¿Fobia al amor?

El miedo al amor ha generado que los jóvenes se metan en una burbuja de la cual no van a salir para evitar ser heridos emocionalmente.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 367, octubre de 2000

Alzas de las tarifas de la luz, visita de Clinton, pitos a la hora pico… cotidianidad. Nada escapa a esta palabra, incluso el amor se sumerge en ese abismo.

Cada día más adultos se divorcian, más personas deciden que la mejor opción es vivir en unión libre y pocos reclaman la bendición de Dios. El árido terreno de la vida sentimental está apoderándose de los jóvenes adultos de la actual sociedad. Muchos optan por quedarse solos en vez de arriesgarse a abrir la caótica caja de Pandora de sus parejas, prefieren los encuentros furtivos y Cupido parece haber engrosado la lista de desempleados.

El crecimiento profesional y el afán por encontrar el éxito hacen que los candidatos a ser buenos partidos se mimeticen y desaparezcan para descartar a los posibles aspirantes a ser pareja, que vean obstáculos donde no los hay, que sean perfeccionistas al extremo, producidos en serie.

Le temen al dolor y al desamor, tienen pánico a la infidelidad, a los fantasmas, y al mal sabor de boca que dejan las rupturas y a caer en los tentadores brazos de un juego que ya no quieren disfrutar.

Corazón espinado
La moda es estar solo, ya no resulta mal visto que una persona no se case apenas sale de la adolescencia y cada vez es más factible encontrar solteros que no tienen ni siquiera en la mira lanzarse al agua. Es el caso de Nayibe Gamboa, de 31 años, exitosa administradora de empresas. Vive sola hace cinco años. Tomó la decisión porque estaba en una búsqueda de independencia. “Mis gustos son afines a la soledad, me gusta escuchar música, sentarme a leer un libro, coser, hacer velas y veo a mi familia solo los fines de semana”.

La mayoría de las actividades de Nayibe tienen un tinte unitario. Viaja sola, compra sus cosas en algún centro comercial sola, trabaja más de 12 horas al día sola y se fija sus propias metas sola. Esto la ha hecho volverse prevenida ante el amor del cual es creyente incondicional. Hace tiempo que no tiene novio. “Me he metido mucho en el trabajo y el hecho de vivir sola es un problema, sobre todo como mujer, ya que creen que pueden ‘pedírselo’ a uno de todas maneras, si no es diagonal es directo, y yo no pienso así”.

Para ella resulta difícil encontrar a una persona que no la quiera cambiar, que sea transparente, fiel, y crea en el amor para toda la vida. Tal vez por eso, otra de sus metas es tener un hijo en un futuro próximo así ante la sociedad no esté bien visto y así lo tenga que ver crecer sola. Aunque no quiere que la soledad sea su compañera en un futuro, asegura que por fin tiene tiempo para ella, para encontrarse consigo misma.

Tiene tanto tiempo como Luis Francisco Serna, economista de 36 años que reacciona como si recibiera una descarga eléctrica cuando escucha la palabra amor: “El amor es sufrimiento”, afirma sin pensarlo mucho. Ama su trabajo y lo disfruta plenamente. Hace ocho años labora en el Banco Tequendama. ¿Y para qué amor si tiene su trabajo? Luis Francisco encontró la mejor manera de suplir la soledad en el banco, y de tal manera se ha sumergido en él, que ya se ha ganado tres premios.

“Definitivamente la soledad lo hace a uno más productivo”, cuenta. Vive solo desde hace tres años y medio y hace lo que quiere. Si no quiere salir, no sale, y de hecho sale poco. Sus amigos saben que pueden encontrarlo en su apartamento todos los sábados porque dedica ese tiempo a descansar, escuchar música, tomarse una copa de vino, navegar por internet y chatear. Por eso, algunos que saben que es un alegre conversador, quedan sorprendidos ante su afán de enclaustramiento en un día que, para el común de la gente, es sinónimo de fiesta y desorden. Ha estado enamorado dos veces y dice que mientras más pasa el tiempo más difícil resulta acoplarse a una mujer.

