Los últimos días del Muro de Berlín

Con motivo del fallecimiento Helmut Kohl, arquitecto de la reunificación de Alemania, retomamos este análisis de Henry Kissinger de junio de 1989, cinco meses antes de la caída del Muro de Berlín.

Con motivo del fallecimiento de Helmut Kohl -conocido como el canciller de la Alemania Federal y luego de la caída del muro de Berlín, canciller de la Alemania reunificada- recordamos este análisis exhaustivo de Henry Kissinger un político germano-estadounidense, recordado por su labor como Secretario de Estado de los Estados Unidos.

Revista Diners de noviembre de 1989. Edición Número 236

Este último año ha sido testigo de una asombrosa evolución en las relaciones Este-Oeste. En el mundo comunista reina la confusión: la alianza occidental intenta diseñar un proyecto que le permita las nuevas realidades. No obstante,retórica occidental se encuentra estancada categorías familiares que se relacionan ya sea con catecismo arcano del control de armas estratégicas o con una diplomacia orientada a “ayudar” a Gorbachov La Unión Soviética está perdiendo el control sobre la cuestión política en Europa oriental y, al propio tiempo, Estados Unidos está dejan- do de ejercer su dominio tradicional sobre sus intereses de seguridad en Europa occidental.

Cuatro factores explican esta situación: a) la tendencia cada vez más pronunciada que manifiesta Europa oriental hacia su independencia de la Unión Soviética;b) las perturbaciones del orden que numerosas repúblicas de la Unión Soviética han protagonizado con miras a obtener autonomía;c) la voluntad decreciente por parte de Europa occidental y Estados Uni dos de soportar el peso de la defensa, y las presiones cada vez mayores en favor de la reunificación de Alemania.

Para la próxima reunión cumbre en la primavera, si bien se perfilan buenas probabilidades de progreso sustancial en la negociación de un acuerdo START, también es cierto que tal acuerdo no guarda relación directa con el peligro central emergente. La “ayuda” brindada a Gorbachov tan sólo contribuirá a la paz si el líder soviético está dispuesto a colaborar en la estructuración de un sistema internacional más estable. Y, en ese caso, los occidentales no le estaríamos ayudando a él sino a nosotros mismos.

Cualquier análisis sustentado en un interés mutuo debe partir del reconocimiento de que el punto de apoyo de las tensiones internacionales ha retornado a su lugar histórico de origen, en el centro de Europa. Cualquier proyecto que se contemple para Europa deberá poner fin tanto al dominio político soviético sobre Europa oriental como a la posibilidad de una confrontación militar entre las super potencias en el centro de Europa En el transcurso del próximo decenio, las fuerzas terrestres norte americanas y soviéticas deberán retirarse progresivamente de Euro pa central, conforme a lo estipula do en las negociaciones, y los equipos bélicos ofensivos de la URSS en particular los tanques, deberán regresar a las profundidades de Rusia.

Europa del Este ha sido escenario de los cambios más sorprendentes. Luego de ejercer el monopolio sobre la educación, la propaganda y la burocracia durante cuatro décadas, el partido comunista polaco tan sólo logró quedarse con una de las curules en disputa en las primeras elecciones libres celebradas en Polonia desde la Segunda Guerra Mundial. Es probable que el partido comunista de Hungría se divida en dos grupos en su próximo congreso; según las encuestas, hoy en día cuenta con un apoyo popular cercano al 40 por ciento. Y aunque Checoslovaquia no ha permitido celebración de comicios libres de seguro su partido comunista e igual de impopular.

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Como resultado, Moscú está a punto de perder el control sobre la evolución política de Europa oriental. Tradicionalmente, los partidos comunistas se han justificado a sí mismos como fuerza de avanzada de la historia, convencidos de que su destino es conducir -y de ser necesario obligar- a la mayoría por el grandioso sendero de la ortodoxia comunista.

Por lo tanto, los países comunistas que flirtean con la democracia confrontan un dilema filosófico: si se vuelven demócratas auténticos, dejan de ser comunistas verdaderos. Si siguen siendo comunistas intentarán debilitar el nuevo sistema democrático, por ejemplo culpando al sindicato Solidaridad por la austeridad requerida para superar el caos económico que dejaron tras de sí los comunistas. Sin embargo, sean cuales fueren sus motivos, los dirigentes de los partidos comunistas de Europa oriental se enfrentan a un hecho nuevo y contundente: al haber perdido la capacidad de convencer mediante el terror, tendrán que someterse a la opinión pública, apelando al nacionalismo y desafiando a Moscú.

