Los cambios en el amor conyugal en Colombia

“Las diferencias entre el amor y el matrimonio son las previsibles entre lo humano y lo institucional, entre lo espontáneo y lo convencional”. Archivo.

Publicado en Revista Diners No. 92, noviembre de 1977

Por amor conyugal entendemos, con Simone de Beauvoir, el fruto del matrimonio de conveniencia, y por consiguiente, algo muy distinto del verdadero amor. Solo por casualidad —así sea una feliz casualidad— coinciden el matrimonio y el amor, en aquellos casos en que se realiza lo que sugería Balzac: “El amor es el acuerdo entre la necesidad y el sentimiento, y la dicha en el matrimonio resulta del perfecto acuerdo de almas…”, y eso porque el matrimonio es una ley, un contrato, una institución…y el amor, ¿quién lo ha definido? “invención extraña” el matrimonio, dice Kierkegaard. “Amar no es casarse —insiste Simone de Beauvoir— y es muy difícil comprender cómo el amor puede transformarse en deber”. Las diferencias entre el amor y el matrimonio son las previsibles entre lo humano y lo institucional, entre lo espontáneo y lo convencional.

El matrimonio “oficial” en Colombia ha sido, casi siempre, el que está sometido a la consigna “hasta que la muerte los separe…”. ¿Y si es la vida lo que separa a los cónyuges? Ese detalle se olvidó en la consigna. Cuando el sacerdote la recita, el traje nupcial y las flores están en plena blancura. Músicas y aromas sonrisas y palabras auspician los buenos presentimientos y hacen inoportunos e impertinentes los malos. Pero es la vida la que causa separaciones y conflictos. A la vuelta de unos años, los símbolos de la situación conyugal son el traje ajado, las flores marchitas…

El matrimonio oficial en Colombia, el católico según las normas del Concilio de Trento, jamás ha alcanzado a ser el de las mayorías nacionales, que muy poco han tenido que ver, paralelamente, con la democracia, con la economía monetaria, con el alfabeto, con los partidos tradicionales.

Según Eduardo Caballero Calderón, los campesinos boyacenses tienen de común con los franceses cultos el que solo acostumbran casarse —si es que lo hacen— cuando cierto tiempo de prueba les proporciona alguna certidumbre. Entre tanto, lo institucional para los colombianos es la sentencia “hasta que la muerte los separe , enmarcada en un ambiente de catolicismo formal, que no siempre se identifica con los ideales cristianos, y de bárbaro machismo, dentro del cual faltaba muy poco para que la mujer llegase a las ceremonias matrimoniales tomada bravíamente del varón por los cabellos.

A pesar de lo bonito y enternecedor del acto en la iglesia, era tratada como ser subordinado y protegido, aun cuando alguna formalidad adicional la exoneraba del mote de “esclava”. Y la vida, cada día más febril y ardua, siguió separando lo que dizque solo podía ser separado por la muerte. La misma vida les buscó a los problemas del amor conyugal salidas distintas de la resignación. Hubo una rebelión continuada de la vida y del amor contra los preceptos acartonados. En Colombia hemos visto como militantes de la rebelión a aristócratas y mecanógrafas, a sabios y cupletistas, a patriarcas y estudiantes, víctimas de la diferencia entre el matrimonio y el amor.

Cuando se reformó, en 1973, el Concordato que rige las relaciones de Colombia con la Santa Sede, se dijo, con ingenioso sarcasmo, que lo único que se había establecido era “el divorcio para los solteros”.

En verdad, el nuevo convenio no solucionaba la totalidad de los problemas de las uniones matrimoniales mal avenidas. En la letra, se reducía a darle viabilidad al matrimonio civil, en los casos en que los novios lo prefiriesen sobre el católico, admitiendo el divorcio para el primero, sin la ominosa exigencia anterior de abjurar de la religión. Pero sus efectos reales eran muy superiores: se confunden con el reconocimiento de que para innumerables situaciones, en Colombia, el matrimonio no responde a las circunstancias de este planeta y se convierte en un infierno.

