La guerra de los seis días: el mito de David y Goliat

Cincuenta años después del conflicto relámpago árabe-israelí se plantean aspectos desconocidos y polémicos que revisan los titulares y los enfoques que se difundieron en medio del fragor de los disparos en junio de 1967.

Revista Diners de mayo de 1987. Edición Número 206.

La segunda contienda árabe-israelí, que tuvo lugar hace veinte años y pasó a la historia como la “Guerra de los seis días”, constituyó quizás el acontecimiento más trascendental del prolongado conflicto que aún agita el Oriente Medio. Como resultado de la victoria fulminante de Israel sobre varios de sus vecinos, el Estado judío triplicó su territorio gracias a las áreas arrebatadas-y virtualmente anexadas- a Egipto, Jordania y Siria.

La Península del Sinaí, la Franja de Gaza, la margen occidental del río Jordán, el sector árabe de Jerusalén y las alturas de Golán pasaron a control israelita, con el consiguiente desplazamiento de cientos de miles de personas que habitaban dichas zonas. El drama de los palestinos adquirió nuevas dimensiones y las circunstancias creadas sentaron las bases de nuevos enfrentamientos que hicieron más inestable esta convulsionada región.

La acción relámpago de las fuerzas armadas israelíes, que en menos de una semana pulverizaron a sus rivales, fue presentada a la opinión pública del mundo no solo como una obra maestra del arte de la guerra, sino sobre todo como una serie de operaciones defensivas en las que estaba en juego nada menos que la existencia misma del Estado de Israel.

Desde entonces se forjó el mito de una lucha cruelmente desigual, entre un David judío rodeado de enemigos, y un Goliat árabe, mucho más poderoso y movido por las más negras intenciones.

Aunque es cierto que entre los países islámicos e Israel existía una situación de guerra desde hacía casi dos decenios y, por ende, el peligro constante de una confrontación, lo es también que las ofensivas lanzadas por Israel no fueron tan defensivas como se ha dicho; asimismo, ni el David era tan débil, ni el Goliat tan fuerte.

Los propósitos reales de las autoridades israelitas al emprender su ataque es algo que con el tiempo se ha ido aclarando, al igual que los hechos que desembocaron en la contienda.

La “Blitzkrieg”

El 3 de junio de 1967 el gabinete israelí votó a favor de la iniciación de acciones bélicas contra Egipto, Jordania y Siria, de acuerdo con un plan que venía siendo cuidadosamente elaborado en los años anteriores y para el cual se había entrenado a todas las unidades del ejército de tierra, mar y aire.

El 5 de junio, valiéndose de un ataque sorpresa, la fuerza aérea de Israel bombardeó las principales bases de sus contrincantes y, en menos de tres horas, destruyó la casi totalidad de los aviones árabes. Puede afirmarse, entonces, que a partir de ese momento la suerte ya estaba echada: con un dominio absoluto del aire, los israelitas podían vencer fácilmente cualquier obstáculo que se atravesara en su camino.

Así sucedió, en efecto, y las tropas egipcias y jordanas fueron arrolladas entre el 5 y el 8; suerte similar corrieron los efectivos sirios en Golán, entre el 9 y el 10.

Egipto, que contaba con el mayor ejército árabe, sufrió las pérdidas más grandes: 800 tanques, 400 piezas de artillería, 10.000 vehículos, 300 aviones (de un total de 450) y cerca de 30.000 bajas entre muertos y heridos; Siria perdió 60 aviones (de un total de 120) y 100 tanques y tuvo 7.000 bajas; Jordania perdió más de la mitad de sus aviones y 200 tanques y contabilizó 6.000 bajas en sus filas.

Por su parte, Israel apenas perdió 3.200 efectivos, 27 aviones y unos cuantos tanques. Este, pues, el increíble balance del “blitz” israelita, que tenía muy pocos precedentes en la historia reciente.

Si se echa una mirada a la relación de fuerzas de las partes enfrentadas, encontramos que Israel disponía de 264.000 soldados, 800 tanques y 350 aviones de combate, mientras que el bloque árabe contaba con 350.000 efectivos, 1.800 tanques y 600 aeroplanos.

