Martín Von Hildebrand: el mensajero de la selva

Martin von Hildebrand estudió antropología y ha dedicado su vida a defender a las comunidades indígenas. Recientemente fue escogido como uno de los finalistas del Tällberg Foundation Global Leaders.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 503 de febrero de 2012

Martín Von Hildebrand fue reconocido por la Tällberg Foundation como uno de los finalistas de Tällberg Foundation Global Leaders, un premio que reconoce el coraje, la innovación y el liderazgo” por su gestión en la conservación del amazonas. Aquí recordamos un perfil sobre él y su trabajo.

Su labor ha permitido que no sucumban a Occidente y que las leyes se adapten a sus necesidades.

Cuarenta años metido en los caños, ríos, esteros y madreviejas de las selvas del Amazonas le han permitido a Martín von Hildebrand corroborar algo que intuyó a mediados de los años sesenta en las playas de Santa Marta, cuando estaba a punto de graduarse del colegio: hay que evitar a toda costa que Occidente invada y se apropie de todos los espacios disponibles del planeta.
Desde entonces se ha dedicado a eso. A tratar de entender la mirada de los indígenas sobre su territorio, sus culturas, sus mitos, su cosmogonía. Escogió un lugar: la Amazonia colombiana.

A él le resulta difícil explicarse qué lo llevó a la Amazonia. Intenta una posible explicación por sus ancestros. En su sangre alemana, por el lado paterno, e irlandesa, por el materno, lleva los genes de la resistencia.

Su madre se crió en el mundo de la resistencia irlandesa contra el dominio británico, su padre en el difícil ambiente de la resistencia contra el nazismo, primero en Alemania, luego en Austria, después en Francia, hasta que tuvo que huir a Estados Unidos, donde nació Martín en 1943.

“Uno hereda el pensamiento de sus padres y abuelos, que lo incita a ciertas cosas. Pero nosotros somos nueve hermanos y no todos terminamos en el Amazonas. Unos en Suiza, en los bancos, otro trabaja en la Siemens. Sólo dos, Patricio y yo, fuimos a dar al Amazonas”.

Toda esta historia es el trasfondo que explica por qué Martín von Hildebrand se siente tan comprometido con los indígenas de esta región. “El origen de todo es tal vez esa herencia de mis abuelos y padres a quienes los motivaba esa necesidad de defender el valor del individuo en su dimensión estética, espiritual y racional”.

Llegó a Colombia en 1948 cuando a su padre lo llamó Mario Laserna para fundar la Universidad de los Andes. Laserna, que había sido discípulo de su abuelo, alojó a la familia en los predios de la universidad. “Era como vivir en un potrero. Me crié entre vacas y cabras”. Su padre había llegado sin un peso y, para colmo, al llegar al aeropuerto de Techo, Laserna le tenía la gran noticia de que no lo había contratado por mil pesos al mes, como decía en el contrato, sino por 100 y que lamentaba el error de mecanografía.

Como Hildebrand había luchado con la resistencia francesa, el gobierno francés decidió retribuirlo permitiendo que sus hijos estudiaran becados en el Liceo Francés de Bogotá. “Pasamos a ser una familia cada vez menos alemana, cada vez más colombiana y orientada a lo francés. Además, yo me identifico más con mi parte irlandesa. Estudié gran parte de mi carrera en Irlanda, y me identifico con el sentido del humor y el optimismo de los irlandeses”.

Estudió antropología porque un profesor del colegio le sugirió esa carrera que estaba comenzando a diseñar Gerardo Reichel-Dolmatoff. “Me dijo que yo era un filósofo muy idealista y que más bien estudiara antropología, que es una filosofía aterrizada, y me aconsejó que hablara con Gerardo Reichel-Dolmatoff, que estaba armando el Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes”.

Le hizo caso a su profesor. Estudió un año en Los Andes, luego se fue para Irlanda donde terminó la carrera y se especializó en la Sorbona, en París, y cuando regresó a Colombia en 1971, Reichel lo conectó para que entrara al Instituto Colombiano de Antropología.
Von Hildebrand llegó a la Amazonia a finales de 1972 como funcionario del Icanh. Lo había contratado el poeta Jorge Rojas, entonces director de Colcultura, quien le dijo que le parecía perfecto “porque usted es un hippie racional”.

Gerardo Reichel-Dolmatoff era el que tiraba línea. “Me dijo que me sacara el apéndice como medida preventiva; que fuera al pasaje Rivas a comprar lo que llamaban ‘baúles de sirvienta’, unas cestas revestidas con láminas de metal para que no les entrara el agua”. Reichel también le aconsejó que en cada baúl metiera un poco de lo mismo (una linterna, un hacha, cuaderno y lápiz, rollo fotográfico) por si se perdía alguno de los baúles en la travesía; que cada baúl pesara 30 kilos, el peso adecuado para un cargador; que comprara en Panamá una grabadora Uher de carrete abierto y una cámara Rolleiflex 6 X6… “Reichel y yo nos conectamos bien. Él era distante, seco, pero nos comunicábamos, incluso cuando estábamos en silencio. Algo similar a lo que me pasó muchos años después con el presidente Barco cuando estábamos trabajando en el tema de los resguardos indígenas. Podíamos pasar tres horas callados. Y me invitaba a sentarme en silencio con él. Tomó una confianza total y gracias a eso sacamos adelante esos resguardos”.