Al menos por el momento -y mientras no se impugne su participación en el Pacto de Varsovia- el monolito comunista se está debilitando con el consentimiento de Moscú. Según parece, el sostenimiento de gobiernos comunistas en Europa del Este por la vía militar resulta demasiado arriesgado para una dirigencia soviética renuente a poner en peligro su nueva imagen, tan diligentemente forjada. Es posible que Moscú confíe en que, en último término, las reflexiones sobre el interés nacional mutuo, reforzadas por la proximidad geográfica, sustituyan, menos en parte, la conformidad ideológica.

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Aún no puede saberse si esta estrategia funcionará en Hungría o en Polonia. Pero en Alemania oriental no tiene cabida. Allí, el partido comunista no puede invocar sentimientos nacionalistas, porque dichos sentimientos son contrarios a la existencia misma del estado alemán oriental.

Por definición, y cada vez más por sus políticas, Alemania Federal conserva latente la esperanza de reunificación. El dilema de Alemania del Este consiste en que su oposición a la reforma le conferirá un carácter anacrónico, en tanto que la liberaliza desvirtuará su razón de ser. Así pues, el dilema ideológico de Europa oriental se convierte en el dilema geopolítico de la Unión Soviética.

También en el seno de la Unión Soviética existen tendencias hacia la desintegración. Sin duda Gorbachov lanzó el glasnost y la perestroika bajo el supuesto de que una menor represión por parte de Moscú significaría un mayor apoyo a sus reformas. No obstante, las nacionalidades no rusas -en particular aquellas anexadas como consecuencia del pacto entre Hitler y Stalin- marchan al son de sus propios tambores. Este sentimiento popular está tan arraigado que incluso los partidos comunistas locales se han sentido obligados a desafiar a Moscú. En el marco del glasnost, la descentralización económica -esencial para la perestroika- libera presiones autonomistas, si es que no deseos de emancipación total.

Hasta el momento, las advertencias ominosas de Gorbachov no han surtido efecto alguno. El 23 de septiembre, el parlamento lituano por una votación de 74 contra 0 declaró nulo el pacto Hitler-Stalin e invalidó la anexión a la Unión Soviética.

Numerosos dirigentes occidentales parecen creer que estas tendencias sólo requieren como respuesta dosis sensatas de asistencia económica. Defiendo con firmeza la idea de aumentar sustancialmente la asistencia brindada a Polonia y a Hungría. Pero esto no sustituye un proyecto con respecto al futuro de Europa. Un imperio estructurado por la fuerza en período 400 años no se desintegrará pasivamente. la alianza occidental se verá sacudida por esos mismos acontecimientos que hoy celebra.

Durante 40 años, la Alianza Atlántica se ha mantenido unida por el temor ante una posible agresión militar soviética. Como respuesta a esta amenaza ha estructurado fuerzas convencionales integradas, reforzadas por armas nucleares estacionadas en Europa y apoyadas por una dependencia definitiva de la disuasión nuclear norteamericana. Ahora cada uno de estos elementos está siendo amenazado. El fermento que se observa en el mundo comunista ha hecho que la agresión soviética parezca menos plausible, y la personalidad de Gorbachov le ha conferido a la diplomacia soviética un aspecto casi benigno, sobre todo en Alemania Federal.

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La combinación de presiones presupuestales negociaciones sobre control de armas y euforia generalizada ya está tentando a muchos a reducir unilateralmente las fuerzas convencionales de la OTAN. No sólo es casi imposible combatir la oposición a la modernización de las armas nucleares de corto alcance en Alemania occidental, sino que todo el aparato nuclear emplazado en territorio alemán está siendo cuestionado. La desnuclearización de Alemania pondría en peligro el pacto político que durante cuatro décadas ha permitido destacar fuerzas norteamericanas en Europa. Finalmente, un acuerdo START debilitará los fun
Finalmente, un acuerdo START debilitará los fundamentos lógicos para iniciar una guerra nuclear, lo que reduciría aún más la credibilidad de la disuasión nuclear estadounidense.

Las inclinaciones de ambos estados alemanes exacerban esta tendencia a la división. Cualquier gobierno oestealemán va a querer que la población de Alemania del Este tenga los mismos privilegios que los que ya disfrutan los pueblos de Polonia y Hungría. Como resultado, el activismo german occidental se ha acentuado por toda Europa oriental. A los dirigentes políticos de la República Federal Alemana les gusta subrayar la supuesta misión histórica que debe cumplir Alemania en Europa oriental -una idea asombrosa, sin el menor asidero histórico y que probablemente genera resquemores en Europa del Este A menos que mantenga su política exterior bien circunscrita a un marco europeo y su política de seguridad estrechamente relacionada con la OTAN, Alemania Federal podría volver a incurrir en error histórico de autoaislamiento y convertirse en blanco de las sospechas occidentales y de los intentos soviéticos por refrenar las tendencias centrifugas de su imperio.

