La otra cara de Andi Baiz

Impaciente y acelerado, sencillo y amado, terco y al mismo tiempo capaz de improvisar sobre la marcha, tomador de pelo y generador de ideas oscuras, así es Andi Baiz, el director de La Cara Oculta.

 

Cuando lea esta nota, Andi Baiz habrá dado cerca de cien entrevistas a todo tipo de periodistas. Habrá tenido que responder de trabajo, aspectos técnicos, anécdotas e incluso revelar detalles de su vida privada. Por eso responde con celeridad. Por esa práctica adquirida ante los medios, a cada pregunta pareciera tener una respuesta lista. Hasta que las preguntas lo sacan de la zona cómoda. “¿Dirige con rabia?”, indago. “No”, responde. “¿Qué le da rabia entonces?”, pregunto de nuevo. Se queda en silencio y no hago nada por romper el hielo en la conversación. Pasan dos minutos contados y el director de cine colombiano no logra encontrar la respuesta correcta. Un día después me llega un mensaje de texto al celular con su contestación.

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Ese instante, el de la prisa y el de la respuesta que no llega, el mensaje al día siguiente y la forma en que habla, dan buena parte de las pistas sobre quién es este director que se balancea entre el éxito de taquilla y la apuesta por un cine con un estilo propio. Andrés Baiz es mucho más de lo que se ve, pero también lo que todo el mundo percibe: un tipo afable que no se cree la fama, un buena gente que hace lo posible por desmarcarse de las trampas del éxito, un hombre de buen humor que llama mompis a sus amigos y conocidos, un amante del cine que a sus 36 años, con dos películas encima, es capaz de un abrazo sincero o de caminar por la calle atestada de carros con un traje de gala al hombro como si acabara de salir de una tienda. Un caleño sencillo venido de una familia de industriales al que le gusta vestir bien y que defiende su estilo descomplicado y a la vez pulcro, que toma decisiones como comprarle de repente tres discos a un artista callejero y sentarse a animarlo a perseverar, que es impulsivo como cuando en el aeropuerto corre a ayudar a una señora con una niña en brazos que apenas puede con el peso de su maleta, y severo como cuando debe tomar una decisión compleja en el rodaje y la asume sin dilaciones y sin perder la chispa que lo caracteriza.
Ese es él. Es seductor en su sencillez y en su falta de coquetería directa con las mujeres, con lo cual muchas se anticipan y le declaran su admiración, como también termina siendo seductora el aura de desprotección que genera su forma casi cándida de ser.

Pero no solo es eso: también es el hombre que tiene tal oscuridad dentro de sí que es capaz de dirigir cintas de pasiones bajas y sucesos terribles como Satanás y La cara oculta. Es el que cuando sabe que alguien más contestó lo mismo que él pide cambiar la respuesta porque le interesa saberse original. Es el que odia las películas con mensaje y el que ama el universo de desolación moral del director alemán Michael Haneke, del que ningún espectador sale indemne. Es el hincha del América de Cali que creció en una ciudad cercada por el narcotráfico y aprendió de la violencia y del lujo a tener imaginación para superar las imágenes surrealistas de los ochenta y así crear las suyas, las propias. Es el que hace televisión por el confeso deseo de ganar dinero y también hace cine porque lo emociona hasta la médula. Y es el que defiende la supremacía del ego y el individualismo como virtudes, y tiene al libro El manantial de la filósofa Ayn Rand y a su protagonista, Howard Roark, como parte del camino a seguir.
“Es el ego que se distancia de la estupidez, de seguir a las masas, de la falta de estética. Es el que no mira por encima del hombro sino el de quien sabe lo que quiere”, explica. Y él lo sabía desde muchos años atrás.
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Exactamente desde que tenía doce años se le metió en la cabeza que quería trabajar en el cine. Casi a diario iba a Unicali o al Autocine en su Cali natal, motivado por las historias del Gordo y el Flaco que veía en su niñez a las 7 de la mañana, y por las películas en betamax grabadas en un alquiler con ínfulas de museo que bajaba para los fanáticos del cine la señal de las antenas parabólicas. La devoción con la que asistía a los antiguos teatros convirtieron esas visitas en un ritual sagrado en el que se perdía, diminuto, en medio de la butaca de la sala en penumbras. Allí descubrió, con toda su magia, cintas como Goonies, Gremlins, Predator, Maniquí, Buscando a Susan, Este muerto está muy vivo o Tootsie. Nunca se imaginó en la pantalla. Porque desde entonces su obsesión fue la de desentrañar qué se requería para que esas historias nacieran y la gente acudiera a verlas. La afición por contar en imágenes cobró fuerza cuando una cámara Sony Hi 8 llegó a sus manos y él decidió filmar sus tareas de inglés, sociales y artes, y los profesores del colegio Bolívar impulsaron su idea. Lo curioso era que el más fanático cineasta de la clase fuera el que menos veía.

