Tomás Carrasquilla: un novelista de Medellín que no era de Medellín

Retomamos este texto de Uriel Ospina, en el que hace un recuento sobre la vida y obra del “primer gran escritor vernáculo de Colombia”, como él mismo lo define.

Revista Diners de julio de 1977. Edición Número 88.

Conocí a Tomás Carrasquilla, siendo él ya un anciano y yo apenas un niño, en su vieja casona de la calle de Bolivia en Medellín, cuando ya la ceguera lo tenía dominado aunque no abatido. Se le ocurrió llevarnos a su domicilio a un excelente maestro de escuela, (todavía había escuelas y había maestros de ellas), desesperado de sorprendernos en clase leyendo clandestinamente folletos de aventuras idiotas que todavía no se llamaban “cómics” pero que tampoco recuerdo cómo pudieran llamarse.

El hecho es que una buena tarde, tan buena que ni siquiera hubo clase, nos sacó de la escuela y nos llevó hasta la calle de Bolivia, bien conocida en la capital antioqueña porque la bordeaba una doble fila de airosas palmas que debieron haberse muerto de viejas. Además era la única calle que las tenía.

Estaba don Tomás sentado en una silla mecedora, de esas de esterilla con sus pies enfundados en unas pantuflas gruesas y esas sobre un cojín porque quizás el frío de las baldosas podía hacerle daño a pesar de las pantuflas. Nos recibió amablemente desde el ángulo de su corredor, en un patio donde abundaban las iracas y los geranios. Creo recordar también que había, desde luego, jaula con turpial. Veía muy poco el viejo pero conservaba cierto espíritu guasón y sobre todo una realmente enfermiza curiosidad de novelista por saberlo todo de las gentes.

Preguntador “hasta la vejiga” como diría Quevedo, don Tomás. Era lógico que habiendo escrito sobre los niños (“Entrañas de niño”, “Simón el Mago”, “El Zarco”, etc) se interesara inclusive por unos modestos escolares que tan ingratos (al menos ese era mi caso) habrían preferido que se nos hubiera llevado aquella tarde a un potrero cualquiera, donde hubiera guayabas, que a la casa de un escritor del que ninguno de nosotros había leído absolutamente nada pero que, según nos había aleccionado el maestro antes de llevarnos allí, era “el primer gran escritor vernáculo de Colombia”, y debo confesar que tampoco sabía por ese entonces qué era eso de vernáculo.

Algo de negra hornilla quedó de esa visita porque lo cierto es que a poco de realizada ella y en la famosa revista “Vida”, que dirigía en Bogotá Santiago Martínez Delgado, encontré, ilustrado por él, “En la diestra de Dios padre”, el famoso cuento de Carrasquilla que leí de una sola sentada. Fue un descubrimiento. Tenía razón el maestro. Había en los anaqueles de una desordenada biblioteca paternal viejas ediciones, de esas condenadas a no saltar los límites de una provincia, revistas más que amarillas, recortes de prensa sobre temas literarios y naturalmente polillas.

Por ahí andaba casi todo Carrasquilla en forma dispersa. Y por allí también, en una vieja poltrona que algún día en su juventud había debido de ser esbelta pero que en su decrepitud no había dejado de ser confortable (solamente muchos años después de comprarla a ciertas mujeres que en su madurez son más acogedoras y sensuales), me atraganté de don Tomás Carrasquilla en un descubrimiento para mí poco menos que fascinante.

Es curioso que a poco de ello hubiera muerto y tal vez los escolares que lo vimos en su mecedora de esterilla hubiéramos sido de las últimas visitas que recibió antes de morir a los 80 años. No sobra advertir que ello fue en 1938. Vivía don Tomás con un sobrino y en sus últimos años se había dedicado por completo al amable arte de la comadrería en la conversación. Tengo entendido que en torno de su anciana figura se reunían diariamente sus contertulios a pasar repaso, por orden alfabético, de la vida social medellinista, puertas adentro.

Aquello parecía una aduanilla en la que todo nombre, tema o sujeto eran examinados a fondo antes de pasar a la siguiente. Posiblemente era una especie de deformación profesional de novelista. Cien años antes Balzac había dicho que quien no se introdujera muy discretamente en la vida de los demás no llegaría nunca a ser un gran novelista. Ni siquiera un buen novelista.

Don Tomás no era de Medellín. Era de Santo Domingo, un pueblo que él describió como el de las tres efes, a saber, “frío, feo y faldudo”. De familia acomodada, aunque en modo alguno rica, estudió en Medellín en el Colegio del Estado, en donde fue condiscípulo de Antonio José Restrepo.

Nunca llegó a graduarse en nada, entre otras notas porque la guerra civil de 1876 obligó cerrar el Colegio del Estado (hoy universidad de Antioquia); avatares económicos zarandearon a la familia Carrasquilla, llevándolas a trabajar en Bogotá en cualquier cosa, o en una mina como despensero o algo parecido, en Antioquia.

Su trabajo, no bastante, le permitió vivir bien y por ahí en la segunda década del siglo sentó reales donde su sobrino, en la casa citada, y hasta su muerte. Bien sabido es que su vocación literaria despertó cuando en cierto centro literario una noche, Carlos E. Restrepo sentó la tesis de que en Medellín no había materia novelabe. Carrasquilla recogió el guante y para demostrarlo escribió “Frutos de mi Tierra”, su primera novela cuyo escenario es, precisamente, Medellín , y que editada en Bogotá constituyó un sonado éxito de librería. Fue en 1896.

Pocos años después escribió “Grandeza”, cuyo escenario es también Medellín, esa apacible ciudad de comienzos del siglo que como todas las ciudades colombianas de la época, (Bogotá inclusive), eran tranquilas ciudades en las que para hablar a cualquiera de urgencia bastaba con enviar a la criada a que lo buscara “por ài”.

Sobre Medellín, igualmente Carrasquilla dejó páginas maravillosas en la trilogía de “Hace Tiempos” y sobre todo en una columna que escribía para El Espectador, cuando el diario de los Cano tampoco se había venido de Medellín para Bogotá, como parece ser el destino de tantos antioqueños.

También en su obra maestra “La marquesa de Yolombó”, habla del Medellín de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando justamente la actual capital de la montaña no era Medellín, por serlo Santa Fe de Antioquia, (Medellín solo vino a ser capital en 1823, creo).

De todas maneras, sin ser medellinista de origen, Carrasquilla lo era de corazón. Además en su juventud había sido bohemio de los buenos, es decir, de esos que son capaces de correrse la noche de claro en claro empinando el codo o echando a rodar los dados.

Eduardo Castillo, que lo conoció y trató cuando vivió en Bogotá, dejó sobre el particular algunas páginas gratas. Carrasquilla gustaba de meter las narices en todo, que es la única forma de llegar hasta el fondo mismo de las gentes para extraer de allí el material humano de que tanto necesita una novela. Y en Medellín, donde fue estudiante, donde fue periodista y donde concluyó su vida como escritor, vivió intensamente su vida, siendo un testigo del tránsito de la aldea a la ciudad y siendo en ambas protagonista de su vida.

No en vano sabía “donde ponía la garza” en materia de farras, y si no tocó tiple como Ñito Restrepo, fue porque no quiso, porque sencillamente no le dio la gana, dejando que otros lo hicieran para no tener que andar con el “palo” a cuestas, divirtiendo a los demás gratuitamente.

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