La encrucijada de Fidel Castro

Perestroika o morir. En 1990 Gabriel Iriarte nos contaba la encrucijada a la que se enfrentaba por esos días Fidel Castro.

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Publicado originalmente en Revista Diners no. 241, de abril de 1990

Por una de esas paradojas tan 
frecuentes en la historia, la 
Cuba de Fidel Castro enfrenta hoy la amenaza más grave 
en sus 31 años de existencia, no como resultado de la sempiterna
”agresión imperialista”, sino como consecuencia del vertiginoso e
inesperado proceso de cambios que se ha venido desarrollando en el seno del bloque soviético y en la situación del mundo en general. Ante sucesos como la caída del muro de Berlín, el ajusticiamiento de Ceausescu y el aparatoso derrumbe de los regímenes de Europa Oriental, muchos se preguntan 
qué suerte le espera al gobierno de 
La Habana, el cual ha manifestado
su recia oposición a las reformas políticas y económicas impulsadas 
por Gorbachov y puestas en práctica de manera diligente en las naciones de la órbita rusa.

Castro se ha autoproclamado 
como el último defensor del socialismo mundial y en más de una 
ocasión ha dicho que, junto con su país, prefiere inmolarse antes que ceder ante el ímpetu renovador de la perestroika y el glasnost. El mandatario cubano optó, pues, por 
marchar en contravía de quienes durante más de tres décadas han hecho importantes contribuciones financieras y militares para que el sistema impuesto en 1959 siga dominando en la isla caribeña. El fin 
de la dictadura de Noriega y el fracaso electoral de los sandinistas incrementaron el aislamiento en el que se ha venido sumiendo en los últimos años el legendario comandante.

¿Hasta cuándo podrá Fidel sostener su posición recalcitrante? ¿Qué opciones le quedan en caso 
de una ruptura con sus tradicionales patrocinadores? Si llegare a verse perdido, ¿cuál podría ser su 
salida? En fin, ¿es verosímil que Castro se pliegue a los vientos provenientes del Este? Como ya lo señalábamos hace un tiempo (Revista Diners No. 222), no es la primera vez que el dirigente cubano desafía a Moscú, sólo que en esta oportunidad las circunstancias son bien distintas y por completo adversas 
para una nueva insubordinación de La Habana.

El factor económico

Que Cuba depende de la ayuda 
de la URSS para sostener su 
cada vez más escuálida economía es algo que ya nadie pone en duda. Unos pocos datos son suficientes para dar una idea del problema: el 
75 por ciento del comercio exterior 
de la isla se lleva a cabo con la Unión Soviética, y el déficit comercial de aquella se acerca a los US$ 2.000 millones al año, solamente en sus intercambios con los rusos; La Habana tiene una deuda externa para con los soviéticos de más de US$ 10.000 millones, comparada con US$6.500 millones que debe a varios países de Occidente; Moscú ha venido concediendo a Castro jugosos subsidios (principalmente les compra a los cubanos azúcar al doble o el triple del precio internacional y les vende petróleo más barato, parte del cual revende La Habana a otras naciones para obtener divisas) y otras partidas de ayuda que totalizan alrededor de US$ 5.000 millones anuales, o sea, unos US$ 14 millones diarios. Esta ayuda equivale más o menos a una cuarta parte del producto nacional bruto de Cuba y representa un porcentaje considerable de las contribuciones de la URSS a sus clientes del tercer mundo.

Por otra parte , Cuba recibe del Kremlin más del 80 por ciento de su moderno armamento a un costo que oscila entre mil y dos mil millones de dólares al año, sin contar el precio que ha implicado el mantenimiento de decenas de miles de legionarios cubanos en Angola y otros países de África.

Para la URSS, Cuba es una carga cuyo peso se torna cada día más intolerable, en la medida en que la situación económica del país de los soviets empeora y sus conflictos internos se agudizan. Tan cierto es esto que, contrario a las expectativas de muchos observadores y hasta de la misma cúpula castrista, Gorbachov se negó a perdonarle la deuda a Cuba con motivo de la visita que realizara el líder ruso a la isla en abril de 1989. Asimismo, a mediados del año pasado se escucharon en el Parlamento soviético varias voces que pugnaban por suspender o reducir drásticamente la ayuda de la URSS a sus aliados latinoamericanos y de otras latitudes. Por último, y como para refrendar todo lo anterior, se supo hace poco que Moscú se negó a aumentar los envíos de petróleo a Cuba( la reventa de crudo constituye la segunda fuente de divisas de la isla) y, al mismo tiempo, redujo los precios subsidiados del azúcar cubano.

A esa situación se suma la quiebra progresiva de la economía de Cuba, lo cual ha sido admitido públicamente hasta por Fidel Castro. Aquí unas cuantas cifras también ilustran el panorama: la producción de azúcar, tradicional columna vertebral de la economía cubana, ha descendido a siete millones de toneladas, el nivel más bajo de los últimos tiempos; el producto nacional bruto apenas creció en promedio el uno por ciento entre 1986 y 1989, y ya empiezan a sentirse serios problemas en sectores como la industria, la construcción y la distribución de bienes de consumo. A partir de 1987, cuando Fidel resolvió lanzar su programa de “rectificación de errores y tendencias negativas” para poner fin a tímidos brotes de capitalismo que habían surgido como consecuencia de las reformas económicas aplicadas entre 1976 y 1986, se abolieron los incentivos materiales a los trabajadores y se impuso una serie de duras medidas de austeridad que incluyen racionamientos permanentes de artículos de primera necesidad como carne y azúcar (!) y aumento en las tarifas del transporte público.

La ineficiencia y el anquilosamintento de la economía cubana contrastan abiertamente con el propósito declarado de Gorbachov y de los nuevos líderes de Europa Oriental de encaminar sus países por la senda de la economía de mercado, en busca de una mayor eficiencia y rentabilidad. Durante su visita a Cuba, Gorbachov fue muy claro al respecto cuando dijo: “Los vínculos economicos tienen que ser más dinámicos, más eficientes y reportar mayor rendimiento a nuestros dos países”. Es muy posible que en un futuro no muy lejano Fidel tenga que someterse a lo que tanto denunció en cuanto a las relaciones económicas entre países pobres y ricos: el intercambio desigual, en el que predomina la búsqueda de utilidad antes que los intereses ideológicos o estratégicos. Para la muestra un 
botón. En enero de este año Castro afirmó sin tapujos: “No hemos vacilado en impedir la circulación de ciertas publicaciones soviéticas... Ya algunas han comenzado a demandar el cese de las relaciones comerciales equitativas y justas que se han creado entre la URSS y Cuba. En dos palabras: que la URSS comience a practicar con Cuba el intercambio desigual del capitalismo, vendiendo cada vez más caro y comprando cada vez más barato nuestros productos agrícolas y materias primas ... En último término, que la URSS se sume al bloqueo yanqui contra Cuba”.

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