Neuróticos famosos… ¿Se siente identificado?

Escudriñe la vida de los grandes hombres y mujeres, y verá que la fama puede ser resultado de la necesidad de una persona de “compensa” una deficiencia física o emocional.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 7, Oct. 1964

Los muchachos de escuela pueden dar los nombres de personas que superaron sus inconvenientes físicos: Napoleón Bonaparte su escasa estatura; Helen Keller, ciega y sorda; hasta Charles Atlas, el alfeñique de 45 kilos. Pero, qué decir de las fallas emotivas? Poco se habla de los hombres y mujeres sanos de cuerpo, pero con fallas emotivas. Pocos saben que Leonardo de Vinci tenía un profundo complejo de inferioridad debido a su nacimiento ilegítimo y que Charles Darn era un hipocondríaco espectacular.

Algunas autoridades creen que las neurosis son originales por la casualidad, o sea por causas externas, al comenzar la vida, y que la gente con fuerza de voluntad para superar esos problemas tiene la potencia para hacerse grande. Otros alegan que los hombres famosos son grandes de nacimiento y excepcionalmente sensibles, muy proclives a las perturbaciones emotivas.
Todos los psiquiatras convienen en una cosa: en que los obstáculos emocionales constituyen un fuerte fuego donde con frecuencia puede templarse el acero de la grandeza.

Sigmund Freud
La vida de Sigmund Freud estuvo llena de problemas emocionales que harían cavilar al más experto de los psiquíatras modernos, pero fue en esas fobias y neurosis donde se empolló el huevo del psicoanálisis. Freud tenía conciencia de sus problemas, y, en 1897, cuando comenzó a analizar sus sueños y a examinar sus problemas, nació la psiquiatría moderna.

Varias de las fobias más espectaculares de Freud aparecieron durante su juventud: una era el temor a las heridas, que le hacían desfallecer a la vista de la sangre; otra, una extraña perturbación llamadas “agorafobia” o sea el temor a los espacios abiertos que ponía mareado y turulato de terror a Freud cada vez que tenía que andar por una plaza o una calle ancha.

También temía Freud a los trenes de ferrocarril en una fobia que convertía los viajes en tormenta para él. Una vez, mientras examinaba a un paciente el día anterior a un viajes, Freud reconoció que no oía nada “sino la marcha de un tren” a través del estetoscopio.

La hipocondría también atenazó a Freud cuya imaginación le convenció de que sufría de perturbaciones estomacales, dolores de cabeza y hasta ataques cardíacos, lo que contribuyó a un miedo irracional a la muerte.

Las emociones de Freud y sus extraños efectos físicos, sin causa corporal aparente, fueron decisivos para tentarle a investigar la mente humana como mecanismo que podía causar enfermedades anatómicas. Sin embargo, aún más importante para las futuras generaciones fue la severa neurosis que dio a Freud una personalidad dominante, una profunda capacidad para el odio y una sensibilidad exacerbada ante la crítica.

Esto le obligó a rechazar a todos sus compañeros de trabajo y todas las teorías ya establecidas, e hizo que Freud adoptara una actitud desafiadoramente independiente. Fue el catalizador que finalmente le condujo a crear un sistema enteramente propio suyo: un sistema de psicología que está indisolublemente unido a su nombre.

María Callas
A pesar de su talento y de su belleza exótica, los problemas más emocionales padecidos en su juventud desempeñaron gran papel para convertir a María Callas en la cantante operática mejor conocida y mejor pagada de nuestros días.

La madre de María reconoce francamente que cuando dio a luz a su hija, se sintió infeliz. Hubiera querido un varón. Tal emoción no se sofoca fácilmente, y la joven María pronto se dio cuenta de que ella había constituido una desilusión. Así comenzó un complejo monumental de inferioridad, alimentado por el hecho de que la hermana mayor de María, Jackie, la más bonita de las dos muchachas, pronto se convirtió en acaparadora del afecto de la madre.

