Neruda por Skármeta

Como homenaje al nacimiento del poeta Pablo Neruda, el 12 de julio de 1904, retomamos este texto de Antonio Skármeta que publicamos en la edición 412 de julio de 2004.

El gran poeta Pablo Neruda cumple cien años desde cuando llegó a residir en la Tierra, en el sur de Chile. En toda América y en el mundo se celebra el siglo del poeta más popular de todos los tiempos – en Colombia coordinan la conmemoración del expresidente Betancur y Telecom-. Revista Diners le rinde homenaje con un testimonio y versos del poeta, bajo la mirada de Antonio Skármeta.

Mi relación con él, aquella que me inspiró la novela y la pieza teatral que desbocaron en el film Il postino, fue al comienzo tan estrictamente pragmática que confesarla aquí pone un brote de rubor en mis mejillas.

Cuando era niño o algo más, hacia los trece o catorce, solía enamorarme perdidamente cada dos días- y para toda la vida- de mujeres mayores que yo. Pero éstas siempre preferían a los galanes de último año del liceo, expertos en enchuecar la boca para gorjear baladas de Nat King Cole, eximios fumadores de cigarrillos marca Richmond en las eróticas esquinas del instituto y diestros incursionadotes en las blusas de los uniformes de mis amadas platónicas e imposibles.

Ellos sabían hablarles con voz ronca, mirándolas a los ojos, y echando volutas de humo con la precisión de un relojero, mientras The Platters cantaban Smoke gets in your eyes.

En cambio nosotros, los de los cursos inferiores comenzábamos a rascarnos el cuello y las espinillas en cuanto una chica se nos ponía al alcance. Si alguna preguntaba simplemente la hora, nos poníamos púrpura, granate, y un océano de pudor nos hacía transpirar.

Hubo ocasiones en que la vida, ciertas primas celestinas o la caridad, pusieron en mi radio de acción algunas de esas bellezas que amaba con el todo el furor del silencio. Pues bien, ni aun a solas en el sofá del living, la madre ausente jugando canasta, me animaba a decirles algo. Cuando volvía a casa pateando piedras por las calles santiaguinas, las palabras me venían en tropel. Le hubiera dicho esto, o lo otro, mijita. En la soledad de mi barrio, parecía macetero con la cantidad de flores que abultaban mi boca.

Y así iban pasando mis días, yo cocinándome en mi silencio mientras todos los otros se mojaban los labios en las frescas bocas de las muchachas del mundo, cuando cayó en mis manos un libro de Neruda: Todo el amor.

Un año antes había traficado de modo ignominioso con la poesía cuando, para aterrar al profesor de francés que nos enseñaba estribillos inofensivos tipo sur le pont de Avignon, escenifiqué un ballet inspirado en Las flores del mal de Baudelaire. Se trataba de una precaria representación de El vino del asesino, donde sobre la tumba de Baudelaire, hecha de cartulina negra, dos bailarinas se disputaban el alma del francés, mientras mi amigo Pato Carvacho, futuro capitán no golpista de la Fuerza Aérea chilena, tocaba en acordeón El mar de Charles Trenet, uno de los temas galos de su repertorio, que incluía además C’est si bon. Yo recitaba el poema en francés como si tuviera piedras en la boca, y con toda justicia nuestro maestro, le cochon Arenas, me puso solo un más que regular por la performance.

Pero no fue en el rubro de mi bilingüismo donde alcancé fama y popularidad. Las dos bailarinas, traídas de una opaca academia vocacional cercana, aparecieron en la coreografía con ceñidas mallas negras donde se podía apreciar no solo sus tersas curvas sino la insinuación de todas sus hendiduras.

