Salón Nacional de Artistas: diálogos abiertos

Diners realizó un recorrido por el Salón Nacional de Artistas de la mano de su curador internacional, Inti Guerrero. La muestra estará abierta hasta el próximo 14 de noviembre en Pereira

Recorrer un salón es una tarea titánica, pues el circuito de experiencias deja agotado a cualquiera. Sin embargo, es la manera más interesante de hacerse una idea del acontecer del arte en cualquier contexto. El Salón Nacional de Artistas se realiza desde hace 76 años y en esta oportunidad, por primera vez, una ciudad intermedia lo recibe.

La historia de este evento se remonta a 1940 y para nadie es un secreto que en aquella década el país vivió un ambiente intelectual que hacía parte de una empresa política de progreso y modernización, y una gran exposición de arte resultó un evento ideal para dicho propósito. En el presente, paradójicamente, su objetivo se mantiene vivo: el de que un país ponga a la vista de todos sus “avances” en términos artísticos y que, por demás, los ponga en diálogo con los de tierras foráneas. Por esta misma razón, este año el salón lleva el nombre AÚN, expresión que contiene la idea de un tiempo pasado y presente, que reafirma al salón como institución cultural vigente, pero que a su vez reconoce su carácter histórico.

El salón invade Pereira con una propuesta curatorial que reflexiona sobre “las realidades cotidianas que construyen los paisajes sociales”. Con un equipo de curadores de trayectoria como Inti Guerrero, Víctor Albarracín y Guillermo Vanegas y bajo la dirección artística de Rosa Ángel, el salón se hizo posible luego de un trabajo de investigación y producción que posibilitó habilitar espacios públicos y privados que albergan los proyectos artísticos que hoy se pueden disfrutar en un evento con espíritu de bienal. La presencia de Inti Guerrero como curador internacional ha sido celebrada porque precisamente al ser colombiano, reconoce las particularidades del entorno local y logra consolidar conexiones entre obras nacionales y extranjeras que están tocando fibras de problemáticas similares.

Guerrero es reconocido en el ámbito internacional como uno de los curadores más prolíficos de este lado del continente, no en vano este año se estrenó como curador de arte latinoamericano de la Tate Modern de Londres. Radicado en Hong Kong, pero con los ojos puestos en el arte de latitudes diversas, tuvo la responsabilidad de poner a dialogar artistas colombianos con pares de Tailandia, África, Brasil, Perú, entre otros. Su mirada está atravesada por una necesidad de complejizar realidades comunes que experimenta la humanidad en la actualidad. En el recorrido que hizo con Diners por algunos de los espacios más importantes del salón, fue posible descubrir el entrelíneas que constituye al salón como un todo que está entretejido.

El Rialto, uno de los escenarios principales

Sin duda, el antiguo lugar de encuentro social concurrido por la élite pereirana, el club Rialto, es uno de los espacios más atractivos del salón. Los proyectos allí exhibidos permiten al espectador acercarse al relato curatorial propuesto. La instalación de Paulo Licona, H.H. hermoso horror (2016), atrae de inmediato cuando se ingresa a la segunda planta. Su apuesta festiva y trasgresora hecha de materiales de piñata, constituye un escenario macabro que alude a las masacres y a las prácticas de desmembración de cuerpos por parte de grupos al margen de la ley. El protagonista de la pieza: un muñeco que caricaturiza a Álvaro Uribe sin una de sus piernas y que se mantiene de pie con muletas. Con una estética siniestra, Licona vuelve a dar que hablar.


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H.H hermoso horror, instalación con piñatas, Paulo Licona, en el Rialto

Muy cerca de esta obra está desplegado el proyecto del costarricense Óscar Figueroa, Durmientes (2012-2013), quien viajó desde las montañas de Guatemala hasta el Magdalena en Colombia para registrar la memoria que contienen las traviesas (o durmientes) de las vías de ferrocarriles que construyó la United Fruit Company en su período de explotación. Inti explica que “la horizontalidad y la forma de urna del mobiliario que exhibe el trabajo, aluden a la muerte de manera significativa”.

Justo cuando se termina de ver esta pieza aparece –como una nota al pie a Durmientes– la pintura de Débora Arango El tren de la muerte (s. f.). “La imagen de cuerpos apiñados en vagones remite a la memoria de la masacre de las bananeras en 1928”, comenta Guerrero.

Este tipo de diálogos sutiles hace parte del debate que el curador puso en juego y que no es menor en tiempos actuales. En la misma sala está exhibida la serie de afiches Reforma agraria (1968-1973), del peruano Jesús Ruiz Durand, diseñados con un lenguaje visual que fusiona el estilo pop norteamericano con signos propios de su país, piezas que promovieron la revolución agraria de izquierda y antiimperialista liderada por la Fuerza Armada del Perú.


