El último capítulo de Mónica Agudelo

A pesar de encontrarse al final de su batalla por la vida Mónica Agudelo, la libretista de éxitos inolvidables de la televisión, decidió a confesarse con Revista Diners, pero la muerte interrumpió esos y otros tantos planes.

La mujer que murió discretamente el domingo 29 de enero a la madrugada, luego de una enfermedad que no la rebajó al terror ni al sentimentalismo inútil, fue sin duda una de las voces más personales y hondas de la dramaturgia televisiva latinoamericana, y logró, entre otras cosas, que la telenovela, esa cenicienta equívoca que en la mayoría de los casos agrava la vida en vez de enaltecerla, adquiriera un perfil nuevo y pusiera a reflexionar a la audiencia sobre temas eternos y siempre esquivos como la libertad, las relaciones maritales, el poder, el erotismo, la prensa, la corrupción o la soledad pavorosa de las grandes ciudades. Cada vez que salía al aire uno de sus artilugios –recorridos siempre por una sutil y encantadora vena lírica–, uno se prometía entrevistarla largo y de esa forma conocer de primera mano las fuentes y los secretos de sus universos de ficción y la relación de estos con su vida real, sus recuerdos, sus pasiones.

En mi caso, la primera vez que se lo propuse fue hará unos veinte años en la casa de Fernando Gaitán, y el mismo día en que la conocí. Era un tiempo de mucha fertilidad en el que nuevos talentos empezaban a modificar y erosionar las reglas de juego de la televisión, entre ellos Gaitán, Mauricio Navas, Mauricio Miranda y, por supuesto, Mónica, una joven recién advenida al mundo de la dramaturgia de la mano de Bernardo

Romero Pereiro, quien la enganchó sin dubitación alguna después de leerle un par de libretos de efecto alucinante. Su presencia era discreta al principio, sin demasiadas concesiones al glamour o la moda, y más bien evocaba a ciertas heroínas de la nueva ola francesa. Una burguesita, es cierto, pero tocada con los efluvios bellos de la imaginación y la rebeldía. Su origen acomodado y los rituales de alta sociedad que debió ver desde la infancia no le impedían tener una visión muy cáustica sobre las realidades que nos correspondió habitar, y en su vida parecía erigirse un proyecto de consecuencias imprevisibles.

Una vez se entraba en contacto con su sensibilidad se percibía en ella un fulgor muy especial. Daba la sensación de que algo no muy explicable la unía de una manera enigmática a la esencia de las cosas y desde que se le conocía uno quedaba sorprendido de cómo podía escudriñar en cualquier tema de una manera novedosa e inquietante. Eso era, precisamente, lo que iba a hacer en los años siguientes, sin tregua y casi que a un ritmo frenético. Aquella velada en casa de Gaitán duró hasta que clareaba el día, y cuando nos despedíamos yo le dije que necesitaba entrevistarla. Sería el retrato de una intelectual joven que no tuvo miedo de entrar en la televisión comercial y que estaba logrando buenos resultados con obras de mayor calado que los melodramas convencionales. Pero ella me dijo con gracia: “No es todavía tiempo de que me saques un retrato. Me gustaría sí que ese reportaje se diera… pero dentro de unos diez o quince años. Cuando haya hecho cosas que me justifiquen”. En eso quedamos.

Mónica nunca fue una escritora en busca de figuración farandulera, ni tuvo pose alguna ni se unió al populoso pelotón de plumas sedientas de éxito, tan repetidas en el medio, que trazan sus obras con la misma intención con la que un comerciante monta un negocio. Por el contrario, rara avis en un mundillo más bien tosco y mecánico, estudió filosofía y letras, y su ambición inicial fue escribir teatro. Lo conocía muy bien y resultaba posible disertar con ella durante horas, ojalá en la noche y al calor de un confortante vino rojo, sobre los laberintos existenciales de Shakespeare, la hilaridad absurda de Ionesco y Beckett o los esperpentos magníficos de Valle Inclán. A todos los grandes autores del teatro universal los leía y releía con un cuidado cercano a la devoción. Muchas veces dijo que ellos eran sus auténticos compañeros de camino, y que les encontraba más vida y más sanguineidad que a muchas de las criaturas anodinas que caminan por las calles, trabajan en los ministerios o hacen colas en los bancos.