Andi siempre ha tenido problemas de visión y ha requerido tres operaciones. No puede ver en tercera dimensión por no tener binocularidad y porque su cerebro elige un solo ojo y alterna su visión para enfocar. Pero un antecedente lo animaba: el director de la primera película en 3D de la historia del terror, La casa de cera, nunca pudo verla en ese formato porque le faltaba un ojo. Al igual que el gran John Ford, cuatro veces ganador del Óscar como mejor director.

Su trabajo La rebelión de los girasoles ganó el premio a la mejor película de su colegio. Pero su familia era industrial, el cine a sus 17 años era una empresa absurda destinada a otros caleños locos que arañaban el arte con sus puras ganas, así que se decidió por el diseño industrial. Pero resistió poco. Se salió de la Javeriana y viajó a estudiar cine a Estados Unidos, primero en Pace University y luego en NYU, movido por esos genes familiares que le venían de su abuelo materno, que vendía taquillas de cine en Tolú, y del legado de la cámara súper 8 que guardaba los recuerdos de la familia y que ya entraba en desuso cuando él nacía, en 1975.

Mientras vivía en Sunnyside, en el barrio Queens, y se nutría del cine de los grandes estudios de los años treinta a la época dorada de los setenta, tuvo que trabajar en todo para sobrevivir. Fue portero en bares, buscó locaciones, detuvo el tráfico y hasta empaquetó discos. Con su acelere y su vocación vivas siguió viendo cine y eligiendo a sus directores favoritos porque “tenían oficio” y eran capaces de asumir lo que fuera. Desde Hitchcock hasta Wilder, pasando por Houston y Kapra. Durante los ocho años que duró aquella aventura logró montar una productora, Centro Films, para grabar videos institucionales. Pero un día, con todo y su amor por Nueva York, anunció que se acababa el viaje. Y que se devolvía al país. Allá era uno más entre una masa enorme de aspirantes. Acá –se dijo–haría cine.
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Acá se siente cómodo ahora. En su apartamento exhibe un clarinete nuevo al que acaba de sacarle su primera nota, y que le regaló su novia hace poco. Atento a más no poder, prepara un café al estilo árabe para atender a su visita. En su dúplex del barrio La Macarena, en Bogotá, apenas caben los libros, que van desde la visión de Walter Broderick sobre el cura guerrillero Camilo Torres hasta las 1.001 películas para ver antes de morir. Una armónica delata que ama la música y que desearía interpretarla y sorprender a sus amigos con una destreza que todavía no logra tener. De fondo suena un disco de jazz, un amor que le viene de su estadía en Nueva York. Pequeños juguetes dispersos dejan en claro que es propenso al juego, que ama la vida y se goza lo que caiga en sus manos: un pequeño diablo acompaña a un cuarteto de pitufos y a un cubo de Rubik dispuestos en su ya característico aparente desorden. Pero lo que domina el espacio son los cientos de películas que conserva, entre ellas todas las de Orson Welles, y otras como El ángel exterminador de Buñuel, Satiricón de Fellini, Río Bravo, la argentina El aura, de Bielinsky, E.T. de Spielberg o Había una vez en el oeste, de Sergio Leone, con música de Ennio Morricone. Es un tremendo anfitrión. Y el espacio, lleno de todo, seduce por la misma razón que él lo hace: porque todo lo contiene y sin embargo no deja de lado la sencillez.

