Un nadaísta desviste al reinado

Con motivo de la celebración de Miss Universo, rescatamos este texto del poeta nadaísta Eduardo Escobar sobre lo que vio en el reinado de Cartagena. Archivo.

Revista Diners de noviembre de 2001. Edición número 380

Irreverente, crítico y sin misericordia, el heredero más lúcido de Gonzalo Arango viajó hasta Cartagena para presenciar un ritual que lo decepcionó. Nostalgia de un nadaísta.

Los festivales populares, con reinados o sin reinados, representan a todo lo largo y ancho de la tierra y las edades una antigua forma de dejar respirar las rutinas, un momento del año para la liberación, para el caos de la risa, el alivio con los instintos. La tribu humana regresa una temporada a los años felices de una inocencia imaginaria, al paraíso musical del comienzo. Todo está permitido. Menos la añoranza de las normas. Y la prosa bestial de los relojes, No importa si al fin del zafarrancho de fantasía los pobres son más pobres, los ricos están más hartos, todos se encuentran muy enfermos después de los excesos y el mundo sigue igual de difícil d vivir y de perdido como siempre: el ritual se repetirá con la regularidad de las mareas y las lunas.

El 11 de noviembre celebró un tiempo en Cartagena una fiesta patriótica. La de la resistencia y el valor contra la tiranía de la fuerza. Conmemoraba un episodio heroico de una ciudad cuyo cielo huele a piedras y cuyas piedras tienen la ternura de las flores. Pero hace muchos años el festival entrañable fue sustituido por el jolgorio insulso de un concurso de belleza de niñas bien. O que bien fingen serlo.

La distancia que existe entre las antiguas festividades y las de ahora es la que existe entre el amor verdadero y los sueños húmedos. Pero la fiesta tuvo antes el encanto de las acciones de la naturaleza. La ciudad, es decir, los callejones íntimos de Getsemaní, el antiguo mercado con sus tiendas de chinos, los barrios de la plebe de los pescadores y los vendedores ambulantes de baratijas y de tajadas de piña, adquirían poco a poco un aire de extravío. El desorden no llegaba de repente, por decreto, con actas de mala ley y los discursos de honor de un milagro burocrático, iba apareciendo por un proceso, como las estaciones, en signos indescifrables para el visitante primerizo, decepcionado además del mar de plomo loco de Cartagena golpeando las murallas de un imperio que se ahogo en oro.

Primero se veía, y se oía, que se alegraban las puertas y las ventanas abiertas de las casas. Después las familias sacaban al andén los muebles de las radiolas a todo vapor. Luego pasaba a alguna parte un grupo de gaiteros descalzos con los centros sonoros de caña con cabezotes de cera, pañuelos descalzos rojos al cuello y los sombreros de siempre. Y en una plaza mal iluminada bajo unos árboles altos y negros sin nombre en el viento nocturno encontrabas un clarinetista inspirado que tocaba por amor, con los ojos cerrados, una plegaria de graznidos en escalas ascendentes y descendentes de poseso. Un hombre sale de las sombras. Baila a su son. Va trajeado con una toga de fique guarnecida de tapas de cerveza machacadas que producen un campaneo admonitorio.

Y tallaba todo. El mercado, los atrios de las oficinas gubernamentales, pozas podridas frente a la base militar, la Plaza d los Dulces. Lo de menos era el reinado. Lo fondo calientes de Cartagena la ciudad popular, mulata y vieja, los bailaderos de paja de corronchos, había un festival muy cerca de lo sagrado todavía, de un origen agrícola mientras hacia Manga los turistas perfumados se entregaban a beber y un circo de personalidad del jet set internacional calificaba con la miopía conocida de los metros un montón de muchachas desvestidas y vueltas a vestir con toneladas de telas que valían potosíes cargadas con guirnaldas y cuellos para mártires.

La cosa de cualquier manera conservaba un sentido entonces todavía, aunque ya remoto, la fuerza de la arcaica rebelión del cuerpo contra la muerte. En un país despelotado, culpable y mortal, el que somos desde que nos fundaron.

