García Márquez: Antes de la fama del Premio Nobel

En 1982, cuando Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, en la comitiva viajaron Alfonso Fuenmayor, Nereo López y Germán Vargas Cantillo, tres de sus amigos más entrañables.

Publicado originalmente en el especial Medio Siglo con Gabo, Mayo de 2014

gabofamilia_266x414–Y tú, ¿quién eres?

–Yo soy Gabriel García Márquez.

Ya he contado varias veces cómo nos conocimos con Gabriel García Márquez, hoy Premio Nobel de Literatura 1982. Fue una tarde de finales de 1948. Álvaro Cepeda Samudio y yo éramos redactores del vespertino “El Nacional” de Barranquilla. Llegó un muchacho muy delgado, con un menudo bigotito; vestía un pantalón de dacrón y una camiseta rayada de colorines.

El muchacho preguntó: “¿Quiénes son aquí Germán Vargas y Álvaro Cepeda?”. Yo, que estaba más cerca, le respondí: “Ese que está ahí es Álvaro Cepeda y German Vargas soy yo. Y tú, ¿quién eres?” –“Yo soy Gabriel García Márquez”. Nosotros lo conocíamos de nombre, ya que él había publicado sus primeros cuentos en la sección “Fin de semana”, que dirigía en “El Espectador” Eduardo Zalamea Borda, cuentos que yo había comentado en mi columna la “Nota intrascendente”, del diario barranquillero.

Desde ese momento comenzó una amistad que lleva ya treinta y cuatro años. Esa tarde llamamos a Alfonso Fuenmayor y nos fuimos los cuatro a celebrar el nacimiento de una amistad. Nos reunimos primero en la Librería Mundo, de Jorge Rondón, que estaba en la calle de San Blas. Más tarde nos emborrachamos y hablamos a gritos sobre política, sobre deportes, sobre las cosas cotidianas, hasta sobre literatura.

Gabriel García Márquez había venido de Cartagena, donde escribía en “El Universal”, del cual era jefe de redacción Clemente Manuel Zabala. Allí completaban el grupo, Héctor Rojas Herazo, Ramiro de la Espriella, Gustavo Ibarra Merlano, Cecilia Porras, Carlos Alemán. Regresó a Cartagena y un tiempo después volvió a Barranquilla para escribir en “El Heraldo” su famosísima columna diaria “La jirafa”.

El propio García Márquez recuerda así esos años en una vieja carta: “En Barranquilla yo tenía que escribir mucho. En un día me tocaba escribir una jirafa y a veces un editorial, además de otra nota anónima. Esto me planteaba problemas a veces. Todo era encontrar el tema: una que tenía el tema, me sentaba a la máquina y ahí mismo, de un solo jalón, escribía mi jirafa. Esto lo recuerdo con nostalgia ahora que me cuenta tanto terminar una sola página en, a veces, varias semanas de trabajo intenso. Y después salía tan tranquilo a emborracharme por ahí. Es evidente que a veces sentía una terrible desesperación por encontrar un tema para mi jirafa, hasta acudir a la falta de tema como tema. Así me servía de cualquier cosa. Retomaba textos viejos, escritos en Cartagena y editados allí, usaba apuntes que tenía engavetados, y también fragmentos de los que había de ser un libro, fuera “La casa” o “La hojarasca”.

Fue en 1950 cuando en un viaje a Aracataca, que hizo con su madre doña Luisa, para vender una casa, vio el letrero con el nombre de una finca o hacienda que se llamaba Macondo. García Márquez lo relata así: “En realidad, ese letrero pienso que seguramente lo vi muchas veces en mi niñez al pasar en el tren, pero lo había olvidado por completo cuando lo volví a ver en el año 50 y decidí adoptarlo para mi evocación literaria de Aracataca. Yo supe mucho más tarde que el macondo es un tipo de árbol en la costa y todavía ignoro de qué árbol se trata; no lo sabría designar. También me enteré mucho más tarde de que el macondo es o fue en la Costa un juego de azar, que se practica con dados”.

Entonces ya, a partir de ahí, el pueblo de casi todos sus cuentos y novelas viene a ser Macondo, con su calor y su polvo. Es a mediados de 1950 cuando García Márquez se puso a escribir, ya decididamente, “La hojarasca”. Cuando estaba apenas en los comienzos de la redacción de su primera novela, Alfonso Fuenmayor llamó su atención, diciéndole: “Mire, maestro, qué vaina tan rara”. Y le señaló el extraño efecto que hacía la lluvia con la fachada del edificio de enfrente. En esa fachada habían hecho los arquitectos como llamas de cemento; como la lluvia era fuerte, tan violenta, que deformaba los objetos, las llamas de cemento parecían llamas de verdad, porque con la lluvia daban la impresión de que se movían.

