Participación: ¿el signo de nuestro tiempo?

En 1969, Diners definió así al mundo y los cambios que vivía la sociedad. Retomamos este texto para que nuestros lectores decidan: ¿Ha cambiado realmente el mundo desde entonces, o seguimos enfrentando los mismos malestares?

Publicado originalmente en Revista Diners No. 37, Diciembre 1969/Enero 1970

La ambigüedad del mundo actual es manifiesta. Por ello todo intento de definición es inepto.

Podemos decir aisladamente: mundo del cambio y la aceleración, mundo de la instantaneidad histórica, de la revolución científica y de la crisis de la sabiduría; mundo a la vez centrifugado y en expansión, donde coexisten sensibilidades diferentes y valores dispares. Mundo de la esperanza y la amenaza, del gesto airado y la perplejidad. Empero, existe el hondo atisbo de que estamos en la provisionalidad y que el mañana será distinto y de que todos correremos una suerte conjunta. Hay el sentimiento confuso de que seremos herederos de algo grande: de una hecatombe o de una redención colectiva.

Como ciegos palpamos el muro y presentimos la vecindad de una gran puerta. ¿Cuál es el signo de los tiempos?

Estamos inmersos en los medios masivos de comunicación, que trabajan en su tarea de alimentar la demanda creciente de imágenes y símbolos y en transformar al consumidor mediante la infusión de apetencias en disonancia con los valores tradicionales de las grandes culturas. Es decir, que se hace una nueva cultura general no jerarquizada por lo trascendente, lo moral o lo estético sino por lo grato, impactante y exitoso.

Radio, cine, televisión, la industria de la propaganda, de la prensa, el relacionismo y las técnicas de publicidad obran sobre un esquema de cantidad y no de calidad; no están construidas para el hombre sino para la masa. Este inmenso acarreo de formas, sonidos, incitaciones y valores penetran en el yo anónimo, lo saturan de impulsos, preferencias y gustos.

En una palabra lo direccionan. Se trata de la más grande empresa solo posible como culminación de la era industrial. Pero a diferencia de las industrias generales ésta no es aparencial, no produce bienes sino reacciones. Está dirigida indiscriminadamente a quien pueda comprar, viajar, experimentar y consumir algo de bienestar y la saciedad hedonística.

El impacto de los medios masivos de comunicación ha desbordado el área de las sociedades opulentas, de suerte que tanto pobres como ricos son invitados a esa feria de las maravillas. Los negros congoleses, los húngaros, los nativos de la Nueva Guinea, los hombres de nuestro continente están inundados de las formas de vida estadinenses y europeas. Son impulsados a compartir los mismos deseos y a utilizar los medios que hacen tan eficaz y seductora la existencia de algunos pueblos. Este ejemplo, volcado en el interior de las sociedades oprimidas, o subdesarrolladas, desata inconteniblemente la revolución de la apetencia.

Como vivimos el fin de las historias nacionales y estamos en la gestación de la historia de todos, para los países en vía de desarrollo o de liberación esto significa acelerar etapas, condensar pocos años en sucesos trascendentales y ahorrarse la experiencia de otros, apropiarse de la tecnología y la organización más eficaz, asumir una nueva disciplina social, entrar al juego de los grandes. Tarea casi desesperante, pues sus metas se alejan en vez de aproximarse. Solo que psicológicamente tales metas se sienten como derechos ya adquiridos.

¿Qué piden los muchos a los pocos, los desposeídos a los poderosos, los pueblos niños a los pueblos gigantes? Sencillamente más equidad en el intercambio de productos, en la prestación de la técnica, en el servicio de capitales, en las reglas aduaneras, en los proyectos de inversiones. Toda esta prosa internacional se reduce a una sola consigna: más participación vital.

La democracia actual es entendida como oportunidad. De los abstractos dogmas libertarios hemos llegado a los concreto en seguridad, servicios, oportunidades. La competencia con el socialismo se libra en la mayor participación ofrecida a cada cual en el marco de la comunidad. Los dos sistemas convergen a un mismo propósito, aunque sus expresiones políticas los distancien espectacularmente.

Es cierto que la compactación del planeta y el sistema de comunicación de masas representa el intento de crear una supracultura sobre las culturas tradicionales o locales. Mas frente a la tendencia uniformista o masificadora —que es sin duda la gran amenaza de alienación individual— se alza el impulso por acentuar lo concreto nacional y ancestral.

Ello aparece en la mayoría de los movimientos direccionados contra el colonialismo cultural. O en fenómenos como la Negritud, opuestos a que el neoafricano sea un europeo de piel oscura y a que el negro de los Estados Unidos se asimile renunciando a su herencia, inexistente como tradición pero recuperable como designio.

En Asia principalmente es vivo este sentimiento de lo propio, exceptuando a Japón, el pueblo más mimético, atareado en la apropiación de todas las formas y técnicas de Occidente pero inmune a la contaminación de su espíritu. ¿Cuál es el último sentido de esta resistencia al poder aglutinante y homogenizador de la supracultura? La única respuesta valedera es que lo vernáculo y sustancial pugna contra la marejada niveladora para subsistir y participar en el futuro.

Este acendramiento de lo propio es también patente en la juventud, sea ella rebelde, marginada o relativamente transaccional, ya que no existe juventud conformista. La brecha de las generaciones, que era fenómeno recurrente pero ordenado y pintoresco como un cambio de guardia, se ha dramatizado ahora por el distanciamiento colosal de sensibilidades y el consecuente rechazo juvenil de asumir el sitio y las banderas de sus progenitores.

Ser joven es inmenso privilegio que no se quiere compartir con gentes mayores de 30 años suspectas de conformismo. La juventud se ha convertido en una clase.

