La Feria del Millón: un privilegio

La Feria del Millón es una propuesta novedosa que acerca a artistas jóvenes y compradores bajo una premisa clara: nada puede costar más de un millón de pesos.

Al llegar al monumental edificio de Texturas, una vieja fábrica de textiles en el Barrio Galán, es fácil pensar en las bodegas de Dumbo, en Brooklyn, donde todos los años se reserva una noche para que los artistas que allá residen abran sus estudios, vendan y muestren lo que tienen para ofrecer. Y algo así es La Feria del Millón, que este fin de semana se tomó el lugar.

La feria es una idea de Diego Garzón, periodista cultural, y Juan Ricardo Rendón, arquitecto, que encontraron en el espacio de Texturas y el mes de octubre –mes de ArtBO, Odeón, mes de arte en Bogotá- la excusa perfecta para poner a mover un proyecto que, ojalá, tenga varias versiones. La idea es poner a circular artistas jóvenes, contactarlos y que vendan su obra. Algunos son estudiantes o recién egresados, otros ya tienen una trayectoria más amplia, pero no pertenecen a galerías y hasta ahora se están dando a conocer. La condición para participar: las obras debían venderse a un millón de pesos o menos y son los mismos artistas los encargados de su obra en el espacio.

Un comité conformado por Jaime Cerón, curador y crítico; Henry Nasser, coleccionista de arte; Inés Elvira Morales, gestora cultural; y Garzón y Rincón, los organizadores escogió a 43 artistas de las más de 300 aplicaciones recibidas. La selección es variada en cuanto a técnicas –hay pintura, sonido, fotografía, dibujo-, discursos –temas urbanos, arte decorativo, búsquedas personales, retratos íntimos- y, claramente, experiencia. Y variada también significa desigual en muchos sentidos: hay artistas que se les nota el oficio en la manera de presentar su obra y en la factura de la misma, en los temas que tratan y en cómo lo hacen; hay otros que tal vez no se destacan, a los que se les ve el potencial pero también la necesidad de recorrer algo más de camino para poder entrar al circuito artístico. Para empezar a andar este camino está la feria, claro.

Entre los artistas que participan, los que más se destacan son los fotógrafos: Alejandra Quintero, con su serie “Sobreexpuestos, volumen 2”, llena de humor y una técnica impecable; Carlos Beltrán, con trípticos y blanco y negro, de una delicadeza exquisita; Cristina Figueroa, con fotografías de gran formato que contrastan texturas orgánicas, en movimiento, con otros elementos más violentos y estáticos; y Federico Pardo, con una serie sobre Armero, que retrata el paso de la naturaleza sobre lo que queda después de la tragedia. También está la obra de Catalina Moreno: series dibujos en una línea muy sencilla, de elementos cotidianos –escobas, un sofá, un triciclo, un perchero- que puestos en conjunto dan cuenta de una persona, su individualidad, el espacio que habita. Sofía Botero presenta unos bodegones sonoros que implican paciencia del espectador, el esperar y entender el sonido –que expuesto en Texturas pasó a ser casi inexistente por el sonido ambiental, lástima- para ver el bodegón, que pinta escenas cotidianas también, privadas, de esas que se repiten en cada hogar y sobre las que uno casi nunca para. El ya reconocido grafitero Toxicómano tiene varios grafitis sobre papel, enmarcados, a la venta: es extraño el efecto que causa ver un grafiti encerrado en un marco de madera, cambia el contexto, cambia el significado, pero la obra de Toxicómano sigue siendo tan potente como en la calle. Y, por último, Luis Carlos Cifuentes saca la cara por la pintura en esta feria: sus retratos en colores brillantes, desordenados y perfectos son impresionantes; el arte pop en todo su encanto.

Para las cinco de la tarde del primer día de la feria, estos artistas ya habían vendido la mayoría de su obra, lo que es una buena noticia -la feria es un éxito- y mala noticia para quienes asistirán el segundo día, aunque lo más probable es que lleven obra nueva. Sin embargo, la idea, además de comprar, es ir a charlar con ellos, conocerlos, hacer citas para ver su portafolio y llegar a acuerdos por fuera del marco de la feria. Al final de cuentas, la oportunidad de entablar una relación sin intermediarios con los artistas es un privilegio, así como lo es para ellos poder hablar con quienes compran su obra, saber por dónde van a circular sus piezas y entender cómo funciona el circuito. Repito: ojalá esta sea la primera Feria del Millón de muchas por venir.

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