60 años del Museo La Tertulia, en Cali

En 2016 celebra 60 años La Tertulia, un museo de Cali que fue al comienzo un club para que a la gente no se le olvidara conversar.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 114, septiembre de 1979

En sus comienzos alcanzó a ser nido de conspiradores. Unos pasos más alla de su primera sede, después de haber pronunciado una una virulenta conferencia contra el gobierno rojista, fue arrestado el expresidente Guillermo León Valencia. “La Tortertulia” era entonces un club cultural que se había iniciado en el sector de Cali Viejo, en la carrera 5 No. 4-10, en una casa una casa vieja de incomparable belleza que ya está a punto de ser demolida. El club creció como una bola de nieve. Al principio el grupo se reunía en la casa de Maritza Uribe de Urdinola, hasta que llegó el momento en que no cabía en sus paredes.

La leyenda llegó a hacer creer que se trataba de una indoblegable legión de caleñas dispuesta a empuñar y a no soltar el timón de la cultura. Pero “La Tertulia” contaba con más nombres que mujeres. Y no todos eran caleños: también participaban algunos bogotanos residentes en Cali. Allí se encontraron en el instante de la fundación Eduardo Gamba-ya fallecido-, Santiago Salazar Santos, Alfonso Bonilla Aragón, Manuel Lago, Gustavo Balcázar, Jesús María Castaño y Óscar Gerardo Ramos.

A pesar de que la televisión solo hacía dos años que había llegado al país, Eduardo Gamba insistía en que el club se debía fundar “para que a la gente no se le olvidara conversar”. Obviamente, el tema predominante era la literatura. Luego el existencialismo de post guerra.

Un fuego cruzado de contradictores se abatió inicialmente sobre el club. Mientras unos lo acusaban de “tremendamente burgués”, algunos curas tronaron desde los púlpitos que era “tremendamente comunista”. Cuando se supo del desafecto de algunos de sis integrantes con el régimen militar, sus puertas fueron puestas bajo vigilancia permanente. Hasta que cayó Valencia.

Hoy 23 años después, si uno le pregunta a la aristocracia valluna o a un policía callejero, qué tiene Cali para mostrar, lo más seguro es que lo lleve hasta el borde de aquel barranco donde ahora está la flamante sede del Museo La Tertulia. En las bodegas, que se iniciaron con sólo 30 cuadros, se amontonan ahora más de 600 obras. Según Maritza es “una colección pequeña pero de muy buen nivel, pues hemos preferido adquirir a aceptar donaciones. En uno de los bloques se mantiene una exposición rotatoria y en otro una exposición transitoria, que se mudan cada mes y medio. Pronto comenzará allí uno de los habituales cursillos, esta vez sobre filosofía, gratis gracias a la colaboración de profesores universitarios.

De martes a domingo funciona la cinemateca, un hervidero de gente joven que siempre enciende inflamatorias discusiones. Desde el techo de la sala de cine se desgrana la gradería de un pequeño auditorio al aire libre donde regularmente se representan números folclóricos y teatro. Al fondo, contra el barranco, un árbol enorme protege un polvoriento rincón donde los niños del vecindario protagonizan sus sueños de disparar como en Nicaragua.

Enseguida del lugar se levanta la obra negra de la que será la torre destinada al taller de granado, hay tres viejas casas a las que cada día les lanza miradas expropiatorias Martiza de Urdinola. Ella quiere que el Estado compre las cosas para extender el área verde del Museo. Según ella, el parque es el mayor atractivo para las gentes, sobre todo de los sectores populares, que luego de merodear y hacer picnics los fines de semana en los prados de La Tertulia, terminan rompiendo la barrera de la timidez y la precaución y penetran a las salas a interrogarse sobre todo aquel arte extraño que cuelga de las paredes.

La Tertulia ha sido también escenario de uno de los más encañonados conflictos que vive el país: la lucha por la tierra. En distintas ocasiones y con distintos colindantes, les ha tocado enfrentarse a los amigos del Museo. Una vez uno de los vecinos resolvió que una de las calles que desembocaba sobre La Tertulia era de él, y la mandó a enmurallar. Condenados a la espera interminable del fallo del juez, cercados y sin poder continuar la construcción del Museo, los socios y sus amigos desarmaron una noche el muro, ladrillo a ladrillo, hasta que rompieron el bloqueo.

Otro de los vecinos levantó sucesivamente un muro, con tanta terquedad como la que utilizaron los de La Tertulia para derribarlo, alegando que por allí era la salida de su lote.
Finalmente el propietario amaneció un día aburrido por la tenacidad de los integrantes del Museo y desistió de volver a levantar el muro.

Según Martiza quien es ahora la Presidente de La Tertulia, la entidad se sostiene de milagro. Unos 200 socios pagan una cuota mensual ínfima. En los últimos tiempos el fervor del cine-club ayuda a aliviar la carga dura de las obligaciones cotidianas. Y los artistas, no solo colombianos sino de toda Latinoamérica- pues el museo tiene más prestigio afuera que dentro del país-, han contribuido ellos mismos al sostenimiento y a la expansión de La Tertulia.

Tres arquitectos. Manuel Lago, Gino Faccio y Benjamín Barne. han trabajado desde un principio en los diseños y cálculos de las obras del Museo, sin cobrar nunca un centavo. “ Cuando hay necesidad de que alguien nos saque de problemas-recuerda Maritza- se presenta la empresa privada”. Las tres bienales de artes gráficas, por ejemplo, fueron en su totalidad financiadas por Cartón de Colombia S.A. Y no es providencial también que Colcultura haya hecho sus aportes y que los gobernadores llamen de vez en cuando al despacho de La Tertulia a ver qué se les ofrece.

A pesar de todo, Gloria Delgado, la simpática Directora del Museo dice que si cobrara horas extras La Tertulia se quebraría. Gloria, quien estudió arte y traducción simultánea en Roma, es desde hace siete años una sólida pieza en la armazón del Museo. Uno de sus planes es el de poder construir un área destinada a una biblioteca. Por algo ella opina de sí misma: “Yo no escribo: yo cometo libros”.

Maritza -que aunque parezca raro no es caleña sino de Tuluá- y Gloria no se perdonan ni los fines de semana en su trabajo por La Tertulia. Después de realizar un audiovisual sobre Obregón, partieron un viernes hacia Cartagena a terminar otro sobre Grau. Un día de estos con el patrocinio de alguna empresa privada no será extraño encontrarlas filmando alguna película para enriquecer aún más esa obra que erigieron a orillas de la Avenida Colombia, sobre el agonizante río Cali.

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