¡Piedad con este pobre huérfano!

En un relato descarnado y conmovedor, Daniel Samper Pizano cuenta lo que siente una familia a la cual la confunden con la que aparece en un programa de televisión.

Revista Diners de septiembre de 1984 Edición 174

Cuando salió al aire por primera vez Dejémonos de vainas me di cuenta de que algo o alguien faltaba en el programa. Pasé revista varias veces a los personajes; estaban el papá, la mamá, las dos hijas, el hijo menor, la suegra, la muchacha, el amigo de la casa y el perro. Todo parecía en orden y completo. Pero yo seguía con la sensación de que estaba faltando algo. Meses antes me había buscado Bernardo Romero Pereiro con la intención de convertir algunas notas de humor aparecidas en mis libros en una comedia de televisión. Quería mi visto bueno.

-Es más fácil convertir un tractor en un vestido de novia -le contesté pero si cree que se puede, jálele.

Bernardo le jaló y, como es tipo tan flaco como talentoso (rara paradoja equivalente a la de ver un calvo afeminado), a partir de unas moronas de humor se inventó una masa de comedia. El negocio era magnífico. Yo le mandaba mis libros a Bernardo, él se mataba haciendo libretos redondos a partir de páginas sueltas y después yo me sentaba a ver los programas de televisión mientras comía arequipe. A cambio de esos derechos, Coestrellas ofrecía enviarle unos pesos mensuales a mi obra de caridad preferida: mi mujer.

Firmamos, nos abrazamos y no tuve nada más que ver con el asunto. Bernardo se encargaba de todo: de escoger el artículo que sería transformado en capítulo de la serie, de escribir los libretos, de conseguir los actores, de dirigir la obra y de editarla. Fue así como un viernes a las 7 y 30 p.m. salió a l aire por primera vez “Dejémonos de
vainas”, comedia de televisión que gira a alrededor de la familia Vargas.

Me divertí mucho con el debut de la obra. Pero, pasada la media hora, tuve
aquel pálpito de que algo o alguien faltaba en el programa. Con esa sensación me acosté esa noche. Todos los de la familia estaban dichosos por su personificación
en la tele. Especialmente Pachulí, que mejoró de raza.

Al día siguiente teníamos almuerzo sabatino en casa de mis taitas, pero antes de presentarnos para la tradicional dosis de fríjoles maternos fuimos a comprar un borrador a Unicentro. Es hora de decir que borradores se consiguen en cualquier tienda y deben durar por lo menos un año, pero Juanita, María Angélica y Daniel necesitan comprar un borrador cada semana. Y en Unicentro.

-¿Y es que cometen muchos errores? Les pregunté una vez sospechoso.
-Es que somos perfeccionistas –contestó Juanita señalándome el cabo del lápiz completamente agotado.

La verdad es que yo no me hago mucho de rogar para ir a Unicentro: Ni mi mujer tampoco. Creo que hasta timbra tarjeta diariamente en dos o tres almacenes del lugar. No bien llegamos noté que algunas personas nos señalaban con el dedo.

Ya en otras oportunidades me había pasado lo mismo, como lo tengo bien contado en algún célebre artículo. Pero esta vez los comentarios que escuchábamos al pasar eran distintos.

-Es mucho más feo de cerca- dijeron unas muchachas.

-Se ve más inteligente en la pantalla -comentaron otras.

-¿Cómo hará para que no se le note la barriga en cámaras? -observó un
envidioso.

Era evidente que habían visto “Dejémonos de vainas”. El asunto empezó a preocuparme. La gente parecía no separar bien la realidad de la fantasía. Cuando unos chinos le gritaron a Juanita “adiós, Margarita”, vi que los niños colombianos no son suficientemente maduros para distinguir una historia ficticia de televisión y la modesta vida real de una familia como cualquiera otra.

Más tarde, me llamaron “Puchis” dos señoras cuarentonas y entonces supe que no sólo los niños carecen el criterio para hacer la distinción. Esa mañana fue bastante incómoda. La gente nos atajaba en Unicentro para preguntarnos por Josefa, pese a que la muchacha de la casa se llama Martica. No faltó una dama que me interrumpió para saber por qué Ramiro no estaba con nosotros.

-Ramiro – le expliqué- es un personaje ficticio de la comedia, como todos los demás. Imaginación de Bernardo. Creo que necesitaba una especie de comodín para ciertas situaciones y se inventó a Ramiro. Pero Ramiro no existe. Y, como no existe, Ramiro no
vino.

La dama escuchó atentamente mi explicación y luego, con cara de haberlo comprendido todo, me dijo:

– Claro… por eso fue que no vino. ¡Costeño tenía que ser!

Ahí empecé a sentir que mi identidad personal acusaba cierta fragilidad. Por un momento pensé si de veras no era una descortesía de Ramiro que no nos estuviera acompañando y le alcancé a preguntar a mi mujer al respecto.

