Descubra Chichen Itzá

Una de las principales capitales del imperio maya en la que los indígenas sacrificaban animales y hombres a sus dioses y devoraban el corazón de sus enemigos.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 215, febrero 1988

El estado de Yucatán, al sur de Méjico, es la tierra de los ríos subterráneos, las serpientes emplumadas y las ciudades misteriosas. Al norte de este se encuentra Chichén Itzá, antigua capital del imperio maya.

Viajamos a Chichén Itzá desde Cancún, un balneario sobre el Caribe mejicano. Nos toma tres horas cubrir en carro los 100 kilómetros que separan los dos puntos. A dos horas de viaje la monotonía del paisaje selvático es interrumpida por una imponente mole que se levanta en el horizonte. Es la iglesia principal de Valladolid, el pueblo más pintoresco que encontramos en la ruta.

Valladolid fue fundado por los españoles en 1543, sobre lo que fuera Saci, centro político de los indios cupules. A mediados del siglo pasado cientos de nativos de sus alrededores se rebelaron contra los colonos blancos. Hordas de enfurecidos mayas destruyeron y quemaron haciendas, viviendas, iglesias y cultivos. El pueblo estuvo a punto de ser borrado del mapa.



Llegamos a Chichén Itzá al mediodía. Su tamaño nos sorprende; mide apenas tres kilómetros de norte a sur y dos de oriente a occidente. No es una ciudad en el sentido moderno del término; no hay en ella casas, plazas, calles o acueductos. Sólo se encuentran templos, pirámides y altares. Los sacerdotes eran los únicos que podían vivir dentro del perímetro urbano. El resto de la población habitaba en las afueras, en chozas de paja.

De acuerdo con investigaciones arqueológicas realizadas en la zona, los expertos han demostrado que hasta allí llegaron nativos de sitios tan remotos como California, Panamá y Colombia. A la ciudad se le llamó inicialmente Chichén, que significa “boca del pozo”. Luego, al ser poblada a fines del siglo cuarto de esta era por los itzaes, una tribu proveniente del norte de Méjico, recibió el nombre que lleva en la actualidad.

Decadencia antes de la conquista

Chichén Itzá empezó a declinar en el año 1200 de esta era. Cuando los conquistadores entraron a Yucatán, tres siglos más tarde, había perdido por completo su hegemonía política y militar. La ciudad estaba casi abandonada, la maleza empezaba a invadir sus construcciones y gran parte de los habitantes habían perecido en guerras fratricidas.

A pesar de su decadencia siguió atrayendo peregrinos. En “La Fuente de los Sacrificios” o “Cenote Sagrado”, a 300 metros de la entrada principal, se llevaron a cabo sacrificios humanos hasta mucho después del arribo de los españoles.

Matilde, nuestra guía, es de baja estatura y cara ancha; habla maya a la perfección, y se le dificulta pronunciar ciertas palabras en español. Vive en un poblado cercano y conoce todos los recovecos de Chichén Itzá. Durante las cuatro horas que nos acompañó no abandonó una cartera, una Biblia y una sombrilla que llevaba. Ella es presbiteriana, al igual que cientos de indios y mestizos de Yucatán.

La edificación más importante de Chichén Itzá es una pirámide llamada “El Castillo”. Fue erigida en honor de Quetzalcóatl-Kukulkán, dios representado en forma de serpiente empluma da. En el interior de “El Castillo” se encuentra una pirámide más pequeña descubierta en 1914. Los arqueólogos han dejado intactos sobre su altar principal los restos de lo que creen fuera la última ceremonia religiosa celebrada ahí.



Hace aproximadamente cuatro décadas un antropólogo mejicano descubrió algo fascinante: dos veces al año la silueta de una gigantesca serpiente aparece a lo largo de la escalera norte de la pirámide exterior.

Durante los equinoccios de primavera (marzo 20) y otoño (septiembre 21), a las tres de la tarde, la sombra que el Sol proyecta sobre las nueve terrazas de la pirámide dibuja en la escalera una serpiente cascabel de 24 metros de longitud. El espectáculo dura 20 minutos y miles de personas acuden cada año a presenciarlo

Al norte de “El Castillo” está situada “La Fuente de los Sacrificios”. Es un pozo natural (cenote en maya) de 60 metros de diámetro y 15 de profundidad. Desde su orilla eran arrojados al agua seres humanos, animales y ofrendas sagradas. Con este ritual los mayas buscaban ganarse el favor de sus dioses. Fray Diego de Landa, cronista español del siglo XVI, describió en su Relación de las cosas de Yucatán los sacrificios realizados en el cenote.

En 1914 Edward Thomson, explorador y diplomático norteamericano, descubrió una copia del libro en una biblioteca pública y, después de leerlo con avidez, se dio a la tarea de corroborar lo que el sacerdote había narrado.

Con la ayuda de varios indios, y máquinas traídas desde Boston, sacó un sinnúmero de esqueletos humanos, collares de oro, jade, huesos de animales, figuras de barro, arcos y flechas. Sorprendentemente, la mayoría de los objetos se encontraba en buen estado. La falta de oxígeno en las profundidades del pozo los había ayudado a conservar durante tres siglos. Trescientas de estas piezas fueron exhibidas en febrero 1987 en el museo de la National Geographic Society en Washington.

