¿Cuál ha sido su libro más difícil? Responden grandes autores colombianos

De casi todos los escritores se conoce el libro que los llevó a la fama, o el que más les gusta a ellos, pero casi de ninguno se sabe cuál ha sido el más difícil de escribir.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 253, abril de 1991

Diners formuló esta inquietud a algunos de nuestros escritores más conocidos, y encontró muchos puntos novedosos. Por ejemplo, el único libro que García Márquez ha vuelto a leer es precisamente el que más trabajo le costó escribir: ‘El Otoño del Patriarca’.

Germán Castro Caycedo demostró con ‘El cachalandrán amarillo’, que la investigación también se puede emplear para escribir cosas bellas y no sólo temas de denuncia. A Germán Arciniegas el libro que no ha escrito es el que le parece más difícil.

Gustavo Álvarez Gardeazábal duró año y medio trabajando en ‘Pepe Botellas’. Manuel Mejía Vallejo, ausente de su país en los años cincuenta, pudo vencer lo político para que primara lo literario en ‘El día señalado’.

Por otra parte, Conchita Penilla, colaboradora de Revista Diners en París, entrevistó allá a Marvel Moreno y Álvaro Mutis. Marvel reveló que escribe a mano en un cuaderno y luego transcribe a máquina, y que fue su primer libro un ‘volumen de cuentos’ el que le demando el mayor esfuerzo.

Álvaro Mutis sigue tecleando en una vieja Smith Corona. “Madura” un poema hasta un año, antes de publicarlo. De sus seis novelas, ‘Un Bel morir’ representó su máximo reto. Otros detalles interesantes nos permitieron conocer los siete escritores colombianos que participaron en esta encuesta.

Gabriel García Márquez

El otoño del patriarca

Después de la publicación de ‘Cien años de soledad’, que le dio fama universal, Gabriel García Márquez se enfrentó al libro difícil carrera literaria: ‘El otoño del patriarc’a. La expectativa de sus lectores y admiradores en todo el mundo era enorme, y la necesidad de escribir una obra que superase el hito marcado por ‘Cien años de soledad’ se convirtió en una presión insoportable.

García Márquez quería escribir una reflexión sobre el poder absoluto que ha fustigado la América Latina, y para hacerlo se propuso desmontar por completo el estilo, empezar de cero, correr el riesgo y componer un libro que nada tuviera que ver con su novela anterior. “El problema que más tiempo me tomó para escribir ‘El otoño’ fue encontrar la forma de contar la historia.

Durante años leí todo el material que pude hallar sobre el tema, tratando de conocer todas las posibilidades de tratamiento que su misma complejidad me ofrecía. Y había tantos puntos de vista, que llegué a la de que la única solución era presentar esa multiplicidad de puntos de vista directamente en la narración.

Inicialmente consideré que la historia podría desarrollarse a través de un monólogo del propio Patriarca, pero finalmente encontré un recurso que denominé ‘monologo múltiple’, y que consistía en hacer hablar a todos los personajes directamente, para que el lector pudiese sumergirse en la historia como si se tratara de un buzo observando las profundidades del mar.

‘El otoño’ no tiene tiempos muertos, en él todo es esencial, y tan trabado que hubo veces que quise incorporar algo que había olvidado, y no había forma de hacerlo. Es una novela lineal, absolutamente elemental, donde lo único que se ha hecho es violar algunas leyes gramaticales y de unidad dramática para poder dar curso a ese monólogo múltiple en que los personajes se toman la palabra”.

Durante ocho años trabajó García Márquez en este libro, escribiendo una página por día, volviendo a escribir una frase tan pronto quedaba terminada. La versión final tuvo 450 páginas a máquina. Vivía entonces en Barcelona, y viajó a Londres para releer profundamente su obra y efectuar la última corrección de pruebas.

“Por una cláusula del contrato, solo podía cambiar hasta un 25 por ciento del original. Pero la diferencia es enorme entre lo escrito a máquina y la prueba de impresión Hacía las correcciones y el editor me devolvía las pruebas, y así pasaron dos meses, hasta que resolví terminar de una vez, porque si no, me iba a pasar toda la vida corrigiéndolo.

El libro finalmente salió en una edición que se descuadernaba, hasta el punto que se llegó a comentar que había que leerlo ‘hoja por hoja’. Inicialmente no tuvo una gran acogida, pero después del Nobel la crítica se interesó más por el libro, y hoy tiene el mayor prestigio en los medios especializados y es texto de análisis en muchas universidades”.

‘El otoño del patriarca’ es el único de sus libros que García Márquez ha vuelto a leer. Fue en un vuelo de doce horas a Tokio, adonde iba a entrevistarse con el director de cine Akira Kurosawa, quien quiere filmarlo ambientado en el Japón medieval. “Me gustó mucho —dice—, pero tuve otra vez la tentación de corregirlo, aunque hoy lo volvería a hacer exactamente igual”.

