Cuando Diners publicó un texto inédito de Capote

En 1988, Diners publicó primera vez en castellano un fragmento del capítulo “Monstruos ilesos”, del libro póstumo Answered Prayers (Oraciones respondidas), por el que el novelista recibió un adelanto de dos millones de dólares.

Un texto inédito de Truman Capote

Revista Diners de febrero de 1988. Edición número 215

Acordamos no comunicarnos hasta cuando Denny saliera de la clínica; entonces, se suponía, nos encontraríamos un fin de semana en alguno de los pueblos costeros cercanos a Nápoles, Positano o Ravello.

Como no tenía intención de hacerlo, ni de ver a Denny de nuevo si podía evitarlo, me trasteé del apartamento de la rue du Baca una pequeña pieza bajo los aleros del Hotel Pont Royal. Por entonces el Pont Royal tenía un estrecho bar en el sótano, todo tapizado en cuero, que era el bebedero de los altos pontífices de la bohemia. Bizco, chupando su pipa, pálido, Sartre y su apacible solterona De Beauvoir estaban allí recuentemente, acodados en una esquina como un par de muñecos de ventrílocuo. Muy a menudo vi a Koestler, pero nunca sobrio; un enano agresivo, muy libre con sus puños. Y Camus, delgado como una caña, tímido o desconfiado como una navaja, un hombre de pelo castaño crespo, ojos húmedos de vida, y una expresión preocupada, perpetuamente a la escucha: alguien a quien uno podía aproximarse. Supe que era editor en Gallimard y una tarde me le presenté como un escrito~ norteamericano que había publicado un libro de cuentos. ¿Querría leerlo, pensando en la edición de una traducción en Gallimard? Más tarde, Camus me devolvió la copia que le envié con una nota en la cual decía que su’ inglés no era suficientemente bueno como para emitir un juicio editorial, pero que sentía en mis cuentos habilidad para crear personajes y tensión. “Con todo, encuentro estas historias abruptas e inconclusas. Pero si usted tiene otros materiales, por favor déjeme verlos”. En adelante, siempre que me encontré con Camus en el Pont Royal, y una vez en una fiesta al aire libre en Gallimard a la cual me colé, movía la cabeza y sonreía animándome.

Otra cliente de aquel bar, a quien conocí allí y que me parecía lo suficientemente amistosa, fue la vizcondesa Marie Laure de Noailles, estimada poeta, una salonista que presidía en una sala de recibo en la cual a cada momento parecía que las presencias ectoplásmicas de Proust y Reynaldo Hahn iban a materializarse; era la excéntrica esposa de un rico aristócrata marsellés de mentalidad deportiva, y también afecta (indiscriminadamente, tal vez) a los contemporáneos de Julien Sorel, mi ranura perfecta. Mais alors, otro joven aventurero norteamericano, Ned Rorem, había llenado ese tragamonedas.

A pesar de sus defectos, cachetes escurridos labios como aguijón de abeja y peinado partido por la mitad, que recordaba vagamente el retrato de Oscar Wilde de Toulouse-Lautrec, se veía que había visto Rorem en Marie Laure: un techo elegante encima de la cabeza y alguien que promoviera sus melodías en la estratosfera de la Francia musical. Pero la contraparte no ajustaba. Rorem provenía del Medio Oeste; era un quákero homosexual -vale decir, un homosexual quákero–, intolerable mezcla de comportamiento azufrado y piedad autorregulada.

Se creía Alcibíades reencarnado, y era bronceado -dorado–, y muchos secundaban sus opiniones (aunque yo no estuviera entre ellos). Algo hacía que su cráneo pareciera criminalmente contorneado: plano por detrás, como el de Dillinger; y su cara, suave, dulce como batido de ponqué, era una mala mixtura de debilidad y testarudez.

