Qué hacer para mantener las relaciones entre padres e hijos, según un psicoanalista

Bruno Bettelheim es más que un gran psicoanalista. Es un teórico con sentido práctico, con sensibilidad. Esta entrevista revela su sabiduría para entender las relaciones entre padres e hijos.

Revista Diners de mayo de 1989. Edición 230

Bruno Bettelheim, uno de los últimos alumnos de Freud, es famoso por sus estudios sobre el autismo. Su libro, No hay padres perfectos, está dirigido, especialmente, a las madres.

Lo más chocante, al leer su libro, es que educar a los niños hoy no es tarea fácil

Es cierto. ¡Todo ha cambiado tanto! Un amigo me contaba que, en una ferretería a la que había ido a comprar, atendían el ferretero y su hijo de 17 ó 18 años. El padre decía a su hijo lo que tenía que hacer, y el hijo se defendía muy bien. Los dos llevaban la tienda y era evidente que sus relaciones eran excelentes porque trabajaban juntos, sabían lo que hacían, se conocían perfectamente. Es algo muy poco frecuente en nuestros días.

Y eso era antes lo normal

Absolutamente. Los padres encauzaban la vida de los hijos, les enseñaban lo que ellos sabían, y eso les era útil a los chicos. Ahora los padres trabajan fuera de casa, en cosas en las que no pueden hacer participar a sus hijos. Me sorprende mucho que, de los diez mandamientos, sólo el cuarto habla específicamente de padres e hijos.

¿Qué dice?

No dice ama a tus padres, lo que correspondería a las esperanzas de los padres modernos. Dice «honrarás a tu padre y a tu madre. Honrar a los padres es muy fácil si se trabaja con ellos. El hijo del herrero honrará espontáneamente a su padre al verle sacar el hierro de la fragua y darle forma. Ver que el padre es competente produce un sentimiento de admiración, y el padre experimenta una enorme gratitud porque su hijo le proporciona esta sensación narcisista. Esto no es fácil que ocurra hoy.

Hoy no tenemos el privilegio de saber hacer cosas. Mañana es el cumpleaños de mi hija y quiere que le haga un pastel, pero yo estaría más segura comprando uno hecho. Lo único que va a ver la pobre es a su madre angustiada leyendo la receta, peleándose con el horno, con miedo de echarlo a perder todo. A mí me gustaría quedar bien delante de ella.

Por supuesto. Ella quiere que su madre haga eso por ella; su deseo tiene otro sentido. Y es muy importante, a pesar de la incompetencia, o precisamente debido a ella. Se dará cuenta de que está usted haciendo un esfuerzo. Sin duda, por eso insiste. Quiere ver a su madre tomándose la molestia de hacer algo para complacerla, y eso es importante. Pero no es más que un ejemplo de costumbres que han desaparecido.

Recuerdo muy bien cuando soñaba con el día en que podría recompensar a mis padres por todo lo que me habían dado. Y para los hijos es una decepción no poder acoger a sus padres en casa cuando se hacen viejos.

Es cierto. De hecho, es prácticamente imposible. Mi libro habla de los hijos, no de los viejos, pero hablemos un instante de este tema porque forma parte de un todo. Nuestra sociedad no sabe qué hacer con los viejos ¡Viven tanto tiempo! Era mucho más fácil cuando la esperanza de vida era más corta. Por el contrario, los hijos aduran antes. Por término medio, las niñas tienen la regla dos años y medio antes que en 1900. En la antigüedad se decía que la madurez sexual iniciaba la edad adulta. Hoy los jóvenes son púberes a una edad más joven, y sin embargo van todavía al colegio, por lo tanto, son dependientes más tiempo. Esto conlleva a dificultades para los hijos, que se sienten adultos pero son tratados como niños al no tener independencia económica. Así viven con sus padres, que les proporcionan todo lo necesario y esperan algo a cambio.