La revuelta de mayo que dio al traste con el gobierno de De Gaulle mostró el carácter inasible de una revolución sin otros objetivos que la revolución misma. Las demandas estudiantiles iniciales y las complicaciones posteriores de tipo laboral eran epifenómenos, pues se trataba del conflicto por el conflicto mismo, indefinido y progresivo.

Es evidente que los jóvenes piensan que se les niega el derecho a modelar su propia circunstancia, lo que sienten como mutilación vital. Por ello exigen más participación en el dirigismo universitario, acceso a la planeación educativa. Pero logrado todo ello, no se extingue la demanda.

Sencillamente se traslada al reclamo social, al grito abierto. Esto ocurre en países donde la educación es accesible y general y en países como el nuestro, donde resulta privilegio de muy pequeña minoría. No son ilógicos en su actitud, ya que al dejar la universidad los espera la capitulación individual frente al orden establecido que en el fondo detestan. Por tanto son irreductibles y su demanda de mayor participación no conoce medida.

La protesta pacífica resulta más insidiosa y difícil de enfrentar que el activismo de los radicales. De espaldas al mundo del consumo, la competencia, el lucro y el poder se alzan los hippies. Impasibles, ascéticos a su modo, voluntariamente pobres, están redescubriendo en su tranquilidad desesperada las comarcas de la indiferencia, el cultivo del ocio, la meditación en el yo alucinado, el amor instantáneo y libre al aire libre.

Asociales y asignificativos, nada afirman. La fluidez de la organización, unida a su increíble latitud de influencias que van del Kama-Sutra a las Florecillas de San Francisco, los hace especialmente contagiosos, irradian sobre todas las zonas de la juventud. La moda actual les debe mucho de su extravagancia lírica y la nueva amoralidad encuentra en ellos peligroso paradigma. ¿Pero acaso su total negativa no envuelve un máximo de reclamo, no entraña una demanda desesperada de participación?

El arte moderno, esa gran experiencia que empieza con el siglo rompiendo violentamente con la sensibilidad general y obligando a las gentes a la percepción de valores completamente nuevos, ese arte que en todas sus ramificaciones fue tendencia, búsqueda, y que nunca pudo definirse kantianamente como “finalidad sin fin”, pues llevaba implícita una metafunción, parecía culminar con lo abstracto absoluto en una subjetividad irreductible.

Empero la explosión del Pop Art y el Op Art invadiendo lo cotidiano y jugando sabiamente con lo físico optométrico empezaron a englobar lo social, a incorporar lo usual y masivo. El espectador era invitado no solo a ver sino a sentirse incorporado. Nació así el “happening”, que es una especie de charada envolvente donde el espectador, el artista y la obra forman un todo, un conjunto captado por la forma de arte. ¿Esta tendencia no representa acaso el abandono de la posición solitaria y ensimismada del artista por otra abierta y profética que clama por la mayor participación del mayor número? El arte actúa quizá inconscientemente bajo este común denominador de la época.

La transformación que vive hoy el catolicismo es fenómeno tan amplio y apasionante que no podemos acercarnos a él en forma tangencial. Empero hay algo resaltante. Los laicos, considerados antes como la rama marginal frente a la jerarquía que monopolizaba el título de iglesia, están hoy compartiendo su carácter sacerdotal implícito en su condición de bautizados.

Dialogan y forman parte de la asamblea eclesiástica. Grupos carismáticos asoman en diferentes partes y aportan su mensaje, no siempre fácil de captar. Un sentimiento de responsabilidad intransferible derivado de la propia conciencia individual hace que los cristianos rasos busquen preferentemente su integración en la obediencia lúcida y no en el fondo de temores extraños a la libertad propia de los hijos de Dios. Hay una nueva forma de diálogo y espontaneidad dentro del cual parece más valedera la discrepancia auténtica que la sumisión inauténtica.

El sacerdocio ha sido conmovido en su raíz no solo por la tendencia cada vez más explícita de la opcionalidad del celibato sino en la relación de sacerdote a obispo.

Dispersos en parroquias y mensteres específicos, los sacerdotes constituían la anónima frontera entre el pueblo y la iglesia. Carecían de la capacidad de enriquecer con su opinión y actitud la dirección eclesiástica.

Hoy han pasado a la condición de hombres comprometidos y tienen un mensaje que aportar a la iglesia. Tal paso ha sido causante de sangrientas o clamorosas rebeldías que brindan abundante material al escandalo y a la propaganda política. Pero el fondo positivo es el cambio de la actitud jerárquica, ahora más fraterna en relación con el sacerdote.

Se ha clausurado en Roma recientemente el Sínodo convocado para tratar el problema de las relaciones entre el papado y los obispos, para armonizar la autoridad suprema del Pontífice y la colegialidad apostólica de los otros pastores. Mayor autonomía local fue la voz dominante, mayor consulta a las conferencias episcopales nacionales, mayor acceso a las formulaciones doctrinarias. En una palabra, mayor participación en el gobierno de la Iglesia.

¿Nos encontramos frente a una crisis universal de autoridad? Tal podría ser la primera apariencia del fenómeno. Empero, en ninguna de las esferas que hemos analizado se trata de liquidar la autoridad sino de compartirla. Hay el deseo vehemente de estar allí, de participar en la tarea cuyo riesgo es acierto o desacierto.

Lo que esencialmente se pide es acceso a la responsabilidad. Lo impresionante del fenómeno es su latitud y longitud que va de lo individual infantil a lo internacional y complejo, que afecta lo cultural y lo económico, lo fáctico y lo ético, lo mundano y lo religioso trascendente. Estamos alboreando una época donde todos reclaman su parcela de quehacer y su carga de historia.

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