Sin embargo, probablemente estoy siendo injusto porque yo envidiaba a Rorem; envidiaba su educación, su reputación como nuevo valor, que sobrepasaba a la mía, y su éxito, mayor que el mío, en el juego de aquello que nosotros, los gigolós, llamamos nuestro directorio de mujeres. Si el asunto le interesa, podría intentar leer las confesiones del Diario de París de Ned; está tan bien y cruelmente escrito como sólo un candoroso quákero fuera de la ley podría hacerlo. Se me ocurre qué habrá pensado Marie Laure cuando leyó ·ese libro. Claro que ella ha soportado y superado dolores más intensos que los que le infligieron las revelaciones llorosas de Ned. Su último camarada, o al menos el último del cual me enteré fue un pintor búlgaro melenudo que se mató cortándose las venas de la muñeca y, después, esgrimiendo un pincel y utilizando su arteria entre abierta como paleta, cubrió dos paredes con un audaz trazo carmesí que conformaba un mural abstracto.

En verdad, le debo al bar del Pont Royal el conocimiento de muchas personas, incluyendo a la primera expatriada norteamericana Miss Natalie Barney, heredera de una mente y una moral independientes, y que se había radicado en París desde hacía más de sesenta años.

Durante todas esas décadas Miss Barney vivió en el mismo apartamento, una suite de sorprendentes cuartos al lado de un prado en la rue de l´Université. Vidrios y claraboyas de colores conformaban un homenaje al Art Noveau que habría lanzado al buen viejo Boaty a un delirio de animal enloquecido.

Había lámparas de cristal Lalique esculpidas en forma de rosas blancas, mesas medievales repletas de fotografías de amigos, enmarcadas en oro y carey: Apollinaire, Proust, Gide, Picasso, Cocteau, Radiguet, Colette, Sarah Bernhardt, Stein y Toklas, Stravinsky, las reunas de España y Bélgica, Nadia Boulanger, la Garbo en pose de arrimada con su vieja Mercedes D´Acosta, y Djuna Barnes, esta última una pelirroja de labios pimentosos, difícil de reconocer como la áspera autora de Nightwood, y después heroína-ermitaña de Patchin Place. Sea cual fuere su edad, que debía pasar de los ochenta, Miss Barney, notmalmente ataviada con un viril atuendo gris y con peinado de permanente, solo revelaba cincuenta años. Le gustaba manejar y se transportaba en un convertible Bugatti de color esmeralda, exhibiéndose por el Bosque o en Versalles, en agradables tardes. Ocasionalmente me invitaba porque ella disfrutaba de la lectura y sentía que yo tenía mucho que aprender.

Una vez hubo otra huésped, la viuda de Miss Stein. La viuda quería visitar una tienda de comestibles italiana donde, según ella, era posible comprar unas exclusivas trufas blancas que se daban en las colinas que rodean a Turín. En almacén quedaba en un barrio lejano. Mientras el carro rodaba por ahí, de repente la viuda dijo_ “¿No estamos cerca del estudio de Romaine?”

Miss Barney replicó, a tiempo que me dirigía una mirada inquietante “¿Paramos aquí? Tengo una llave”.

La viuda, una araña peluda que sentía sus antenas, frotó sus manos de guantes negros y dijo: “¡Caramba, debe haber sido hace treinta años!”

Después de trepar seis pisos por escaleras de concreto en un desagradable edificio saturado de orines de gato, de esa colonia persa ( y romana, también), llegamos al estudio de Romaine, quienquiera que fuese Romaine. Ninguna de mis compañeras explicó quién era su amiga, pero se sentía que al unísono mantenían el estudio como una especie de desordenado santuario y museo. Una luz de atardecer húmedo se colaba por las tiznadas claraboyas y se confundía con los objetos de un inmenso cuarto: sillas cubiertas, un piano con un chal español, candelabros españoles con velas parcialmente quemadas. Cuando Miss Barney oprimió un interruptor no ocurrió nada.

“Cógelo, perro”, dijo, de repente, muy al estilo de las praderas norteamericanas; y encendió un candelabro con el cual nos guió por los cuadros de Romaine Brooks. Había quizá unos setenta, todos retratos de un ultrarrealismo plano; mostraban
mujeres, todas vestidas de manera idéntica, con casacas blancas Y -corbatas del mismo color. ¿Sabe usted cómo uno se da cuenta de que no va a olvidar algo? A mí no se me olvidaría aquel momento, aquella pieza, aquella formación de muñecas de carne, todas, a juzgar por sus peinados y maquillajes, pintadas entre 1917 y 1930.