Esa suma de lo variado es Andi Baiz. Él es eso: se nutre de cada cosa que encuentra y esa libertad lo deja en paz consigo mismo. El que ama la isla de Providencia por sobre todos los lugares es el que recuerda con cinematográfica precisión que el día más nefasto de su paso por Nueva York no fue el 11/09 cuando cayeron las Torres Gemelas, sino el 12, cuando la ciudad se paralizó y los rostros mutaron del susto a la incredulidad. El que ama el olor del café es el que admite que en sus relaciones se da con intensidad y que el desamor termina dejándole el corazón vuelto añicos. El que fue capaz de internarse en el barrio La Candelaria durante seis meses para hacer la primera versión del guión de la novela Satanás en 2004, cuando Mario Mendoza les cedió los derechos a él y a su amigo de infancia Rodrigo Guerrero, es el mismo que tuvo la paciencia necesaria para esperar tres años, entre premios e inversionistas, hasta que viera por fin la luz su ópera prima.

Él, aunque es un impaciente de primera, en sus momentos de quietud se apaga y no dice palabra alguna. Él, un confeso neurótico, se abstrae en la soledad, sufre de perfeccionismo, sabe llevar su metódico plan de trabajo hasta el límite, y sin embargo se permite la risa y la improvisación. El terquísimo hombre que cree en sí mismo con la fe ciega del ganador, logró gracias a su arrebato rodar un corto llamado Hoguera, con el que fue elegido para la Quincena de Realizadores en Cannes, y gracias a eso todo el mundo supo que existía. Ese es Andi.

Un pragmático de principio a fin, que se enfrenta a colegas por su cercanía con el cine gringo y porque está convencido de que las películas son para que las vean muchas personas y que la industria del entretenimiento no riñe con “ser fiel al arte, sin concesiones”. El que tiene la humildad de aceptar que fue con el cine B que le enseñaba el director francés Raphael Nadjari que aprendió a rodar cintas de manera artesanal, no con las ínfulas del artista sino con la claridad de tener los pies en la tierra. El honesto que no hace cine para sicoanalizarse sino para contar una historia que lo emocione, y el que ahora trabaja en la historia de Roa, el asesino de Gaitán, una cinta con trasfondo político porque cree que hay que dirigir de todo y que, más allá del tema, la razón de ser del cine es transmitir emociones.
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Ese instante, el de la prisa y el de la respuesta que no llega, el mensaje al día siguiente y la forma en que habla, dejan adivinar quién es Andrés Baiz. “Un mamagallista. Mi oscuridad surge cuando me pongo a confrontar a la gente consigo misma”, dice. En realidad, Andi habría querido ser físico o músico de no haber sido director de cine. Pero aprendió el tesón de sus abuelos paternos, inválidos por un ataque de violencia y aun así capaces de reconstruir sus vidas, y de sus padres, que sacaron a toda la familia adelante. Por eso lucha tanto, por eso responde cien entrevistas, por eso mismo hace cine, ese juego tan largo que le va tan poco a su personalidad acelerada. Se sabe femenino en su sensibilidad y creativo por esencia, agradecido con los que creen en él, entre esos su familia, y poseedor de un alto sentido de la estética. No porque piense en imágenes, sino porque le gusta plasmarlas en la retina de los otros.

Y porque le gusta retar, y la estética reta al espectador a no dejar de admirarla. Pero también porque le gusta la magia y la poesía tanto como la dureza y la oscuridad que residen en ellas. Pero sobre todo, porque admira el caos del amor, la fuerza destructora que arrolla todo a su paso, la posibilidad de apropiarse de todo en la vida de alguien y luego dejar de lado incluso a aquel que se entregó por completo. Tan yin como yang, tan oscuro como claro, tan sombrío como luminoso. Andi lo es todo: la luz que se proyecta sobre la pantalla y la oscuridad que se cierne sobre el teatro.
De repente se levanta y comienza a moverse en círculos alrededor mío, como un depredador que mide a su presa. Da dos giros. Se mueve con nerviosismo, se acomoda el cabello y se frota las manos. Es hora de parar: necesita irse y es incapaz de interrumpirme porque su bacanería es más fuerte que su urgencia de huir. Así que le abro el camino.
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Lo que me da rabia –contesta un día después– es la estupidez. Es una lástima que la estupidez no duela. También me dan rabia la pretenciosidad en la gente y el esnobismo”. Al minuto me llama. “Mompis, gracias”, me dice. Mientras escucho su voz sospecho que pasó toda la noche pensando la respuesta como si fuera una escena inacabada. Hasta que la tuvo. Hasta que de su oscuridad temporal emergió la luz. Hasta que fue Andi de nuevo y la sonrisa volvió a posarse en él.

 

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