"El Testigo", 1998. Juan Manuel Echavarría. Cortesía Josée Bienvenu Gallery, NY
Línea del destino, 2006. Óscar Muñoz. Cortesía Galería Mor Charpentier, París.

Una selección de obras de cuatro destacados artistas colombianos colmó una de las salas del Museo Quai Branly en la capital francesa, con una muestra de su poética lectura de la violencia del país.

Hace unos dos años, cuando se llevó a cabo la 4ª Bienal de Fotografía de Bogotá, Fotográfica 2011, la curadora francesa Christine Barthe, quien tiene a su cargo las colecciones fotográficas del museo parisino Quai Branly, aprovechó su paso por el país para entrar en contacto con la obra de varios reconocidos artistas locales.

“Honestamente no fui con la idea de armar un proyecto de exposición, simplemente quería ver qué había allí. Y me encontré con trabajos sorprendentes y desconcertantes que realmente me marcaron”, confesó Barthe recientemente.

Por eso, cuando estuvo de vuelta en su oficina y empezó a discutir con sus colegas sobre lo que mostrarían en la cuarta versión de Photoquai: bienal de imágenes del mundo, que se lleva a cabo por estos días en París y que exhibe piezas de artistas no necesariamente europeos y poco conocidos en Francia, ella insistió en dar a conocer el trabajo de un grupo de artistas colombianos consolidados.

Barthe fue comisionada como comisaria de la exposición y se encargó de seleccionar obras de Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas y Juan Manuel Echavarría. Pero no quiso que la puesta en escena tuviera el formato habitual de Photoquai, pues las fotografías que suelen hacer parte de esta bienal se exhiben en áreas abiertas, como los jardines del museo y los andenes que tiene frente a la ribera del Sena. Era tal su deseo por salirse del formato convencional, que consiguió que la muestra se desarrollara en el mezzanine oeste del interior del museo y que llevara un nombre independiente: Nocturnos de Colombia- Imágenes contemporáneas.

“Ya que íbamos a mostrar al público francés a algunos artistas colombianos increíbles y en la ocasión ideal, es decir, en simultáneo con Photoquai, el escenario también tenía que ser privilegiado y con las obras originales, para que no perdieran ni un poquito de su peso y su significado”, apunta ella mientras señala entusiasmada las obras de la primera sala de la muestra, en la que se ven piezas de la serie La “O”, de Juan Manuel Echavarría.

Allí, el artista capturó con su lente los rastros que la guerra ha dejado en lo que antes fueron escuelas rurales. Así, los tableros rotos, los salones de clase repletos de maleza y las escuelas destechadas sirven de abreboca para entrar en el contexto general del país que propone Nocturnos de Colombia. De esa manera, Echavarría les da voz a los lugares y les imprime una mirada documental. En ese sentido, también es elocuente la fotografía David, de Miguel Ángel Rojas, que en apariencia es una cita directa a la obra renacentista del artista italiano, pero que en realidad muestra a un soldado lisiado de la rodilla para abajo por una mina antipersona.

Luego, a medida que se avanza en las salas de la muestra, empiezan a aparecer instalaciones, obras en video y en otros lenguajes y formatos, ante lo cual Barthe no duda en aclarar que si bien para cada uno de los artistas reservó una sección dedicada a la fotografía, no lo hizo solamente porque esta muestra se desarrolle en el contexto de una bienal de fotografía. No, lo que pretendía era dejar ver al público lo que le impresionó cuando estuvo en Colombia: “la enorme libertad y facilidad de los artistas para pasar de un idioma visual a otro. Verdaderamente hay un tema de plasticidad jugándose entre ellos, un cuestionamiento sobre el poder y los alcances de la imagen y creo que eso, además de hacerlos muy interesantes, es lo que permite que puedan explorar diferentes prácticas, encontrar distintas formas, trabajar en diferentes medios, expresarse plenamente en cada uno y hasta emplear la palabra, sin que ello riña con la imagen en sí”.

En ese sentido, hay que destacar el video El caballero de la fe, de José Alejandro Restrepo, que apela directamente a una reflexión acerca del sacrificio, la muerte, la memoria y la historia, pues incluye citas de Kierkegaard, en las que se puede ver a un hombre en la más serena actitud alimentando palomas justo en- frente del Palacio de Justicia, durante la toma de noviembre de 1985, y lo remata con una cruda conversación, que recuerda los “falsos positivos”.

En ese territorio cargadamente simbólico aparecen también las muy poéticas obras de Óscar Muñoz, en las que valiéndose de sutiles contrastes, sombras y luces pone en relieve las desapariciones, las muertes y los olvidos.
“Nocturnos de Colombia no es una muestra de fotógrafos, sino de artistas”, subraya enfática Barthe, porque es justamente gracias a la mirada que estos artistas hacen de Colombia que el público logra tener un atisbo de lo que sucede a nivel social y político en el país. “No es fácil y menos aún desde fuera entender todo esto, pero ahí está la virtud de estas obras: hablan del país de forma directa, metafórica y simbólica, y permiten acercarse al contexto, porque ellos mismos han vivido y tratado de entender esa cultura de la violencia, lo cual hace que ese entorno aparezca en sus obras, a veces de manera más visible que otras”, concluye Barthe.

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