Tanto Oriente como Occidente confrontan el desafío de configurar una nueva concepción sobre el futuro europeo. En lo que respecta occidente, precisa definir tres proyectos: el de defensa en una era de presupuestos cada vez más exiguos y de oposición creciente contra la presencia nuclear norteamericana eno Europa central; el de políticas control de armamentos que le otorguen mayor libertad a los pueblo de Europa oriental; y el diseño de controles políticos que contengan la presión soviética sobre Europa occidental dominio de Moscú sobre Europa oriental, lo cual reemplazaría parcialmente el poder militar, hoy en proceso de erosión.

La Unión Soviética confronta un desafío aún más complejo. La presencia masiva de sus tropas en el territorio europeo consume recursos económicos y plantea a Moscú la elección entre la humillación de cambios políticos funda mentales con sus tropas todavía presentes, o una represión consecuencias impredecibles con La prueba de estabilidad está en si por primera vez en la historia, Europa puede convivir en equilibrio con un imperio ruso, sin que ninguna de las partes tema ser invadida por la otra. Si esto es lo que quiere Gorbachov, merece un apoyo generoso. De no ser así, su gobierno habrá sido un interesante episodio sicológico en la ruta hacia el aventurerismo, o a la represión, o a ambos.

Asumiendo que opte por la primera opción, el nuevo sistema de seguridad podría incluir los siguientes componentes: las fuerzas terrestres soviéticas destacadas en Europa retornarían a su territorio nacional; los equipos ofensivos soviéticos -en especial tanques- ubicados al occidente de Moscú se limitarían bajo inspección internacional. A cambio, Estados Unidos tendría que estar dispuesto a retirar por etapas, durante los años noventa, la mayor parte de sus fuerzas terrestres estacionadas en territorio europeo. A ambas superpotencias nucleares se les permitiría mantener en Europa fuerzas aéreas y equipos previamente determinados, como señal de advertencia del riesgo inadmisible de guerra que se correría en el evento de un ataque.

Una reestructuración militar de tipo inevitablemente colocaría este van el futuro de Alemania en la vanguardia de la política europea, pues Alemania oriental confrontará nuevas presiones internas, sobre todo cuando se retiren las fuerzas terrestres soviéticas. No obstante la cuestión alemana ya no se puede eludir. Si se quiere mantener la cohesión occidental, los aliados de Alemania deben proponer un programa plausible que satisfaga las aspiraciones germánicas sin desestabilizar a Europa central.

Como contribución a tal programa, Alemania Federal deberá aceptar las actuales fronteras alemanas y abandonar la ambigua retórica oficial, según la cual sólo renunciará opción de fuerza si cambian los mites. Esta es la precondición para las negociaciones tendientes a instituir un sistema conveniente de elecciones libres para Alemania del Este quizás inspirándose inicial en modelo polaco. Lo más probable es que proceso como un el redundaría en un fusión de la estructura doméstica de las dos Alemanias. En ese punto es esencial que el plausible garantía cambio extendería las tal OTAN hacia el Este tal vez creando con tiempo el
una confederación de los dos esta dos, quedando Alemania oriental prácticamente desmilitarizada.

Yo preveo un proceso en tres etapas. La primera sería la reducción de fuerzas contemplada en la propuesta presentada por el presidente Bush el pasado mayo. En esta fase deberá establecerse el principio sobre el retiro total de las fuerzas terrestres soviéticas, por ejemplo efectuándose el repliegue total de por lo menos un país euro peo, que podría ser Hungría.

La siguiente etapa establecería cuatro zonas de seguridad: desde el Atlántico hasta el Rin; desde el Rin hasta la frontera oriental de Alemania Federal; desde dicha frontera hasta la soviético-polaca, y de esta última hasta el área de Moscú. Las fuerzas destacadas al occidente del Rin y entre la frontera polaco soviética y Moscú serían aproximadamente iguales, así como lo serían las fuerzas a lado y lado de las líneas divisorias en los sectores centrales.

La última etapa -hacia fines del decenio- sería la celebración de elecciones libres en Alemania oriental, luego de lo cual dicho territorio sería regido de manera semejante al modelo austriaco, tal vez formando una federación flexible con Alemania Federal.

Obviamente, tales metas no se pueden alcanzar rápidamente Pero sin algún concepto sobre la nueva Europa, se corre el grave peligro de caer en una serie de crisis que los países claves no podrán controlar. Por otro lado, un nuevo enfoque podría relacionar el control de armamentos con la evolución política, ayudar a desarrollar la estabilidad, restituirle a Europa sus dimensiones históricas y sus tentar el relajamiento de tensiones sobre bases más permanentes.

*La foto de portada se ve a Helmut Kohl, quien dirige a una multitud en Alemania del Este en el 1990. Detrás se ve un cartel que dice:”Dios salve a nuestro canciller, el precursor directo de la unidad alemana”.

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