A esto último hay que agregar el respaldo logístico de Egipto, Jordania y Siria recibieron de naciones como Iraq, Arabia Saudita y Kuwait. Empero, las cifras por sí solas no lo dicen todo. Como ya se indicó, a las pocas horas del primer ataque israelí, los árabes quedaron prácticamente sin aviación, y en los escasos combates aéreos que hubo, los aparatos judíos (la mayoría del tipo Mirage III) demostraron una evidente superioridad sobre los Mig-17 egipcios y sirios.

Lo mismo ocurrió en tierra: los tanques israelitas resultaron mucho más eficientes que los egipcios y sirios, tal como se vio en las batallas del Sinaí y las Alturas de Golán. La imagen de un minúsculo país acorralado por media docena de ejércitos más poderosos, hábilmente explotada por la propaganda israelita, fue la que se impuso en todo el orbe en aquellos años.

Sin embargo, los mismos arquitectos de la victoria judía reconocieron luego con excepcional franqueza que la realidad era bien distinta. En 1972 el general Matitiahu Peled declaró: “No existe razón para ocultar el hecho de que desde 1949 nadie se atrevía, o más precisamente, nadie estaba en capacidad de amenazar la existencia de Israel.

A pesar de ello, seguimos fomentando la idea de nuestra propia debilidad, como si fuésemos un pueblo débil e insignificante que, en medio de una angustiosa lucha por su existencia, podía ser exterminado en cualquier instante (…) Sostener que las fuerzas egipcias concentradas en nuestras fronteras eran capaces de amenazar la existencia de Israel no solo es un insulto a la inteligencia de cualquier persona capaz de analizar este tipo de situaciones, sino también un insulto al ejército israelí”.

Y en 1968 Yitzhak Rabin, entonces jefe de estado mayor, anotó: “No creo que Nasser quisiera la guerra. Las dos divisiones que envió el 14 de mayo al Sinaí no eran suficientes para desencadenar una ofensiva contra Israel”.

Esto, en cuanto a lo relacionado con el mito de David y Goliat, expresado por prominentes actores del drama. Ahora veamos cuáles fueron los hechos que condujeron al ataque de Israel y en qué medida estos fueron parte del plan general de Tel Aviv.

La gran trampa

El 16 de junio de 1967, el columnista israelí Ephraim Kishon publicó en el Jerusalem Post una nota alusiva a la Guerra de los seis días, en forma de carta abierta al rey Hussein de Jordania, que entre otras cosas decía: “Veteranos estadistas de estatura mundial cayeron ingenuamente en la trampa que habíamos preparado durante años con el fin de engañar tanto a nuestros enemigos como a nuestros amigos…

¿O puede usted creer por un segundo que todo esto no fue planeado? (…) Seis o siete años atrás decidimos tomar la Ciudad Vieja (sector árabe de Jerusalén). Pero, nos decíamos, no podremos conseguirlo a menos que los árabes nos ataquen primero”.

Y, como veremos, el proyecto israelí consistió en llevar las tensiones hasta el punto en que pudiera lanzar su ataque mostrándose, a la vez, como víctima. Cabe señalar, además, que a mediados de los años sesentas Israel estaba sufriendo una grave crisis económica: en 1967 había más de 100.000 desempleados y el producto nacional disminuía sin remedio.

Desde 1966 del país salían más judíos de los que llegaban, lo que significaba el grave peligro de una crisis del experimento sionista. Una guerra no solo contribuiría a paliar estos problemas, reviviendo la mística por el Estado israelita y ganando más apoyo económico de Occidente, sino que también facilitaría la conquista de territorios ricos en recursos (petróleo del Sinaí) y esenciales para la ampliación y la defensa de Israel.

La consigna árabe de “echar a los judíos al mar”, además de absurda, no hacía sino facilitar los planes militares y de propaganda de Tel Aviv, que a su turno respondía con frases como “aplastar a los árabes” y otras por el estilo. A la guerra de palabras vinieron a sumarse las provocaciones directas, particularmente en la frontera sirio-israelí.