Tener hijos supone, a la vez que una gran esperanza, una gran angustia. Lógicamente la angustia debería ir disminuyendo a medida que el hijo crece, pero pasa lo contrario…

Desde luego. Surgen problemas nuevos, relacionados totalmente con el hecho de que se les tratan como niños cuando ellos saben que ya no lo son. Ahí está el dramal de la droga. Parece casualidad que se inicie durante los años de la enseñanza media, cuando los jóvenes se forman sexualmente. Se sienten casi adultos, y ni el Estado ni los padres lo reconocen. Y reaccionan a ello. Es interesante constatar que los jóvenes conocen frecuentemente la droga en el colegio. Piensan que el colegio no es un buen lugar para ellos, y tratan de escapar.

Sí. Es fácil de decir, pero ¿Cuál es la solución? Puede que el colegio no sea un buen sitio, pero no hay otro…

La sociedad no propone otro. Es trágico. A menudo, he sugerido que la escuela esté ligada a actividades mucho más adultas. Por ejemplo, que los jóvenes de unos dieciséis años se ocupen de los bebés de otras familias. Se aprende mucho más fácilmente con los hijos de los demás: hay menos ansiedad, amor, responsabilidad, y surgen menos problemas. Por ejemplo, saber que los bebés son sólidos es importante para no sentir miedo. Los niños de las ciudades tienen pocas oportunidades de vivir esos momentos fundamentales, algo corriente en las estructuras familiares de antes. Para los jóvenes padres de ciudad el primer hijo es, a menudo, el primer bebé que ven en su vida, y se sienten intimidados por su propio hijo.

Existe un fenómeno curioso en nuestros días, el de que los hijos mayores ya no abandonan el hogar. Y, en cambio, a la mayoría de los padres les gustaría que lo hicieran. Para las personas de la generación anterior era al contrario: nosotros estábamos deseando irnos para vivir nuestra vida.

Los jóvenes de hoy hacen en su casa lo que antes no podían hacer si no eran independientes. En particular, como usted dice, vivir sus aventuras sentimentales. Entonces, ¿por qué no aprovecharse? Además, tienen miedo de que afuera les vaya mal, así que se quedan. Es duro para los padres que el hijo se vaya del nido; después de todo, aunque protesten, están contentos de que el hijo dependa de ellos. Pero esa es otro prueba de cómo la situación social, los largos estudios, entre otras causas, interfieren con el ritmo natural de crecimiento.

¿Estaría a favor de tener guarderías en las empresas donde trabajan los padres?

Totalmente. Es una idea excelente, que implica un cierto ajuste de horarios para que los padres puedan, por ejemplo, compartir sus comidas con los hijos. Y esto debe ser la solución del mañana, ya que, si no, las mujeres terminarán perdiendo el gusto por el trabajo. Las mujeres acaban de conquistar el mundo profesional de los hombres, pero la humanidad necesita de varias generaciones para asimilar los cambios.

Cuando vuelvo del trabajo, sueño con las dos o tres horas que me quedan hasta que los niños se vayan a la cama. Me digo que tiene que ser un momento perfecto. Y todos los días encuentro a los pequeños frente al televisor, la niña no ha hecho las tareas, el niño está adormilado.

Hablemos un poco de la televisión, ya que no lo he hecho en mi libro, que he dedicado más a las relaciones padres-hijos. Mi primera observación es que a través de la televisión, los niños están al corriente de las tensiones del mundo entero antes de haber aprendido a cruzar la calle solos. De muchas maneras la televisión desprecia a los niños y, al mismo tiempo, les exige demasiado. Hay una contradicción.

¿De qué modo desprecia la televisión a los niños?