Quería ser una autora importante y ver sus piezas montadas por grandes genios de las tablas, pero una vez inició la escritura de libretos traspasó toda la creatividad a “la caja de las ilusiones”. No fue una renuncia sino un aplazamiento y hasta el último de sus días ella abrigó la esperanza de concluir algún drama o tragedia.
–Abrazó la televisión con una pasión cuasi erótica, y esta le cambió por completo el cronograma de su vida –cuenta Felipe Agudelo Tenorio, su hermano y quien escribía a su lado–. Desde las primeras escenas, desde los primeros dramatizados que urdió, ella se convirtió en uno de esos afortunados cuyo placer máximo está en el trabajo. Podría decirse que fue casi maniática, al punto de que los directores debían rogarle para que no siguiera refaccionando los libretos, pues si para ellos estaban perfectos para Mónica nunca dejaban de estar contaminados por grandes errores.

La brujer que espiaba a la vida

–Yo pienso que Mónica era una ladrona de situaciones, de frases, de nudos dramáticos –afirma ahora Nicolás Montero, su actor predilecto y quien estuvo en la gran mayoría de sus telenovelas y series, al punto de que su relación con Mónica fuera similar a la de Fellini con Marcelo Mastroianni o Ingmar Bergman con Liv Ullman–. Ella utilizaba el arte como una herramienta supremamente útil a la vida. Mejor dicho, no concebía que la ficción fuera una mentira fabricada para entretenernos o disimular la inanidad de nuestra existencia, sino como un espejo fiero y delator capaz de ponernos en situación y cuestionarnos sobre hacia dónde nos dirigimos. Siempre mantuvo un ojo alerta de voyerista, una vigilancia suprema de espía frente a los sucesos y el discurrir del mundo y de Colombia. Yo recuerdo que cuando hablábamos por teléfono –pasión que nunca pudo derrotar y que le hizo pagar siempre astronómicas cuentas–, ella se robaba, con descaro, y diciéndome de frente, aquellas frases mías que le impactaban o podían servir para el parlamento de uno de sus personajes.

–Una vocación de ternura la acompañaba siempre e infestaba sus libretos –apunta Nicolás–. A mí me parece que estaba próxima a la piedad de los budistas, tan distinta de la nuestra en el sentido de que extiende un manto de tibia comprensión sobre los hombres, a los cuales no juzga aunque sean pecaminosos, libidinosos, infames o egoístas. En sus obras nunca existen malos ni buenos, sino seres ambiguos, fraccionados, parciales, contradictorios o, mejor dicho, intensamente humanos, personajes que parecen debatirse entre los más delicados sentimientos y las más diversas pulsiones. Todos ellos, en el decurso de la obra a la que pertenecían, cambiaban los climas de su corazón, accedían a nuevas y sutiles visiones del mundo y frecuentemente la vía de su redención.

–Ella se comportó siempre de una manera muy distinta a la de la gran mayoría de las mujeres –afirma Gloria de la Pava, una de sus más entrañables amigas y quien en los últimos años fungió como su representante–. Por darte un ejemplo que me parece significativo, te juro que nunca la escuché hablar mal de nadie, y en cambio siempre se preocupó por llegar a la comprensión de los actos y las actitudes de todas las personas, incluidas aquellas que, por algún motivo, le hubieran infligido algún daño. Por eso detestaba el melodrama clásico. Su formación literaria era una iniciación a la benevolencia y una forma de comprender al mundo. Tal vez esa sea la explicación de que en su vida personal haya tenido relaciones con hombres afines –intelectuales, ilustrados, sensibles–, pero que también probara suerte con tipos absolutamente triviales y exentos de la más nimia pretensión de sabiduría. Recuerdo que cuando vivió en Santa Marta, época en la que escribía La costeña y el cachaco, hasta tuvo un novio vallenatero, de camisas coloridas y bebedor de Old Parr.