Germán Arciniegas

El que no he escrito

Todos los días, a partir de las seis de la mañana, en una mesa grande, llena de papeles, Germán Arciniegas escribe a mano sobre cualquier hoja de papel. “Corrijo mucho porque no he aprendido a escribir bien, y por eso compadezco a mi secretaria y a los lectores, que son las víctimas porque tienen que soportar lo que uno escribe”, dice sinceramente.

En relación con nuestra pregunta central, el maestro responde: “El libro más difícil es el que no he escrito. Yo no he escrito sino un solo libro, que no he terminado. De este ya han salido 50 cuadernos y estoy escribiendo el cuaderno número 51, que se llamará ‘Europa en América’ y que debe aparecer a comienzos del año entrante.

Pero realmente lo más difícil es escribirlo, porque por ejemplo uno tiene teléfono, lo llaman y lo interrumpen…”. Indiscutiblemente este historiador-periodista que hace literatura con la historia y cuya obsesión ha sido y es América, a sus 90 anos no sólo sigue siendo El estudiante de la mesa redonda sino el profesor que quiere hacer comprender su concepción del mundo.

Confiesa que “escribo sobre lo que estoy enseñando mis alumnos de mi clase de Los Andes, es decir, sobre lo que estoy aprendiendo”. Y con gran sabiduría comenta: “Los años le enseñan a uno sobre lo que uno no sabe, y yo creo que todavía me quedan algunos más para aprender por lo menos a escribir un poco mejor”

Germán Castro Caycedo

El cachalandrán amarillo

Para Germán Castro Caycedo, el periodista y escritor que siempre ha tenido una sola obsesión, la investigación. ‘El cachalandrán amarillo’ y ‘El hurakán’ han sido los dos libros más difíciles de escribir.

El hurakán, con k, como él dice saldrá en octubre de 1991. Y ‘El cachalandrán amarillo’, que tiene once cuentos de tradición oral en 217 páginas, apareció en octubre de 1989. “Este es el primer libro de cosas bellas que he escrito. Investigar para las cosas bellas es mucho más difícil que investigar para la denuncia”, comenta Castro Caycedo.

Durante quince anos, en diferentes regiones del país iba tomando nota sobre estas historias. Y luego, en una año, las volvió a escuchar, las grabó y las investigó. “Tenía que comprobar, por ejemplo, a qué huelen las hojas de Ceiba, en qué época llueve y nubla en la Sierra del Cocuy, clasificar los colores de los caballos y de las vacas, y los nombres que a una misma estrella dan en diferentes sectores del país”.

Luego, con todo este trabajo de campo, se sentó el frente a su computador a escribir el libro, que no sólo representa un aporte literario sino sociológico. “Yo no sé escribir bien, pero creo que la forma, la investigación y el lenguaje mejoraron y ‘El cachalandrán’ y creo que tiene un aporte idiomático, ya que estamos rescatando un castellano del siglo XVII de Quevedo, que todavía se habla en como Valledupar y Boyacá”, asegura.

Germán Castro habla ahora de piratas, colores del mar, buques y sonidos de animales, porque su próximo libro trata este tema. Al igual que para otros seis, trabaja de seguido horas y días, con una entrega que a él mismo lo sorprende y con la que ha logrado satisfacer su obsesión investigativa, adquirida desde los tiempos en que comenzó a escribir en Hoja Taurina.

Álvaro Mutis

Un bel morir

De nuevo Álvaro Mutis es noticia literaria en París, con motivo de la publicación en francés de Un bel morir, última parte de la trilogía de Maqroll el Gaviero. Aparece en ruedas de prensa, conferencias, firma de libros, y participa en el programa literario de televisión “Caractères”, de Bernard Rapp.

¿Cuál es el libro que más trabajo le costó escribir?

Hay que diferenciar entre las novelas y la poesía. Para mí la novela más difícil ha sido ‘Un bel morir’, simplemente porque de las seis que he escrito, es esta la que tiene más estructura narrativa y la que depende menos de los planteamientos enunciados en la poesía. Por primera vez me sentí que estaba escribiendo una verdadera novela.

¿Cuál es el libro que más placer le produjo?

El libro de poemas ‘Los Emisarios’ publicado por el Fondo de Cultura de México en 1984. De las novelas, ‘La última escala del Tramp Steamer’.

¿Cómo trabaja?

Cuando estoy escribiendo novelas, trabajo de 8 de la mañana a una de la tarde. En la noche corrijo lo que he escrito, que nunca es más de diez o doce cuartillas. Mientras que un poema puede durar un año conmigo, los corrijo recopilándolos en la máquina de escribir, pues allí veo la dimensión que toma en el papel, me doy cuenta de qué falta, qué hay que cambiar…

Desafortunadamente no he podido, y creo que nunca podré, pasar al computador. Sigo con mi vieja máquina Smith Corona. Me da temor modificar mi rutina de escritura.

