El Bloody Mary, un “elixir de vida”

Una breve historia acerca de la bebida por excelencia para acompañar el ‘brunch’.

Publicado originalmente en Revista Diners de octubre de 1977. Edición 91

Cierta vez oí decirle a un francés que si los Estados Unidos fueran atacados por una potencia enemiga, ello no se podría ocurrir sino un sábado por la tarde, cuando toda Norteamérica estaba confortablemente entregada al rito que le rinde al “Bloody Mary”. Desde luego se trata de una exageración, como qu muchos americanos estarán en ese momento jugando al golf o corriendo hacia su club predilecto para instalarse ante una mesa servida de “Bloody Maries”.

La observación del francés de marras constituye una aguda reflexión sobre el increíble papel popular que esta bebida desempeña en Estados Unidos, y algunas estadísticas vienen en apoyo del aserto. Por ejemplo, de los 156 millones de cajas de bebidas alcohólicas vendidas en 1976 en ese país, 28 millones lo fueron de vodka, y los expertos estiman que dos terceras parte de este vodka ha sido vendido como ase para hacer “Bloody Mary”.

A pesar de todos sus ingredientes extranjeros, vodka (que es de origen ruso), salsa Worcestershire (de procedencia inglesa), y salsa tabasco (de base mexicana), el “Bloody Mary” ha sido en los últimos veinte años de la vida norteamericana algo que solamente se puede comparar con el eterno John Wayne, con el béisbol y con los fuegos artificiales del 4 de julio.

El Bloody Mary, sin embargo, tiene sus exigencias como también tiene su atmósfera, No es algo que admita ser tomado por ahí en cualquier cafetín o taberna cerca de la casa. Tampoco tolera que se le beba en una atmósfera oscura, en caurtos sin ventanas o con las cortinas de éstas corridas. Por el contrario, es algo que exige claridad, poltronas y canapés confortables, preferiblemente en recintos con paredes en las que haya obras de arte gratas a la vista, tales como los murales de Maxfield Parrish en el King Cole Bar del Hotel St. Regis, de nueva York.

Es imposible no paladearlo allí, todas las noches, como sé de buena fuente que lo hacen muchos intelectuales. Es una bebida que no exige complicaciones y que es completamente descomplicada. Sirve para festejar triunfos menudos y contratiempos también menudos, pero no sirve, en modo alguno, para iniciar o para terminar grandes negocios.

Vodka + jugo de tomate

Nadie sabe a ciencia cierta en los Estados Unidos, cómo, cuándo, ni dónde apareció el Bloody Mary, como tampoco nadie sabe quién lo trajo ni en qué forma, y n estos campos todas las suposiciones tienen cabida y validez. Por épocas aparecen tipos como Ernest Hemingway o George Jessel que en cierto modo reclama para ellos el invento y la denominación de dicho trago. Más ceñido con la verdad histórica es el hecho de que un propietario de bar de origen francés, llamado Fernand Petiot, que tenía la costumbre de preprarar vodka con jugo de tomate, llevó su fórmula de París a Nueva York en 1934 para trabajar en el bar de King Cole.

No obstante, lo cual James Beard, que es la biblia de los historiadores americanos en lo que de beber y comer se trata, recuerda que solo fue una vez terminada la Segunda Guerra Mundial cuando esta bebida hizo su prestigio de ser el mejor antídoto contra el mortal “guayabo”. ¿Realmente el Bloody Mary sirve para eso?, le pregunté un día. “Todo depende”, me respondió Beard, “aunque personalmente estoy convencido hasta la saciedad de que dos aspirinas tomadas en el momento de irse a la cama después de una noche de farra, permiten una resurrección menos penosa al día siguiente, ya que tomárselas justamente al día siguiente es, por desgracia, un poco tarde”.

Es claro que no tiene mucha importancia eso de saber los orígenes del Bloody Mary, ni saber muy a fondo cómo nació; yo personalmente he hecho expediciones partiendo del Carlyle y del Club 21 en el East, hasta el Polo lounge y Stanford Court Hotel, en el West, probando bloodies, habiendo tenido que recomenzar en seguida por reeducar mi paladar y habiendo dedicado por completo los dos años inmediatamente anteriores a esta, procurando averiguar filosóficamente para qué demonios sirve el bourbon.