Desde la oficina de Asuntos Indígenas del Ministerio de Gobierno, Von Hildebrand trabajó con el gobierno de Barco para reconocerles a los indígenas sus territorios, una lucha que venía dando sus frutos muy lentamente desde finales del siglo XIX y que comenzó a tomar forma en los años sesenta y setenta. Luego, con la Constitución de 1991, se consolidó el esfuerzo que se hizo para otorgarles a los indígenas de Colombia un territorio autónomo. De esa manera comenzaba a tomar forma aquel lejano sueño de Von Hildebrand: defender el derecho a los pueblos a no caer ante el poder avasallador de Occidente, sin importar si este venía en nombre de Cristo, de Marx o del capitalismo.

Desde 1991 lo hace a través de la Fundación Gaia, que promueve la conservación de la Amazonia colombiana desde una perspectiva cultural, a partir de la visión indígena de la conservación. “Yo no peleo tanto por los derechos de los indígenas sino por los espacios y los tiempos que necesitan para pensar. Ellos tienen una realidad propia que debe respetarse”. Por eso no se entendía con sus amigos de izquierda, mucho menos con los de derecha. “Los de la izquierda me hablaban de que los indígenas eran pobres y para mí ese es un concepto occidental. ¿Pobres con respecto a qué? Pobres nosotros, que consumimos mucho pero no sabemos para dónde vamos. Los indígenas saben para qué se despiertan cada mañana porque tienen una cosmovisión coherente. Saben que tienen una responsabilidad con el planeta, que se levantan para que el planeta funcione mejor, para que las energías fluyan. Ellos toman el agua, los animales y las plantas de la selva y le retribuyen con sus rituales. Uno puede o no estar de acuerdo con ellos. Pero es evidente que ellos se sienten parte de un sistema y que están allí para que la máquina funcione”.

Martín von Hildebrand sostiene que para entender la Amazonia hay que aprender a escuchar. “El chamán escucha a la naturaleza. Y a las personas”. Ellos estudian e interpretan su territorio a través de historias, de relatos, de mitos que dan elementos para que cada cual imagine y encuentre sus propias respuestas. “Ellos no dan respuestas”. Recuerda que alguna vez le preguntaron unos indígenas cómo era Europa y él les habló de las estaciones. Uno de ellos le preguntó la causa del invierno y del verano y, para explicarles, hizo un dibujo en la arena. Pintó el Sol y la órbita elíptica de la Tierra. Entonces uno de ellos le dijo: “Martín, ¿eso es lo que ustedes llaman una explicación? No nos gusta la explicación. Mejor cuéntenos un cuento”.

Entonces les narró el mito del rapto de Perséfone, que se trata de una alegoría de las estaciones y los ciclos de la naturaleza, y cuando terminó le dijeron: “Eso está mejor que la explicación”. Uno de los principales obstáculos para el entendimiento es crear canales de comunicación apropiados. “Los indígenas están dispuestos a escuchar. Lo que suele ocurrir, sin embargo, es que al mundo indígena por lo general llega el que no quiere escuchar. El que quiere imponer. Ya sea la violencia o la palabra de un Dios extraño a ellos. Y al mundo blanco llega el indígena golpeado que quiere reclamar sus derechos, y él tampoco escucha. A ambos mundos llegan expresiones pobres y reducidas del otro lado”. Von Hildebrand señala que el indígena funciona mejor cuando está en su territorio, rodeado de la naturaleza. “Es el equivalente al blanco que se siente más a gusto cuando está en el estudio de su casa rodeado de sus libros o sus discos”. Una de las tareas de Gaia consiste en explicar cómo comunicarse. “A los funcionarios o a los políticos, muchos de los cuales ahora están interesados en conocer la Amazonia, les explicamos cómo es la cosa. Uno no interrumpe a un indígena mientras está hablando. Uno no le hace preguntas directas sino que se comparan pensamientos. Uno dice primero lo que piensa y luego le pide al interlocutor que exprese su pensamiento”.

La Fundación Gaia no les lleva respuestas ni soluciones a los indígenas. Sólo les hace preguntas: “¿Ustedes para dónde van? ¿Qué quieren hacer? ¿Cuál es su cosmovisión, cuáles son sus sitios sagrados?”. Con base en ese diagnóstico que ellos hagan de su territorio se puede llegar a acuerdos. “Lo importante es que la ley se adapte a sus necesidades y no que ellos tengan que adaptarse a la ley”. Crear resguardos es crear espacios para que piensen. Crear leyes también es crear espacios para que piensen, sostiene.
“Lo importante es entender que en Colombia conviven culturas diferentes. Que en Colombia existen diferentes maneras de ser humano”, sostiene Von Hildebrand, quien piensa que la contribución que puede hacerse desde afuera es ver la manera de entenderse en un país multicultural y pluriétnico para construirlo entre todos. “No solo es por respeto con ellos. Nosotros también ganamos si ellos participan de manera activa en esa construcción conjunta del Estado. En el planeta Tierra existen 4.000 culturas tan antiguas como la nuestra. Es fundamental encontrar puentes para escucharlos, para ver cómo se relacionan ellos con el medio ambiente. En Colombia tenemos ochenta culturas diferentes y sólo miramos a Miami”.

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