Maniáticos… como uno

Todos tenemos alguna manía. Unos pocos, varias manías. Los famosos a veces lo son gracias a sus manías, sus mañas y sus manierismos.

Revista Diners de mayo de 1990. Edición Número 242.

“Desde la infancia, apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído”. Horacio Oliveira en Rayuela, de Julio Cortázar.

La situación del industrial paisa era desesperante. Sentía la necesidad de escribir en una libreta todo cuanto escuchaba y veía: las conversaciones familiares, los comentarios de los amigos, los programas televisivos, los artículos de los periódicos, las placas de los carros, la propaganda callejera, las cartas de los restaurantes… Y como no daba abasto, la angustia lo mantenía en jaque mate.

El caso requirió tratamiento profesional. Al final de la primera sesión, ardua y prolongada, el psiquiatra pensó que había logrado avances considerables. Hasta que tomó la agenda para anotar la próxima cita y oyó que su paciente le decía: “¿Ve, doctor? Usted también tiene la costumbre de anotar en una libreta como yo”.

La conducta de este antioqueño no es común. Pero virtualmente todos, en mayor o menor grado, sacamos a relucir con frecuencia nuestras excentricidades, esas pequeñas manías que añaden un gramo de locura a la vida.

El escritor Marcel Proust, por ejemplo, permaneció encerrado escribiendo durante catorce años en una habitación cuyas paredes recubrió con corcho, para aislarse del mundo.

Voltaire, el pensador francés, escribía sus poemas y ensayos sobre la espalda de su amante.

El filósofo británico Samuel Johnson, por otra parte, atravesaba el umbral de las puertas con un saltico. Y el expresidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt tejía por lo menos una hora diaria.

Alfred Hitchcock, que ideó crímenes increíbles en sus películas, no soportaba la visión de un pollo en el horno.

La actriz Marilyn Monroe escondía sus manos, obsesionada con la idea de que eran tan gordas que ni anillos merecían llevar.
Ni siquiera los cantantes se salvan de las ideas fijas: Frank Sinatra necesita andar siempre impecable, y de Michael Jackson se conocen las extravagantes medidas a las que acude para combatir los microbios.

Se trata, en fin, de señales de identidad que constituyen una mejor radiografía de la personalidad de la gente, que las mismas hojas de vida, supuestos registros de sus obras y milagros.

Personalidad tras la lupa

El psiquiatra Laureano Gómez Ángel explica que en el origen de las manías se encuentran factores psicológicos y neuroquímicos, generados, posiblemente, en la etapa anal del desarrollo del niño, cuando cualquier agresión puede ser el inicio de problemas en cuestión de autonomía o en la relación con los padres y con la autoridad en general.

No obstante que en la mayoría de los casos se trata de rarezas normales y hasta simpáticas, en otros no deben ser tomadas a la ligera. “Algunas trabas magnificadas de la personalidad, como si fuesen vistas tras una lupa”, dice Gómez Ángel.

Y agrega: “Pueden producir enorme sufrimiento a las personas, pues dificultan la adaptación a la sociedad”.

En muchas ocasiones las manías se asocian con comportamientos obsesivos o fóbicos, y juegan por lo general dentro de los campos de la seguridad y la limpieza.

No es, pues, por diversión que el rey Juan Carlos, de España, lleva una pistola miniatura en el bolsillo, ni era casualidad que el escritor Juan Ramón Jiménez se lavaba las manos siempre que alguien se la hubiese estrechado.

“La diferencia entre la personalidad pulcra y meticulosa y la que vive su amor al orden y a la limpieza de manera patológica residen en que, en la primera, el orden está a su servicio, mientras que en el segundo caso, ella está al servicio del orden y ha perdido su libertad interior”, dice el psiquiatra Enrique Rojas al diario madrileño El País.

La trampa de estas costumbres consiste en que pueden tener redes y atrapar a las personas para convertirlas en esclavas suyas, en siervas de esos rituales que anteriormente se denominaban “monomanías”.

Según estadísticas de especialistas anglosajones, el dos por ciento de la población –cerca de medio millón de personas en Colombia- es víctima enfermiza de comportamientos caprichosos. En ocasiones estos se mueven dentro de círculos familiares, en los que las actitudes son aprendidas e imitadas.

Cada maniático con su tema

¿Qué haría Indiana Jones sin su sombrero? ¿Cómo se las arreglaría James Bond sin sus tragos especiales? ¿Qué pasaría si se le impidiera tocar un día violín al desafinado Sherlock Holmes?

Estos personajes tienen sus manías de película, sí, las cuales no son más estrambóticas que las que se dan en la vida real.

De la vida real, de acuerdo con el psiquiatra Gómez, es la de aquel paisa que no podía abandonar su paraguas ni siquiera para bañarse. O la de la religiosa que sentía la necesidad de hacer con la lengua la forma de la cruz en el suelo, antes de salir de casa. O la del muchacho que no desea cambiarse nunca de ropa.

Cuando las manías son exageradas e incontrolables, como las anteriores, requieren ayuda profesional. Y los psiquiatras no dudan en formular drogas para combatirlas.

Hay, sin embargo, otras inofensivas: coleccionar diferentes tipos de objetos, cerrar las puertas, buscar pelos por doquier, comprobar cada noche que las ventanas no están abiertas, enderezar los cuadros torcidos, mirar debajo de la cama antes de acostarse, caminar sin pisar las separaciones de las baldosas, chequear la hora cada rato, dar cierto número de vueltas antes de entrar en algún lugar, vestir determinada prenda al dormir, pronunciar alguna frase en voz alta sin que nadie se dé cuenta… Todos estos actos son más comunes de lo que se cree.

Rey de las manías

Si de hablar acerca de extrañas manías se trata, es el multimillonario norteamericano Howard Huges el que se lleva la corona en este aspecto. Con las uñas largas y encorvadas y el pelo casi a la cintura, vestía siempre una especie de pañal enorme, algo así como un guayuco gringo.

Su obsesión por la limpieza lo obligó, al inicio, a tocar las chapas de las puertas con un pañuelo para evitar así el contacto directo, y al final a permanecer dentro de una habitación aséptica.

Odiaba a la gente; solo soportaba a un hombre contratado para cargarlo cuando quería transportarse a algún lugar. Y tenía la costumbre de mirar todas las noches, sin falta, la misma película.

Visitaba con frecuencia el penthouse del Hotel Hilton de Managua (reservado para él), a donde llegaba por un ascensor especial, que nadie más tocaba. Tal era su manía patológica por la pulcritud.

Pulcritud bastante relativa, si se tiene en cuenta que jamás se bañaba. Un Tarzán urbano sería, pues, bastante más normal que este magnate que vivió íngrimo el ocaso de su ‘rica’ vida.

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