Olga de Amaral: el arte de abrir las fronteras

En la galería Casa Cano de Bogotá, se encuentra abierta al público la exposición Olga de Amaral y Jim Amaral: estados presentes. El crítico de arte Halim Badawi visitó la muestra.

Olga de Amaral (Bogotá, 1936) es una de las artistas colombianas que ha ayudado a expandir los límites de lo que entendemos como arte. Durante la década de 1960, cuando ella empezó a trabajar activamente, tanto la crítica local como el mercado parecían tener definiciones muy precisas sobre lo que deberíamos delimitar dentro de los márgenes de la creación artística: si bien el “gran arte” parecía desarrollarse en territorios como la pintura de caballete y la escultura, ciertas disciplinas como la cerámica o la tapicería, de larga tradición en el país, eran comúnmente consideradas artesanales o menores. También se creía, algo peyorativamente, que estos eran oficios propios de mujeres, una creencia que se remonta hasta finales del siglo XIX.

Al señalar la cerámica o la tapicería como oficios estrictamente artesanales y femeninos, las cabezas del arte oficial creían restarles significación o valor artístico a estas expresiones. Sin embargo, recientemente, las diferenciaciones tajantes han empezado a ser superadas y la crítica ha iniciado un proceso de valoración del trabajo femenino (en territorios como el bordado o la tapicería), este, como piedra angular del arte de nuestro tiempo.

Estados presentes

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Jim Amaral. Esferas en mitades, 2015

La exposición en la galería Casa Cano incluye obras realizadas durante los últimos quince años por Olga de Amaral y su esposo, Jim Amaral, muchas veces revelando los flujos creativos entre la pareja, las influencias recíprocas. En el caso de Jim, la exposición incluye algunos dibujos eróticos que evocan páginas iluminadas de manuscritos medievales y que están conceptualmente relacionados con cartas románticas que Jim enviaba a Olga en otros tiempos. Así mismo, de Jim se incluyen esculturas de bronce, de pequeño formato; sus tradicionales figuras hieráticas carentes de brazos, muchas veces andróginas; un par de esculturas de gran formato; y una serie de máquinas móviles realizadas durante los últimos años, con funciones inverosímiles, que generan sonidos imprevistos y que se cruzan plástica y conceptualmente con los mundos imposibles de Cornelius Escher, el esoterismo de Jorge Luis Borges, el minimalismo estadounidense, los rituales arcaicos y los fetiches aborígenes.

Por su parte, el esfuerzo de Olga ha estado dirigido a dignificar plásticamente el trabajo artesanal a través de la elaboración de tapices que evocan las geometrías extintas de los pueblos amerindios, el universo barroco, la orfebrería precolombina, los colores ancestrales y la geografía del Nuevo Mundo, empleando como catalizador la libertad formal que ofrece el arte moderno. Su obra expuesta oscila entre los tradicionales tapices dorados, plateados y azules, con sus remembranzas al universo mítico y a la prehistoria, en especial a las formas fósiles; y algunos tapices que, en sus formas, aluden a la lucha entre el universo orgánico de la naturaleza y las formas racionales del hombre. En una esquina se encuentra una instalación, Jardín de piedras (2008), un grupo de rocas fundidas en bronce, con acabado dorado, sugiriendo grandes rocas de oro: una suerte de homenaje al metal que sirve de insumo principal a la artista para sus tapices más conocidos.

El proyecto NN

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Proyecto NN recrea nueve nichos funerarios que apelan a la tradición del bordado femenino

En una de las salas de la galería se esconde una obra particularmente atípica en la trayectoria de Olga de Amaral, una instalación que parece escapar del carácter estrictamente textil y de la yuxtaposición de formas libres, una obra bastante singular en la trayectoria de la artista: Proyecto NN (2000), una instalación que recrea nueve nichos funerarios, es decir, las cavidades cuadradas que tapizan verticalmente los muros de los cementerios colombianos, el espacio en donde se introducen los cadáveres.

El nicho es la unidad básica del columbario, una especie de edificio de la muerte. A diferencia de los grandes cementerios norteamericanos, que parecen parques, con tumbas espaciosamente intercaladas en medio del pasto verde, el nicho y el columbario se hacen necesarios en un territorio en el que la tierra horizontal no da abasto ante la demanda de los muertos, ante la magnitud de la tragedia.

