Cuando Botero pintaba delgados

Un recuento de la primera exposición de Fernando Botero en Bogotá, antes de desarrollar su icónico estilo, y el fotógrafo que lo descubrió.

Revista Diners de febrero de 2005. Edición número 419

En la Avenida Jiménez número 5-61 de Bogotá, a pocos pasos del legendario Café Automático, en los pasados años cincuenta quedaba la sede de una de las galerías de arte más importantes de Bogotá. Leo Matiz, el propietario, fue un personaje que con talento y pasión interpretó el papel de fotógrafo, galerista, dibujante, seductor y viajero.

Aquella aventura de montar una galería de arte que ampliara las posibilidades de exhibir las búsquedas más radicales y entusiastas de los artistas colombianos en los años cincuenta, contó con la complicidad de otro buscavidas tan fuera de serie como el propio Matiz: el periodista norteamericano Harold Linder. Brillantes y tercos, ambos asumieron en 1951 el alquiler de la vieja y elegante Galería Leda, un almacén de lámparas importadas, de Cecilia Ospina de Gómez, refinada y emprendedora de la alta sociedad bogotana de la época.

Linder, casado con una bailarina española, había llegado a Colombia y fundado junto con Leo el periódico Colombian News Letter, y luego los dos se embarcaron en la tarea de convencer a don Roberto García-Peña, gerente de El Tiempo, de que fungiera de fiador del inmueble.

La noticia de la inauguración de la galería levantó una ola de agitación y curiosidad en el mundillo artístico y bohemio de comienzos de la década. Los artistas empezaron a visitar el lugar, al cual se ingresaba por una escalera estrecha, y sobre las paredes se observaban retratos fotográficos, óleos y caricaturas.

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Matiz, que se había convertido en el centro de la bohemia intelectual que asistía al Café Automático gerenciado por el antioqueño Fernando Jaramillo, desempeñaba su papel de anfitrión vestido de chaquetas de colores llamativos y boina vasca. “Yo conocí a Leo Matiz cuando llegué a Bogotá y tenía diez y nueve años. Leo era un esa época como una vedette en Colombia, alguien equiparable al pintor Diego Rivera en México. Era un personaje muy consciente de su rol de vedette y expresaba cosas extravagantes que para un artista joven como yo resultaban muy próximas a las actitudes de un Salvador Dalí”, dice el maestro Fernando Botero.

El olfato artístico de Leo Matiz se sintió atraído por las pinceladas rápidas y limpias de ese joven antioqueño de 19 años que se sentía discípulo del pintor francés Gauguin y que buscaba un espacio para mostrar los colores enérgicos y las formas atrevidas que plasmaba en sus lienzos.

En 1950 se habían realizado cincuenta exposiciones en Bogotá. Ese fue un año de intensa actividad artística que copó la capacidad de exhibición de tres galerías oficiales y una particular: los pintores, ceramistas y escultores hacían esfuerzos serios y perseverantes para ser exhibidos en la Galería El Callejón, la Biblioteca Nacional y el ruidoso y simpático Café Automático, siempre atiborrado de personajes extravagantes y avispero de provocaciones literarias y políticas que se llevan a cabo en medio de informales y desordenadas exposiciones de pintura sobre las paredes del cafetín.

La muestra de Botero, inaugurada el 15 de junio de 1951 en la Galería Leo Matiz, aportó un soplo de vida a la predecible escena cultural de la capital del país. En días previos a la muestra, la discusión de los intelectuales que frecuentaban la Galería de Matiz se dividía entre los que conjeturaban que el joven pintor tenía talento, y los escépticos que reconocían pasión e inteligencia en las obras de Botero pero lo consideraban atrapado en una mezcla de estilos artísticos sin definir. “A mí me resulta decorativa y no creo que su pintura tenga mucho futuro”, dijo a Matiz, en esa época y de manera jocosa y divertida Antonio Valencia, esposo de la pintora Lucy Tejada.

Botero, que sostenía intensas discusiones por defender con firmeza los precios de sus cuadros ante los escasos y vanidosos compradores de arte de ese momento, dice hoy en Pietrasanta, Italia: “Esa exposición era como de grupo, porque había toda clase de tendencias, y sobre lo que yo mostré la gente pensó que había un talento allí latente y que tenía futuro. En la segunda exposición ya se veía por lo menos más unidad y en ese momento yo acababa de descubrir la época azul y rosa de Picasso y estaba muy influenciado por él. Hice esos cuadros que pinté en Tolú y fui a Bogotá, con la suerte de que las pinturas gastaron mucho, y pude vender bastantes de ellas”.

Pescadores, vendedoras de frutas, músicos, retratos, entierros de carnaval, adolescentes y mujeres desnudas pintadas al óleo, gouaches, tintas y acuarelas dieron inicio a una de la sobras más singulares de la plástica moderna en Colombia.

En una entrevista, Matiz declaró: ”Llegué a Colombia y fundé la Galería de Arte Leo Matiz en 1950. Ese espacio fue muy conocido y logré realizar allí trescientas exposiciones y un salón de rechazados. Fernando Botero debutó en mi galería cuando pintaba modelos delgados. Sin embargo, cerré por pérdidas”. En ese Salón de Rechazados expusieron los pintores Luis Alberto Acuña, Sofía Urrutia, Carlos Cormane, Ómar Ryo, Beatriz González daza y Manuel Gómez Hernández. La galería funcionó durante diez años.

Las frecuentes inundaciones de la Avenida Jiménez que anegaban el local artístico; las disputas legales con inquilinos a los cuales Matiz arrendó una de las salas del lugar, y las largas temporadas de Matiz en Venezuela, pusieron punto final a la aventura cultural del fotógrafo y galerista, apodado por la prensa de ese entonces Leo el de los líos. Yo aporté mi nombre, mi local y cuanto allí había, y ellos debían poner un capital hasta de veinticinco mil pesos. Se hicieron cargo de todo, pero yo tuve que viajar a atender mis negocios en Caracas y los urgí para que constituyesen legalmente la sociedad o desistiésemos del convenio. Pero ellos se precipitaron a abrir los estudios bajo el nombre de El Caballito, cambiando cerraduras y retirando el letrero de Leo Matiz”, expresó el fotógrafo-galerista en otra una entrevista en 1958.

En ese edificio que albergó a la Galería de Leo Matiz. hace medio siglo, hoy se ven pequeños cubículos y pantallas parpadeantes de computadoras que ofrecen servicios de comunicaciones que hace medio siglo nadie soñó, ni siquiera los
in1aginativos intelectuales que merodeaban por allí. Los nuevos inquilinos, que atienden a una avalancha de estudiantes, profesores y funcionarios de las instituciones académicas situadas en La Candelaria y el centro de la capital, ignoran que en esos cincuenta metros de área esconde Bogotá una caprichosa historia del arte
con un discreto encanto de nostalgia y clandestinidad.

El testimonio gráfico de aquellas exposiciones de Botero, recogido por la lente segura e ingeniosa de Leo Matiz – además el primer galerista del pintor más famoso de Colombia-, son también el testimonio del estilo de vida de la Bogotá de la época. Esas fotografías forman parte del archivo de la Fundación Leo Matiz y dieron lugar a otra exposición, en febrero de 2005. Esta exposición permitió mirar de nuevo la chispa creativa que generó una de las obras artísticas más ingeniosas e inteligentes de la pintura contemporánea, la de Fernando Botero, y el talento de uno de los fotógrafos más grandes de Colombia, Leo Matiz. Cincuenta años después, ambos volvieron a reunirse en el marco de sus obras.

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