Así se recibió el Premio Nobel

Eligio García, hermano menor de Gabo, escribió una crónica para Revista Diners en la edición 153 de noviembre de 1982 sobre cómo se celebró la noticia del Nobel.

Dicen que el presiente Belisario Betancur se enteró desde el día anterior, por boca de su colega francés Francois Miterrand, quien lo llamó por teléfono al ser informado por el primer ministro sueco Olof Palmer. La versión oficial dice, por el contrario, que a las 7 y 3 minutos de ese jueves histórico la periodista de RCN, Judith Sarmiento, lo primero que hizo al enterarse por los cables internacionales fue llamar al presidente Betancur y pedirle su opinión. El presidente agradecido prometió escribir inmediatamente un comunicado. Pero lo que hizo al colgar fue llamar a México a Gabriel García Márquez. Y fue el primero en hacerlo desde Colombia. “Te entrego el corazón de todos los colombianos”, exclamó. Tenía razón. El país entero se estremeció, accionado por un cataclismo sísmico y las reacciones más generalizadas fueron el llanto y el carnaval. Fue como si el país hubiera obtenido un campeonato mundial. Esto le sucedió a Arnulfo Julio, un abogado funcionario de Focine quien sintió el mismo corrientazo de la noche en que Pamebelé noqueó en Panamá a Peppermint Frazier. Solo faltó, como insinuó The New York Times, que llovieran flores en Macondo.

En Cartagena, su padre, Gabriel Eligio, oyó la notica en la radio y sin alterarse le comentó a su esposa Luisa Márquez: “Ya lo sabía”. En cambio, ello lloró de la emoción y por el temor de que, como el mismo escritor había escrito, se muriera muy prontito. Sin embargo, al ser interrogada por la prensa comentó, también serena, que ojalá el Nobel sirviera para que le arreglara su teléfono, dañado desde hacía tres semanas.

En ese mismo instante, en la glacial Bogotá, el joven poeta Santiago Mutis, hijo de Álvaro Mutis, fue despertado por su amiga del alma, la cartagenera Elvira Bustamante, quien lo llamó por teléfono solo para repetirle como una loca: “Tenemos Nobel, tenemos nobel, estoy feliz, estoy feliz por el pedacito de Nobel que nos toca”. Santiago, aturdido, no tuvo una reacción precisa inmediatamente, pero esa noche le dedicó su recital poético a García Márquez. Helena Cano Nieto, reaccionó de diferente manera: reunió a todo el colegio para informarle oficialmente la noticia. Aura Lucía Mera, directora de Colcultura, no necesitó reunir a nadie, ya que efectivamente presidía una reunión en Cali cuando se enteró. Su reacción instintiva fue entonar las estrofas del Himno Nacional.

Llorar pareció ser la reacción más natural de todos. Lloró Plinio Apuleyo Mendoza, su amigo de siempre, contemplando desde su estudio el otoño incipientes de París. Lloró Mayda de Mejía en Londres, mientras su marido Franck, amigos del alma del escritor, daba alaridos por toda la casa victoriana. Lloró Yiyo, su hermano menor.

Lloró Álvaro Mutis, en México. En cambio, contrariamente a lo que todos imaginaban, Carmen Balcells, su agente literaria, no derramó una sola lágrima, como acostumbra cuando se emociona, sino que se mantuvo incólume, firme, sonriente y feliz esperando las llamadas de los editores del mundo entero para firmar nuevos y mejores contratos.

Otros amigos de García Márquez, como Fernando Gómez Agudelo y su esposa, Carmen, se enteraron de Nueva York, en el taxi que los llevaba al aeropuerto rumbo a México a verse precisamente con García Márquez, y gritaban y lloraban de la felicidad ante la mirada estupefacta del taxista. Su compañero de andanzas en Barranquilla, el pintor Alejandro Obregón, quien llegó ese día a México, se presentó a la casa en vista de que el teléfono sonaba continuamente ocupado. No alcanzó a ver el letrero en la puerta que decía: “Felicidades. Te amamos”, escrito por pintores anónimos, sino que al encontrarla llena de flores exclamó en su acento caribe: “Mierda, se murieron”. Precisamente desde el otro lado de la muerte, otro compañero de esa época, Álvaro Cepeda Samudio festeja el premio, emborrachándose al unísono con Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, felices en Barranquilla.

Como Obregón, su editor colombiano José Vicente Kataraín llegó ese día a Ciudad de México y compró el periódico de la tarde donde estaba la noticia en primera página. Saltó de la felicidad. La dependienta le preguntó si se había ganado la lotería. Kataraín solo sonrío sin responder. A su manera, ella tenía razón.

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