“Todos vamos a escribir un best-seller”, por Darío Jaramillo Agudelo

“Comencé a soñar secretamente que iba a trabajar en un libro que me haría famoso y me daría 2 millones 250 mil dólares. Luego me encontré con Manrique Ardila, con Pinilla, con Fiorillo… y rompí a llorar: ellos también quieren escribir un best-seller ¿Usted también?”

Confieso que desde cuando supe el valor que se pagó en el remate de los derechos de autor de Los Tontos Mueren, de Mario Puzo, comencé abrigar una ambición hasta hoy secreta: escribir un best-seller. La ambición, que hoy ventilo para exorcizar, nunca se ha convertido en proyecto, ni siquiera en ante, a pesar de que alcanzó para hacerme memorizar la cifra: Dos millones doscientos cincuenta mil dólares.

Trama, nudo, desenlace, violencia, sexo, tercera persona, objetividad, realismo. Secretamente, hoy supe que tenía la formula, Chandler más Graham Greene con un poquito de color local. Dos millones doscientos cincuenta mil dólares.

A este sueño adolescente, nunca por fortuna de un proyecto (mucha acción, rapidez cinematográfica, corrupción policial) agregaba parafernalia chismográfica: Sabía, y a propósito les cuento, mis queridos futuros, best-sellers, que Irwing Wallace ha logrado convertir al best-seller en una industria familiar: su hijo, paradójicamente apellidado Wallechinsky, preparó un vendidísimo recetario vegetariano e hizo una encuesta que les recomiendo: ¿Que fue de la generación del 65? toda la familia colabora en la preparación de los diccionarios de lo insólito, y el mismo Irwing Wallace, en persona, escribe en su hermoso chalet californiano auténticos best-sellers rozagantes y jugosos.

Sabía, parafernalia de mi sueño no-proyecto, que un ejecutivo de una compañía cinematográfica una vez hojeando guiones dijo que él podía imaginar historias mejores que esa mierda. Renunció a su empleo, se dedicó a escribir y su nombre es Harold Robbins.

Aún así soñaba con ser best-seller. Aunque tipos tan detestables como Irwing Wallace y Harold Robbins, sin mencionar a la líder ultra derechista Ayn Rand, lo sean, o como el autor del Hotel y Aeropuerto, Arthur Hailey, de quien les contaré de paso, esta anécdota que narra su cónyuge Sheila Hailey: “Me casé con un best-seller”:

“En Diagnóstico Final, Arthur escribió una escena conmovedora en la que un joven padre, Jhon Alexander, contempla incrédulo un bebito nacido prematuramente en una incubadora. Yo estaba esperando nuestro tercer hijo cuando leí el pasaje y estuve a punto de llorar.

– Querido, qué hermoso- comenté-, pero, ¿por qué, en nombre de Dios, tú no puedes ser así?
– No puedo desperdiciar mis mejores frases aplicándolas a nosotros mismos-repuso en tono ligero.”

Pero, a pesar de que individuos tan encantadores como Hailey fueran best-seller, yo seguía teniendo dos millones doscientas cincuenta mil verdes razones para escribir best-seller, (estilo cinematográfico, capítulos cortos, sentido del humor, diálogos chispeantes, trauma, nudo, desenlace).

Dos millones doscientos cincuenta mil argumentos para descartar la lista de los Wallace, Robbins, Hailey y reemplazarla por otra encabezada por Graham Green, ese viejo que parece no tener más remedio que escribir una obra maestra al año o García Márquez o Borges a quien lo único que lo dejará mudo es el premio Nobel y tantos y tantos best-sellers de sus tiempos, como Roberto Luis Stevenson y Conrad y Defoe y Swift. La forma del sueño es esta: El sueño comienza cuando el libro ya ha sido escrito y corregido y pasado a limpio y editor y primera edición y segunda y traducciones; el sueño comienza cuando me llega el anticipo de la tercera edición alemana. Tengo casa como en 3 partes y una salud de hierro y todo mi tiempo disponible… Ahí comienza mi sueño: soy un best-seller.

Creo además que seré best-seller con seudónimo. En verdad lo que más nos molesta a los best-seller es que nos reconozcan en la calle: no hay como el anonimato y dos millones doscientos cincuenta mil dólares (sexo, violencia, una o dos persecuciones, algo de drogas).

Todo iba muy bien hasta antenoche; yo mantenía, en lo más hondo de mi corazón, el secreto, secretísimo sueño de escribir best-seller. Era mi carta marcada, mi frazadita, mi destino final, mi top secret que no le contaría a nadie ni aunque me torturaran (torturas, contando solo el olor, mezcladas con gastronomía contando solo el sabor, mucha acción).