Como todo ha de ser negocio redondo en la lógica de las cosas del hombre, el reinado de Cartagena degeneró en la enorme artimaña empresarial de hoy que trata de reformar un dictador con voz de tiple, después de las vergüenzas de los últimos años del bendito que acaba de irse. Cuando el concurso de la señorita Colombia aguantó la metáfora de una feria de potrancas. Allá asistían los caballistas de la coca embambados de oropeles. Y los casanovas ricos a la pesca de una sardina de mostrar en el armario de ilusiones de un club cartagenero. Y claro, iban a dejarse coronar a
veces un montón de mujeres ambiciosas de lujos que se mezclaban con una sirena, estudiante de canto de veinte años, con una virginal aprendiz de odontología cuyo mayor anhelo es dejamos con la boca abierta leyendo noticias de catástrofes en la televisión norteamericana, con una nínfula de ojos griegos y una trabajadora social.

Suena lapidario. Para saber que es realismo vil y no reinvención de las hipérboles del realismo fantástico, basta repasar los periódicos colombiano del día y las revistas de vanidades de aquella época grotesca.

Nadie tuvo la culpa en la enorme podredumbre nacional, el concurso de la belleza no tenía por qué permanecer incontaminado ni ser la nacional por excepción. La candidez y la crueldad que nos distinguen aflora de año en año en la aparatosa jarana del reinado nacional de belleza. Ayuda a manifestar el estado de la degradación de todo en nosotros: la política, el arte maldito de la guerra y las formas de mirar la felicidad.

Inutilidades de la centenaria y ceremoniosa cháchara nacional. Las feministas convierten a las mujeres y a los hombres en enfermedades atroces que empeoran juntas. La envidia es la admiración mal administrada. Los machistas defensores de los derechos de la belleza femenina disimulan sus inclinaciones al voyerismo alegando pasiones estéticas. Los diseñadores se justifican mientras desfogan la misoginia sobrecargando con sevicia unas pobres muchachas con sus ensueños barrocos y sus peinados de repostería se aproximan a la burla. La seducción de la carne es atrapada en un engranaje de máscaras. Un día, dijo el poeta Rimbaud, senté a la belleza en sus rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.

La elección de la muchacha más hermosa del país, la más cercana al divino ideal 90-60-90, ha acabado en un hábito indiferente y desprestigiado que mantenemos vivo por resignación y reeditamos por cansancio a pesar de la algarabía de los medios de publicidad y el terror real y cotidiano.

Compadezco estas mujercitas espigadas. En quienes los cirujanos plásticos quieren corregir los soplos de la naturaleza. A quienes las hadas que las visten y calzan destituyen de su realidad de hembras para transfigurarlas en muñecas que existen para ser miradas. Trivializando el milagro de la carne en porcelana. Y desvalorizando el deseo en una ilusión. Lo malo para ellas es que mientras más se saben hermosas más sinsabores se vuelven. Por eso tienen el aire ausente de las sonámbulas mientras marchan por las pasarelas. Y cuesta creer que lleven consigo el secreto del eterno femenino. O imaginarles las vísceras. La belleza como el talento sólo se manifiestan sin mancilla desde la ignorancia y la inconsciencia.

Reconozcamos que estas muchachas emperifolladas y maquilladas como santas quiteñas que los publicistas del mercado de la carne desnudan, visten y miden ante los ojos de un montón de televidentes embebidos en otra cosa o en nada, provocan en el más casto de los fríos y en el más razonable de los sensatos la fiera golosa que todos llevarnos adentro esperando su día. Que la menos sabia posee toda la maravillosa inteligencia de la carne que aspiran a expresar los poetas. Y más si calla. Y que si nos fuera dado elegir preferiríamos compartir una cama de inverno con alguna de ellas más bien que con Kant.

No importa si mi libertad sale mal usada en la vieja elección de la inferioridad entre el saber del saber y el saber del sabor, entre los derechos del espíritu y los deberes de la piel. Optando por las duchas del sueño del tiempo en el diálogo sangriento que sostienen desde el primer día de la creación el coro de las cosas de la eternidad y el coro de las cosas de la historia.

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