Los patibularios de mi curso le propinaron en agradecimiento una rijosa ovación, y yo pasé a ser el ‘choro’ que había traído las ‘chicas prácticamente en cueros’ al impoluto Instituto Nacional. Dueño de la más perfecta virginidad, tuve que asumir la fachada de una suerte de gigoló, y espantar con empujones a mis colegas estudiantes, que me imploraban con la voz quebrada por “gallitos” que les presentara a mis amigas. ¡Me lo pedían a mí, el más indigente en erotismo!

“Ayúdame a debutar, Ángel de la Guarda” rogaba por las noches con la sábana elevada en un pequeño promontorio.

Todo el amor de Neruda estaba ilustrado con ninfas larguísimas, como las modelos de una revista y yo comencé a elucubrar que ellas eran las figuras reales a quienes el poeta asestaba sus versos. De los dibujos me detuve en las palabras y en pocos días proclamé que Neruda era el ventrílocuo de mi alma.

Ah, los vasos del pecho! Ah, (los ojos de ausencia! Ah! las rosas del pubis! Ah, tu (voz lenta y triste!

Como los niños se enamoran de un trapo o de un objeto y lo acarician día y noche, yo designé al libro de Neruda mi lazarillo. Caminé con el en la más amarga doble soledad: sin una chica al lado y con esos poemazos que me refregaban su ausencia en mis narices.

Por fin, en una tarde de invierno una cierta morena infinita me preguntó en el sofá de su abuelo qué libro era ese. Leímos unos versos hasta que se hizo oscuro, y puesto que ella no tomó la iniciativa de encender la luz, de pronto adiviné que su lengua se deslizaba sobre mis labios y los abría levemente para seguir avanzando hasta mi propia lengua.

El resto fue una deliciosa turbación de difícil detalle que debo ahorrarles a mis honorables lectores. Concretamente, le debo a Neruda haber perdido mi inocencia.

Creo que desde ese momento decidí pagarle algún día la exquisita deuda. Y tal vez en esta provinciana anécdota esté el impulso de mi vocación de escritor. ¡Tenía ya una prueba fehaciente del poder de las palabras!

En un cuaderno marca Torre que reencontré en el baúl de mis padres mientras concebía estas páginas, había estampado con trazos febriles el siguiente informe:

“Bendigo mis torpes gestos de muchacho despeinado y mis palabras prestadas; bendigo su mar sin orillas y la deliciosa tempestad en que me ahogo. Así que esto era el amor. Gracias, don Pablo”.

Nada de extraño entonces que cuando publicara mi primer libro con el título de El entusiasmo (optimismo que mis lectores comprenderán si les juro que en ese momento era joven, flaco, tenía pelo) corriera a casa de Neruda en Isla Negra para rescatar una opinión, y quién te dice, quizás un elogio.

Castigué mi rauda citroneta y llegué con el libro latiendo entre las falanges. Neruda le dio la vuelta por tomo y lomo, lo hojeó aburrido y subiéndose los pantalones me dijo:

-Bien, muchacho. Dentro de dos meses te doy mi opinión.
Dos semanas más tarde hice repiquetear todas las campanas de la Isla Negra.

Cuando el poeta abrió, tuvimos el siguiente diálogo:

-Poeta, soy yo.
-Ya veo.
-¿Lo leyó?
-Sí.
-¿Y qué le pareció?
Neruda levantó la vista hacia unas aves migratorias, seguramente deseoso de emprender el vuelo con ellas.
-Bueno- dijo.
Me llené de rubor y orgullo. El poeta Pablo Neruda encontraba bueno mi libro. Con un pie yo me sujetaba el otro para no comenzar a levitar.
-Pero-añadió bajando abruptamente su mirada hacia mi frente- esto no quiere decir nada, porque todos los primeros libros de escritores chilenos son buenos. –Hizo una dramática pausa-. Mejor esperemos el segundo.

Años después mi relación con Neruda –tras varias peripecias de orden sentimental y picaresco en que lo tuve como padrino y estupefacto testigo adquirió matices más sustanciales.

