¿Fue Miranda amante de Catalina la Grande?

Don Francisco de Miranda no pasó exactamente como don Nadie por los salones imperiales de San Petesburgo. ¿Hubo algo bajo las imperiales sábanas?

Revista Diners de enero de 1983

Hace poco, al comentar un libro de la escritora argentina Adelia Viera sobre el Precursor Francisco de Miranda, encontré una vez más la versión de que aquel sorprendente “gran colombiano”, el más merecedor de tal nombre, se desenvolvió intrépida y deleitosa mente como amante de Su Majestad Imperial Catalina II, Emperadora y Soberana de todas las Rusias, derivando de ella, como diría emocionado el doctor Ernesto Carlos Martelo, múltiples, exquisitos y memorables favores. No creí estar recogiendo ninguna noticia extraordinaria, sino por el contrario lo hice con la mayor naturalidad, pues aquellos supuestos amores pertenecen a las narraciones convencionales de nuestra historia.

Tuvo Miranda una trayectoria novelesca desde la clase media caraqueña hasta los ambientes más refinados de Europa, y de éstos a la lucha y la muerte. De la Emperatriz es fama que cuando le gustaba un caballero, le gustaba de verdad y en grado superlativo. Luego – pensé-blanco es …

Pero me salió Argos al quite, y esto implica palabras mayores, por cuanto Argos, hasta donde llegan mis conocimientos, no se equivoca nunca. Hombre, Fabio, no charles, no seas carrieludo… Me anotó que yo había caído, como un alpargatón, en un tonto invento tropicalista para magnificar a Miranda, sin base en realidades ni documentos. ¿Qué hacer? Tomé el libro sobre Catalina la Grande, de Henri Troyat, que leía uno de mis hijos, y no hallé en él ni la sombra del Precursor. Busqué en varias enciclopedias que estaban a la mano: nada de don Pacho. En gran síntesis, me di cuenta de que los historiadores de este lado del Atlántico consideran que los goles eróticos de Miran· da fueron tan emocionantes como los del Brasil en los esta· dios del viejo continente, y los del otro lado los ignoran o los niegan. ¡Ah!, malvados. ¿Cómo se dejó Argos colonizar por ellos?

Me trasladé a la correspondencia de Miranda. Es indudable que tuvo contactos notables con la Soberana y su Corte. Se lee la presentación que hace el Conde de Bezborodko, por orden de Catalina, a todas las casas reales europeas, del venezolano, siendo éste oficial del Rey de España. No es una carta cualquiera: expresa que Su Majestad tiene especial deseo en el buen éxito de la gestión de Miranda, para quien solicita los mejores tratamientos y atenciones, y que si llegare a ser necesario, le ofrezcan reyes y príncipes “su propia casa por asilo”. No pasó, pues, como un Don Nadie don Francisco por San Petersburgo. Pero ¿hubo algo bajo las imperiales sábanas?. Ninguno de los papeles del copioso “Archivo de Miranda” resulta comprometedor, para decepción de los que gritamos “¡gol!”. Va ganando Argos.

Si hubo algo, ¿los silencios epistolares serian señal de prudencia? ¿Por qué –arguyo- habrían de serlo? Catalina II era una fanática de la seducción. Si Miranda le gustó, podemos imaginar que el asunto no se quedó de ese tamaño. Pero le seguimos dando, en juego limpio, las de ganar a Argos.

En otras páginas, nos encontramos con lo siguiente: Miranda le narra a Su Majestad que la carta de presentación le fue muy útil y le agradece otra, no menos útil: una carta de crédito. Les escribe también al príncipe Potemkin y al general Mamonov sobre los mismos asuntos. Catalina lo puso, como se ve, en buenas manos para los efectos políticos. El “goce· tas” del Argos no dejó pasar el sugestivo nombre de Mamonov para añadirle picante al mondongo amoroso de Su Au· gusta Persona, a quien vuelve Miranda a escribirle para contarle lo de los viajes que realizó por Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza y Francia y “poner a sus pies los testimonios de un profundo reconocimiento y de mi devoción inviolable”. ¿Sería lo único inviolable de esta historia? Le envía luego un libro que considera que le será de interés. ¿Con una violeta adentro, como se acostumbra en Manga?, preguntará delicadamente el doctor Martelo.

Miranda no era, en ningún caso, un personaje inferior a la posibilidad de ser el amante de una reina. Luego de las inciertas hazañas de alcoba en Rusia, y antes de su acción de héroe y mártir en Venezuela, fue general victorioso del ejército francés contra Alemania, y se lo sometió ante la Convención a un juicio que se considera hito en la división entre jacobinos y girondinos. La gran política revolucionaria giró en torno a él: los destinos de Robespierre, Danton, Marat, madame Roland, Brissot, Vergnie au, Lanjinais, dependieron del suyo. Su elocuencia derrotó el gusto de Fouquier·Tinville por la guillotina, y se ganó el aplauso delirante de una muchedumbre de poetas y arengadores, prostitutas, borrachos y mendigos, como complemento de la fascinación que siempre había causado en los círculos altos.

¿No podía, además, haber sido amante de Catalina? El pudibundo don Pedro Fermín de Vargas, en carta de 1800, manifiesta que el “grosero artificio” de ciertos decires sobre las relaciones entre Su Majestad de todas las Rusias y don Pacho de Miranda es cosa de “los godos”. No habiendo podido avanzar más en la investigación, opto por echarles la culpa de todo este “rollo” a los godos, mientras logro seguir, con el auxilio de Argos, averiguando.

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