A 100 años de la Revolución de Octubre

El 7 de noviembre se cumplirán 100 años de la Gran Insurrección de Octubre, también conocida como “Octubre Rojo” o “la Revolución Bolchevique”. Rescatamos un análisis de nuestro archivo sobre las consecuencias que tuvo 70 años después.

Revista Diners de octubre de 1987. Edición 211

A los 70 años de la Revolución de Octubre: La restauración en marcha

Poco a poco, desde la década del 60, la burocracia soviética empezó a degenerar en una casta altamente privilegiada y corrupta que a través de sus políticas dio al traste con gran parte de los logros de los años anteriores. Las desigualdades sociales en vez de aminorarse se hicieron cada día más evidentes y la corrupción se extendió a amplias capas de la población; la indisciplina laboral y el alcoholismo crónico, productos de la falta de incentivos morales, pronto se tornaron en un verdadero flagelo.

“El P.C.U.S. se propone la importante tarea histórica de conseguir en la Unión Soviética un nivel de vida más alto que el de cualquiera de los países capitalistas ( … ) La disparidad entre los ingresos altos y los comparativan1ente bajos deberá disminuir gradualmente ( … ) El partido proclama solemnemente: La presente generación del pueblo soviético vivirá bajo el comunismo”. Del Tercer Programa del Partido Comunista de la Unión Soviética, P .C.U.S, aprobado en 1961.

Celébrase por estos días el septuagésimo aniversario de la Revolución de Octubre -que instauró por primera vez en el mundo un régimen obrero y un sistema socialista-, en medio de las expectativas generadas dentro y fuera de la URSS a causa de las reformas socio-económicas que desde finales de 1986 ha venido impulsando el nuevo amo del Kremlin, Mijail Gorbachov.

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Nadie puede negar el hecho de que, a partir de 1917, Rusia dejó de ser uno de los imperios más atrasados y anacrónicos del planeta y se convirtió en una gran potencia económica y militar. Colosales fueron las realizaciones en los campos de la industria, la agricultura, la electrificación, la defensa, la ciencia, la tecnología y los servicios sociales, todo ello en un país de 22.4 millones de kilómetros cuadrados, 280 millones de habitantes (población actual) y un sinnúmero de nacionalidades.

Estos y muchos otros avances se lograron en buena medida en las cuatro. décadas posteriores a la Revolución y pese al trauma de la invasión nazi, bajo un sistema socialista que se guiaba por los principios económicos, y políticos del leninismo. La Unión Soviética se transformo así en punto de referencia e inspiración de muchos pueblos que veían en su modelo económico y social un ejemplo por seguir para alcanzar el desarrollo y el bienestar general.

Sin embargo, poco a poco, particularmente desde la década de 1960, la burocracia gobernante empezó a degenerar en una casta altamente privilegiada y corrupta, que alcanzó su máximo poderío sobre el resto de la sociedad durante la era de Brezhnev y que a través de sus políticas económicas dio al traste con gran parte de los logros de los años anteriores. Las desigualdades sociales, en vez de aminorarse se hicieron cada día más evidentes y la corrupción se extendió a amplias capas de la población; la indisciplina laboral y el alcoholismo crónico, productos de la falta de incentivos morales, pronto se tornaron en un verdadero flagelo.

La mala administración, los desfalcos y el apetito desaforado de enriquecimiento individual de los burócratas entrabaron los procesos de producción y distribución y la inercia económica se generalizó. La carrera armamentista y el consiguiente énfasis en la industria de la defensa perjudicaron otras ramas económicas y la expansión imperialista -en especial durante los años setentas- se transformó en otra pesada carga para el pueblo soviético. Fue de esta manera como desde hace unos tres lustros la URSS entró en una etapa de aguda crisis económica y social, cuyos efectos constituyen ahora la principal preocupación del señor Gorbachov.

Lejos de ser la fuente de inspiración económica y política de los países subdesarrollados la Unión Soviética es hoy una potencia desmesuradamente fuerte en lo militar y con posesiones en varios continentes, pero acosada por gravísimos problemas económicos que la han colocado en algunos aspectos por debajo de las naciones como Japón, Estados Unidos, Alemania Federal, Francia y otras. De ser una economía dinámica y en continuo crecimiento, la URSS es en la actualidad un país estancado, con enormes carencias tecnológicas y con un peso específico de muy escasa consideración en la economía internacional.