Marvel Moreno

Algo tan feo

Acaban de publicar en francés su novela con el título ‘Les dames de Barranquilla’, la cual ganó también un premio literario en Italia, el Grinzane Cavour.

¿Cuál es el libro que más trabajo le costó escribir?

El que más dificultad me produjo fue el primero: el libro de cuentos: ‘Algo tan feo en la vida de una señora bien’, pues cada relato exigía un cambio total de estilo, había un esfuerzo adicional para cada uno.

¿Cuál es el libro que más placer le produjo?

Sentí mucho placer en escribir la novela ‘En diciembre llegaban las brisas’, pues el tono me parece muy nostálgico y al mismo tiempo muy divertido.

¿Cómo trabaja?

Escribo a partir de las 2 de la tarde hasta las 7 de la noche. Yo escribo a mano en un cuaderno de estudiante y después paso a máquina, ejercicio que me permite corregir. Escribo en París sobre temas barranquilleros y los hago a través de los recuerdos que persisten intactos. Finalmente donde uno vaya, lleva su pasado consigo.

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Pepe Botellas

De los once libros que Gustavo Álvarez Gardeazábal ha publicado, el más difícil ha sido ‘Pepe Botellas’. “Era una especie de catarsis con Pardo Llada, después de haber trabajado en el Movimiento Cívico. Tenía que conseguir datos la Cuba comunista y yo soy anticomunista, y eso resultó muy difícil. Tardé casi año y medio escribiendo esta novela sobre Fidel Castro, pero quedé satisfecho y tranquilo”, comenta Álvarez Gardeazábal.

La primera edición de las cuatro que se han publicado en Colombia salió en 1984, y después se tradujo al rumano y al polaco. Pero ‘Pepe Botellas’ no es solamente la novela que más se ha demorado escribiendo —porque generalmente en seis meses escribe una—, sino la más larga: tiene 350 páginas, y casi todos sus libros tienen alrededor de 200.

Este libro lo escribió, como él dice “en plena madurez de la venganza”. Trabajaba un promedio de seis a siete horas de corrido en su vieja máquina manual Brother y en papel bond blanco tamaño carta, que es su preferido.

“Generalmente siempre escribo contra una ventana a partir de las seis de la mañana.
Voy escuchando música clásica o en otro idioma, y últimamente me coloco audífonos. Tomo Coca-Cola y voy escribiendo por ideas, temas que voy definiendo. En la noche, con un estilógrafo de tinta negra, corrijo y destruyo”, dice Álvarez Gardeazábal, quien asegura que no escribe ninguna novela que no haya, como él lo llama, ”vivenciado”.

Manuel Mejía Vallejo

El día señalado

Manuel Mejía Vallejo, quien en su finca de Antioquia acaba de terminar ‘Los abuelos de cara blanca’, que saldrá este año, asegura que ‘El día señalado’ —Premio Nadal 1963— es el libro que más trabajo le ha costado escribir. “En el momento en que lo escribí, las circunstancias eran muy apremiantes. Era la época de la violencia, los años cincuentas.

Yo era periodista y vivía en El Salvador y Guatemala. De contrabando me llevaban fotos de gente castrada, y veía las que publicaba la revista cubana Bohemia, en la que aparecían unos oficiales jugando fútbol con las cabezas de unos guerrilleros.

Entonces tuve que quitar el odio para que no quedara una denuncia y para que primara lo literario sobre lo político”, señala.

Mejía Vallejo escribió este libro, que se ha traducido ocho idiomas, en su máquina manual, que no abandona. En ella escribe hasta 10 veces cada original, y por eso, como él dice, cada una de sus ideas “va ampliándose, va tomando fuerza y va creciendo como un árbol”.

Luego, con un lápiz corrige todas las páginas para que al fotocopiar salgan las correcciones. “Corrijo mucho porque soy muy exigente, y saco fotocopias porque ya en una oportunidad se me perdieron los originales de tres libros”, aclara.

Mejía Vallejo bebe ron y escucha música acorde con el tema que esté tratando. “Escribiendo soy muy anárquico. Veo una obra, un comienzo, un intermedio, y un final y me coloco en el estado de cada personaje. Y escribo donde me cojan las ganas, porque escribir es una necesidad como orinar”.

Por eso, no es raro verlo en una cantina, en una fonda, o al aire libre en su finca, “en contacto con la tierra y con gente elemental” tomando notas o dejando en su grabadora las ideas con las que luego hará libros como ‘El día señalado’, del cual hasta se publicó una edición pirata en Portugal.

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