De la serialidad infinita que nos permite la imagen del columbario, Olga selecciona nueve nichos y los dispone de forma reticular, organizados en series de tres. Aunque en términos formales esta disposición podría parecer inspirada en el minimalismo estadounidense, Olga recarga cada nicho con una materialidad y un sentido inesperado, apelando al universo barroco latinoamericano, a la tradición del bordado femenino, al oro ancestral de las divinidades, y a la memoria olvidada de los muertos.

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Olga de Amaral. Costa I, 2015

A diferencia del arte minimal de los años sesenta, en donde “lo que ves es lo que hay”, en la obra de Olga lo que ves es solo la superficie luminosa de algo que se esconde, de un universo político, plástico y poético que dista de la frialdad metálica, grisácea y cobriza del minimalismo anglosajón. Olga barroquiza el minimalismo aséptico, lo humaniza, lo contamina, lo recarga de sentidos culturales y lo moldea con yeso, barro y oro. A diferencia de los bordes perfectamente recortados de Donald Judd o Carl Andre, Olga de Amaral prefiere los bordes imperfectos de la tela y el yeso, modelados a mano; y a diferencia de la alta tecnología de las luces de neón, Olga prefiere el barro agrietado y el oro ancestral.

Cada uno de los nueve nichos tiene una base elaborada en yeso y gasa, dispuesta para curar una herida profunda, para sanarla. Sobre cada superficie de yeso, la artista dispone una capa de barro, aludiendo al polvo que somos y que seremos. El barro también evoca la muerte, la desolación del paisaje de la guerra y la creación artesanal misma: recordemos que la artesanía surge del mismo barro que nos constituye, ese que también evoca el paisaje asolado. En cada nicho, sobre el barro, aparecen las huellas de dos pies, confeccionados en hojilla de oro, como recuerdo de una vida brillante, singular y hermosa.

Estos pies, calcados de las mujeres artesanas que ayudan en el taller de la artista, rememoran el nacimiento, ese momento en que la marca en tinta del pie, estampada sobre papel notarial, testimonia legalmente la existencia de una nueva vida: una huella que confiere entidad, humanidad y derechos. En Olga, el pie aparece como principio del cuerpo, como estandarte de la humanidad: los pies dorados son la vida abriéndose camino sobre la muerte, sobre el barro desolado, sobre los columbarios blancos y fétidos.

La obra encierra en sí misma la paradoja del principio y el fin, del nacimiento y la muerte, todo en un mismo instante, en una misma imagen, todo unificado en el polvo, el mismo de las estrellas. Al lado, la artista ubica un letrero de papel, con una anotación en tinta, “morirme sin saber quién soy”, aludiendo a una vida que intentó abrirse camino, truncada antes de descubrirse, el sino trágico de la Colombia de finales de los noventa, un país ubicado en la transición entre dos formas de violencia: la mafiosa y paramilitar, y la del conflicto armado; formas de violencia sobre las cuales la artista se erige como testigo.

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Olga de Amaral. Nébula 17, 2016

Proyecto NN se inserta bellamente en una larga tradición del arte colombiano que encuentra, en el columbario y en la huella, su eje discursivo. El artista Jonier Marín en su obra Wild Zone (1982) estampa sobre una secuencia de hojas de papel, marcas de sus manos y pies en color rojo sangre, sobrepuestas sobre pintura verde, señalando la interferencia del hombre en el Amazonas. En la instalación Cementerio vertical (1992), María Fernanda Cardoso dibuja con lápiz, sobre un muro blanco, un columbario al que agrega flores de plástico. En Sementerio (1993), Wilson Díaz recorta nichos en papel a los que agrega marcas de semen, aludiendo a la pandemia del sida, a cómo el amor devino en muerte. Beatriz González hizo lo suyo en una intervención pictórica ejecutada directamente sobre los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, en 2009. Habría que empezar a analizar la obra de Amaral no como un esfuerzo insular, exento, sino como un acervo que ha ayudado a expandir los límites de lo que tradicionalmente hemos entendido como arte en el medio local; una obra que, en su aparente sutileza, abre nuevas y potentes líneas críticas a nuestra –todavía incipiente– historia del arte colombiano.

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