Fotomeraki: Cuando las mujeres retratan el mundo

El joven colectivo Fotomeraki ofrece una exposición de fotografías que abarcan desde los años setenta hasta nuestros días. La apuesta consiste en resaltar las voces y registros de creadoras colombianas que han contado desde el siglo pasado su universo en imágenes.

En un muro apenas pañetado sobresalen las manchas de humedad y las fotografías más importantes de una familia. Alguna de un soldado con boina. Y en un sofá con cojines de flores rosadas se extiende una mujer llanera. Se llama Shirley Guarín. Tiene 19 años y está en su sexto mes de embarazo. Luce un vestido rojo. La mano izquierda desmayada en posición de descanso absoluto. La autora del retrato es la fotógrafa Juanita Escobar, una caleña que se internó desde hace diez años en los llanos del Casanare para entregarse de lleno al ser de sus habitantes. También a la geografía. A los hatos y caminos. Y que ahora forma parte de una de las contadas exposiciones consagradas al trabajo de fotógrafas colombianas. En este caso seis contemporáneas, cinco de los años setenta y ochenta, y una invitada extranjera. Se trata de la muestra Una y otra, que se presenta en el Espacio El Dorado, en pleno corazón de la Macarena, hasta el próximo 15 de mayo.

Juanita (Cali, 1985) señala que en su trabajo existe un recurrente cuestionamiento por las huellas que deja el paisaje en la gente. O al revés. Su búsqueda traza metáforas, por ejemplo entre los cuerpos de un río y el de una mujer. Una exploración plagada de referencias históricas, culturales y, sobre todo, emocionales. “Tiene que ver con la dignidad femenina”, afirma la artista, “porque hay un trabajo de poder expresar libremente desde adentro lo que se ha vivido. Entrar sin miedo y tocar sin miedo el territorio de una mujer, su memoria, y hallar tantos puntos de dolor compartido, de violencia compartida”. Su trabajo en blanco y negro se titula Llano. Un viaje con visos épicos que ha sido resaltado por revistas como National Geographic.

En sus retratos Juanita Escobar explora referencias culturales y, sobre todo, emocionales

Pero la mirada sobre la identidad de género tiene mil rostros. Basta con ver el trabajo de la arquitecta y fotógrafa Victoria Holguín. Una propuesta que rompe con el molde tradicional de la separación de géneros. Se titula Ellas y una de sus imágenes forma parte de la selección del editor del Magnum Photography Award 2017. Se trata de una mirada distinta de la transexualidad. Y decimos distinta porque está compuesta por retratos luminosos, alejados de esos trabajos tópicos, oscuros, salpicados de voyerismo que han caracterizado este tipo de propuestas.

Para Rodrigo Orrantia, historiador del arte y curador de la exposición, uno de los aspectos más interesantes que surgió de los talleres y conversatorios ligados a Una y otra, fue dejar de pensar las etiquetas de género como un asunto binario entre hombres y mujeres. “Proyectos como el de Victoria Holguín o Carolina Bedoya me ayudaron a comprender que en el mundo de hoy uno se define primero como un individuo, con diferentes características, y de ahí va tomando unas cosas y otras para armar un relato propio. Dentro del tema de la identidad hoy encontramos híbridos o transgénero, y en estos trabajos que menciono hay un acercamiento para tratar esas identidades desde lo femenino”.

Victoria Holguín (Cali, 1985) es, además, la fundadora de Fotomeraki, colectivo dedicado desde hace cuatro años a difundir la fotografía contemporánea en Colombia y que ha estado detrás de la exposición. Cuenta que las artistas escogidas para Una y otra salieron del tercero de los libros que han editado, dedicado por completo a las fotógrafas colombianas. ¿Cuál ha sido el objetivo? “Seguir difundiendo el trabajo de mujeres fotógrafas”, afirma. Y añade: “No es que antes no hubiera trabajos interesantes. Ni que en Colombia no se desarrollaran proyectos fotográficos de autor, pero sí creo que ahora se está alzando un poquito más la voz. Incluso a nivel latinoamericano, con colectivos como Fotofemina, se está haciendo una labor importante de exposición, de contarle a la gente quiénes están trabajando, qué están haciendo y de qué se trata su trabajo”.