Aun cuando los gobernantes, legisladores y diplomáticos puedan —y deban— ir más lejos, los efectos no tardaron en verse: la propia Iglesia ha agilizado el trámite de las “anulaciones”. Es cuestión de sus cánones llamarlas así, en lugar de divorcio, pero lo que nos interesa es que por su camino se han resuelto centenares de problemas humanos.

Se acabó el castigo social para los no casados por el rito católico, y se dejó de endilgarles a éstos toda especie de cuchufletas en costureros, clubes y periódicos. Hasta se sentó una doctrina interesante. Vamos a llamarla la doctrina Dora Luz. El nombramiento de esta muchacha, separada y casada en el extranjero, como gobernadora del Risaralda, desagradó a unos obispos.

El presidente López les explicó que “no existiendo nulidades de pleno derecho, se presume casados por lo civil en el extranjero a los ciudadanos colombianos, mientras una sentencia no haya declarado la nulidad respectiva”. Anotaba el presidente que se había hecho necesario “conciliar situaciones, fruto de una realidad social, con la legislación colombiana”. Cierto. La doctrina Dora Luz es la expresión de un orden jurídico desbordado por la vida. El derecho nace de los hechos, dijo Ihering, inmenso jurista. De la rebelión de los hechos contra el código hablaba otro.

La rebelión de colombianos y colombianas de todas las condiciones y creencias contra las injusticias del régimen matrimonial, tenía que salir airosa. Hoy lo está, aun cuando falte una nueva reforma, más clara, del concordato, gracias a la cual la legislación nacional entre a regir sin cortapisas los matrimonios, los divorcios y los asuntos intermedios y aledaños, separando el drama vital del dogma religioso.

¡El dogma! Sin afán irreverente, sino lo contrario, vale la pena traer a cuento dos observaciones sobre la frase de Cristo “no separe el hombre lo que Dios ha unido”, ¿Será posible interpretarla prescindiendo del amor, manantial de toda su doctrina?, se han preguntado unos teólogos holandeses. ¿Daría Nuestro Señor una orden, o solo un consejo?, es el interrogante de otros, en los Estados Unidos. Tomando pie en una nota mía sobre estos temas, un justo exégeta del pensamiento católico, Ignacio Escobar López, agregó argumentos: Dios tiene agentes en este mundo para desatar lo que quedó mal atado.

Escobar no imaginaba a Jesús prohibiendo soluciones razonables para quienes anhelan el amor pero resultan sumergidos en la incomprensión, el rencor, la contumelia. No dialogué con Escobar sobre el tema, pues murió por aquellos días, pero creo que tenía razón al preguntar, refiriéndose a Jesús: “¿Lo vemos, acaso, en ese papel de juez inmisericorde, a El, que toda su vida predicó lo contrario a la intransigencia?”.

Sin detenernos en los extremos horribles de los malos tratos, las corrupciones, las degeneraciones, de uno u otro cónyuge, la vida está llena de motivos que separan a quienes, supuestamente, solo podrían ser separados por la muerte. La rebelión que en Colombia ha inducido un cambio en las concepciones hipócritas, rígidas y machistas sobre amor conyugal, no está inspirada por ningún mal sentimiento, sino casi siempre por los más nobles. Los esposos separados, acaso por causa de la premonición nerudiana de que “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, con frecuencia son capaces de continuar cumpliendo unidos sus deberes de padres, en sensatos acuerdos, y hasta entendiéndose como amigos, tras haber salvado del infierno de los desajustados a los hijos.

La sociedad que así se va formando es, seguramente, más sana que la tradicional, al tiempo que más libre. Esta es una de las pocas mejoras en la calidad de la vida de que puede enorgullecerse Colombia, y no se le debe a ninguna fórmula política ni matemática, sino al espontáneo y maduro afán colectivo de evitar que el amor conyugal sea la negación afrentosa o la deformación burda del verdadero amor.

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