Desde los años cincuentas, Tel Aviv venía incumpliendo los términos del acuerdo de armisticio con Damasco, en el sentido de que ninguna de las dos naciones ocuparía la zona desmilitarizada que las separaba. Según el general Carl von Horn, jefe de la organización multinacional de supervisión de la tregua, “los judíos desarrollaron el hábito de irrigar y arar porciones de tierra árabe, pues el suelo era tan fértil que cada metro cuadrado era una mina de oro en granos”.

Esta práctica llegó al extremo de que el 3 de abril de 1967 el gobierno israelí anunció que había decidido cultivar (de hecho ocupar) toda la zona desmilitarizada, buena parte de cuyas tierras pertenecían a granjeros árabes.

Como era de esperarse, muy pronto se presentaron serios incidentes, como el del 7 de abril, cuando aviones israelitas y sirios combatieron durante horas y varias aldeas árabes fueron bombardeadas. Poco después Yitzhak Rabin proclamó que era necesario “atacar Damasco y cambiar su gobierno”.

Mas el objetivo fundamental de Israel no era Siria sino Egipto, la nación más poderosa del mundo árabe en esa época. Se trataba de amagar en Golán para golpear en el Sinaí. Consecuente con su pacto de cooperación con los sirios, y ante lo que parecía ser una inminente invasión a Siria, Nasser empezó a caminar en dirección a la trampa tendida por Tel Aviv.

A mediados de mayo El Cairo solicitó el retiro de las fuerzas de emergencia de la ONU del Sinaí, que estaban en esta porción del territorio egipcio desde la crisis de 1956, y procedió a desplazar allí dos divisiones. Uno de los puntos ocupados por las tropas egipcias fue Sharm El Sheikh, desde donde se domina la entrada al Golfo de Akaba, o sea el Estrecho de Tirán.

El 22 de mayo Egipto implantó el bloqueo del estrecho a la navegación israelí, decisión que aunque soberana por parte de El Cairo (el estrecho está en aguas territoriales egipcias), fue el pretexto que tanto había esperado Israel para actuar.

La propaganda israelita alegó que el bloqueo configuraba un acto de agresión, un casus belli, una prueba de las intenciones agresivas de los árabes. No obstante, cabe anotar que Egipto no solo estaba legalmente en guerra con Israel, sino que asimismo era aliado de Siria, un país al cual las autoridades de Tel Aviv estaban, según sus propias palabras, a punto de atacar.

En tales circunstancias, ¿no tenía Egipto pleno derecho de controlar como quisiera una ruta que le pertenecía legítimamente y a través de la cual su enemigo recibía material estratégico?
Tal como se había planeado con tanta anticipación, el 5 de junio Israel descargó el primer golpe contra Egipto y en los días subsiguientes dio buena cuenta de todos sus adversarios. Pero el triunfo no fue solo militar; fue también una espectacular victoria de relaciones públicas, pues la mayor parte del mundo aplaudió a David y condenó a Goliat, pese a que el primero estaba conquistado tierras que no le pertenecían y dejando sin hogar a millares de personas.

Al terrible problema de los 500.000 palestinos desplazados por la ocupación israelita de la Franja de Gaza y la margen occidental del Jordán, se agregó el hecho de que Israel había puesto bajo su administración regiones enteras de otros países (Sinaí y Golán) y anexado al sector árabe de Jerusalén, con lo cual se plantaban las semillas de la guerra de 1973 y se agudizaba al máximo el enfrentamiento palestino-israelí.

La Península de Sinaí ya fue devuelta a Egipto como consecuencia de los acuerdos de Camp David entre Sadat y Begin; las Alturas de Golán fueron incorporadas oficialmente al Estado de Israel, y las zonas anteriormente habitadas por millones de palestinos son hoy objeto de una sistemática colonización por parte de los judíos.

Jerusalén jamás dejará de ser judía, de acuerdo con el gobierno israelita. En consecuencia, la mayor parte de las tensiones creadas por la Guerra de los seis días continúan vigentes y lo estarán hasta que se garanticen la existencia y la integridad territorial de todos los Estados de la región (incluido obviamente Israel), se devuelvan los territorios conquistados, y se respete el derecho de los palestinos a tener su patria.

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