Por ejemplo, con algunas series que presentan héroes que resuelven problemas de modo inmediato y sumamente fácil. Esa es una enseñanza desastrosa, porque el niño ve que, en la vida real, las soluciones no se encuentran tan fácilmente, y se siente un cero a la izquierda en comparación con los héroes. El otro desastre es que, de un episodio a otro, y a pesar de los dramas que ocurren en el episodio anterior, los héroes no cambian. Como J .R., en Dalias: no aprendo nada de sus experiencias. Esto me parece peor que el espectáculo de la violencia. que es malo, por supuesto, pero no tanto. Si nuestro héroe sale hoy de un mal paso y vuelve a pasar por una situación semejante a la semana siguiente, ¿dónde está la esperanza? El interés de los problemas e incluso de los dramas de la vida es, precisamente, salir de ellos más maduro, enriquecido, capaz de encararlos de otro modo.

Una pequeña pregunta. ¿Por qué los niños pequeños, poco hábiles, están tan deseosos de ayudarnos a poner la mesa o a arreglar cosas, mientras que a los trece o catorce años cuando podrían hacerlo bien, no hay manera de conseguir que lo hagan?

Es porque el deseo de independencia de los adolescentes es tan grande, que se defienden todo lo que pueden. Pocos padres comprenden esto. Los niños de estas edades quieren, en el fondo, que los protejan como cuando eran pequeños. Muchas de las negativas de estos adolescentes no están dirigidas a sus padres, sino a sus tentaciones interiores. A su edad se admite mal ese deseo de seguir siendo un bebé, y eso se resuelve contra los padres. ¿Entiende lo que quiero decir?

Sí, sobre todo si recuerdo cómo era yo a esa edad

Mire, mucho en la educación tiene un sentido aparte de lo que se desvela en la propia infancia. He tratado de decir esto a lo largo de mi libro: uno comprende a su hijo cuando se comprende a sí mismo

Las mujeres de hoy, como trabajan y dominan la contraconcepción, tienen a sus hijos más tarde que antes. ¿No cambia esto la maternidad?

Sí. Cuanto mayor eres, más alejado estás de la propia infancia, eres menos curioso, estás menos concentrado en el niño. Eres mucho más claramente padre. La madre muy joven es ella misma más niña. Su hijo es un pequeño compañero de juegos. Cuanto más joven es la madre, y por muchas razones, tanto más cercana al niño se siente. Pero puede que también lo explote más. Los padres mayores están menos atentos, pero son más maduros. Cada edad tiene sus ventajas.

Dice usted que la lectura es esencial, porque en los libros se encuentran respuestas a los problemas de la vida.

Desde luego. Recientemente tuvo lugar una querella entre profesores, porque se creía que Julio César, de Shakespeare, era una mala iniciación a este autor. Pero un viejo profesor ha dado a conocer su testimonio sobre el tema: cuando era un joven soldado, durante la guerra, se repetía a sí mismo los versos de Julio César que había aprendido en la escuela y que citó de memoria: “los cobardes mueren diez veces antes de su muerte; el valiente solo prueba la muerte una vez”. ¿Observa la utilidad de la lectura? ¿Ve la diferencia con esos folletines insípidos? Las buenas lecturas son textos que te dicen cómo es la vida en realidad. Ese joven soldado, en el momento más crucial de su vida encontró ayuda en el recuerdo de una lectura que le había sido impuesta en la escuela.

Los padres de hoy se quejan de que sus hijos no leen.

Si no leen nada, puede que sea por varias razones. Los padres que leen mucho pueden crear un resentimiento en los niños. Estos pueden pensar que los libros les roban a sus padres. Y además, demasiados padres presentan la lectura como una obligación sin sentido.

La cultura es una buena prevención contra las dificultades de la adolescencia?

Seguro. La cultura conlleva el respeto a uno mismo, la dignidad. Los que se drogan, por ejemplo, tienen una pobre opinión de sí mismos, puesto que huyen hacia el
sueño que les proporciona la droga. Nadie se droga sin tener una buena razón, una necesidad imperiosa de escapar de una situación insostenible, como la falta de respeto
a sí mismo. De ahí esos sueños de gloria, de poder, de importancia, que proporciona la droga. La cultura te otorga esa riqueza. Sin tener en cuenta que, además, te da tantas cosas apasionantes para descubrir, que nunca quieres perder el tiempo en paraísos artificiales: al contrario, procuras conservar toda tu inteligencia para aprovechar la cultura.