Por todo lo anterior, la primera sala de la muestra, dedicada a fotógrafas colombianas de los setenta y ochenta, cobra importancia. Las obras son pequeñas joyas, en su mayoría rarezas de archivo difíciles de encontrar, aportadas por el Proyecto Bachué, propiedad del coleccionista y galerista José Darío Gutiérrez. Se trata de un aporte que brinda contexto y sentido a lo que se hace en nuestros días. Es una forma de resarcir el trabajo muchas veces olvidado de muchas mujeres que le entregaron su vida a la fotografía.

Julia Nanda Bejarano apela al mundo de las conexiones interpretativas a través de sus fotos

Los maravillosos portones y fachadas en blanco y negro de Ida Esbra (que una visitante comparó en voz alta con Joseph Stieglitz); los trabajos reporteriles con niños de la calle, de Viki Ospina; o los retratos llenos de introspección de Becky Mayer, le imprimen una dimensión pedagógica necesaria al recorrido. El público cae fácilmente en la cuenta de que en los setenta y ochenta el trabajo autorreferencial era casi inexistente. Que los fotógrafos solo giraron la cámara hacia sí mismos recientemente, quizás como método para consignar con cierto afán su propia historia. Una muestra de esto se halla en el trabajo de Daniella Benedetti (Bogotá, 1987), que registró en imágenes y por escrito un diario de su embarazo. El resultado es toda una reflexión en torno al significado del dolor, del tiempo y de la gestación.

Rodrigo Orrantia explica, así mismo, que se pueden hallar líneas de continuidad entre generaciones. “Hay conexiones muy claras entre los trabajos de los setenta y ochenta con los de ahora en la relación entre lugar e identidad. Cómo usan las artistas los entornos, la arquitectura, como metáfora de identidad. Un caso contemporáneo es el trabajo de Nathalie Guio, que tiene que ver con la ciudad y con esa búsqueda de lugares femeninos dentro de una geografía urbana. O el de Juanita Escobar, que es un trabajo que se entiende inmediatamente a través de diversos códigos visuales”.

Otro punto que esboza el curador, que reside en Londres, es la dimensión global de lo que está ocurriendo con el trabajo de las fotógrafas. Afirma que si se hace un barrido por algunos países, los proyectos de documentar en imágenes las vidas, sentimientos, dudas, de las mujeres aparecen en todos los continentes. “Si llevamos esta exposición a un contexto internacional, el público muy seguramente tendría un alto nivel de comprensión y de empatía con las historias. Es que en todo el mundo las mujeres están también reflexionando sobre sus entornos culturales. Se me viene a la cabeza un ejemplo interesantísimo en Rusia, donde hay un proyecto que sigue a las abuelas de una región rural, y narra visualmente cómo estas personas mayores ven los cambios que se están operando en las costumbres de sus nietas. Los cambios en la forma de vestir, en la forma de hablar”.

El colectivo Fotomeraki también reúne el trabajo de la fotógrafa Mahle Matallana

Precisamente, para abrir un poco el gran angular, los organizadores decidieron traer a una invitada extranjera. Su nombre es Bronia Stewart. Una escocesa que, a pesar de no hablar ni gota de español, se zambulló con sus equipos en Chalco, uno de los suburbios más problemáticos a las afueras de la Ciudad de México. De allí salió la serie Pepe, que rastrea las relaciones de poder en el interior de una pandilla que le permitió convivir con ellos durante semanas. Además de estas relaciones, el machismo casi aplastante o el sentido de pertenencia son algunas de las claves visuales de su propuesta, que ahora se ha trasladado a Bogotá para trabajar con los grupos de hip-hop locales.

A lo largo de la exposición se presiente en cada una de las imágenes una fuerza latente por volcar a lo visual atmósferas, palabras, sentimientos o sueños. El trabajo de la artista visual Julia Nanda Bejarano (Bogotá, 1991) camina sobre esa línea, pero apela al mundo de las conexiones interpretativas. Su título es Aullido. Y se sirve de imágenes como la de un bebé diminuto arropado con una concha sobre el dorso de una mano. O la de una mujer tendida boca abajo con los brazos extendidos como un superhéroe. Imágenes que son juegos. Juegos que son símbolos. ¿Existe una disonancia entre la hondura desgarrada de un aullido y los susurros en blanco y negro de Julia Nanda? La respuesta solo la tiene ella. O probablemente cada espectador. Que como en los demás trabajos tiene ante sí una misteriosa invitación para sumergirse en la riqueza visual de sus creadoras.

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