Juan Manuel Echavarría: Arte y Memoria

Juan Manuel Echavarría lleva una década liderando proyectos de memoria histórica en Colombia
La fotografía se convirtió en uno de sus lenguajes artísticos preferidos
Silencios. Testigo Limón. Montes de María, Colombia
Tablita. Mi primer descuartizamiento, 2008
Tablita. Sin dejar rastros, John Gerardo
Tablita. La manera de pasar las municiones. John Edison, 2008
Silencios. Silencio político, 2003

El artista antioqueño Juan Manuel Echavarría expone La guerra que no hemos visto en el Museo de Aquitania, en Francia. Diners conversó con él sobre esta acogedora muestra.

A sus 68 años, el artista Juan Manuel Echavarría es imparable. Ni el viento ni el frío invernal de la ciudad de Burdeos, en Francia, lo amilanan. Camina erguido por las calles que conducen al Museo de Aquitania, mientras va contando en inglés, y a veces en francés, detalles de su exposición La guerra que no hemos visto.

Los periodistas que han venido de toda Francia y de otros rincones del mundo a verla, lo escuchan algo incrédulos y aterrorizados al enterarse, entre otras, de las masacres, los desmembramientos, las mutilaciones y los hornos crematorios que han protagonizado el conflicto colombiano. Pero él siempre deja sus relatos en punta y dice: “Esto que les estoy contando ya lo van a ver mejor en la exposición”.

La guerra que no hemos visto es un título sugerente, pero nada sorprendente, pues Echavarría ha consagrado integralmente su obra a hablar del país y de la cruda y dolorosa realidad que lo sacude, a través de un lenguaje metafórico. Después de que abandonó la escritura o, más bien, de que la escritura lo abandonó a él, la imagen y en especial la imagen fotográfica se volvió su lenguaje y su vehículo.

Sus obras no son azarosas, tampoco han salido de un momento de inspiración dictado por las musas; por el contrario, son trabajadas, investigadas, buscadas y halladas, y sumamente narrativas. Es decir, siempre tienen una historia como telón de fondo y esas historias están ancladas en el contexto social del país, en los sobrevivientes o en los testigos de la guerra que intentan rescatar su propia humanidad por medio de gestos simbólicos, no solo para sobrevivir o como instinto de conservación, sino para reafirmar la vida tras haber estado muy cerca de la muerte. “Y si eso no merece ser contado, ¿entonces qué?”, se pregunta Echavarría.

Al entrar al museo, la artista uruguaya y curadora de la muestra Ana Tiscornia, explica que La guerra que no hemos visto presenta tres miradas de la violencia en Colombia: la de Echavarría, a través de la obra Guerra y Pa y de la serie Silencios. Y dos proyectos de memoria histórica liderados por el artista: “El primero es de tapicería y fue creado por las mujeres desplazadas de Mampuján; el segundo es de pinturas, elaboradas por excombatientes del ejército, de los paramilitares y de la guerrilla, que relatan algunas de sus vivencias en medio del fuego cruzado”.

Guerra y Pa, una de las obras más conocidas de Echavarría, es la que da la bienvenida a la muestra. Se trata de un video protagonizado por una pareja de loros: al macho le han enseñado a decir “guerra” y pronuncia la palabra con una asombrosa fluidez, al mismo tiempo que pelea y ataca permanentemente a la hembra e invade el territorio que ella ocupa. Por el contrario, “ella es mucho más serena y nunca responde a las agresiones, solo se limita a decir ‘Pa’, pues el hombre que debió haberle enseñado a decir ‘paz’, por su acento caribe se ‘come’ la letra z”, explica Echavarría.

El lenguaje corporal de los animales y ese “accidente” fonético le permitió expresar en la obra que la paz es “un concepto incompleto y una palabra mutilada”. A esta pieza le sigue la serie Silencios, un proyecto fotográfico en el que Echavarría muestra tableros de escuelas abandonadas por poblaciones desplazadas por la violencia. “En todos ellos están todavía escritas las vocales, así que me pareció que era una metáfora de los nativos dejando su pueblo y de los niños abandonando la educación, siendo ellos la población más vulnerable y los testigos silenciosos de la guerra”, comenta el artista.

En el Museo de Aquitania solo hay una muestra de todos los salones abandonados que Echavarría ha retratado, pues no se ha detenido desde que empezó este proyecto en 2010. Hasta ahora ha encontrado unas 80 escuelas, tan solo en la zona de Montes de María, y asegura que todavía le faltan muchas más, porque Silencios incluye otras escuelas de Chocó y Caquetá. “Pero ahí voy”, declara.

Precisamente, cuando habla de las escuelas de Caquetá, recuerda una en Puerto Torres que lo marcó particularmente, pues uno de los salones era utilizado por los comandantes paramilitares para enseñar a los nuevos reclutados a torturar y desmembrar en vida a sus víctimas. Para él, esta “es una muestra del deterioro del tejido social, pues se invierte el rol de un lugar dedicado a la educación para volverlo un espacio dedicado a impartir lecciones de horror”.

Cuando los periodistas extranjeros empiezan a escuchar los relatos de Echavarría, es inevitable que comenten entre ellos sobre la seguridad del país, hasta que uno, estadounidense, se lanza y le pregunta: “¿Y para usted, como colombiano, es seguro ir allá?”. Echavarría le responde con algo de ironía: “Sí, creo que sí, pues… ¡Aquí estoy!”.