Hacia 1969 fue precandidato a la presidencia de la República y tuve la ocasión de verlo en campaña política en una humilde población de los aledaños de Santiago. Había llovido y los casi doscientos auditores de su discurso tenían los pies hundidos en el barro. Era gente muy pobre y con certeza su situación les había permitido educarse más allá de los primeros cursos escolares. El poeta concluyó más bien con desgana su arenga y se disponía a bajar de la tarima de madera, cuando la gente se lo impidió gritando “Poemas, poemas, queremos poemas”. Neruda se hizo rogar un minuto y luego sacó un libro del bolsillo.

La imagen de esas doscientas personas, ateridas de frío, acaso sin haber desayunado, clamando por “poemas”, “poemas” se impregnó muy fuertemente en mí y decidí que jamás en la vida iba a olvidarla. Quizás he aquí otra de las modestas claves que me condujeron al libro El cartero de Neruda.

El poeta murió en 1973, diez días después del golpe militar que acabó con la vida de Salvador Allende y, por muchos años, con la libertad en Chile. Con dolorosa sincronización morían el poeta y la democracia. Era casi una metáfora que me ofreciera la historia. Decidí recogerla con unción. En la última página de mi novela El cartero de Neruda le ofrecen al narrador azúcar para su café. Éste cubre la taza con la mano y replica: “No, gracias. Lo tomo amargo”.

Poema 15

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

(Del libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada)

La magia en plena acción. El pasaporte de Neruda, el rompefilas, el salvoconducto, el tierno y misterioso amor repartido como generoso pan. En la mayoría de los Veinte poemas crea un prototipo de amante que obedece a las angustias del hombre contemporáneo a quien el mundo se le ha vuelto un espacio indescifrable y tormentoso.

El poeta que se retrata en estos versos viene de una gran pérdida, es un experto en traficar con soledades, está abrumado por una sustancia existencial que lo daña, y solo consigue una tregua cuando concibe versos que dan cuenta de su precariedad.

Así, precisa del amor, de una receptora de los lamentos con que insufla todas las cosas, y sus palabras entonces elaboran una amada a quien su discurso alcance. Gran parte de la extraña tensión de la mayoría de los versos proviene del hecho de que el poeta nunca nos informe qué ocasionó su soledad y su angustiada ansia de comunicación.

El autor teme perder a la mujer que ama, que esta sea incapaz de su inalcanzable lejanía de acoger su alma maltrecha, y que por tanto lo devuelva a aquella soledad tormentosa que lo hace infeliz. Significativamente, la última frase de los Veinte poemas es: ¡Oh abandonado!

Aunque el Poema 15 exprese la más alta artesanía de un constructor del mundo que es capaz de llenar las cosas de su alma y desde ese terreno no conquistado hacer surgir a la amada, marca también con nitidez la extrañeza de un mundo que le sigue siendo ajeno. Esa elaborada “alma” prestigiosa y conquistadora no garantiza ni la estabilidad ni la certidumbre.

El hermosísimo final, con ese esbozo de presencia, es el más sorprendente verso en este libro, cuya estrategia de conquista es la tristeza. Es un sorprendente fogonazo en este texto que nunca cultiva la alegría, valor que el poeta exaltará años más tarde y que acaso debuta en este happy end.

En enero de 1970, Neruda se extrañó de la popularidad de los Veinte poemas de amor: ¿Cómo este libro, que es un libro amor-tristeza, amor-dolor, continua siendo indefinidamente leído por tanta gente, por tantos jóvenes? Tal vez este libro significó la interrogación juvenil a muchos enigmas, tal vez significó la respuesta a esos enigmas”.

Poema 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos
árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

(Del libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada)

Uno de los más deliciosos poemas de amor de la literatura universal. Afirmo que cifra su encanto en la serena, leve, armónica, confesión del amante, y la turbulenta pasión que se adivina trágica en la contradictoria sobriedad de los versos.

La brevedad epigramática de los versos, agrupados en dos salvo un par de veces, crea un silencio entre ellos que traspasa a los lectores un envolvente ritmo de letanía.