De “La Fuente” vamos a “El Templo de los Guerreros”. Cada uno de los cuatro lados de la estructura mide 40 metros de largo; la altura de la base al techo es de doce metros.



Varias columnas dentro del templo muestran guerreros comiendo corazones. Esta costumbre era común entre muchas tribus mejicanas. Cuentan los cronistas que algunos soldados de las tropas de Hérnan Cortés fueron sacrificados vivos y sus corazones, aún palpitantes, sirvieron de manjar a los sacerdotes mayas.

En la parte sur de Chichen Itzá se halla un observatorio astronómico, conocido también como “El Caracol”. Su construcción data del año 950 de esta era. En la cúpula de “El Caracol”hay una cámara con ventanas; en una de las ventanas los astrónomos colocaban un par de palos cruzados y desde este punto fijo observaban la salida y la puesta del Sol, la Luna y los astros.

La obsesión de los mayas con la medición del tiempo explica la presencia de varios observatorios en la región. A pesar de carecer de instrumentos ópticos, estos lograron grandes adelantos en el cómputo de los ciclos planetarios.

Con sofisticados aparatos los científicos modernos han demostrado que el año venusiano dura 584 días; en el calendario maya el ciclo tarda 583.9 días. Según nuestro calendario, hay 365.2420 días en un año.

En la astronomía maya la duración de una lunación es 29.5 días; hoy se sabe que la Luna demora 29.53059 días para circundar la Tierra. Los astrónomos de la ciudad de Copán, En honduras, ya conocían, En el año 550de nuestra era, el concepto de año bisiesto. La idea fue introducida en Europa solamente en 1582.

Los mayas, junto con hindúes y babilonios, fueron los primeros en hacer uso del cero en sus operaciones matemáticas. Los griegos y los romanos desconocieron la noción. Los mayas desarrollaron, también, un sistema de escritura jeroglífica que aún asombra a los antropólogos. Su literatura fue “pintada”, por así decirlo, en murales, piedras, vasijas de barro y códices.

Sólo cuatro de sus códices, escritos en cortezas de árbol, sobrevivieron a las llamas de la Inquisición. Dos de sus libros han llegado hasta nosotros: el Popol Vuh y Las crónicas de Chilam Balam. Los autores de esta última obra, escrita durante la Colonia, alertaron a los indígenas sobre la rapacidad y crueldad de los españoles y pronosticaron la miseria que traería el cristianismo al pueblo.

Los perdedores eran degollados

Los mayas descollaron como arquitectos y constructores. Los conquistadores, sin embargo, no se impresionaron con Chichén Itzá. Su arquitectura, opinaban, no igualaba en majestuosidad a la de Tenochtitlán, capital del imperio azteca. Sobre las ruinas de esta se erigió la ciudad de Méjico.

El Campo de Juego” es nuestra última para Asemeja un estadio y tiene 168 metros de largo por 70 de ancho; está rodeado de dos estructuras paralelas: “El Templo del Hombre Barbado”, y “El Templo de los Jaguares”. El juego de pelota, llamado pok ta-pok, estaba bastante difundido entre los nativos centroamericanos.

Dos equipos, de nueve jugadores cada uno participaban en él. Los jugadores tenían que meter una pelota de caucho, de cinco pulgadas de diámetro, en un aro colocado a dos metros de altura; sólo podían usar las caderas, los codos y las rodillas para golpear la bola.



Al evento asistían espectadores de ciudades vecinas y hacían apuestas que incluían bienes materiales y vidas humanas. Los miembros del equipo perdedor eran degollados. La civilización maya cubrió un área de 325.000 kilómetros cuadrados y se extendió desde el sur de Méjico hasta Honduras.

Alcanzó su esplendor irónicamente, en las partes más inhóspitas de la región: las selvas y pantanos de Petén, en Guatemala, y los montes de Chiapas en Méjico.

Cientos de ciudades, grandes y pequeñas, florecieron en el imperio maya. Las hubo misteriosas, como Tulum y Uxmal; aguerridas, como Ta- yasal y T’ho; y majestuosas, como Tikal, Bonampak, Copán y Palenque. Algunas tenían nombres impronunciables, como Dzibilchaltun, Dzibilnocac y Xtampak; otras rítmicos, como Pomoná, Quiriguá, Puihá, Labná y Cobá.

En segunda mitad del siglo XVI, después de más de 3.000 años de existencia, el imperio llegó su fin. Enfermedades, guerras intestinas, crisis económicas y los abusos de los conquistadores contribuyeron a su desaparecimiento.

Pueblos enteros de Yucatán fueron arrasados por los europeos. Los nuevos amos tomaron posesión de las tierras de los nativos, a nombre del rey de España, y redujeron a la servidumbre a miles de estos.

Muchos se rebelaron, pero fueron capturados y enviados como esclavos a Cuba. Fanáticos monjes, como Diego de Landa, le dieron el golpe de gracia a los mayas quemando sus libros sagrados y reduciendo a escombros sus templos.

Ya no hay músicos ni bailarines en Chichén Itzá. Por sus ruinas se pasean turistas con camisetas “l love Mexico”.

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