Gloria Álvarez: “Más gente sabe quién soy yo que quién es el presidente de mi país”

La politóloga y escritora guatemalteca busca romper paradigmas. Además de ser mujer, joven y atractiva –algo que no siempre juega a su favor–, su discurso resulta refrescante, bien documentado e invita al debate y la reflexión.

Sentada en el sofá de una amplia suite en un hotel en el norte de Bogotá, Gloria Álvarez se disculpa porque está algo disminuida por un resfriado que la aqueja hace tres días, consecuencia de los fuertes cambios de temperatura que ha sufrido durante las dos semanas que ha estado en Colombia. A finales de agosto, la politóloga de 32 años participó en un foro en la Universidad Autónoma del Caribe, Barranquilla, donde compartió escenario con el expresidente mexicano Vicente Fox y la nobel de paz yemení Tawakkul Karman. Poco después viajó a Santa Marta, donde fue una de las conferencistas invitadas a la convención anual del Grupo Bolívar. Su tema y caballito de batalla: “Los peligros del populismo”.

“Más allá de eso, me interesa hacer un diagnóstico de la región, mostrar dónde los colombianos pueden encontrar a su país respecto al proceso que están viviendo y hacer un análisis de cuál es la responsabilidad cívica que tenemos, sobre todo las élites, como la académica o la empresarial, en las que recae dar la batalla de las ideas y defender los principios bajo los cuales un país puede progresar”, explica mientras disuelve una generosa cucharada de miel en una taza de té.

Llámese discriminación, falta de referentes o de costumbre, para muchos es difícil conciliar la imagen de esta rubia de ojos claros con la defensa bien documentada de una posición política independiente, clara y controvertida. Sin embargo, La Gloria, como le dicen sus seguidores, ha tenido interés y aptitud para la política desde que era niña, puesto que su familia sufrió las consecuencias de regímenes represivos. “Mis abuelos paternos son exiliados cubanos, y por el lado de mi madre, mi abuelo es húngaro y salió huyendo de la Unión Soviética. Siempre he sido consciente de que de repente, de la nada llega un dictador y te quita todo”.

Esto la llevó a estudiar Relaciones Internacionales y Política, con muy buenos resultados. El segundo año de carrera fue invitada a participar en el programa radial Los 40 principales. “Descubrí el poder que hay detrás de un micrófono, que infortunadamente es desaprovechado, sobre todo en las emisoras juveniles. Es una herramienta de empoderamiento para los jóvenes y un canal para hablarles de psicología, autoestima…, cosas que desgraciadamente nunca se hablan ni en las casas ni en las escuelas”.

Aprovechó también para transmitir todo lo que aprendía de política en un lenguaje sencillo y cercano. Desde entonces, y cuando regresó de estudiar una especialización en el exterior –con una voz más informada y madura– se convirtió en referente, constantemente cuestionando e invitando a las nuevas generaciones a reflexionar no solo sobre lo que sucedía en su país, sino también en la región.

En noviembre de 2014 llegó la coyuntura que la lanzó al estrellato. Álvarez, que pertenecía a un movimiento cívico, aceptó la oferta de su jefe de representar a Guatemala en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud, que se celebró en Zaragoza, España. “Ningún diputado se apuntó, así que me cedieron el puesto”. Sin mayores expectativas viajó, y durante tres días escuchó las diferentes posiciones de sus colegas. El último día un catedrático español habló sobre el populismo –algo en lo que ella y el movimiento al que pertenecía venían trabajando– y después de otras intervenciones, en las que se denunció que en Latinoamérica no se estaba haciendo nada al respecto, pidió la palabra y con un discurso impromptu cautivó a la audiencia.

“Se me ocurrió que el populismo hay que acabarlo con la tecnología, y hablé de cómo creemos que la democracia es la panacea, cuando en realidad es solo la voluntad de la mayoría, y que es importante que haya una república que garantice los derechos individuales…”. Dos meses después el video de su intervención se viralizó en YouTube. En tres días llegó a un millón de vistas. “Nos dimos cuenta de que teníamos un producto, un modelo que la región estaba dispuesta a escuchar”.

Maquillaje: Edwin Beltrán/Vestuario: Francris Arata

La mañana siguiente, en la bandeja de entrada de su correo electrónico había más de tres mil correos. “Encontré desde propuestas de matrimonio hasta amenazas de muerte, además de invitaciones a diferentes lugares –desde Miami hasta Montevideo– para hablar del tema. Estructuré una conferencia sobre el populismo versus la república, y me fui a recorrer la región”. La sorprendió el nivel de aceptación que percibió en cada uno de los auditorios donde se presentó, sin embargo, tenía reservas sobre cómo sería recibido su mensaje en Venezuela.