“Yo era un patito feo”, dice la Callas, “gorda, zafia e impopular”. María perdió sus frustraciones en el placer de la comida… solo para aumentar sus sentimientos de inferioridad por su apariencia, al subir su peso a más de cien kilos. El alimento falló a María, pero le quedaba todavía un arma: su voz. La Callas venía cantando desde que tenía siete años, y no sentía ningún complejo de inferioridad respecto a su vibrante voz. “Cuando cantaba, me amaban realmente”, según supo María, por lo que comenzó a cantar como en son de venganza.

Maria Callas singing 'Ernani, involami' from Verdi's Ernani, Hamburg, 1962

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Aunque orgullosa de su voz, María comprendió que estaba dotada de una garganta a veces menos de oro que las de algunas de sus rivales más firmes. La Callas sabía que tenía que hacer algo más que cantar. Se esforzó desesperadamente, aprendiendo a combinar su voz con una habilidad escénica que duplicó su vitalidad, aprendiéndose de memoria papeles extra, ensayando horas adicionales, combatiendo a cada rival con que se tropezaba.

La voz y figura de la Callas asumieron nueva belleza a medida que batallaba. Con el inevitable éxito operático, su peso bajó a poco más de 50 kilos. Para entonces, sin embargo, María había peleado tan duro y tanto tiempo que no podía detenerse.

En términos psiquiátricos, “sobrecompensó” y continuó en la pelea. Su carácter se hizo legendario, y se lanzó a una cruzada que ella misma anunció, por su arte. “Ahora puedo permitirme decirle no a la inferioridad”, alardeó. Y así lo hizo: se le negó la entrada a siete de los máximos teatros de ópera del mundo, y litigó con innumerables directores, gerentes y cantantes.

Aun hoy, los temores de la niñez de María levantan la cabeza. “Aunque generalmente me considera como persona presuntuosa”, reconoce la Callas, “nunca estoy segura de mi misma, y frecuentemente me torturan las dudas y temores”. Según su madre. “María es en realidad una niña asustada que grita y entra en rabietas para ocultar sus temores. Es una muchachita insegura que tiene que convertirse a sí misma de que no necesita depender de nadie sino de ella. Ha llegado a la cumbre; ahora como una niñita con vértigo, teme caer”.

Salvador Dalí

El artista surrealista Salvador Dalí es uno de los pocos hombres que le han sacado dinero a una conducta extraña y desconcertante. La explotación de sus propias costumbres extravagantes ha vendido probablemente tantos cuadros como su talento, pero ha llevado a muchos a preguntarse si sus alardes de desquiciado esconden a un hombre que es más actor que artista.

Cuando tenía tres años de edad Salvador sufrió alucinaciones aterradoras: unas veces de una mano extendida, otras de una mujer fantasmal. Adolecente, Dalí comenzó a experimentar el frenesí de saltar desde sitios altos, y una vez tuvo que obligarse a tenderse de vientre, después de trepar al tejado de su casa y padecer una “invencible atracción que creía me chupaba hacía el vacío”. Su exhibicionismo patológico asombró a los compañeros de juego de Dalí cuando, en una oportunidad, se tiró por una peligrosa escalera.

A pesar de tales alardes de lunático, Dalí no es “loco”. A veces, sin embargo, ha exhibido fobias arraigadas en profundos problemas emocionales: especialmente, el miedo a la muerte accidental. Aun hoy, a Dalí lo aterran los viajes por avión. La neurosis del artista encontró aun otra vía de escape: en la tendencia hacía la violencia, durante sus primeros años. Cundo joven, golpeó severamente a una muchacha amiga suya, durante una rabieta; y, en su autobiografía, reconoce que una vez cuando subía al campanario de la Catedral de Toledo con una bella joven, experimentó el deseo de empujarla.

El arte se ha beneficiado de los extraños conflictos internos del español, porque Dalí ha aprendido a dominarlos y a trasladarlos al lienzo. Gran parte del brillo de su trabajo viene de su capacidad para ponerse a un lado como espectador y observar, y luego traducir, los increíbles engendros de su propio cerebro.