Hay que confesar que es un placer ver hasta qué punto somos importantes para nuestros hijos jóvenes.

Sí, es el verdadero placer de tener hijos. Para ellos somos el centro del mundo. Luego, más tarde, nos hacen pagar por ello, porque es necesario que se liberen de nuestra influencia. Les fue útil, pero en su momento. La madre, sobre todo, es para ellos el centro del mundo.

A causa de los divorcios, muchos niños son educados hoy solamente por la madre. ¿Cuáles son las consecuencias de esta situación?

Todo depende del modo en que se haya producido el divorcio. Es crucial que el padre acepte el papel secundario, si es la madre quien tiene la custodia de los niños. Debe aceptar el hecho de que él no es el principal educador; en caso contrario el niño no sabrá ya ni dónde está su lugar, se sentirá desgarrado, y eso es malo. La mayoría de los niños creen, en su interior, que si los padres los hubiesen querido lo bastante, habrían seguido juntos. Piensan que no han sabido retener a su padre o a su madre. Eso es muy difícil de superar. En cambio, cuando los padres saben seguir siendo buenos amigos, el niño puede enfrentarse a ello.

Mis hijos me han enseñado que la reacción a un acontecimiento puede salir a la superficie mucho tiempo después de haber ocurrido

Deme un ejemplo. Usted me conoce. Necesito vida auténtica, no me sirven generalidades abstractas.

Pienso, por ejemplo, en la muerte de mi suegro el pasado otoño. En aquel momento, mi hijo, que tenía tres años y medio, pareció asimilarla con la pena esperada, pero sin traumas. Dos meses más tarde, sin embargo, me di cuenta de que estaba enfermo a menudo y, sobre todo, deprimido. No jugaba con sus juguetes, estaba postrado.

Ya se sabe. Una muerte en la familia le recuerda al niño que él también es mortal, y puede llevarle tiempo asimilar tal escándalo.

Además, es un hecho: ¡somos mortales! ¿Qué decir a un hijo para confortarlo?

Que su abuelo ha tenido una vida larga, completa y feliz. Eso me recuerda a mi hija Naomi. Cuando tenía cinco años, un buen día se puso a filosofar en la mesa: “Entonces yo voy a crecer y ustedes van a morir, y mis hijos crecerán y yo moriré”. Eso es la vida.

Woody Allen dice que el hombre no vivirá alegre mientras se sepa mortal.

Esa es precisamente la sal de la vida. Sólo tenemos un cierto tiempo por delante, y hay que hacer algo que merezca la pena.

¿Cree que los padres deben contar su pasado a los hijos?

Depende del espíritu con que lo hagan. Si se trata, como en la mayoría de los casos, de mostrar al niño la suerte que tiene respecto de sus padres, no tiene sentido . Lo único que verá es que sus padres, en el fondo, están un poco celosos de él. Además, él no tiene por qué asumir el pasado doloroso de quienes lo han traído al mundo.

A veces, sin embargo, dudamos en evocar ciertos recuerdos; que yo detestaba el colegio, por ejemplo. ¿Puedo confesar esto a mis hijos?

Desde luego. Yo también detestaba el colegio, pero traté de sacar el mejor partido de ello. Este recuerdo le ayudará a usted a admitir que el niño, después de todo tiene derecho a que no le gusten todos sus profesores, sobre todo porque algunos son francamente detestables, aunque los haya maravillosos. Pero el hecho es que el colegio es una obligación impuesta por la ley. Esta obligación, lógicamente, desencadena reacciones de rechazo, aunque sea por nuestro bien.

