un híbrido resultante de la mezcla de los tres. Seguramente Balzac quedaría horrorizado ante tal despropósito. Para él, las fronteras debían estar bien delimitadas. Así la escala social tenía sentido y con ella, los derechos y los deberes. Pleno siglo XIX, claro está. Sin embargo, nos vale cruzar estos valores en el caso de Gaultier para abordar a un muchacho “nacido en un suburbio triste” como califica Elizabeth Gouslan, autora de la biografía “Jean Paul Gaultier, un punk sentimental”.

En las diversas entrevistas que el couturier ha concedido (no es gratuito el apelativo porque Gaultier sabe de su oficio tanto como un veterano del taller Hurel de París) hay dos palabras que se repiten sutilmente en la polifonía de su recuento personal pero que sobresalen como notas agudas: lo diferente y la libertad. Ambas nociones reflejan bastante bien cómo ha ido matizando su personalidad y perforando su quehacer diario este hombre, declarado gay, que nació en abril de 1952 en el seno de una familia modesta y tan tolerante que no miró nunca con malos ojos que Gaultier prefiriera disfrazar su osito de peluche con brassieres y ensayase colores diversos a modo de pelucas, en lugar de jugar con los tradicionales carritos y trenes.

Pues bien, Gaultier es el resultado evidente de una persona esforzada. A veces, cuando se conoce a ciertos personajes en su época de laureles cesaristas es difícil comprender bien las claves de su evolución. Pero, utilizando de manera atrevida el método balzaquiano, sí hay en Gaultier una cucharada de trabajo mezclada con otra -dedicada más que a pensar quizá a sentir intensamente- y una tercera en la que necesariamente tiene que permitirse la vida como gozadera. Solamente así se entiende cómo se hizo un lugar icónico en la industria de la moda bajo una máxima bastante simplona pero efectiva, “la moda está en la calle” que el diseñador combina magistralmente con la permanente creación de colecciones de alta costura. Gaultier ha dicho en público muchas veces que la costura clásica parisina pertenece a una aristocracia que se queda, parece ser, sin aire. No obstante, al no despreciarla logró echarse al público de la alta costura –periodistas, clientes y empresarios- al bolsillo. “Hacer alta costura no da plata pero tampoco se pierde la inversión” afirma el Gaultier empresario. El es de la calle y es de las casas de moda al tiempo. Un hijo multicultural, pluriétnico y con pocos prejuicios. El estribo fundamental sobre el que cabalga su libertad artística.

En 1970, con 18 años, Gaultier se inicia como asistente del legendario Pierre Cardin, sin mayor aval que un talento que el maestro vislumbra brillante. Aunque tiene un intervalo de trabajo con Jean Patou, Gaultier diseña las colecciones de Cardin desde Filipinas para los Estados Unidos. En 1976 muestra su primera colección de prendas femeninas de pret á porter y con Francis Menuge, su pareja y socio, comienza a despegar hacia un mundo propio. Este tomará forma definitivamente en 1997 como Casa de Modas JPG.Mientras tanto, cada año de su biografía profesional causa mareos por cuenta de las colecciones listas para cada doble temporada. Así las cuentas, Gaultier ha creado hasta la fecha 150 colecciones diferentes inspiradas en la vida real: los homosexuales, el desprecio a la comunidad judía, la tercera edad y las modelos no modelos, el hombre objeto para equilibrar la balanza frente al tópico de considerar a la mujer algo bello que debe permanecer muda, la vida alegre, James Bond, Adán y Eva en el mundo de hoy, los seres andróginos, los tatuados, las mujeres punk, las parisinas, los Piratas del Caribe y un tributo a su ciudad más admirada: Londres.

El voyeur que hay en el diseñador, aquel que mira incansable e insaciable, siempre está listo para más. Una suerte de bulímico limpio que cuando expulsa lo ingerido no acaba en el cesto de la basura, sino en una mesa amplia y luminosa donde quienes trabajan con él interpretan magistralmente sus movimientos de brazos y sus comentarios precisos. En “Thedaybefore”, un documental que recoge la tensión previa a un desfile desde su cuartel general en París, MireilleSimon, su asistente principal declara que “nosotros somos las manos, él es la cabeza”. La búsqueda de la perfección, algo tan gaseoso como deseable, se manifiesta en cómo Gaultier rodea a la modelo de prueba y comienza a plegar pieles de cocodrilo sobre su torso; cómo solicita un pelo más esponjado para quien va a lucir en pasarela un vestido metálico que pesa más de seis kilos; los ensayos constantes que realiza para lograr que el velo de una novia rinda tributo como pantalla al cine.

En una conversación pública propiciada por el Museum of Fine Arts de Montreal, en 2011, la editora de moda del Herald Tribune Suzy Menkes, más conocida como Samurai Menkes por sus críticas certeras y mortíferas, le pregunta a Gaultier cuáles son los tipos de belleza que tiene como referente. Vuelve a salir el Gaultier que aglutina todos los gustos y cuenta desenfadado (parece ser su tono vital permanente) cómo se encandiló a los 12 años con una pelirroja de piel transparente y pecas y cómo sigue conquistando su inspiración creativa la visión de pieles de todos los colores combinadas con rasgos siempre diferentes. Y se excusa, riéndose, con las modelos nórdicas, tan parecidas todas ellas.

Sus pasarelas son siempre un derroche de imaginación. Las puestas en escena contienen música, actitud actoral, un hilo narrativo, brillo, contrastes y, sobre todo, prendas de una factura preciosista. A Gaultier le causa erisipela oír el calificativo de “pieza de arte” pero sabe bien que lo que sale de sus talleres tiene la marca de lo único, lo coleccionable, lo admirable. Es un hijo de su tiempo que a la vez se ha convertido en padre de otras generaciones que ven pasar las décadas a través de los sentidos. Aunque Gaultier logra desajustar la máxima de Balzac según la cual “el hombre acostumbrado al trabajo no puede comprender la vida elegante”, lo reivindica mejor el apelativo de intérprete de una época. Le colgó el famoso brassier de conos a Madonna en su primer tour mundial en 1990 y desde entonces no ha parado. Lady Gaga también se lo disputa y AmyWinehouse también gozó de su entrega. En Cali, con su presentación, dará mucho de qué hablar. Sobre todo, antes del desfile, cuando asista a uno de los momentos que más goza a la hora de crear pasarelas: el casting. Hora de echarle ojo a las elegidas en Colombia por esta furia de la moda.

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