Hasta antenoche cuando comenzó una especie de alucinación que golpeó mi sueño en su base y lo colectivizó de tal manera que hoy parece que el oficio del hombre sobre la tierra fuera tumbar un árbol. Pareciera que toda una generación, que sin duda cambiará los vicios nacionales, decidió, toda de pronto, sin poner de acuerdo, cada uno en privado, en el fondo de su corazón, escribir un best-seller.

Primero fue Manrique. Jaime Manrique Ardila es un poeta nacido en Barranquilla en 1948. En 1976 se ganó el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus con unos versos claustrofóbicos titulado Los adoradores de la luna, volumen que contenía, además, traducciones del inglés. Dos años después, estando en Madrid, un editor español le encargó un libro para ya. En 15 días escribió El cadáver de papa; Manrique es un buen escritor, muy profesional, que cree además en la eficacia de la literatura y se había propuesto escribir un libro abiertamente escandaloso, ofensivo, brutal y ahora el texto está editado junto con magníficas traducciones de poetas del inglés, en un volumen de Colcultura, colección popular.

Después Carlos Valencia publicó Notas de Cine, muy debatido entre el gremio de comentaristas de cine (especie que crece alarmantemente, como sucedáneo de la roya) y que contiene la frase más citada del 79 después de la de los estamentos inferiores que bang: “He decidido publicar en orden cronológico mis ensayos para que el lector pueda apreciar el desarrollo de mi sensibilidad crítica”.

Es así que Jaime Manrique Ardila vino de Nueva York, donde vive, acompañando a Pauline Kael, la famosa critica de cine del New Yorker, invitada por el Centro Colombo Americano de Bogotá, gracias a las gestiones del propio poeta Manrique.

La noche del 11 de febrero de 1980 Manrique me invitó a comer al hotel Continental. Yo saboreaba un abundante plato de entradas mientras oía su proyecto actual: un libro sobre el pintor norteamericano del siglo XIX Frederick Clark, que estuvo en Colombia.

Mientras yo saboreaba un pedazo de róbalo frío, Jaime me decía que Clark viajó durante 6 meses por Colombia. Que hizo bocetos del Río Magdalena. Que sus bocetos son acabadísimos. Que descubrió 13 cartas escritas desde y acerca de Colombia. Y fragmentos de un diario.

Un aguacate con picante fue compartido con la noticia de que el Colombo Americano de Bogotá le va a publicar el libro. Mientras saboreaba un marisco con salsa tártara, Manrique me contaba que con el proyecto de Clark tuvo suerte, que se metió antes de que se pusiera justamente en el centro de atracción en USA, que se había rematado un cuadro de Clark en más de dos millones de dólares.

Dos millones de dólares; esta cifra, como un conjuro pavloviano, me trasladó a mi sueno favorito: Para conseguir dos millones como escritor, necesito escribir un best-seller; para con seguir dos millones como pintor necesito haberme muerto hace 80 años; y de inmediato, en medio del sabor de la berenjena, volví a vivir aquel momento en que decido ir a pasar en un lugar lejano y exclusivo, donde en una playa me rascaré la panza leyendo y conversando, sin hacer nada durante no importa cuánto tiempo, mis derechos de autor. Y estaba en aquel instante sublime de mi sueño secreto cuando de repente, entre el sabor de las cebollas en vinagre, tras el sonido de las olas del mar de mi sueño, vi en los ojos de Jaime Manrique Ardila y oí su voz que me decía, entre las cebollitas, me decía:

– Pero lo que yo quiero hacer en verdad es un best seller; ese es mi sueño secreto

Inmediatamente rompí a llorar. Todo el mundo miró a la mesa 14 (¿o era la 13?); el maître me ofreció cebollitas. Tuve que explicarle que no quería cebollitas. Le dije también que lloraba porque Manrique me había quitado mi osito; el maître que no entendía y le dije que acababa de perder dos millones doscientos cincuenta mil dólares o por nos la mitad de esa cifra.

– Si quiere llamamos al detective del hotel- me ofreció el maître.
– No lo llame, total ya no lloro: en lugar de cebollitas, le contesté completamente tranquilo y, ustedes ya saben, con el corazón más liviano, con un sueño de dos millones doscientos no sé cuántos dólares nuevos.

Entonces, García, supe la verdad. Manrique es un escritor más que dotado para escribir un best seller y cuando acabe con el maldito pintor del róbalo y el aguacate y el marisco, va a escribir el best seller de la cebollita. Durante el postre me acordé de aquel momento de mi sueño secreto en que recibo el anticipo de la tercera (¿o es la cuarta) edición alemana de mi best seller. Me reí y la risa me supo a crema inglesa, mientras Manrique me contaba que su novela sería sobre Colombia, un escritor… etc… etc… mucha acción, etc.