El hecho de que esta muestra ya se haya visto en Miami (Estados Unidos), Göteborg (Suecia), Río de Janeiro (Brasil) y ahora Burdeos (Francia), donde permanecerá hasta el próximo 6 de marzo, representa para el artista la posibilidad de “visibilizar a nivel internacional la guerra que hemos vivido en Colombia, pero que incluso los colombianos que residimos en las grandes ciudades no conocemos”.

Además, Echavarría no teme asegurar allí, en pleno museo y frente a un público mayoritariamente europeo, que “el centro de toda esta guerra es el narcotráfico y que, si bien este es un problema global, compete mucho más a Europa que a otros lugares, pues la demanda es internacional, pero los que han puesto la sangre desde siempre son los colombianos. Es decir que esta guerra no debe ser asumida como una guerra de un país por allá en el tercer mundo, sino que tiene hilos y ataduras globales”.

Al terminar la sala de Silencios se ingresa en la sección más dura de la exposición. Se trata de La guerra que no hemos visto, en la que se exhiben tapices creados por mujeres de Mampuján en los que quedaron retratadas algunas de las atrocidades cometidas contra ellas, principalmente violaciones y desplazamiento forzado.

Pero, sin duda, la parte más interesante de la muestra son las pinturas autobiográficas creadas por exparamilitares desmovilizados bajo la Ley de Justicia y Paz, exguerrilleros desertores y también miembros del ejército heridos en combate.

“Los ochenta hombres y mujeres que pintaron entre 2007 y 2009 eran soldados de a pie, ninguno era un ajedrecista de la guerra, ni tenía jerarquía, ni ideologías, incluso ellos mismos reconocían que eran los que tenían que hacer el trabajo sucio”, explica Tiscornia.

La idea nació de Echavarría, que creó en 2006 la Fundación Puntos de encuentro, sin ánimo de lucro, con el fin de desarrollar proyectos de memoria histórica basados en narraciones personales. “Juan Manuel hacía talleres en los que los invitaba a pintar, con el compromiso total de respetar su anonimato y dándoles confianza para que supieran que no habría ningún juicio estético en el resultado de la pintura. Pintaban en tablitas y tenían a su disposición todas las que quisieran. Muchos empezaban con una tablita e iban añadiendo otras hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, porque a medida que pintaban, recordaban lo que había pasado después”, asegura Tiscornia mientras muestra una en la que se ve la figura de una mujer muerta.

Echavarría cuenta que esa mujer era una profesora secuestrada por la guerrilla, que, supuestamente, colaboraba con los paramilitares. Durante su cautiverio, llegó la Navidad y ella empezó a llorar porque quería estar con sus hijos. Al hombre que estaba pintando le tocaba cuidarla y para darle un poco de consuelo, cortó un árbol de coca, lo volvió árbol de Navidad y, en vez de bolitas de colores, lo adornó con cajetillas de cigarrillos. Por esos días tuvieron que moverse del lugar para cambiar de campamento, así que el comandante del frente, que iba a violarla continuamente, anunció que antes del traslado ella debía morir, así que la mató a cuchillo, para que los “enemigos” no escucharan los disparos.

En otra se puede ver un horno crematorio de los paramilitares, que había sido descubierto por una tropa del ejército. También se ven bolsas de basura con cuerpos desmembrados, una sierra eléctrica, un soldado que vomita al ver el horror y un rosal florecido en el punto en el que botaban las cenizas.

“Como estas, hay más de 420 pinturas –cuenta el artista– o tablitas de la memoria colombiana, como yo las llamo. Algunas son tímidas, otras insoportablemente crueles; en algunas se pintaron ellos mismos, en otras pintan lo que vieron, y uno, como espectador, solo puede ver la barbarie y la manera como la guerra marca el alma y el cuerpo de los combatientes”.

En ese sentido, Tiscornia añade que si bien no había de fondo ningún trabajo terapéutico y tampoco estético o pictórico, pues Echavarría no pretendía darles clases de pintura, este proyecto “muestra toda la complejidad de la guerra: se ve la geografía, las poblaciones aisladas en medio de la selva, las plantaciones de coca y, claro, las escenas de crímenes, pero también cómo la violencia se volvió algo cotidiano en los espacios más convencionales de la vida diaria: bares, billares, tiendas, iglesias, plazas públicas…”.

Cuenta Echavarría que cada vez que terminaba los talleres, muchos de ellos, después de pintar, empezaban a contar sus historias. “Toda esa experiencia me hace pensar que si bien es cierto que nada justifica ninguna de las atrocidades que pudieron cometer, incluso si entraron a los nueve años a las filas de algún grupo ilegal, creo que a los excombatientes hay que escucharlos y aprender de ellos”.

Uno de los periodistas mira incrédulo al artista, ante la última frase que acaba de pronunciar y le replica en voz alta: “¿Aprenderles qué?”. Echavarría no necesita mucho tiempo para pensar su respuesta: “Que la guerra es humana, que está en todos lados, que no le es ajena a nadie y menos en el contexto actual del planeta. Y también que al comunicar sus experiencias, ellos construyeron una reflexión para sí mismos y para los que ven estas pinturas, y que con esas memorias de la guerra uno se educa contra la guerra y le es posible decir: ‘Algo así, nunca más’”.

Justo cuando se ha terminado todo el recorrido, uno de los periodistas franceses le pregunta a Echavarría por qué cree que los autores pintan de una manera tan “inocente” semejantes horrores. Él da una mirada panorámica a la sala y responde: “Porque tuvieron en la mano primero un arma, antes que una crayola”.

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