En 1981 Brezhnev había dicho que “el sector decisivo de La competencia con el capitalismo es la economía”, pero la situación creada por él mismo y por el aparato burocrático había llegado en ese momento a un punto de difícil retorno. La competencia con el capitalismo estaba más que perdida y la URSS sólo podía mantenerse en ella por medio de su creciente poderío bélico, lo cual, a su turno, repercutía negativamente en las demás ramas de la economía. Atrás quedaron, pues, las altisonantes promesas de igualitarismo social y progreso formuladas en 1961 por Jrushchov

Perfiles de la crisis

Según palabras de Gorbachov, “en la década del 70 empezaron a aumentar las dificultades de la economía nacional, se redujo sensiblemente el ritmo de crecimiento económico… “, lo cual está confirmado por las cifras estadísticas. El crecimiento promedio anual del producto nacional bruto de la URSS fue del 6.0% entre 1956 y 1960, del 5.2% entre 1966 Y 1970, del2.7% entre 1976 y 1980, y para la primera mitad de la década en curso se calcula que no superó el2.5%. Algo similar ha sucedido con otros indicadores claves. Las tasas de crecimiento promedio anual han declinado notoriamente (entre 1966 y la primera mitad de los años ochentas) en la industria, de 6.4 a 3.5%; en la construcción, de 5.8 a 3.5%; en el transporte, de 6. 7 a 2. 7% , y en los servicios, de 4.3 a 2.3% .

El caso de la agricultura, en otros tiempos orgullo de la edificación socialista, merecen mención aparte. Desde hace más de veinte años se encuentra sumida en el estancamiento y pese a gigantescas inversiones y subsidios, no logra salir adelante. De acuerdo. De acuerdo con datos soviéticos, el sector creció anualmente en promedio 3.9 % de 1966 a 1970, 2.5 % de 1971 a 1975, 1.7 % de 1976 a 1980 y en la actualidad apenas si supera un modesto 2.5 %.

En cuanto a la productividad, vale la pena hacer una comparación con Estados Unidos, el principal adversario económico de la URSS: si en 1965 la productividad promedio de un trabajador agrícola ruso equivalía al 14 % de la de su colega norteamericano, hoy solo llega a un 11 %. En 1965 un obrero rural soviético alimentaba a seis personas y un estadounidense a 43; en la década del ochenta el primero abastecía a ocho, mientras el segundo ¡a 65! Rusia se ha convertido en el mayor importador de granos del planeta, situación que constituye una verdadera sangría de las divisas que tanto necesita el Kremlin para adquirir tecnología moderna.

La industria extractiva no muestra mejores signos: a principios de los años setentas creció 26 % y un decenio más tarde cayó hasta el 5 %. Así, la producción de combustibles aumentó un 5 %. Así, la producción de combustibles aumentó un 5 % entre 1971 y 1975, para caer a un insignificante 1.5 en el periodo 1981- 1984, lo que resulta poco menos que alarmante dado que dos terceras partes de las exportaciones soviéticas a Occidente están representadas en el petróleo.

El atraso tecnológico es quizás el cuello de botella más evidente en la actual crisis de la economía y la sociedad rusas. Pese a que la URSS ha llegado a ser una potencia nuclear y sus vehículos espaciales cumplen misiones de gran alcance, en lo tocante al aparato productivo se encuentra a una enorme distancia de sus rivales del Oeste en renglones no tan decisivos como maquinaria, computadores, microelectrónica, telecomunicaciones y electro-óptica.

Por ejemplo, en agosto de 1985 Pravda se quejaba abiertamente de que el campo de los computadores se hallaba en “caos”, a tiempo que fuentes soviéticas indican que los gastos anuales en reparación de maquinaria obsoleta son Iguales a la producción combinada de las industrias del petróleo, el gas natural y el carbón. El subdesarrollo técnico, sumado a la desmoralización de la fuerza laboral, han incidido en forma catastrófica en la productividad: el producto nacional bruto por trabajador equivale a menos de dos quintas partes del de un obrero norteamericano, tres quintas partes del de un japonés y la mitad del de un alemán.

En cuanto al nivel de vida de la población, sus índices han venido disminuyendo a pesar de las cuentas alegres de los antecesores de Gorbachov. El crecimiento anual per cápita del consumo ha declinado de 5.1%, entre 1966 y 1970, a 2.4% entre 1976 y 1980; hoy se cree que es ligeramente superior al 2.0%. ¡El consumo promedio de un ciudadano ruso es sólo un tercio del de un estadounidense!

El cuadro no mejora si se mira el sector ·externo, terreno en el cual Occidente está en muchas mejores condiciones de ofrecer comercio, asistencia, inversiones y transferencia de tecnología. Aunque la URSS es por su tamaño la segunda economía del mundo, apenas ocupa el undécimo lugar en el comercio mundial, con todo y ser el principal exportador de armas, y la estructura de sus negocios con el exterior parece más bien la de un país del Tercer Mundo: más de la mitad de sus exportaciones son materias primas (petróleo, gas, carbón, madera, algodón), en tanto que tres cuartas partes de sus importaciones están compuestas por bienes manufacturados (en especial maquinaria y equipo industrial y de transporte) y alimentos (granos, carne, azúcar y frutas).