Creo que el sueño era tan fuerte que hubiera renacido, con menos fuera acaso, si no hubiera ocurrido lo que ocurrió dos días después, miércoles 13 de febrero a las cinco de la tarde, en la cafetería del Dann.

Augusto Pinilla nació en El Socorro, Santander, en 1946; en 1967 era estudiante de filosofía de los Andes, cuando lo conocí. Publicamos poemas con ese sindicato para editar versos que bautizaron a una generación sin nombre; después Pinilla abandonó la universidad de los Andes por la cordillera de los Andes y viviendo como un monje durante cinco años se encerró a escribir La casa infinita: de algún modo soy testigo e aquel tiempo, del único modo que se puede ser testigo, lejanamente. Durante ese tiempo Pinilla se desconectó de la realidad.

Manejaba y maneja un mundo verbal tan rico y culto autosuficiente, que la realidad cotidiana no le hace falta para nada. Creo que Pinilla se hubiera desconectado de todo su esa realidad exterior, ese mundo de la prensa y de las editoriales no le hubiera convalidado su mundo verbal.

Pero el milagro sucedió y Pinilla se ganó el segundo premio del concurso de Plaza y Janés y ya el poeta de 30 monologantes años que se veía como un bicho raro en la Javeriana tratando de reiniciar su carrera universitaria, se ve respaldado ante profesores y alumnos por su Casa infinita, editada con un cintillo que alude al Ayatollah Hermann Hesse.

Y el segundo acto de la evaporación de mi sueño (rápido: dígame algún, cuánto es dos millones doscientos cincuenta mil dólares dividido entre tres) se realizó en la cafetería del hotel Dann el miércoles 13 de febrero de 1980 cuando Augusto Pinilla uno de los más talentosos escritores jóvenes colombianos hablaba de su próxima obra, El fénix de oro, y de la historia, y de Colón y de Miranda y de Bolívar, y de epopeya (creo, si no estoy mal, que Pinilla habla, casi todas las veces sin excepción, cuando no siempre, de la epopeya). He aquí que con su mirada de hombre alucinado Pinilla, ante cualquier chiste ya olvidado, mientras yo saboreaba un capuchino oscuro como un franciscano, soltó la confesión:

-En verdad lo que yo quiero hacer es un best seller: ¡Mi sueño secreto es escribir un best seller!

Yo ya no pude asimilar el golpe sin dificultad, ya que el sueño no era el sueño secreto, el más consentido de los sueños; con Ramón Pérez Mantilla, convine en que Pinilla recibirá un best seller titulado: Vida de Jesús; Pinilla no negó nada. Ah, pero esto no fue todo.

El mismo fatídico día, martes disfrazado de miércoles 13 de febrero de 1980, una hora después estaba en una tienda accesible pero anónima, especialista en empanadas, y en posta rellena; todo lo que puede acompañar con ají picante de la casa. No les digo donde queda. Ahora es mi secreto y no lo revelo ni aunque me torturen y no lo comparto sino con Heriberto Fiorillo, un periodista brillante, que casualmente apareció allá por primera vez en este decenio. Mientras Fiorillo, subdirector de Cromos, inverosiblemente joven, poseedor de una asombrosa rapidez mental, conversaba con su relampagueante imaginación y saboreaba su segundo sánduche, y contaba sus planes, de pronto, se interrumpí, tragó un bocado, bebió un sorbo de café y, adivinen, me soltó esta confesión:

– En verdad lo que yo quiero hacer es un best seller. Mi sueño secreto es ese.

En ese momento pude reconocer que Fiorillo y Pinilla y Manrique, tan distintos entre sí, quizá solamente semejantes a otro montón de plumígrafos y afines que sueñan el sueño de marquesina del best seller en la identidad de su sueño, escribirán sus best sellers.

Ellos, el agudo y talentoso periodista, el alucinado y talentoso poeta, el emocional y talentoso poeta, escribirán sus best sellers. Así por lo menos, aunque ya no escriba mi best seller, ustedes tres van a tener que escribir los de ustedes esto es una profecía y mi patente de corso para ejercer muy pronto de adivino y olvidarme de ese sueño que ustedes volverá realidad.

Dígame alguno de los lectores que tenga calculadora ¿Cuánto es dos millones doscientos cincuenta mil dólares dividido entre cuatro?

Publicado originalmente en Revista Diners de mayo de 1980. Edición 122

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