Dos leyendas indígenas que cuentan el origen de las preciosas esmeraldas de la región cundiboyacense

Existen bellísimas leyendas sobre las esmeraldas que son parte de la mitología universal y, muy en especial, del acerco cultural de nuestros aborígenes, en particular de los muzos.

Revista Diners de enero de 1989. Edición 226

Hoy en día nos recreamos trayendo a nuestra memoria aquellos aconteceres que dominaron el espíritu humano para explicar toda suerte de fenómenos en el lejano pasado, desde las cosas más elementales hasta la existencia misma y su culminación con la muerte. Todo esto a través del mito y la leyenda. Este es el caso, por ejemplo, de las gemas y de algunas piedras preciosas que en el pasado no tenían explicación alguna de su génesis, por lo que los pueblos se acogían a la fantasía para satisfacer sus inquietudes. Así, existen bellísimas leyendas sobre las esmeraldas que son parte de la mitología universal y, muy en especial, del acerco cultural de nuestros aborígenes, en particular de los muzos.

Cuando los hispanos irrumpieron en la meseta andina, propiamente en lo que hoy son los departamentos de Cundinamarca y Boyacá se deslumbraron con las riquezas de los caciques nativos, y quedaron extasiados con las esmeraldas que exhibían algunos de ellos. Su ambición no tuvo límites cuando supieron que en la región de los muzos gobernaba una hermosa cacica de nombre Fura-Tena, cuyo trono estaba adornado con las más bellas esmeraldas; que tenía un bohío cuyo piso y paredes eran de esmeraldas; que en la región dominada por ella existían riquísimas minas de esta maravillosa gema.

La infiel Fura-Tena

Cuenta el mito que la tierra estaba cubierta de flores y frutos de toda especie, pero que estaba vacía y triste, puesto que no existían los seres humanos. El dios Are, que regía los destinos de la Tierra, se percató de la lobreguez de ésta por no tener seres humanos que la alegraran, y decidió crear una especie que la poblase. De la orilla de un caudaloso rio tomó dos largos juncos y con el soplo divino los convirtió, a uno en hombre, y en mujer al otro. Los llamó, respectivamente, Fura (macho) y Tena (hembra). Al darles vida les encomendó reproducirse y poblar la Tierra. Ellos serian felices y no conocerían ni el dolor ni la muerte y sí dichas sin límites. Desde luego esto tendría una condición: que fuesen mutuamente fieles. porque a cualquiera que traicionase al otro con el adulterio le sobrevendrían todos los males. Luego de formular esta exigencia, Are desapareció en los confines cósmicos, rumbo a su morada celestial.

La vida de Fura y Tena transcurría bucólica, feliz. Empero. un día un apuesto joven según él, una hermosa piedra verde que daba la inmortalidad a los seres humanos. Inútil era la búsqueda. Sin embargo, algo insólito se estaba fraguando por los lados del Destino. El joven se encontró con la bella cacica Tena, a quien le comunicó la razón de su presencia en esos contornos. Al cabo de mucho insistir el gallardo joven, la cacica accedió a ayudarlo en la pesquisa. Así pasó el tiempo, hasta que el joven y Tena se enamoraron locamente el uno del otro. Y ese amor se consumó.

Pero el tiempo no pasaba inútilmente. Tena comenzó a sentir remordimiento y fue entonces cuando decidió retornar donde su abandonado esposo Fura. Desde el mismo instante en que este vio a su esposa, adivinó todo lo ocurrido: ¡su mujer le había sido infiel! Las arrugas y el marchitamiento de la cara de Tena y de su cuerpo no dejaban duda alguna de que ella había violado el mandato del dios Are. Su inmediata reacción fue la de quitarse la vida, lo que hizo abriéndose el pecho. Su mujer, desesperada, lo tomó en sus brazos y, según la costumbre, lo colocó sobre las rodillas. Así debía permanecer durante ocho días, sin que en momento alguno lo desamparase. La envejecida Tena, llena de remordimiento, lloraba incansable. Y por voluntad de Are, esas lágrimas iban tomándose en hermosas esmeraldas. al ser besadas por el
Sol.

Un hijo del sol

Dentro de la mitología y la leyenda aborígenes, hay otra de singular belleza: aquella de Goranchacha. Cuenta la tradición que un poderoso cacique tenía una hermosísima hija, cuyos rasgos de belleza eran incomparables. En una ocasión la caciquilla salió a recorrer el bosque vecino y en un claro, sobre un lecho de flores silvestres, se tendió para regocijarse mirando el cruzar de las nubes. De pronto un rayo del sol la iluminó. De inmediato sintió que algo extraño, muy inquietante, sucedía dentro de ella. Tímidamente le reveló a su padre lo acontecido. Este comprendió de inmediato que su hija estaba embarazada por voluntad divina. por el Sol que la había fecundado con sus destellos.

Sabiendo el origen divino de lo que sucedía, se sintió honrado y se llenó de alegría. Y divulgó el acontecimiento por todos los confines de su dilatado cacicazgo. Las gentes supieron entonces que muy pronto nacería en su tierra un hijo del dios Sol.

Llegó por fin el momento feliz del alumbramiento. y para sorpresa inicial de todos. la hermosa y virgen caciquilla dio a luz una resplandeciente esmeralda, que impresionaba por su verdor. que rivalizaba con los campos por los destellos que irradiaba. La morada del gran cacique se convirtió en lugar de peregrinación y a él acudían de todas las comarcas vecinas a conocer y rendir homenaje al prodigioso fruto de un alumbramiento divino. Mas la esmeralda se convirtió en un precioso chiquillo, que habría de regir los destinos de su pueblo. Se llamó Goranchacha.

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