Clásicos e Impotables

Al final de la expedición hice una lista de los Bloody Maries realmente clásicos bebidos durante ella, como los que sirve Jimmy Fox en el Hotel Algonquino, de Nueva york, o los que se ofrecen en el Bayou Bar del Hotel Pontchartain de Nueva Orleans, al cual se le agrega un poquito de caldo de res. También hice una lista de los “impotables”, en la cual incluí aquellos bloodies en cuya preparación echan mostaza, “chilli”, menta o toda clase de cosas raras, tanto crudas como hervidas y cuyo común denominador es que han sido disueltas a como dé lugar en una vulgar licuadora. Sorprendido de que la lista “mala” fuera más extensa que la “buena” decidí consultar sin pérdida de tiempo al propietario de mi bar favorito en Nueva York, Frank Conefery, que me dio una corta pero sustanciosa lección sobre el particular.

El Bloody Mary, me dijo, “es básicamente una bebida muy sencilla de preparar pero presenta una cantidad de trampas que es preciso saber evitar. Una mañana Conefery agregó: “Y si hay trampas en las que cae un barman es porque sencillamente este no sirve para el oficio”.

Conefery es un agradable tipo de unos 65 años que lleva una especie de marca de fábrica irlandesa en el rostro y es realmente uno de los pocos norteamericanos que en verdad “Degustan” su profesión. Como podría esperarse de alguien que detesta a quien solicita un Pink Lady, odia a muerte el plástico y lo convencional en un bar.

No pareció extrañarse cuando le dijo que en el curso de mi famosa expedición había visitado sitios reputados en los que se servían mezclas de jugo de tomate y especias, más o menos clandestinamente, detrás del bar, en vez de hacer sus Bloody Maries, como mandan los cánones. Le conté también mi sorpresa cuando en el bar de mi hotel favorito en Los Ángeles me prepararon un Bloody con canela, habiendo sido algo tan sorprendente para mí como para un chico comprobar que su goma de mascar no era elástica.

“No puede ser que un barman digno de ese nombre quien semejantes herejías se atreve a cometer”, sentenció gravemente. “Ese género de aventuras son para reclutas del oficio, para catecúmenos. Es algo que solo puede compararse a la inseminación artificial. Cuando el jugo de tomate o de limón o la lima “sour” permanecen casados mucho tiempo pierden su gusto. Nada puede suplantar a los ingredientes frescos con que ha de prepararse un buen Bloody Mary en el momento mismo de tomarlo”.

He discutido con Conefery, mi erudito de cabecera en la materia, largamente sobre tan espinoso asunto, habiendo llegado a la conclusión de que si en muchas partes existe la costumbre de verterle vodka sobre los demás ingredientes del Bloody Mary, sirviéndose generalmente en las rocas, lo ortodoxo, lo académico y lo indicado es agitarlo todo muy bien en una coctelera.

También se me ocurrió mencionarle a Conefery el gran número de Bloody Mary que se ha popularizado últimamente en los Estados Unidos, tales como el Danish Mary (hecho con aguardiente danés en lugar de vodka); Bloody María (con tequila mexicano), el Bull Shoot (en el que el caldo de res reemplaza el jugo de tomate), el Bloody Bull Shoot (con jugo de tomate y caldo de res), el Virgin Mary (que no contiene alcohol y que por eso mismo se le llama también Bloody Vergüenza), y también debo confesar que, cierta vez en que yo mismo estaba preparando mi Bloody con V-8 o jugo de res, Conefery me miró sospechosamente y me dijo: “no quiero interferir en su propia manera de preparar un Bloody Mary, pero métase en la cabeza que cuando se ha tomado un buen Bloody Mary no se pueden seguir tomando sino verdaderos Bloody Maries que merezcan ese nombre”.

¿Cómo preparar un buen Bloody Mary?

Ingredientes:

1 ½ onzas de vodka
3 onzas de jugo de tomate
El jugo de medio limón
2 o 3 porciones pequeñas de salsa Worcestershire
4 o 6 porciones pequeñas de salsa Tabasco
Sal y pimienta (fresca) al gusto
¼ de limón

Disponga en una coctelera estándar el suficiente hielo en granizo al cual se le mezcla el vodka y el jugo de tomate y enseguida el resto de los demás ingredientes, excepción hecha del cuarto de limón.

Se ajusta la coctelera y se agita durante unos treinta segundos. Cuele el coctel en vasos pequeños o en copas de pie, estilo de las que se usan para vino blanco. Finalmente agregue el cuarto de limón. (Tenga cuidado de no utilizar vasos cuyo contenido sea de más de diez onzas)

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