¿Te enloqueciste tú también? – me contestó. – Ramiro no existe. Ese es un personaje que se inventó Bernardito.
Yo la miré con algo de incredulidad.

– ¿Quieres decir que tampoco llamó para excusarse? – le pregunté.
– ¡Claro que no!
– ¿Cómo lo sabes?
– Me lo dijo Josefa, Puchis…

Los niños voltearon a mirar a terrados. También mi mujer había caído en la trampa. Adujo que estaba mareada y pidió un asiento y un vaso de agua. A ella también se le estaban confundiendo la realidad con la ficción.

Pero lo peor aún no había llegado. Terminado el desconcertante paseo por Unicentro – Y cuando ya María Angélica empezaba a comentarle a Daniel cosas sobre el Tuto Barrios- emprendimos camino hacia la casa paterna.

-Espero-les dije- que no nos vuelva a ocurrir esta transfusión de identidades. Me parecerá muy grave que nosotros también lleguemos a pensar, como tanta gente idiota, que lo que ocurre en la televisión es nuestra biografía.

Todos estuvieron de acuerdo, así que me sentí autorizado para impartirles en el carro una breve lección sobre el proceso de la creación literaria, los elementos autobiográficos que es posible hallar incluso en las “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury y la proyección de los espectadores que quieren ver como realidad lo que es solo ficción. Fue tan buena mi exposición, que Daniel intentó un corto aplauso.

-Gracias-le dije de todo corazón- gracias querido Ramoncito.

La palabra Ramoncito produjo un efecto paralizador en todos. Incluso en mí. La esquizofrenia me había vuelto a poner zancadilla. Detuve el carro de inmediato y me bajé en busca de un teléfono público.

– ¿Aló? – reconocí la voz de Romero Pereiro al otro lado de la línea.
– Bernardito, por caridad: ¿quién soy yo?

Bernardito también me reconoció la voz pero se sintió un poco desconcertado.

– Pues … Daniel, por supuesto.

– ¿No soy, entonces, Juan Ramón Vargas?
– Cómo se le ocurre; Juan Ramón Vargas no existe. Es un personaje ficticio que amasamos a partir de sus artículos y que interpreta Víctor Hugo Morant.

– ¿Entonces ni yo soy Morant ni Morant es Juan Ramón?
– Ni tampoco usted es Juan Ramón – remató Bernardo- . Ni Morant es
usted.

Le agradecí, colgué y volví al carro completamente tranquilo. Ahora sí podríamos ir a almorzar los fríjoles de la mamá. Al llegar, ella nos comentó, que le había fascinado el programa, sobre todo la señora que hace las veces de mamá de Juan Ramón.

– ¿Llegaste a creer que esa eras tú?- le pregunté con curiosidad.
– Pero, ¡Qué absurdo!- me contestó mamá, que es muy inteligente y aterrizadas-. Ese es un personaje que no existe. La actriz se llama Anuncia.

En cambio, nos confesó mamá, mi papá estaba molesto. Estaba molesto porque en la comedia la mamá de Juan Ramón es viuda. Se había encerrado en su alcoba desde anoche y había manifestado a mi mamá que no quería verme en el resto de sus días. Los muertos no ven”, dijo con ironía. Era eso lo que me estaba faltando en el programa. “Es el colmo-dijo mi mamá que le dijo mi papá-que Daniel hubiera escrito una comedia en la cual el papá del protagonista está muerto. Estoy seguro de que cualquier psiquiatra encontrará en esta omisión profundas raíces de odio hacia mí”. Me quedé boquiabierto cuando mi mamá nos lo dijo. Y le dije, a mi vez, que todo eso había sido inventado por Bernardo: la mamá viva, el papá difunto, el amigo costeño, la muchacha gorda, etc. Si había alguna culpa, era de Bernardito. No mía.

Mi mamá respiró aliviada al saber que mi mano de autor no llegaba hasta el parricidio. Resolvió colarse a la alcoba de la cual mi viejo había jurado no salir nunca más, a fin de explicarle lo que ocurría. Lo oí conversar un rato. Primero apareció mi mamá con cara de satisfacción.

-Ya viene su papá-susurró-Entendió y ya sale.

Un minuto después se asomó él a la puerta. Parecía convencido. Pero en el momento en que me vio, algo volvió a pasar y los cables de la realidad y la ficción se le confundieron de nuevo.. Ante los ojos aterrados y la parálisis colectiva de los presentes, se abalanzó sobre mí y me agarró el escuezo con la firme intención de ahorcarme.

En un último resuello alcancé a musitar:

-¡Piedad con este pobre huérfano!

Mis palabras lo conmovieron. El difunto me soltó, me dio una palmadita de consuelo en el hombro, me ayudó a incorporar y ahora sí nos fuimos todos a comer fríjoles y a dejarnos de vainas.



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