“Para mí fue muy importante la acogida que tuvo mi charla en Caracas, fue la confirmación de que lo que estoy haciendo es justo. Si hubiera visto una realidad diferente, me hubiera cuestionado, pero me pareció ver todo lo que mis abuelos me habían contado de Cuba. Lo validé en persona, y eso me dio autoridad moral para seguir adelante. Es más de lo que se puede decir de todos los mamertos de América Latina que hablan del socialismo sin conocer la realidad de primera mano”. Ella en cambio vio cómo en un salón para cien personas había más de 600 tratando de entrar. “Me partió el alma, porque entendí que están ávidos por escuchar algo diferente”.

El falso dilema

En Colombia –su última escala en la gira de 2015– la sorprendió la apatía de los universitarios por lo que estaba sucediendo en el vecino país. “Es como si estuviera hablando de Marte”. No obstante, asegura que hoy –dos años después– ve la cosa totalmente distinta. “Hay universidades donde tienen a los jóvenes adoctrinados en pro de los acuerdos de La Habana y otros que son muy críticos. Lo positivo es que ya están más interesados en discutirlo”.

Suspira antes de responder la pregunta de cómo percibe la situación en el país. “Me parece peligroso cómo han metido a los colombianos en la falacia del falso dilema. Los acuerdos de La Habana se han convertido en sinónimo de paz, cuando realmente si uno los analiza no tienen por qué serlo. Pero cuando la hegemonía cultural y la manipulación del lenguaje te llevan a pensar que son sinónimos de paz, automáticamente quien se oponga, quien los cuestione, es un guerrerista, un sanguinario…”.

Le preocupa la polarización y la falta de diálogo entre los diferentes sectores de la sociedad. “Creo que uno de los puntos más complicados es que existen muchos reparos frente a la impunidad. Es un aspecto que hay que tener en cuenta para adelantar en el diálogo. La polarización que surge en temas como este lleva a la ruptura de la conversación. He visto gente levantarse de la mesa con tal de no discutir. Y una sociedad que no dialoga, no puede llegar a un consenso”.

En su opinión, y por la experiencia de lo que sucedió en los acuerdos de Guatemala en 1996, la paz no debe ser condicionada. “Esto no hace que termine el conflicto, simplemente lo transforma”.

Aunque es radical y contundente en su posición –la han acusado de simplificar y generalizar los conceptos–, siempre está dispuesta a debatir y escuchar a quienes difieren. “Para mí la solución es dar la batalla de las ideas, deben abrirse espacios de debate, donde se discutan las cláusulas de los acuerdos de La Habana. Los jóvenes deben involucrarse, que no se quede en eslogan. Las cosas no van a pasar solas”.

Frente a las próximas elecciones no ve opciones claras. “Aquí ya ni siquiera se trata de un multipartidismo, es más bien un multicandidaturismo, y eso no puede ser bueno para nadie. En una sociedad tan dividida, tener tantas opciones anula la posibilidad de un cambio real, y hasta ahora no he visto una propuesta concreta de campaña… Pero no te podría decir, cualquier cosa puede pasar”, reflexiona, y añade con un tono de resignación: “Y aquí, como en el resto de Latinoamérica, todo el mundo prefiere ser cabeza de ratón que cola de león. Por andar tan divididos, acaban fortaleciendo al enemigo”.

Idealismo vs. realismo

Álvarez es apasionada, y está convencida de lo que hace, pero no es ilusa. Por el contrario, tiene claro que del dicho al hecho hay mucho trecho, y que por más maravilloso que suene, no existe un modelo ideal. “Se debería lograr un balance entre democracia y república. La primera es necesaria porque es como el ciudadano se comunica con el gobernante, sin embargo, debe haber un límite, que es el respeto irrestricto al individuo como la mayoría más pequeña que hay. En la república todo individuo, sin importar el tamaño de su billetera, tiene tres derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad privada. Hay una igualdad ante la ley que garantiza una sociedad justa y equitativa, con oportunidades para todos”, explica Gloria, que profundizó en este tema en su primer libro, titulado ‘El engaño populista’, escrito en conjunto con el abogado chileno Axel Kaiser.