El río como tema

Por otra parte, en uno de los recorridos del Rialto aparece el montaje consecutivo de varias obras que hacen alusión al río como componente del paisaje o como metáfora. Resulta interesante porque es precisamente el Otún, uno de los hitos de la ciudad a partir de los cuales se discute esa delgada línea entre lo rural y lo urbano que late en las calles de Pereira. Obras como Estratificación de un basurero utópico (1987), de Alicia Barney; Piedras rodantes del rocanrol Los Ángeles tour (2015), de Andrés Felipe Uribe; Río Magdalena (2014), de Stephen Ferry, o las dos series fotográficas del africano Amadou Keita, Utensilios de mujer (2015) y Noche de marioneta (2014), remueven un pensamiento crítico sobre los mitos que encarna el agua para las distintas culturas y lo que dinamiza la presencia de un río en cualquier latitud.

Tres proyectos que vale la pena destacar antes de escapar del Rialto son el video de Ricardo Muñoz La oreja hueca de la montaña (2016), en el que el artista hace un creativo ensamblaje de señalamientos críticos a la sociedad actual y a establecidos lenguajes artísticos; la instalación-acción de James Campo Santa Rosa (2013-2016), en la que readymades hechos con partes de máquinas agrarias y elementos naturales están colgados del techo casi a ras del piso, son piezas movientes en sí mismas por la forma en que están montadas; y la propuesta del tailandés Chulayarnnon Siripol, Mito de la modernidad (2014), en la que –en palabras de Inti Guerrero– “la pirámide es utilizada por el artista como arquetipo de poder para el posicionamiento de un discurso político que retoma las creencias ancestrales de una cultura, en este caso la tailandesa. Una estrategia que no está lejana a la de la era ‘posuribista’, que trajo consigo un racionalismo extremo, una ideología de ultraderecha. Son fenómenos similares que se replican en diversas partes del mundo y acá se intenta hacer visible que no distan mucho en su esencia”.


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Santa Rosa, instalación, James Campo, en el Rialto


Alianza Francesa y Museo de Arte de Pereira

En la sala Yves Klein, de la Alianza Francesa, está una de las exposiciones más interesantes del salón. El colectivo La Usurpadora se la jugó con su curaduría Proyectos y proyecciones con mis antepasados, un diálogo entre Álvaro Erazo y Alfonso Suárez, un bello homenaje al trabajo que hicieron estos dos artistas conceptuales entre las décadas de 1970 y 1980 en Barranquilla. El registro fotográfico de las acciones e intervenciones que llevaron a cabo, revela el sentido crítico y contemporáneo de sus proyectos. Para muchos, las imágenes de esta muestra resultan un descubrimiento afortunado, producto del trabajo de investigación del colectivo caribeño. Por lo demás, las obras seleccionadas encajan con la reflexión alrededor de las nociones de territorio y paisaje que enmarcan el salón.


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Tierra sagrada, Álvaro Erazo, en Alianza Francesa, Pereira.

Por su parte, el Museo de Arte es contenedor de una serie de instalaciones que montadas en las diferentes salas, consolidan la premisa curatorial de “cómo las realidades cotidianas constituyen paisajes sociales”. En el museo sobresale el encuentro de obras monumentales donde los conceptos de territorio y paisaje parecen desbordarse. Héroes mil (2015), de Juan Fernando Herrán, pieza que hace referencia a los basamentos de las esculturas públicas de los próceres, está montada enfrente del dibujo mural Guardia completa (2016), de Prabhakar Pachpute, en el que el artista de la India hace una fuerte crítica a la explotación de la clase trabajadora; y en la pared circular de fondo aparece Luis Roldán con sus Dibujos móviles (2014) hechos con alambre. Son imágenes que generan cierta sensación de extrañeza, pero que cobran fuerza al estar enfrentadas en un mismo espacio.

En otra de las salas del museo llama la atención Acupuntura urbana (2016), de Andrés Felipe Gallo, una instalación que reconstruye la topografía del Parque de Los Nevados a partir de escombros escogidos en demoliciones urbanas. En la última planta se encuentra un montaje con proyectos diversos que apuntan a la idea de “trayecto” y que ponen en entredicho las nociones de tiempo y espacio. Mapa mudo (2016), de Mario Opazo; Escenografía para una ópera china de ciencia ficción (2015), del artista chino Ming Wong y Vacuus (2016), de Fredy Alzate, son las obras que dominan este escenario.

Imposible, aunque ideal, sería hacer referencia a la totalidad de las obras que forman parte de este salón. Estos son apenas apuntes fragmentados del recorrido con el curador Inti Guerrero, comentarios de una experiencia que, sin duda, ha trastocado la cotidianidad de Pereira.

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