Tres son los grandes protagonistas del poema: la amada, ausente, y definitivamente perdida; la noche, escenario privilegiado de un amor que fue pleno y adecuado marco de belleza para la felicidad; y el sentimiento del poeta que una y otra vez rehúsa acatar lo que la razón le dicta.

Notable es el procedimiento de negar el amor y de inmediato poner en duda la afirmación que la anula, para hacerlo aparecer otra vez vigente, en la forma certera de la duda.

Por ejemplo, en: “Ya no la quiero, es cierto…” (estrofa 13)
O bien en: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero…” (estrofa 15).

El verso trata de poner el episodio de amor pleno en la distancia, y el poeta ofrece contención, racionalidad, las que línea a línea son amenazadas, y lo vuelve a un amor manifiestamente activo.

Tanto, que al final del poema aprendemos que el dolor está vigente, y dudamos, por la dialéctica misma de la organización de todas las estrofas, de que las palabras finales sean los últimos versos que el poeta escribe. Más que una coda definitiva, esa obsesión podría ofrecer –lo intuyo intensamente- una vertiginosa circularidad y el poema recomenzar en “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”.

A la manera de los cd, habría que advertir que esta joya contiene un bonus track. Me refiero a proyectil desprendido del cuerpo del poema que goza del estatus de verso independiente en el reino de la fama: es tan corto el amor, y tan largo el olvido.

El tigre

Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.

El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.

Desnuda te sumerges.
Espero.

Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.

Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.

Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.

(Del libro Los versos del Capitán)

Este sorprendente poema de Los versos del Capitán que lleva como título general “El deseo” es uno de los tres textos, junto con “El cóndor” y “El insecto”, donde se celebra la amorosa fuerza de la naturaleza en excitación erótica.

La transformación del poeta en un tigre y la construcción de un contexto selvático tiene mucho de una visión pictórica, irreal, como ese río blanco bajo la niebla.

La suma de las cinco primeras estrofas en esta escenificación de la lúdica barbaridad con su creciente tensión y violencia, contrastan con la melancólica ironía del duelo del tigre que rumia obseso por la eternidad la ausencia de su bella víctima. Los tigres siempre han fascinado a los poetas, que ven en ellos un espectáculo cumbre de la naturaleza.

Notable es el contraste entre este animal todo fuego y melancolía, por ejemplo, y los tigres de Jorge Luis Borges, obsesión del maestro argentino que les dedicó poemas, artículos y relatos. En Historia de la noche elige, en su breve texto “El tigre”, un animal enjaulado delicado y fatal que es un tigre arquetípico porque el individuo es toda la especie. Lo define como sanguinario y hermoso y hace decir a una niña que está hecho para el amor.

El tigre de Neruda hace el amor, asesina y bebe sangre.

Por cierto que en la esfera de ideas y reflexión borgianas estamos muy lejos del abrupto y sensual ejemplar único de la fiera de Neruda. En este pequeño zoológico común se puede ver cuán distinto rugen las líricas de estos dos grandiosos latinoamericanos.

Según los cronistas, Borges y Neruda se encontraron una vez cuando jóvenes en Buenos Aires y luego cortésmente hicieron lo imposible por no juntarse otra vez. El crítico Alastair Reid fue quien caló más hondo en este distanciamiento que en ambos inspiró esporádicos peñascazos contra el otro. Según su artículo de marzo de 2004 en la revista mexicana Nexos, Neruda habría escrito a un amigo la siguiente gentileza sobre el famoso genio: “Borges me parece demasiado preocupado por los problemas de la cultura que a mí no me atruenen absoluto, que no son humanos… En torno mío siempre veo menos ideas, siempre más cuerpos luz del sol y sudor”.

Recomiendo una lectura comparativa de estos dos breves textos para ver en sus micromundos cuán diferentes son estos dos “tigres”.

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