Famosos escritores que escribían mientras bebían

Dostoievsky, Edgar Allan Poe, Malcolm Lowry, Omar Khayam, Baudelaire, Juan Rulfo, Catulo, Hemingway y hasta San Francisco de Asís. Los escritores de todos los tiempos han encontrado en la magia ritual del alcohol una inagotable fuente de inspiración y alegría.

Revista Diners de junio de 2002. Edición 387

Siempre recordaré la memorable ocasión en que acompañé a mi abuelo a su última visita al médico. El olor a naftalina que reinaba en el consultorio hacía sentir enfermo hasta al más saludable de los mortales. Fue la última vez que él se acercó a ese consultorio y que se dejó tratar por cualquier otro médico. El hombre detrás del escritorio, voluminoso, envuelto en su sepulcral bata blanca, le espetó un insulto que mi abuelo siguió recordando en sus pesadillas más difíciles: “Amigo mío, a usted lo que lo tiene tan mal es que ha tomado mucho trago en la vida”.

De inmediato mi abuelo, con un estrepitoso puñetazo sobre el escritorio del galeno, y una mirada glaciar rígida que penetraba sin misericordia los monumentales anteojos del pobre hombre, nervioso detrás de su bata, le explicó su filosofía de vida: “Si estoy tan mal doctor, es porque he tomado mucho menos de lo que debería”.

Seis años después me enteré en la página de obituarios del periódico que el doctor había muerto. Mi abuelo, quien acababa de cumplir 79 años el funesto día del veredicto del médico, lo sobrevivió 18 años más. Murió a los 103 años y su último delirio de bohemia tuvo lugar unas cinco horas antes de su deceso.

Él nunca escribió una línea, excepto por las escasas letras que le dolía estampar en los cheques cuando hacía pagos a los proveedores de su droguería. Pero leía. Leía mucho. Y sentía una extraña simpatía por los escritores dipsómanos o por quienes sólo lograban escribir con el impulso noble del alcohol.

Un día lo sorprendí leyendo El viejo y el mar de Hemingway. Solo suspendía la lectura para ingerir un largo trago de ron. “Es para honrar al maestro”, me dijo. “¿Sabías que Hemingway fue el mejor bebedor de todos los tiempos y que su bebida favorita era el ron?”. Pocos días después lo encontré muy serio, casi desesperado, con el enorme tomo del Ulises de James Joyce entre las manos. Durante esos días solo bebía vino blanco, el preferido del irlandés, y si yo me dejaba pillar me obligaba a tomar una copa y me obligaba a tomar una copa y me recordaba: “Joyce comparaba al vino con la electricidad, y al vino tinto, que lo detestaba, lo llamaba bistec licuefacto. Nunca lo olvides”.

Así, gracias a la afición de mi abuelo por la literatura remojada en licor, fui aprendiendo poco a poco a apreciar a Faulkner y su whisky de centeno, las miserias de Dostoievsky y su vodka, las dificultades gramaticales del Nobel Günter Grass y su afición por la cerveza. Y bajo el volcán de Malcolm Lowry aprendí a beber decenas de licores a la vez, sin que me temblara la mano con la que sostenía el libro. Y gracias a Graham Greene y Francis Scott Fitzgeraald me sumergí en la champaña y supe que si estaba buscando alguna verdad, esta era el licor indicado, mucho más aun que un detector de mentiras.

Porque, ¿qué fue primero? ¿El licor o la literatura? Alguna vez escuché de labios de Juan Rulfo que los dos eran regalos de Dios, los dos emborrachaban y los dos escondían la felicidad bajo sus faldas. Quizás fue el autor que más en serio se tomó el licor. Después de escribir El llano en llamas, Pedro Páramo, y el guión de El gallo de oro, algún médico – quizás pariente del de mi abuelo- le prohibió el alcohol. Jamás volvió a probar el tequila, pero de igual manera, el mexicano jamás volvió a escribir. Su médico había matado su felicidad, su borrachera, su dios.

No todos tuvieron la mala suerte de Rulfo. Omar Khayam, por ejemplo, el célebre poeta persa, no sólo dedicó buena parte de sus Rubaiyat al vino, sino que escribió sus hemistiquios gracias al amable impulso báquico. O ya hace 20 siglos, Catulo, el poeta romano, que en Inedia de sus insignes borracheras declaraba divertido a todo el Imperio, entre gritos y risas, que un hombre tenía que ser un verdadero estúpido para emborracharse. Fueron hombres felices y de cerebro más ágil que sus contemporáneos, pues dominaron el demonio del alcohol y lo sometieron para enriquecer sus ideas.

No deja de rondarme la cabeza la vieja historia que cuentan sobre Dostoievsky. Adicto al vodka, tahúr e incluso hijo de alcohólico, decidió reconciliarse con la vida redactando un libelo muy breve en contra del alcoholismo, llamado Los borrachos. Se ayudó tanto de su ruso vodka, que terminó escribiendo Crimen y castigo. Durante los últimos siglos, y no sólo entre los escritores, la pasión por el licor se ha iniciado con la cerveza. Australianos, latinoamericanos, europeos, los escritores al norte y al sur del Río Bravo, todos empezaron por una alianza sacra con la bebida de cebada. También recuerdo que fue la primera prueba a que me sometió mi abuelo. Por esos días se ocupaba en la lectura de EI enano de Par Lagerkvist, un gran bebedor de cerveza. En un solo día me endilgó 21 cervezas. También declaró que era mi mayoría de edad. Yo tenía doce años. “Un escritor sin cerveza es un abuelo sin nietos”, decía.