“Por el momento no creo que haya una demanda para las ideas que propongo, y si es así, o gobiernas violando tus principios o no te metes. No quiero el poder por el poder, me da igual”

Ahora se encuentra promocionando su segundo libro, titulado ‘Cómo hablar con un progre’. “Es más anecdótico, busco desmantelar esa falsa profundidad del mamerto, que a veces carece de conocimiento económico y político”, explica la escritora, quien confiesa que con su primera publicación tuvo que hacer un intenso trabajo de inteligencia emocional, puesto que recibió duras críticas que la afectaron personalmente. “El que menos me insultó me dijo que lo iba a usar como papel de baño”, confiesa con franqueza. Así deja ver un lado poco conocido, otra cara de La Gloria suficiente y segura, que sube a los escenarios a defender su posición, sin importar con quién tenga que enfrentarse. Una mujer vulnerable, que duda, que tiene inseguridades como cualquier persona, que es falible.

“He aprendido que el odio reside en la persona que odia, no en ti, y empoderas esos sentimientos cuando te abandonas a ti misma y le pones más atención a lo que dicen los demás”. Asegura que ha aprendido a manejarlo, revisa y contesta todos los mensajes que recibe, pero no lo toma tan personal, ni pretende que no la juzguen. “Quiero que la gente cuestione lo que digo, soy una líder y si no me juzgan bien, podría arruinar sus vidas”, reflexiona la escritora, que es muy activa en redes, “ahí está mi mayor poder, tengo medio millón de seguidores en Facebook y en Twitter, y la clave de mis redes no es que tenga los videos ni las fotos más cool, el secreto está en la reciprocidad, en el engagement”.

Camino a la presidencia

Tan convencida parece que tiene la solución a gran parte de los problemas de la política de su país, que es inevitable preguntar si está labrando el camino para convertirse en la primera presidenta de Guatemala. “Por el momento no, no creo que haya una demanda para las ideas que propongo, y si es así, o gobiernas violando tus principios o no te metes. No quiero el poder por el poder, me da igual, hoy por hoy lo tengo más que cualquier político guatemalteco. A mí se me escucha más –por muy arrogante que suene–, pero es la realidad. Más gente sabe quién soy yo que quién es el presidente de mi país, y eso es una gran responsabilidad. Mi poder no es porque tengo un cargo público, mi poder me lo dio la gente a través de YouTube”, concluye, sin cerrar del todo las posibilidades de algún día llegar a ser jefe de Estado.

No es común ver a una mujer joven tan comprometida con una causa política, sorprende que tenga tiempo para nada más. Entre risas admite que es parrandera y muy amiguera. En ciudad de Guatemala vive en un apartamento con la Shusha y la Chiara, una golden retriever y una gata. Le encanta cocinar y tiene buena sazón, sobre todo para la gastronomía cubana. Practica yoga para mantenerse centrada y los fines de semana disfruta del contacto con la naturaleza, “Tenemos volcanes, me gusta escalar, la espeleología, las aventuras extremas…”.

Pero ¿ha sacrificado algo?, ¿qué precio ha pagado por esta exposición mediática? Tal vez en su vida personal las cosas no son tan fáciles, especialmente en el momento de encontrar una pareja. “Ahora no tengo novio” y admite que su imagen pública puede intimidar a los hombres, piensan que va a ser igual de combativa que en sus debates. “No quiero un hombre para pelear o competir, quiero alguien con quien construir una relación sana y estable”. Siente también que aún hay mucha discriminación contra las mujeres. “Se espera que un hombre sea duro, que tenga carácter, pero cuando se trata de una mujer, tienen que hacer chistes, demeritarla”. Para ilustrar su punto cuenta uno sobre la ex primera ministra inglesa Margaret Thatcher. “La pregunta era por qué no se ponía zapatos de charol, y la respuesta, porque se le reflejaban los testículos”, puntualiza con un tono de resignación.

Pero más allá de su carácter, es consciente de que sus posiciones pueden limitar sus opciones. “Soy una mujer atea, libertaria, estoy a favor de legalizar las drogas, la prostitución, el aborto, creo en el libre mercado. No soy la típica chica para presentarle a tu abuelita”.

Por fortuna, esto no es algo que le preocupe mucho por ahora. Sus amigos la defienden, y sus padres y su hermano son su apoyo y soporte incondicional. “Estoy feliz y muy agradecida porque estoy viviendo algo que nunca imaginé. La tecnología me dio esta oportunidad”, concluye animada, mientras se pone de pie para posar frente al lente, algo que le viene con naturalidad. Sabe que es bellísima, pero no se cree el cuento, “lo importante es el intelecto, mis abuelos siempre me decían que los dictadores te pueden quitar todo, tu casa, tu trabajo, la familia, te pueden dejar sin nada […] lo único que no pueden expropiar es lo que tienes en la cabeza. Esa es la única riqueza que vale, todo lo demás es efímero, se acaba… y siempre hay alguien más lindo que uno”. Esto es cierto, pero tampoco está de más.

Sobre el Autor

Directora de Revista Diners.

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