De cuando el tango, los corridos y las rancheras, entraron a la sociedad colombiana

“Se fue haciendo menos estricta la discriminación de una aristocracia, que se creía inglesa, hacia el tango…”

Publicado originalmente en Revista Diners No. 252, marzo de 1991

En Buenos Aires, a principios del presente siglo no se podía interpretar un tango en los salones elegantes, ya que se consideraba a esta composición como un elemento característico de lugares de pésima moralidad como los lupanares y los dancings.

Esta melodía fue la resultante de la implantación de las costumbres foráneas traídas a la Argentina por los inmigrantes. Rápidamente la aceptaron los bajos fondos, donde el hampa empleaba su peculiar germanía, mezclando en las letras de las canciones, palabras escritas al revés, o acuñando nuevos y desconocidos términos que solamente entendía el proletariado. Así nació lunfardo, que pacientemente debió estudiar la Policía para lograr descifrar el lenguaje de los malevos bonaerenses.

Así, también, floreció una literatura porteña, desconocida en nuestro medio, totalmente ininteligible para quien no sea un experto de la vida de Buenos Aires. Aunque el interesado posea una colección de diccionarios lunfardos, necesariamente debe consultar sus dudas a la Academia porteña, de la cual fue uno de sus pilares el conocido cantante Edmundo Rivero, quien hizo famoso al “Antiguo Almacén”.

Al estilo de las eruditas academias hispanoamericanas, la bonaerense ilustra a los investigadores para mantener la pureza de esta típica forma de expresión argentina. Se fue haciendo meno estricta la discriminación de una aristocracia, que se sentía inglesa, hacia el tango, y este aire típico cautivó a los exigentes medios europeos, como un verdadero ejemplo representativo de la cultura Argentina.

La apoteosis del tango llegó con Carlos Gardel, cuyos ademanes arrabaleros, su peinado perfecto logrado a base de gomina y su cara realzada con el sombrero calado hasta los ojos, hizo de su figura y de su voz el súmmum del éxito internacional.

Existen dos naciones, diferentes de Argentina, donde se le rinde una veneración constante al tango: el Japón, que por causas inexplicables lo ha incorporado a su gusto musical popular, llegando al extremo de poseer excelentes orquestas niponas especializadas en este ritmo; y Colombia, en cuyas zonas de influencia antioqueña se sostiene que la capital mundial del tango es Medellín (donde murió trágicamente el “Zorzal Criollo” al accidentarse su avión en el aeropuerto Olaya Herrera, en 1935).

Y ahora las personas distinguidas poseen discos de Gardel, Julio Sosa o Susana Rinaldi, los cuales se encuentran junto a las grabaciones de afamadas orquestas como las de Aníbal Troilo, Francisco Canaro, Mariano Morés, o la sofisticada de Astor Piazolla.

El verdadero exponente tanguístico sigue siendo Carlos Gardel, nacido en una humilde barriada de Toulouse, al sur de Francia, y que retorno al Viejo Continente el ritmo inconfundible del tango. (Los toulosinos erigieron, en un bello parque, un busto del cantante, localizado frente a la escultura dedicada a uno de los más brillantes pintores de este siglo, Pablo Picasso).

Ha quedado, pues, fuera de onda el sonrojarse por sostener públicamente que a uno le encanta el tango, el cual ya adquirió “categoría”. A lo mejor contribuyeron a conseguir esta tolerante actitud los textos y poemas que Jorge Luis Borges dedico a la canción de Buenos Aires, lo mismo que hizo Ernesto Sábato.

México, por su parte, ha ejercido una importante influencia en el gusto popular colombiano, ya que con sus corridos y rancheras se han entretenido muchas de nuestras generaciones.

Al principio se identificaron estas alegres obras con los estratos inferiores, llegándose a utilizar despectivamente el vocablo bogotanísimo de charro para designar algo de mal gusto, pero con el tiempo fueron abriéndose paso las composiciones populares aztecas en las capas más exigentes de la sociedad.

Durante muchos anos el ya fallecido humorista Klim se lanzo con sus notas cáusticas sobre la música popular mexicana, pero hoy, en las fiestas, cualquier empingorotada dama o destacado profesional canta rancheras y tangos al calor de una velada.

Al analizar esas letras de las canciones mexicanas encontramos en ellas una síntesis de la manera de ser de los descendientes de los aztecas: comprendemos así el fuerte sentimiento nacionalista de un país donde es motivo de orgullo llevar sangre aborigen; se entiende el increíble valor de su pueblo y se aprecia la actitud machista que lo caracteriza; finalmente nos familiarizamos con la forma lírica y épica como se narra el sangriento acontecer de su Revolución.

Estas canciones foráneas dieron lugar la aparición en nuestro medio de la famosa “música de carrilera” en aquellas regiones por donde pasaban los trenes en su época de esplendor. El continuo manipular la manivelas de los gramófonos el sonido de los gastados discos de pasta de 78 revoluciones por minuto acostumbraron a sus habitantes a las melodías argentinas o mexicanas.

Con la irrupción masiva de la energía eléctrica aparecieron en los pequeños caseros “rocolas”, poseedoras de más luces de colores que un típico “bus de escalera”, y gracias a la invención del transistor se inundó de música el país.

Este fenómeno dio lugar a que, tímidamente, grupos musicales locales que interpretaban música extranjera, en forma paulatina fueran incorporando a su repertorio oras de su propia creación, las cuales siguen la línea melódica de los tangos y los corridos.

Se las denominó “Música de carrilera” o “Música ratonera”. Es diferente de la “Música guasca”, y se ha convertido en una moda de un amplio sector de nuestra población. Pero estas obras no son representativas del auténtico folclor colombiano, el cual corre el peligro de contaminarse.

No nos referimos a los porros con atroces letras de doble sentido, ni la producción en serie de los mal llamados vallenatos, o a bambucos, pasillos, joropos escritos a la carrera con el único objeto de obtener jugosas regalías. Los que peligran son nuestros verdaderos tesoros musicales, como las chirimías, las danzas de Carnaval, los currulaos, los auténticos paseos vallenatos y los típicos bambucos; en fin, toda aquella extensa gama de la verdadera creación de valía, la cual, infortunadamente, aún no ha sido “recibida en sociedad”.

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