Efectivamente, es por el bien del niño

B: Sí, y no solo gracias a la enseñanza que procura. También es importante para el niño estar con otros de su edad. Las amistades que se hacen en clase cuentan mucho. Pero los niños no ven esas amistades como algo bueno por parte del colegio. Las amistades que se hacen en clase cuentan mucho. Pero los niños no ven esas amistades como algo bueno por parte del colegio. Las consideran como su propia victoria sobre él. Añadiría que, en general, se concede demasiada importancia a los éxitos escolares. No son tan determinantes en el éxito de una vida. Un gran profesor muy conocido me decía recientemente: “Lo más importante que se aprende en clase es a ser más astuto en el sistema”. No hay nada de malo en ello, porque saber defenderse contra todos los sistemas es útil en la vida.

He leído con especial interés su capítulo sobre los castigos, ya que los padres nos vemos enfrentados a ellos constantemente. Cuando nos aves ya cómo hacerte obedecer, ¿qué otro recurso te queda?

Una vez más, necesito un ejemplo. No nos ahoguemos en la teoría.

Pienso en mi hija, que como un cerdito, tira el vaso, se cae de la silla…

¿Y cree usted que a los siete años puede portarse mejor?

Sí, el otro día la mandé a comer a la cocina. Yo estaba muy nerviosa. Pero lo peor de todo es que cuando fui a buscarla para tomar el postre, se había ido a la cama sin dar las buenas noches.

Se trata solo de una niña llena de salud. Se venga. Muestra el efecto que produce ser rechazada, que no está enteramente a su disposición. Que coma de modo sucio es otro signo de salud. Los niños que se portan mal en la mesa son los que disfrutan verdaderamente de la comida. Déle tiempo de que crezca, de que prefiera hacer como usted y comportarse debidamente. No tenga tanta prisa.

Hábleme de los celos entre hermanos y hermanas. Las casas donde hay niños se reconocen rápidamente por los salvajes alaridos que lanzan ellos cuando se pelean.

Los celos son totalmente inevitables y necesarios. Están ligados a los padres, porque, entre ellos los niños acaban arreglándose. Si se. meten los padres, y lo hacen
principalmente porque no soportan esa merma de amor fraternal todo se complica, porque los celos son una característica humana y van unidos al amor. Los niños Sienten celos porque compiten por el amor de sus padres. En las familias numerosas, como la de mi padre, que tenía nueve hermanos, el acuerdo espontáneo es de orden jerárquico. Se venera al mayor, que protege a os mas pequeños, hay demasiados niños y los padres no pueden hacerlo todo. Desde luego, el mayor es el jefe, pero sabe que esto conlleva un deber de protección.

Precisamente en este sentido va mi pregunta: ¿cuál es fa diferencia entre la educación de una familia numerosa, con tres o cuatro hijos, y la de una familia hoy clásica, con sólo dos hijos?

La verdadera diferencia está en las familias de cinco o más hijos. En ellas, los niños aprenden mucho unos de otros: se copian, se respetan, cuentan con los mayores, y a la
inversa. Hay más celos en las familias más reducidas: acaparan a los niños más de lo que los enriquecen. Es el precio que tienen que pagar las familias pequeñas. Por supuesto, los padres se concentran más en cada hijo, pero la presión es mayor. Cuando tienes tres hijos, quieres que triunfen los tres. Cuando tienes diez, sabes que los diez no van a ser excepcionales.

Siempre le he oído citar a Freud diciendo …

…. que «es preciso saber trabajar bien y amar bien». Sí, lo que entendía por trabajar bien era respetar el propio trabajo, que sea útil a la sociedad. No trabajar por dinero, ya que siempre se puede ganar más, y eso supone una frustración constante. Por el contrario, una ocupación que satisface procura a la persona alegrías muy personales, nunca iguales para todos. En el fondo, el adulto que experimenta esa alegría y, además, teje lazos familiares, amistosos o amorosos fuertes y duraderos, lo ha aprendido ante todo de sus padres. Ese es el tesoro que hay que transmitir. Pero para transmitirlo hay que tenerlo. Por eso lo que es bueno para los hijos es bueno para los padres.

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