La cerveza es la primera musa de la escritura, la más inocente pero también la definitiva, y sin ella Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Thomas Mann y José Saramago se habrían sentido como los más áridos de los escritores. ¿Estarían perdidos los escritores sin licor? Seguramente no todos. Pero Edgar Allan Poe se habría quedado sin Cuervo y quizás sin el terror demencial, casi de delirium tremens, de sus macabras historias. Francisco Quevedo y Lope de Vega habrían vivido aburridos sin su vino y el Siglo de Oro habría lucido opaco, demasiado sobrio para alcanzar la genialidad. Malcolm Lowry y Samuel Beckett habrían perdido lo delirante de sus narraciones y obras de teatro sin el apoyo decisivo del whisky, y Manuel Mejía Vallejo, el paisa de La casa de las dos palmas, habría estado tan aburrido sin aguardiente que quizá jamás se hubiera sentado a escribir.

El octanaje alcohólico, sin ninguna duda, se ha suavizado durante los últimos años. Ayer pasaba exactamente por el mismo sitio en el que mi abuelo, acompañado de algunos amigos, y de vodka o cerveza según el caso, comentaba a Maiakovski o a Herman Melville, y me encontré un nuevo grupo de bebedores, cuarenta años más jóvenes que el grupo de mi abuelo, hablando, con la ayuda de algunos vasos con Baileys, de Bukowski y Burroughs. Hoy entre los escritores esta es una bebida con mucho prestigio. Pero no la conocieron Raymond Chandler, Lawrence Durrell ni Dylan Thomas, que embriagaron sus obras con los más fuertes whiskies. Y mucho menos los autores malditos de la generación Beat, como Allen Ginsberg y Jack Kerouac, quizá los más democráticos de los bebedores, quienes jamás tuvieron prejuicios sobre qué tomar. Una lata de cerveza les venía tan bien como un buen litro de ginebra. “¿Morir borracho?”, se preguntó un día Kerouac, su principal adalid. “Vale la pena si se ha de vivir de la misma forma”. Y cumplió.

“Escribir bajo el efecto del alcohol”, escribía Malcolm Lowry-y lo hacía precisamente bajo el efecto del alcohol- “es una elección como tantas otras. Y creo que es la mejor elección de mi vida”. Lowry escribió toda su obra bajo la tutela del licor. Los probó y manejó todos: whisky, ginebra, vodka, ron, tequila e incluso mezcal, quizá la bebida más brava de todo el mundo conocido. Mi abuelo, frustrado, dejó de leer a Lowry porque nunca encontró mezcal.

Yo estoy seguro de que si a Noé le hubiera dado por escribir, lo habría hecho la noche de la providencial borrachera que le ayudaron a contraer sus hijos. Justo de la misma
manera en que yo escribo hoy, envalentonado primero por dos tragos largos de vodka y tres un poco más cortos de whisky.

Y apuesto mis falanges y las de mi abuelo muerto hace ya tiempo, que las mejores páginas de Álvaro Mutis provienen de su afición a los cocteles y al buen licor de las altas tierras escocesas. Y que Vargas Llosa y García Márquez serían hoy más Vargas Llosa y García Márquez si no se hubieran inventado la disciplina que los aleja del delirio alcohólico a la hora de sentarse frente a la máquina de escribir. Y que sin cerveza las eternas novelas de Günter Grass dejarían de ser cuento largo para convertirse en folletines insípidos. Y que Julio Flórez sin chicha habría sido más aburrido que Miguel Antonio Caro y que el mismísimo José Eusebio, abstemios los dos y por lo tanto escritores demasiado educados.

Mariano Azuela y el tequila. Kazuo Ishiguro y la cerveza- que los japoneses llaman sake, pero yo juro que sabe igual que la cerveza- lván Bunin y cada uno de los mil tipos de vodka de la estepa transiberiana. Baudelaire y el ajenjo. Rimbaud y todos los licores del universo. Fitzgerald y el whisky que suavizó su muerte. Jean Genet y un exótico licor que jamás entendió mi abuelo. Federico García Lorca y el buen vino. Mi abuelo. Yo. Después de todo, como decía Verlaine, lo único que nos separa del cielo y de la gloria mientras estamos vivos es un buen vaso de licor.

Resultó gratificante encontrar hace algunos días, entre los papeles que navegan en la biblioteca que fue de mi abuelo, un estudio publicado en 1973 por la Universidad de Berkeley. Los científicos -todos abstemios, vale la pena aclarar- encontraron que de cada 100 personas 97 se acompañaban de un vaso de licor para escribir una nota de amor, una carta de renuncia, o una propuesta de negocios. Después de todo, no hace falta ser un bohemio dipsómano para sentir, de cuando en cuando, la fuerza inspiradora del licor.

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