Hay en los comienzos de la vida literaria de García Márquez un episodio casi completamente olvidado, y por muchos ignorado. Fue quizás en 1952 cuando García Márquez hizo la adaptación radiofónica de una novela recién publicada en Barranquilla, de una narradora barranquillera. El libro se llamaba “Se han cerrado los caminos”, y la autora, Olga Salcedo de Medina. La radionovela fue transmitida, si no estoy mal de recuerdos, por la Emisora Atlántico. Y, de eso si me acuerdo bien, yo fui el narrador. Los episodios fueron seguidos por los radioescuchas con mucho interés.

En alguna parte, en alguna de las incontables entrevistas que le han hecho, creo que en una del profesor francés Jacques Gilard, García Márquez cuenta que a él siempre le ha interesado la radionovela. Y refiere cómo, un uno de sus viajes a Cuba, quiso conocer a Félix B. Caignet, el autor de “El derecho de nacer”. Lo visitó y le preguntó: “Maestro, dígame a qué atribuye el éxito de sus obras”. Y él, ya viejito, le respondió tranquilamente: “La gente quiere llorar y yo solamente pongo el pretexto”.

Cuando García Márquez publica en Bogotá “La hojarasca”, ocupa de inmediato un lugar de primerísimo orden en el pequeño mundo literario colombiano. Y es así como la segunda edición de esta su primera novela aparece publicada en lo que se llamó el primer festival del libro colombiano, a finales de la década del cincuenta.

Y en una edición de doscientos cincuenta mil ejemplares en total. Los otros nueve títulos son los siguientes: Reminiscencias de Santafé y Bogotá, de Cordovez Moure; Sus mejores cuentos, de Tomás Carrasquilla; Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda; El cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón; Sus mejores prosas, de Hernando Téllez; El gran burundún burundá ha muerto, de Jorge Zalamea; El Caballero de El Dorado, de Germán Arciniegas; Los mejores cuentos colombianos, y Las mejores poesías colombianas. Es decir, ya desde entonces, está García Márquez con lo que Agustín Lara llamaría “la crema de la intelectualidad”.

Resulta curioso hacer esta anotación; en la actualidad, y a partir de “Cien años de Soledad”, los editores se pelean por editar los libros de García Márquez. Los nuevos y los anteriores. Y hacen tirajes descomunales. El contraste es muy grande cuando se recuerdan las vicisitudes que hubo de pasar para editar “La hojarasca” y las posteriores cuando casi la totalidad de la edición fue retenida o embargada por un juez en juicio contra el editor, un uruguayo llamado Samuel Lisman Baum, por razones que nada tenían que ver con la novela.

O las enormes y casi insuperables dificultades que se presentaron para publicar “El coronel no tiene quién le escriba”, cuyos originales llevé de editorial en editorial de Bogotá para obtener en todas la misma respuesta, una vez revisados por sus llamados “lectores”: “Parece interesante, pero no podemos arriesgarnos. Si usted paga la edición, sí la haremos”. Finalmente se publicó la breve novela en uno de los números de la revista “Mito”, de Jorge Gaitán Durán, en 1958. Y tres años después, en 1961, apareció la primera edición en libro. La hizo el librero-editor antioqueño Alberto Aguirre.

Hay una anécdota que puede resultar interesante para algunos y que yo he contado en alguna parte, en no sé cuál escrito. Cuando García Márquez en París, en 1957, estaba escribiendo “El coronel no tiene quién le escriba”, recibí en Bogotá una carta suya. Me pedía que le consiguiera un memorando de alguien que supiera de gallos, que le explicara las diferentes razas y sus calidades, cómo funcionaban las galleras, en fin el mayor número de informaciones concretas sobre el asunto.

La única persona amiga mía que sabía de gallos de pelea, cuyos gallos además yo conocía por haberlos visto en su preparación y en sus peleas, pues tenía “cuerda” en Soledad, era Quique Scopell. Pero estaba en Cuba, en La Habana, adonde se había ido a vivir. Le escribí a Quique y la respuesta fue todo un tratado sobre gallos sumamente interesante y completo, que cometí la estupidez de empacar y remitir de inmediato al novelista en París, sin haber tenido la precaución de sacar siquiera una copia. Supe que le fue de mucha utilidad para ambientarse y para ambientar su novela. Pero yo perdí lo que estoy seguro de que hubiera sido un estupendo libro. De gran éxito además, al menos entre los galleros.

Sobre el Autor

(1919-1991). Pereiodista y escritor barranquillero, miembro del Grupo de Barranquilla, ql que pertenecieron, entre otros, García Márquez, alejandro Obregón, y Álvaro Cepeda Samudio. Publicado originalmente en Revista Diners edición 152 de noviembre de 1982

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