Gene Tierney
Esta estrella de cine cuya mente fue cruelmente herida con tanta frecuencia que ha tenido que pasar un total de más de dos años en instituciones psiquiátricas, Gene Tierney parece ahora haber resuelto sus problemas emocionales, y ahora, a los 40 años de edad, después de un intervalo trágico de cinco años, reingresa al mundo de los espectáculos que cautivó por primera vez cuando tenía 20 años.

Con aquel precoz éxito en Hollywood vino la primera de sus experiencias demoledoras. A los 21 años. Gene se fugó para casarse con el diseñador de vestidos Oleg Casini, y su padre hizo frente a este desafió con la brutal amenaza de una demanda legal, diciendo que su hija había olvidado un contrato cinematográfico por él controlado. Esta ruptura abrupta con el padre constituyó un golpe tremendo, y Tierney buscó en el matrimonio y la maternidad la seguridad que ya no le daban sus progenitores. En 1943 recibió otro golpe emocional. Después de enfermar de paperas, dio a luz una criatura mentalmente defectuosa. La maternidad y el matrimonio la pusieron a prueba. Gene y Cassini se divorciaron en 1952.

La Tierney, profundamente herida por los dos hombres más importantes en su vida, trató desesperadamente de encontrar otro, y pronto fue escoltada por Aly Khan. El calavera Aly no estaba listo para sentar cabeza, por manera que la búsqueda de estabilidad de Gene se hizo más frenética y terminó solo en proporcionarle mayor ansiedad.

Muchas mujeres pueden haber resistido con éxito esos golpes, pero la Tierney había tenido una niñez tan felizmente protegida, y había abrigado sueños tan románticos, que la verdad demasiado dura se transformó en trauma serio. Gene Tierney se había resistido al tratamiento psiquiátrico, pero en 1955 ingresó a un sanatorio en Hartford. Estado de Connecticut, y luego estuvo dos veces en la Clínica Menninger de Topeka, Kansas. Salió en 1959 y se casó con el petrolero texano Howard Lee el pasado julio.

En Noviembre, hizo un debut en televisión que había aplazado mucho tiempo, y, según dice ella misma: “He vuelto al trabajo, tengo un esposo fiel y espero un hijo en junio. El tiempo y el amor han sido los grandes sanadores”.

Red Skelton
El cómico Red Skelton, perseguido por los terrores e impulsado por extrañas necesidades, ha encontrado un escape para sus emociones en su gente. Víctima de una niñez pobre y huérfana. Skelton se enteró un día de que a la gente le gustaba reírse de él. “Quiere tan desesperadamente agradar, que da pena verlo”, dice un amigo. Desde ese día, Skelton ha vivido en una constante lucha por las risas que necesita.

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La batalla le ha granjeado un surtido de lesiones físicas, adquiridas en caídas cómicas, pero la tensión emocional ha sido seria. Skelton ha padecido dolores de cabeza psicosomáticos, disturbios estomacales e insomnios, pero tiene miedo a los médicos y a la medicina. De vez en cuando camina dormido (una vez rompió una puerta de cristales), teme la obscuridad y deja encendidas toda la noche las luces de su casa que están controladas por un solo conmutador.

El padre de Skelton había invertido los considerables ahorros de su familia en diamantes y joyas, que desaparecieron misteriosamente cuando murió, un mes antes de nacer su hijo. Es quizá por ello que Red siempre ha temido que “asaltantes innominados lo persiguen” y por lo que una vez llevaba una maleta llena de dinero, alardeando de que “esto no me lo quitarán”. Skelton tiene su finca rodeada de alambres electrizados para advertirle de los merodeadores, y hay sirena de alarma en su nevera y en su caja fuerte.

La necesidad de Red Skelton de agradar se ha tornado en un detrimento para su salud, porque descarga sus tensiones en sí mismo. “Pido a Dios que se ponga a gritar de vez en cuando”, dice su esposa, Georgia, “pero esas no son cosas propias de Red. Tiene corazón demasiado blanco. Teme herir los sentimientos de los demás, y que estos se desagraden por él”.

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