Es consciente de que “levanta” barreras a la hora de dejar que una persona entre en su vida, y cualquier detalle puede hacer que la persona por la que empieza a interesarse se desdibuje con facilidad y salga definitivamente de las posibilidades de convertirse en su posible pareja. Le gustan el orden y los números, habla de su trabajo y es sentimental. La experiencia le ha enseñado que los detalles no son materiales, que lo que de verdad vale la pena es estar pendiente de la persona que a uno le interesa, y saber cómo está, por supuesto, sin ahogarla.

Luis Francisco no es totalmente escéptico del matrimonio y los hijos, y con un deje irónico dice que aunque cree en el amor para toda la vida, es casi imposible encontrar a la persona adecuada. Le encanta viajar y tiene un vínculo muy fuerte con su casa. “Cuando uno se va de la casa a vivir solo, aprecia más a la familia. Es paradójico, es como aprender a querer las cosas cuando se miran desde afuera”.

Teme al amor, porque es un sentimiento que vuelve al otro posesivo, en el que se trastocan los espacios físicos y anímicos, y él necesita que le respeten su espacio. No le incomoda su si pareja desea salir, pero si él no quiere, le molesta que intenten convencerlo de lo contrario. Protege tanto su espacio que no le gusta que le pongan condiciones, y reza para que nunca llegue el día en que le digan “esta mitad del clóset es mío”.

Los solteros ya no se enamoran rápido aunque el reloj esté en marcha. Las rupturas amorosas y las relaciones caóticas los han hecho construir un muro infranqueable. Le tienen miedo al compromiso, pero desde lo más profundo de su corazón piden a gritos compañía.

Muchos ya no tienen la ilusión de encontrar su alma gemela porque con un pequeño gesto basta para emprender el camino al enamoramiento y es mejor salir corriendo. Prefieren vivir historias pasionales de pocos minutos, en una sola cita, por el temor a perder la libertad. A medida que pasa el tiempo las exigencias aumentan, parecen olvidar que su naturaleza es socializar. Seguramente, si se quitaran el velo, tendrían a su lado a esa persona con la cual puedan compartir su soledad.

La soledad después del amor
Los divorcios, las anulaciones de matrimonio, las separaciones de cuerpo y de hecho aumentan todos los días. Y hay un factor que ha incidido en las separaciones, el económico, que se traduce en una serie de problemas entre la pareja. El setenta por ciento de estas rupturas conducen a la destrucción de la familia y la soledad. Soledad acompañada de vacío, de no saber qué hacer un fin de semana sin la esposa y sin los hijos. Miedo a no escuchar a los niños jugando o la cantaleta de la pareja. “El que experimenta este faltante, ese hueco en el alma, es aquel de los esposos que no se queda con los hijos, dice Juan Augusto Ortiz, abogado especializado en derecho de familia.

Él es partidario de que se debe trabajar la soledad, en estos casos, con ayuda sicológica, aunque la ley no lo considere importante. La causa más común de separación es el abandono de los deberes familiares. Aunque resulta difícil probar que haya habido infidelidad, con la experiencia se hace más fácil detectar que detrás de un divorcio es probable que exista una, que no se descubra es otra cosa. “Al poco tiempo vienen a pedirle a uno el servicio de cómo pueden casarse. Conozco casos de personas que llevan cuatro o cinco divorcios y definitivamente no pueden acoplarse a otra pareja”, agrega Ortiz.

Juan Augusto no cree en el amor para toda la vida, pero cuando se estabiliza la situación en el matrimonio o una relación de pareja, viene lo que se llama comprensión y sometimiento, pero el amor disminuye. Es semejante a una parábola: sube y baja, se estabiliza, sin que el amor sea el factor primordial.

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