“Violeta”, dictaminó la viuda al examinar el retrato de una rubia delgada, de pelo corto, con un monóculo que magnificaba un ojo de rompehielos. “A Gertrude le gustaba. Pero a mí me parecía una muchacha cruel. Recuerdo que tenía un búho. Lo mantenía en una jaula tan estrecha que no podía moverse. Simplemente se sentaba con sus plumas apretadas por los alambres. ¿Sigue viva Violeta?”.

Miss Barney asintió. “Tiene una casa en Fiesole. Luce entallada como un violín. Me han dicho que está tomando el tratamiento de Niehans”.

Finalmente llegamos a una figura qu reconocí como la lamentada compañera de la viuda, retratada allí con una copa de cognac en su mano izquierda y un trompetín en la otra, no exactamente la madre tierra morena que Picasso manipuló, sino más bien un personaje de Diamond Juum Brady, panzona y exhibicionista, la imagen que le hace sospechar a uno que está más cerca de la realidad. “Romaine”, dijo la viuda, acariciando su frágil bigote, “Romaine tenía una cierta técnica. Pero no es una artista”.

Miss Barney se permitió discrepar.”Romaine”, proclamó en un tono tan frío como las laderas alpinas, “es un poco limitada. Pero, ¡Romaine es una muy grande artista!”. Fue Miss Barney quien me arregló una visita con Colette, a quien yo deseaba conocer, no por mis habituales razones oportunistas, sino porque Boaty me había iniciado
en sus obras. Consideren amablemente, que soy un saltimbanqui que va acopiando su educación a lo largo de las carreteras y debajo de los puentes. Y yo la respetaba: La
casa de mi madre es una obra maestra, incomparable en lo artístico de su tratamiento de la sensualidad, del gusto, el olfato, el tacto y la vista.

También me causaba curiosidad esta mujer: sentía que cualquiera que hubiera vivido tan ampliamente como ella, que fuera tan inteligente como era, debía tener algunas respuestas. Así que agradecí cuando Miss Barney hizo posible que tomáramos el té con Colette en su apartamento del Palais Royal. “Pero”, advirtió Miss Barney por el
teléfono, “no la canse con una visita larga; ha estado enferma todo el invierno”.

Es verdad que Colette me recibió en su recámara, sentada en una cama estilo Luis XIV, en su recepción matinal; pero por otra parle parecía tan indispuesta como un Watusi pintado dirigiendo un baile tribal. Su maquillaje concordaba con ello: ojos sesgados, brillantes como los de un perro alemán, sombreados de violeta; una cara con base de color payaso pálido, económica e inteligentemente aplicada; sus labios, para su edad, eran sedosos, brillantes, de un excitante rojo teatral ; y su pelo era colorado, o rojizo, un rubor lisonjero, un rocío ensortijado. El cuarto olía a su perfume. En algún momento pregunté cuál era. Colette dijo: “Jicky. La emperatriz Eugenia siempre lo usó. Me gusta porque es una esencia de la moda antigua con una historia elegante, y porque es graciosa sin ser burda, como son los mejores conversadores. Proust lo usaba. O al menos eso me ha contado Cocteau. Pero él no es demasiado confiable”. El cuarto olía a perfume y a fuentes de frutas y a brisa de junio moviendo cortinas de velos.

Una sirvienta trajo el té y colocó la bandeja en un lecho ya agobiado por el peso de gatos soñolientos y correspondencia, libros y revistas y variadas chucherías, especialmente una cantidad de antiguos pisapapeles de cristal francés. En verdad, muchos de esos valiosos objetos reposaban en mesitas y encima de una chimenea. No había visto uno antes; notando mi interés, Colette escogió una muestra y sostuvo su brillantez contra la luz de una lámpara: “Esta es llamada La Rosa Blanca. Como ve, una sola rosa de color blanco centrada en el más puro cristal. Fue hecha por la fábrica Clichy en 1850.