Las implicaciones de esta crisis son obvias, tanto en lo interno como en lo externo. Hacia afuera la Unión Soviética no está posibilitada para competir con el capitalismo en lo económico, lo que, al mismo tiempo, va en detrimento de su pretendida imagen de poder socialista, disminuye su capacidad de subsidiar a sus satélites y limita al máximo sus planes expansionistas. Hacia adentro, se pone en peligro la estabilidad política y social del sistema y contribuye a desestimular aún mas a las grandes mayorías. Y así como hace cincuenta anos Roosevelt salvó el capitalismo de su peor crisis con medidas que sus oponentes calificaron de “socialistas”, hoy Gorbachov está tratando de enderezar los entuertos de la oligarquía burocrática soviética con reformas abiertamente capitalistas.

“Todo huele a capitalismo”

Aunque desde los tiempos de Nikita Jrushchov y luego bajo los de Brezhnev la alta jerarquía del Kremlin había empezado a implantar tímidas medidas económicas de carácter capitalista, Gorbachov no sólo continuó esta línea sino que se ha propuesto ampliarla y despojarla de todo disfraz “socialista”. “Ha llegado el momento”, afirmó en 1986, “de superar también la prevención en lo tocante a las relaciones monetario-mercantiles, el menosprecio de estas últimas … “. Cuando a mediados de este año el prestigioso economista Nikolai Shmelev publicó un artículo en el que abogaba por la introducción de mecanismos de libre competencia, aun a costa de un desempleo considerable, Gorbachov no tardó en expresar su apoyo a este punto de vista, al igual que hizo con los planteamientos de otro experto, Abel Aganbegyan, quien dijo que era imprescindible liberar los precios, eliminar los subsidios y cerrar “millares” de empresas no competitivas.

Los planes en pro de una “revolución tecno-científica” y de la “intensificación” del proceso económico en su conjunto incluyen la siguiente serie de reformas “radicales” que ningún líder ruso se había atrevido a impulsar y menos a atribuirles una esencia socialista:

• los precios no serán fijados por el Estado sino que estarán sometidos a las leyes de la oferta y la demanda;

• los salarios dependerán exclusivamente del rendimiento individual de cada trabajador;

• las empresas industriales y agrícolas que no den rendimientos satisfactorios podrán ser cerradas;

• se aflojarán los mecanismos de planificación centralizada y se otorgará mayor autonomía a las empresas, las cuales serán responsables de sus perdidas y sus ganancias;

• de acuerdo con lo anterior, las empresas tendrán más libertad para determinar el tipo de bienes a producir;

• cada empresa decidirá cuántos trabajadores deberá emplear;

• se autoriza el comercio y la competencia más o menos libre entre las diversas factorías y granjas agrícolas;

• se permite más libertad de acción y se estimula la difusión de las granjas de usufructo individual;

•se legaliza el hasta ahora mercado negro de servicios prestados por individuos

• decenas de empresas son autorizadas a comprar y vender productos en el exterior, sin intervención alguna del Estado;

•se promulga la ley que permite la inversión de capital extranjero en la URSS, sobre la base de formar entidades mixtas.

Sobra decir que todas estas medidas apuntan más hacia una especia de restauración (o importación) de formas económicas capitalistas que a la consolidación de un sistema socialista. Con el fin de apuntalar esta tendencia, Gorbachov ha planteado un célebre “glasnost” o apertura, y emprendido una ofensa contra la vieja guardia brezhnevista de la burocracia soviética, la cual, sin embargo, se opone a los cambios más por conservar sus privilegios que por defender la pureza del sistema.

En cambio está saliendo muy favorecida una nueva casta de tecnócratas y administradores, en quienes el jefe del Kremlin está confiando buena parte de las reformas. La fiebre empresarial ha llegado hasta tal punto que próximamente se hará una edición masiva en la URSS del super best-seller norteamericano En búsqueda de la excelencia (In search of excellence ), de Thomas Peters.

En Occidente la alteración de rumbo que se vislumbra en Rusia ha causado en general muchas expectativas, la mayoría de ellas ingenuas. Se cree que con su viraje a formas capitalistas las URSS se transformará en una superpotencia menos agresiva y más fácil de tratar. Empero, como lo han expresado numerosos dignatarios soviéticos, de lo que se trata es de poner a funcionar la economía de manera eficiente, superar las fallas tecnológicas, acumular fuerzas y prepararse para competir mejor con los Estados Unidos y sus aliados por el control de orbe.

Ahora bien, falta ver hasta dónde podrá Gorbachov desarrollar su política y en qué medida funcionará en la URSS este “neocapitalismo”. De aplicarse plenamente los nuevos mecanismos, seguramente aparecerán en el país fenómenos que no existían o eran limitados: inflación desempleo, cierre de empresas, mayores desigualdades en la sociedad, en fin, muchos de los problemas que aquejan al capitalismo occidental. Un funcionario del Ministerio de Educación de la URSS resumía a un periodista extranjero la situación: “No deseo que la vida aquí se convierta en una carrera por conseguir rublos ¿Cómo puede esto llamarse comunismo? Todo esto me huele a capitalismo”.

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