–Venimos de una casa que estuvo muy cerca de la realidad colombiana –refiere Felipe Agudelo Tenorio–. Nuestro padre, John Agudelo Ríos, formó parte del numeroso grupo de los pacificadores de Colombia, esos sacrificados a los que finalmente no parecen haberles salido las cosas. Estuvo en los diálogos de paz de Belisario y mantuvo hasta el último instante un interés despierto por las posibilidades que tenemos de acabar con la guerra y la violencia. Esto también fue una constante en Mónica. Apasionada de la lectura de libros sobre el tema, leyó todas las obras de los secuestrados y numerosos materiales sobre las masacres, el terror en los campos, el desplazamiento. Decía que no podía concebir un país donde la historia la contaran los verdugos. Mucho de eso se refleja en Sueños y espejos, una de sus más polémicas series y la que nos metió en algunos líos de ingrata recordación.

–Lo más importante que Mónica nos enseñó no fueron cosas inherentes a la narrativa o a las técnicas de la televisión –postula Diego León Hoyos, director de La hija del mariachi y quien estaba presto a dirigir la nueva obra de Mónica, que refiere la vida y milagros de un bufete de abogados de familia–. Lo que realmente aprendí fue a conocer los movimientos, gambitos, rarezas, coloraturas y laberintos del corazón humano, ese cazador solitario.

–Mónica vivió una realidad intensa –dice Nicolás Montero, pasando revista a lo que fueron los amores, amistades y obsesiones de su vida real–. Ella se permitió todas las libertades y vivió todas las cosas que le parecieron fascinantes, pero desde una ética y una transparencia que es exactamente la misma que recorre el alma de sus personajes. No fueron pocas las ocasiones en las que hurtó palabras e historias ajenas para convertirlas en cuadros de costumbres que nutrieran sus imaginerías. Hay que recordar por ejemplo que Señora Isabel no es otra cosa que la historia de sus padres, y sus dos hermanos. En Mónica, como en otros grandes hacedores de belleza, la frontera entre las vidas reales y las imaginarias tiende a volverse tenue y a desaparecer.

Los trucos de la melancolía

Cuando pasaron los veinte años determinados por Mónica para hacer nuestro reportaje, decreté llegada la hora de consumar el rito. Me enteré entonces de que se encontraba gravemente enferma. Años enteros de fumar casi dos paquetes de cigarrillos diarios estaban pasando la cuenta de cobro.
Tuve pudor de llamarla y decidí escribirle. Pero para entonces ya no tenía una intención meramente estética o periodística sino que quería servirle, si tal cosa era posible, como una suerte de chamán o de prestidigitador verbal capaz de inocular esperanza y levantar fuerza. Le escribí un extenso correo. Se sabe que las personas doblegadas por alguna dolencia se vuelven distantes, irritables, hipersensibles, susceptibles en extremo.
Para mi sorpresa, Mónica me llamó al otro día. Tenía una voz que se me antojó gris pero no parecía tampoco la de una derrotada. Estaba fascinada con el hecho de hacer este reportaje y agradecía con dulzura mis palabras de solidaridad. “Estoy muy cansada. Las quimioterapias son algo horrible, es un bajar al infierno. Tú no te imaginas. Nadie se imagina. Pero yo sí quiero verte. Apenas salga de este ciclo. No desconfíes. No voy a traicionar mi palabra. Te lo prometo”.

Pasaron algunos días, y Mónica me escribió dándome una fecha definitiva. La tarde prometida de nuestro reportaje estaba cerca.

Sin embargo, faltando tan solo dos días supe que ella había perdido la batalla. Pese a la serenidad y la entereza con la que recorrió esa trágica temporada, la pugnacidad del mal se impuso. Entonces hice estas entrevistas que deben funcionar como un paliativo a la entrevista perdida. Nunca volví a verme con la gran autora de esas telenovelas en las que la imaginación recupera su capacidad subversiva.
Gloria de la Pava me contó que faltando una semana para el desenlace, Mónica le dijo con palabras lentas, redondas, certeras: “A mí no me duele morir. Me produce melancolía que esto ocurra tan pronto y no volver a ver la belleza del mundo…”.

Y yo recuerdo nuevamente a Borges: “También los hombres deben prometer, porque en la promesa hay algo de inmortalidad”.

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