Todos los grandes pisapapeles fueron producidos entre 1840 y 1900 por solo tres firmas: Clichy, Baccarat y Saint Louis. Cuando comencé a comprarlos, en el mercado de las culpas y otros lugares de ventas casuales, no estaban sobrevaluados; pero en las últimas décadas, coleccionarlos se ha puesto de moda; hay en verdad una manía y los precios son colosales”. “Para mí”, dijo, a tiempo que hacía brillar un globo que contenía un lagarto verde yy otro con una canasta de cerezas rojas en su interior, “son más fratificantes que las joyas o la escultura. Estos universos de cristal son música silenciosa”. Y ahora”, expresó lanzándose abruptamente a los asuntos importantes, “dígame qué espera usted de la vida. Dejando a un lado la fama y la fortuna, que las
damos por sentadas”. Contesté: “No sé lo que espero. Sé lo que me gustaría. Y esa es una manera de ser una persona madura”.

Los pintados párpados de Colette subían y bajaban como el lento batir de las alas de una gran águila azul. “Pero eso”, dijo, “es lo que ninguno de nosotros puede ser jamás: una persona madura. ¿Quiere usted decir con ello un espíritu vestido solamente con el ropaje de la sabiduría? ¿Libre de todo defecto, sin envidia ni malicia ni codicia ni culpa? Imposible, Voltaure, incluso Voltaire, vivió con un niño dentro de sí, celoso y enojado, un tiznado pequeño siempre oliéndose los dedos. Voltaire cargó con ese niño hasta su tumba, como lo haremos nosotros con el nuestro. El papa en su balcón… soñando con una cara hermosa entre su Guardia Suiza. Y el juez británico, con su exquisita peluca, ¿en qué piensa mientras envía a uno hombre a la horca? ¿En la justicia, la eternidad y asuntos maduros? ¿O más bien posiblemente trama cómo urdir su elección para el Jockey Club? Por supuesto, los hombres tienen momentos, unos pocos momentos nobles, dispersos aquí y allá, y de ellos, obviamente la muerte es el más importante.

Ciertamente, la muerte echa a pique a ese niño tiznado y deja lo que resta de nosotros hecho un simple objeto, sin vida pero puro, como La Rosa Blanca. Tome”, y empujó con su codo hacia mí el cristal florecido; “échese esto al bolsillo. Consérvelo como un recordatorio de que ser durable y perfecto, ser realmente maduro, es ser un objeto, un altar, el dibujo en una ventana de vidrios de colores: materia apreciable. Pero en verdad es mucho mejor estornudar y sentirse humano”.

Una vez le mostré este regalo a Kate McCloud, y Kate, que podría haber trabajado como avaluadora en Sotheby’s, dijo: “Esa mujer debió haber estado loca. Quiero decir, ¿por qué te lo dio? Un pisapapeles Clichy de esta calidad puede valer … fácilmente, cinco mil dólares”.

Inmediatamente deseé no haber sabido su precio, rechazando la posibilidad de verlo como una reserva para tiempos tempestuosos. Aunque nunca lo vendería, especialmente ahora cuando no tengo ni dónde sentarme y estoy abajo Y excluido; porque, bueno, para mí es un tesoro, un talismán bendecido por un santo, y las ocasiones en las cuales uno no sacrifica un talismán son Por lo menos dos: cuando no tiene nada y cuando lo tiene todo. Cada una es un abismo. A lo largo de mis viajes, a través de hambres y desesperaciones suicidas, un año de hepatitis en un húmedo y caliente hospital de Calcuta donde permanentemente zumbaban los mosquitos, me he apegado a La Rosa Blanca. Aquí en la Asociación de Jóvenes Cristianos la tengo escondida bajo mi catre; está envuelta y metida dentro de uno de los viejos zapatos amarillos de esquí de Kate McCloud, que a su vez está oculto dentro de mi único equipaje, un maletín de viaje de Air France. (Cuando me escapé de Southampton, salí de afán y dudo que alguna vez vuelva a ver esas chaquetas Vuitton, camisas Battistoni, vestidos Lanvin y zapatos Peal; no es que me importe, porque el verlos me haría ahogar en mi propio vómito).

Justamente ahora fui a buscarla y la saqué, La Rosa Blanca, y en sus titilantes facetas vi los campos nevados y el cielo azul de arriba de Saint Moritz, y vi a Kate McCloud rauda, como un espectro bermejo a horcajadas sobre sus amarillos esquís Kneissl, un veloz trazo del oblicuo perfil de su espalda, una actitud tan elegante y precisa como el propio cristal fresco de Clichy.

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